ACHTUNG!, artes | letras, carrusel, libros, literatura, Odradek, opinión — 6 marzo, 2020 at 18:41

Olga Tokarczuk: Los errantes, el teorema del viaje como perpetuum mobile

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Hoy en esta columna de los viernes de El Odradek de Achtung! os hablamos de la reciente premio Nobel, la polaca Olga Tokarczuk y, en concreto, de su novela Los errantes, publicada por Anagrama. ¿Novela? ¿Podemos calificarla como tal? Desde luego que sí, si mantenemos una mirada literaria moderna y aceptamos de una vez por todas que los géneros híbridos son los dominantes de la narrativa actual. Porque Los errantes es una novela gracias a la globalidad unitaria de lo que trata, compuesta de una serie de relatos interrumpidos por intervenciones de una narradora que, según la literatura del yo, sería la propia autora; formula reflexiones sobre el viaje, sobre la teoría del movimiento y sobre la quietud máxima: el embalsamamiento y, en concreto, su modalidad de la plastinación. Así, entre dos polos, crece un libro excelente, con relatos de calidad rematados con un oficio deslumbrante. Destaca el texto que da título al libro, quizás de las mejores páginas que podemos encontrarnos en los últimos años, o el inquietante Kunicki en sus diferentes entregas. Un recorrido por un gabinete de curiosidades literarias emocionante.

Algo extraño, como extraño ya es de por sí el funcionamiento del mundo editorial, y el de la literatura en general, nos indica que la premio Nobel de 2018, la polaca Olga Tokarczuk, tiene la necesidad de reivindicarse meses después de la concesión del galardón. Y los motivos son, también, algo raros. La concesión del premio por partida doble (los motivos que llevaron a la cancelación del acto en 2018 son de sobra conocidos) junto a la elección del austriaco Peter Handke como ganador del 2019, y toda la polémica que eso ha desencadenado, han dejado a esta extraordinaria narradora en una especie de limbo, entre dos aguas para los lectores, y quizás algo desenfocada para la crítica.

Una muestra de la mala recepción y del despiste generalizado, que Anagrama está solucionando con una capacidad de reacción encomiable (acaban de recuperar la que fue la tercera novela de la polaca, Un lugar llamado antaño), pude constatarlo el otro día en Instagram. En una publicación de la editorial sobre Los errantes me aventuré a comentar que se trata de un libro magnifico, pero rápidamente recibí el exabrupto, porque no puedo calificarlo como una respuesta, de un vehemente y maleducado hater de Tokarczuk.

En esta irreflexiva réplica, aparte de llegar cargada de una mala educación propia del anonimato de las redes sociales, se pueden detectar dos problemas: que la premio Nobel todavía no ha calado, difuminada o nebulosa en España por los motivos que he citado más arriba —apalear a Handke ha resultado más atractivo para la canallesca que ponerse a leer Gran Literatura— y que, Los errantes, no es un texto sencillo (como prácticamente le ocurre a casi todas las obras de calidad); de hecho, se trata de una obra que hay que saber leer y, por tanto, entender, para poder valorar en toda su magnitud: que no está hecha la miel para la boca del asno, pero si la hiel, como demostró nuestro hooligan literario (más hooligan que literario).

Desde este Odradek de los viernes de Achtung! vamos a poner nuestro granito de arena crítico para ayudar a despejar esta situación —algo innecesario por otro lado, ya que la escritora se defiende muy bien con sus propios libros, pero bueno, la realidad es la que es y, ciertamente, el gusto parece que hay que educarlo—.

Teoría del viaje y el movimiento

Al afrontar una lectura como Los errantes es necesario comprender lo que he afirmado en la entradilla de este estudio crítico. Vivimos en la era de los géneros híbridos, en el imperio literario de los textos mixtos, en la narrativa del maridaje de formas, temas y motivos. Por ello, el concepto de novela, y el concepto de novela que Tokarczuk nos propone en Los errantes, escapa a la idea convencional. Y mucha falta nos hace de esto, en abundancia, para imprimir algo de nervio y corazón a una, cada vez más, aletargada producción narrativa plagada de medianías.

Por eso, Los errantes bebe de unas formas que nos trajeron, en la bisagra que separó al siglo XX del XXI, autores como el alemán W. G. Sebald, con quién se suele comparar la obra de la polaca. En efecto, algo tiene del maestro, pero más en la idea totalizadora, en los temas y en la forma de tratarlos, que en el estilo en sí. Los errantes es una novela sin trama, pero que se cose globalmente gracias a sus temas comunes para crear un universo narrativo singular, un todo conectado por el viaje y el movimiento.

La narradora del texto, que como en Sebald se identifica con la autora en lo que sería una autoficción o literatura del yo, nos presenta una serie de entradas, algunas más breves que otras, que son reflexiones sobre sus viajes, sobre su presencia en aviones y salas de espera, sobre el comportamiento de otros viajeros. Tokarczuk es viajera, pero por encima de todo es observadora. Quizás un viajero que se precie deber ser, primero, un mirón despiadado.

Entre los pasajes en donde nos aproxima estas reflexiones de carácter ensayístico y que crean una teoría y psicología del viaje y del viajero, del mundo y del hombre en constante movimiento, se incrustan una serie de relatos que beben de esa misma idea común como una forma de ilustrar las ideas teóricas con ejemplos narrativos ficcionales.

De esa forma, nos encontramos ante una novela disociada: las reflexiones teóricas de la autora sobre los viajes son ejemplificadas con narraciones que actúan al estilo de ejercicios prácticos de lo expuesto anteriormente. Y esa disociación se funde en el magma narrativo, para conseguir una obra compacta, sólida, reflexiva y, en algunos de los relatos, más que sobresaliente.

Teoría de la estática y la momificación (incluye la plastinación)

Las reflexiones de la autora nos transmiten su propia experiencia llevada a cabo en visitas a una serie de museos: en Viena, el Narrenturm, Museo Patológico-Anatómico Federal, y también el Josephinum, uno de los museos médicos más antiguos del mundo con exposiciones anatómicas en cera; en Dresde, el Museo Alemán de Higiene; en Berlín, el Museo de Historia de la Medicina de la Charité; en Leiden, Bélgica, el Rijksmuseum Boerhaave de historia de la ciencia y la medicina; en Ámsterdam, el museo anatómico Vrolik; en Riga, Letonia, el museo de la medicina Paula Stradiņa; en San Petersburgo, el Kunstkamera o Museo Pedro el Grande de Antropología y Etnografía de la Academia de Ciencias Rusa; por último, en Filadelfia, el museo Mütter.

En todos ellos, Tokarczuk se ha topado con momias, especímenes embalsamados y con lo más avanzado en el ámbito de la conservación: cuerpos sometidos a la técnica de la plastinación.

Imagen de un cadáver sometido a la técnica de plastinación.

¿A qué se debe esta obsesión de la voz narrativa principal de Los errantes por las momificaciones y embalsamamientos? El motivo radica en el mismo título del libro. Este manual de la errancia, que analiza las pulsiones del nomadismo, de la necesidad que tienen algunas personas por encontrarse en permanente estado viajero, alcanza su punto culminante en su curioso extremo paradójico. Nada hay más estático e inanimado que una momia, pero a la par es la sublimación del Errante, dado que no ha alcanzado reposo alguno ni después de muerto, y continúa en rotación constante, aunque se encuentre paralizado en un ademán, tras la vitrina de un museo.

El Errante solo alcanzará su destino cuando muera: la tumba, el último lugar de su viaje. Por eso, tal vez, la mayor aspiración de un Errante sea la de convertirse en momia, la de ser plastinado (sin duda, eso sería mucho mejor todavía), como forma de inmortalizarse en un ademan de movimiento eterno (aspiración científica inmemorial, la del eterno movimiento, ese perpetuum mobile que el Errante plastinado, disecado o momificado, exhibe como uno de sus grandes triunfos).

De ahí, la notable historia que Tokarczuk trae hasta las páginas de su libro: la de Angelo Soliman, un nigeriano criado y educado por una marquesa de Mesina y entregado como regalo a un príncipe que era el Gobernador imperial de Sicilia hasta que, en 1755, fue legado vía testamentaria a un importante miembro de la casa de Liechtenstein para quien trabajó en Viena. Gracias a sus exquisitos modales y cultura se convirtió en un importante miembro de la comunidad vienesa, a la sazón Gran Maestre de una logia masónica, llegando a ser amigo personal del emperador José II de Austria.

La historia, hasta aquí, ya resulta sorprendente e interesante, pero a la muerte de Soliman adquiere un giro tan dramático como humillante: su cadáver fue disecado y expuesto de forma inhumana en el Museo de Historia Natural de Viena, ataviado como un espécimen raro, desprovisto de su elegancia y vestido con collares y motivos indígenas para que el vulgo contemplara, y se admirara, ante semejante ejemplar de hombre salvaje.

Retrato del notable Angelo Soliman.

La hija de Soliman trató, en vano, de que Francisco I de Austria le devolviera el cadáver de su padre para así poder enterrarlo dignamente. A esta historia, la autora polaca incorpora la supuesta redacción de tres cartas de la mujer, Josephine Soliman von Feuchtersleben, en donde pasa de rogar y humillarse, a un tono de amenazas ante el absoluto silencio del Emperador. Finalmente, el cuerpo no encontró descanso en la tumba, y ardió en un incendio producto de la Revolución de 1948 acaecida en Viena.

Angelo Soliman consiguió en 2013, de manera póstuma, que una parte de la ignominia fuera reparada: se bautizó con su nombre a una calle vienesa. Esta historia nos presenta el extremo de la errancia por antonomasia, momificado tras una vitrina, en taparrabos, detenido en su perpetuum mobile.

El relato Kunicki, administrado en varias partes, es otro de los lugares maestros del libro. Una historia de la desaparición de una mujer con su hijo durante unas vacaciones en la isla croata de Vis, que afecta profundamente al marido, especialmente tras su reaparición como si nada hubiera ocurrido, después de haber sido buscados con todos los medios posibles (helicóptero incluido).

Los tres días de la desaparición, que para el hombre son un martirio, han sido una especie de fuga al Paraíso de la madre con su hijo. Ellos dos ya no son los mismos tras el regreso, especialmente la mujer. Y eso acaba por destruir al hombre. En esos días, ella ha descubierto la itinerancia, la errancia, y se ha convertido en una persona distinta, algo que su pareja es incapaz no solo de comprender, sino de aceptar. La respuesta a la pregunta de por qué esa desaparición de tres días, de esa errancia de tres días aun sabiéndose angustiosamente buscados, la encontraremos casi al final del libro.

En el desenlace del relato, una ligerísima transición maestra nos muestra el potencial narrativo de Tokarczuk y el empleo de los materiales narrativos de una forma pasmosa.

Teoría de la Gran Literatura

Puesta en pie la teoría del viaje, del movimiento, de la errancia, la polaca también despliega su propia teoría de lo que es Gran Literatura, y lo hace mediante la escritura de algunos relatos prodigiosos. Para ello no necesita teorizar acerca de nada, tan solo narrar una historia de forma apabullante. Una de esas historias es la del Festín del Miércoles de Ceniza, acerca de un Errante marino que conduce un ferry; otra es La historia de Philip Verheyen escrita por su discípulo y confidente Willem Van Horssen, en donde una pierna amputada, no un ser humano, ejerce de objeto errante.

Philip Verheyen fue un cirujano y anatomista belga, pródigo en disecciones de cadáveres y padre del descubrimiento del talón de Aquiles en 1693. Pero lo realmente fascinante en toda esta historia que nos narra su discípulo es el problema médico que tortura al anatomista: amputado de una pierna, sufre de dolores en lo que califica miembro fantasma. Es el territorio de la paradoja que tanto gusta a Tokarczuk: el especialista en disecciones carece de una extremidad, un miembro errante que no dejará de doler.

Grabado de Philip Verheyen.

Dentro de estos relatos médicos íntimamente relacionados con la disección y el embalsamamiento, Viajes del doctor Blau, en donde el médico va en busca de la herencia misteriosa del profesor Mole y su técnica de plastinación de cadáveres, es otra muestra del magisterio literario de la premio Nobel. El líquido de conservación, denominado agua estigia, también nos aproxima a la idea de errancia, puesto que otra cosa sino Errantes eran las almas que cruzaban la laguna Estigia en la barca de Caronte.

Los errantes es una novela pródiga en relatos sobre partes del cuerpo. Además de la pierna fantasma de Verheyen y el talón de Aquiles, de la anatomía rellena de paja de Angelo Soliman, de los especímenes sometidos a plastinación, nos topamos con un delicioso relato sobre la introducción secreta del corazón de Chopin en la Polonia por entonces repartida en manos de potencias extranjeras.

Columna de la iglesia de la Santa Cruz en Varsovia, en cuyo interior reposa el corazón de Chopin.

De mucho, y mucho bueno, trata esta novela de Los errantes, y he dejado para el final, de entre otros relatos notables, el que da título al libro, demostración de Gran Literatura de verdad, uno de los mejores textos que he leído en mucho tiempo. Y lo es por la elección del espacio, un Moscú inhóspito e inclemente con el ciudadano de a pie, también por la protagonista, atosigada con los cuidados de un niño enfermo y por un marido nada empático. Ánnushka, al igual que la mujer del relato Kunicki, encontrará en la errancia un bálsamo temporal a su situación. Son tal para cual.

Un día, simplemente, no vuelve a casa, se alía con una mendigo, la errante bientapada, y hace del monumental cefalópodo que es el metro moscovita su hábitat durante un tiempo. De línea en línea, de transbordo en transbordo, de tren en tren y de vagón en vagón, se nos muestra una historia sobre la deshumanización y la búsqueda del sentido que lleva a errar, a mantenerse en movimiento para huir de la desgracia. Una obra maestra que ya justifica por completo todo el libro.

Olga Tokarczuk, premio Nobel de literatura 2018 y autora de Los errantes.

Teorema de los Errantes

La explicación a esta obsesión de Olga Tokarczuk por lo errante, ya sea humano o una parte de la anatomía humana, tras el monumental despliegue literario, culmina en una serie de reflexiones que cristalizan el motivo principal del libro.

Simplemente, el ser humano, a veces, no es capaz de convivir con su dolor porque no lo comprende. Ya lo afirma Verheyen:

“Debemos investigar nuestro propio dolor”.      

Y así lo rubrica la propia narradora-autora con estas palabras tan repletas de sentido en las que demuestra que la errancia separa lo civilizado de la barbarie:

lo volátil, lo móvil, lo ilusorio equivale a lo civilizado. Los bárbaros no viajan, simplemente van directos a su objetivo o hacen incursiones de conquista”.

Ni el mundo, ni el ser que lo habita, son una isla.  Por ello, la errancia nos coloca a salvo de lo que nos atenaza, aterra:

muévete, no dejes de moverte (…) Quién rige los destinos del mundo no tiene poder sobre el movimiento y sabe que nuestro cuerpo al moverse es sagrado, solo escaparás de él mientras te estés moviendo (…) En cuanto te despistes y pares te atraparán sus enormes manos, te convertirán en un monigote (…) Convivirás a diario con el dolor”.

Por supuesto, el escritor es el primero de los Errantes. Y también el primero de los especímenes plastinados:

nos inmortalizaremos mutuamente en hojas de papel, nos plastinaremos, nos sumergiremos en el formaldehído de frases”.

De esta forma, se explica el espíritu viajero y errante de Olga Tokarczuk, también el de la desaparecida mujer de la mujer de Kunicki, y la renuncia al hogar de Ánnushka, que se refugia en el metro de Moscú. Y al fondo de todo ello aparece otro Errante más: nosotros, lectores, que vagamos por el libro y sus párrafos en busca de movimiento. El movimiento que solo consigue la literatura con mayúsculas, la literatura de Olga Tokarczuk.

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