ACHTUNG!, artes | letras, carrusel, libros, literatura, Odradek, opinión — 11 octubre, 2019 at 20:33

Secretos: Mara Mahía y el doloroso discurso que nutre a la Gran Literatura

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Hace bien poco que Editorial Dieciséis ha publicado la primera novela de la escritora gallega Mara Mahía, titulada Secretos, una obra de gran mérito. Con el trasfondo de la Guerra Civil española, que ejerce de hilo conductor del libro, nos topamos con una emocionante narración repleta de virtudes: el ritmo y su pulso, que alterna diferentes discursos en el tiempo que se proyectan desde las edades de los personajes; así, el texto gana relieve con un dinamismo penetrante y se alimenta, además, de un atractivo mecanismo autoficcional que lo completa. Para mí, a estas alturas que andamos de 2019, es una de las mejores lecturas del año. Circunstancia que no me sorprende, por otra parte, porque desde que leí su novela compuesta a dúo con Oliver Besnier, Amenaza (Cuadernos Heimat) siempre supe que Mara Mahía poseía un gran talento. Ahora, ha sido capaz de hacer lo más complejo, lo que poca gente logra: demostrarlo con una novela inolvidable.

Lo primero que me ha sucedido con Secretos ha sido la ruptura de dos de mis grandes prejuicios literarios: la novela de la Guerra Civil es insoportable, un género del que huyo porque lo considero agotado tras el insufrible manoseo al que ha sido sometido por algunos de los popes más representativos de la aburrida literatura patria. Pues con Secretos me he emocionado.

Mi segundo prejuicio también ha saltado por los aires con el trabajo literario de Mara Mahía: una novela que abarque una saga familiar no tiene que ser un insufrible ir y venir de consultas hasta un arbolito genealógico en donde, al final, ya no sabes quién es quién. Esto ya lo demostró García Márquez en sus Cien años de soledad, pero hay que ser muy certero y poseer muy buena pluma para que el lector sea capaz de mantener los personajes y parentescos en la cabeza sin deshacerse los sesos.

Siempre he aborrecido las novelas que adjuntan ese mapa de nombres al final, que considero un claro síntoma de la vaguería del autor o de su escaso talento para caracterizar personajes de una forma inolvidable en la cabeza del lector. Claro, es más cómodo acudir al esquema y entender de quién nos está hablando.

Por eso no soporto las novelas de Agatha Christie, por mucho que fuera maestra de lo que fuera, siempre con su maldito dramatis personae al que uno debe peregrinar esforzándose por descubrir al tío segundo del marido de un personaje, esforzándonos nosotros porque la escritora se había ahorrado el trabajo de caracterizarlos de una forma ágil y que se fijara en nuestras mentes. Los fanáticos de esta autora me dirán, con gesto avinagrado, que Agatha Christie priorizaba el crimen, el misterio, la investigación, y otras zarandajas…

Así que llega a mis manos Secretos. Novela con un marcado trasfondo de la Guerra Civil. Con una adenda que incluye un árbol genealógico. Lo tiene todo, pero todo, para que la aborrezca. Pues de eso nada. Mara Mahía me demuestra que soy un borrico literario y me desarma con su narrativa. Me ofrece otra manera de aproximarse a la Guerra Civil y no necesito consultar la genealogía ni una sola vez en toda la lectura. Mara Mahía quebranta así mis prejuicios y firma una novela sobresaliente.

La Guerra Civil española ha encontrado muchas formas (incluso muchas más de las que se merece) de ser narrada en la literatura española. Salvo honrosas excepciones —tal vez algo de Delibes o de Ramón J. Sender, tal vez—, no perdono en mi donoso escrutinio a ningún libro publicado por los grandes autores actuales que se arriman al inagotable manantial del conflicto con la recurrencia de un peregrino obsesionado, a cual más aburrido y manido, repletos de tópicos, extraviando la emoción en unas prosas planas y carentes de oficio e imaginación.

Justamente todo lo contrario es lo que ha conseguido Mara Mahía. Y eso es mucho decir, porque en Secretos hay muchos resortes inteligentes que refrescan el asunto, llegando a renovarlo tanto que, al final, los lectores nos damos cuenta de que no solo hemos leído una novela sobre sobre la Guerra Civil, sino mucho más, muchísimo más. La Guerra Civil es un vehículo para mostrarnos el papel de las mujeres en esos momentos tan duros (porque las guerras, al final, SI tienen rostro de mujer). Y la importancia capital de la herencia oral que da lugar a historias que se metamorfosean en Gran Literatura.

El otro día, en la revista Vogue, recomendaban Secretos como una de las novelas de 19 escritoras elegidas para unirse al movimiento #LeoAutorasOct. Afirmaban que la obra de la gallega es:

Un ejercicio de memoria articulado a través de 23 relatos que componen un retrato de la condición de mujer en la guerra civil y la posguerra poco difundido. La importancia histórica de la transmisión oral para las mujeres queda subrayada en esta obra que vio la luz a finales de septiembre”.

En la lista, como siempre que se elabora una lista de libros, hay nombres y títulos espeluznantes, pavorosos, surgidos al calor de la novedad y de la maldita actualidad comercial, que cada uno la consulte y juzgue por sí mismo y según sus gustos. Pero lo que nos interesa es que se ha colado este magnífico libro, el mejor de todos los seleccionados, en una publicación de tanta difusión, junto a esa afirmación crucial de los 23 relatos.

En efecto, 23 relatos, no los he contado, la verdad es que me da igual que sean 23 o 50, lo importante radica en la palabra relatos. Es la constatación del alimento narrativo del texto, que se nutre de una serie de discursos magníficamente diferenciados, ya sean historias orales contadas por la madre de la protagonista, y que se nos muestran de forma indirecta o en retazos de su diario, o también en la voz de la narradora, que los concreta en una apasionante historia de autoficción.

Mara Mahía construye los discursos maternos de los diarios con un esfuerzo lingüístico apabullante, con ecos de Miguel Delibes (no en vano, la cita que encabeza el libro es de Cinco horas con Mario (Destino):

Si las palabras no se las dices a alguien no son nada”.

Evidentemente, el monólogo delibesco de Carmen dirigido a su fallecido marido Mario es un soliloquio que como receptor tiene a un muerto. Es el problema de muchas de las novelas sobre la Guerra Civil que se han escrito en España: van dirigidas a los muertos, no a los vivos, y de ese estigma quiere huir la escritora en Secretos. Mara Mahía se dirige a los vivos, a nosotros, ahora, utilizando las voces de quienes ya fallecieron.

Las palabras de la madre se articulan mediante una serie de expresiones familiares y propias de una época que le confieren una viveza como la de un pez recién sacado del agua, que boquea y colea desesperadamente. Las expresiones populares, las frases hechas, son recursos cuidados y oportunamente colocados en las voces, y no solo en la de la madre, que visten a los personajes de la novela con un frac léxico confeccionado a la medida.

Esta identificación, o identidad del personaje mediante el discurso, es una de las grandes virtudes del libro. Otro de los méritos radica en la capacidad que la escritura de Secretos posee para emocionarnos, para erizarnos, algo verdaderamente complejo de conseguir. Aquí radica una buena parte del nervio de escritora de Mara Mahía, que sabe tomar las propuestas orales y verterlas en papel sin que pierdan un ápice de emoción al transformarlas en literatura de quilates.

Un ejemplo de esto lo encontramos en la primera línea del texto:

La niña Leonor está enterrada en una fosa común”.

Punto de partida para un primer párrafo inolvidable que nos transmite la visión infantil de la desgracia, de los misterios angustiosos de los adultos, de todos esos secretos impronunciables que se albergan en el interior de un compartimiento sellado y que son imposibles de comunicar.

La niña Leonor, la forma en que ha sido enterrada, los motivos verdaderos de su muerte, la figura de un extraño trompetista circense o el misterio de la tía Leonor que se marchó a Estados Unidos con un crío en sus entrañas —fruto de una relación con el hijo de un militar franquista— para no volver jamás y desaparecer por completo, alimentan ciertas líneas paralelas de misterio que tratan de ser aclaradas desde ese presente en donde la narradora se mezcla con la autora gracias a los elementos autoficcionales.

Así, pasamos por el monumento dedicado a quienes arribaron hasta esa terrible puerta de entrada a los Estados Unidos, Ellis Island, y su terrorífico sistema de selección de aptos y no aptos. La búsqueda de la tía Leonor abarca desde el manifiesto de pasajeros del buque Esperanza hasta un calendario de pin-ups semidesnudas, pasando por búsquedas en Internet.

Vista actual de Ellis Island.

La autoficción moderna se apodera del relato clásico de la Guerra Civil y lo revitaliza. Las mentiras literarias se alían con las verdades de la escritura, con los secretos de la madre y con la visión del pasado familiar de la narradora, mientras al fondo, la autora, se confunde con ella en un juego de personajes duplicados.

Por otro lado, no podía ser de otra forma y en la mejor tradición de los escritores gallegos, Mara Mahía pone en pie ese realismo mágico a la gallega que encontramos en Álvaro Cunqueiro y Torrente Ballester. La menciñeira enana, una bruja de medio metro que vivía en una remota aldea de montaña, un lugar en donde nadie estuvo nunca, pero que todos saben que existe, es una buena muestra de ello, o los curiosos tres días de los funerales de la abuela, en donde incluso llega un autobús atestado de personas completamente desconocidas para la narradora.

Álvaro Cunqueiro y Gonzalo Torrente Ballester, dos autores con el realismo mágico a la gallega como marca literaria:

Esa visión mágica se exacerba con la evocación de la frase que se refiere al lugar de donde procedía la abuela: “del mundo del hambre y de la destrucción”. La autora aprovecha el tamiz infantil para construir ese terrible mundo pesadillesco a lomos de un cuadro de El Bosco, en uno de los mejores párrafos de la novela.

El panel derecho de El jardín de las delicias de El Bosco, que representa al Infierno, y el detalle que perturba a la narradora de Secretos: la monja-cerdo.

Secretos es la historia, pues, tal y como asegura la madre de la autora, de una familia “sembrada de desertores y difuntos” y que, tal vez, o seguramente, es casi como la historia de todas las familias, en donde los misterios del pasado se convierten en secretos y las historias se alteran a conveniencia de las generaciones posteriores.

De esta manera, la hagiografía parental se sustenta sobre los hombros de las mujeres de la casa, que van tejiendo con su imaginación alternativas menos dolorosas, quizás menos sangrantes, lindando con la literatura, porque se nos advierte:

Mi madre se inventaba mitos. Era una gran editora del pasado. Creó unas memorias fabulosas donde apenas hubo ningún mal. En los anales apócrifos de mamá, éramos una familia ejemplar”.

Una tarea que hereda la narradora de Secretos:

Irónicamente yo también me convertí en alguien que corregía el pasado, que lo reescribía, embelleciéndolo e inflándolo de héroes”.

Por eso surge Secretos, con un objetivo primordial: devolver el pasado al pasado, explicarlo como era, volverlo a colocar en su sitio, por mucho que duela. Pero en este ajuste de cuentas temporal, al final, tratándose de literatura, ¿qué es mentira y que es real?, ¿en dónde se ubica la línea que separa vida y ficción?

Mara Mahía, autora de la magnífica Secretos.

Tristemente, ese límite se encuentra en el dolor, en esa niña Leonor enterrada en una fosa común, en los adulterios, en los amores prohibidos, en la tía y a la vez hermana huida y nunca reencontrada, en la Isla de Ellis, en las cunetas de la Guerra Civil, en las muertes de los familiares más queridos, en las tumbas, en el maltrato machista, en el crimen, en una sociedad retrógrada en donde las mujeres reinventan la bilis de la realidad para convertirla en una miel desprendida de sus labios en forma de palabras que son mentiras a los hijos, todo por el bien de los hijos.

¿Y en el amor, en la alegría, en circunstancias agradables no se encuentra ese límite también? No, al menos no en el libro Secretos. Porque esta novela aborda el dolor, y casi siempre la Gran Literatura se alimenta de la desgracia, de los alfilerazos que descoyuntan el alma.

Mara Mahía con Oliver Besnier, coautores de Amenaza.

Antes de terminar, para que tengáis más información de Mara Mahía, os dejo enlace a la crítica que de Amenaza —novela coescrita con Oliver Besnier y que os he mencionado en la entradilla a este artículo— realicé para la revista berlinesa Desbandada:

https://revistadesbandada.com/2019/05/16/amenaza/

Pero lo que hoy nos ocupa es Secretos, alumbrada por la Editorial Dieciséis. Y con Secretos, Mara Mahía ha compuesto una novela sobre la expiación de la culpa, de la culpa que significa vivir, y de la culpa que ha significado en este país ser una mujer (y que todavía lo sigue significando), y del drama familiar por antonomasia: la muerte de los seres queridos. Porque aunque solo se tratara de un muerto, tan solo de uno, ya serían demasiados muertos para una familia.

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