Visiones de Praga: la ciudad escrita por sus autores (Primera Parte)

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Gracias a una generosísima invitación he podido pasar unos cuantos días en Praga, esa ciudad fascinante y bellísima. Unos días que han dado para mucho y también para construir algunas reflexiones: la ciudad en la que el Premio Nobel de Literatura Jaroslav Seifert encontró Toda la belleza del mundo, y así tituló un libro del año 1981 (Seix Barral), aparece en la mayoría de los escritores de Praga como un entorno duro, complejo, asfixiante, casi maligno, muy alejado de la bondad de los pináculos y la serenidad de sus puentes. El uso que han hecho, consumista, de la figura de un Kafka que murió frustrado como escritor, casi en el anonimato, y que no se empezó a recuperar hasta los años 60 del pasado siglo, entristece a quienes sabemos de la verdadera dimensión de su obra. Hoy, este Odradek es más Odradek que nunca al traer la Praga literaria. Será en dos entregas, porque la dimensión narrativa y poética de la ciudad así lo merece.

1-Praga y el ahogo

“Praga no suelta. Esta mamaíta tiene garras. Hay que adaptarse, es o ella o yo…”.

Franz Kafka le confesó estas palabras a su amigo Oskar Pollak en una carta del 20 de diciembre de 1902. Y tanto le agobiaba, le asfixiaba, que la primera idea que le vino a la cabeza para titular uno de sus incipientes escritos fue Cielo sobre estrechas callejuelas, una frase que define muy bien la idiosincrasia y la forma en que la ciudad de Praga ha sido vista en la literatura por sus escritores.

Interesante fotografía de Kafka coloreada.

La ciudad de Praga aparece caracterizada en la literatura con multitud de atributos. Para unos autores es la ciudad de la muerte, de los asesinos, para otros es una ciudad misteriosa, que oculta en su vientre enigmas angustiosos y maldiciones; para muchos es una ciudad opresiva y asfixiante, para otros es una ciudad mágica, incluso grotesca, esperpéntica. En cualquier caso, el telón de fondo de la ciudad, insertado en las narraciones, no se conforma con acompañar meramente a los personajes, a enriquecer con su atrezo la trama, sino que se comporta como un personaje más de los que forman el elenco de cada novela.

Seifert, el premio Nobel de Literatura del año 1984 y uno de sus libros más celebrados sobre Praga:

Y dentro de estas múltiples caracterizaciones, de este palimpsesto sobre el cual unos van escribiendo encima de otros, sí que se puede concluir que, para todos, es una ciudad opresiva y opresora, con cierto toque de malignidad, que con su peso aniquila al individuo, ahogándolo, no dejándolo respirar: una ciudad que esconde miedos tras cada esquina y que alberga retazos de los espíritus más negros del hombre en donde el mal se objetiviza en un caleidoscopio de visiones tenebrosas, grotescas.

Así, en el relato de Ronald Cross —de 1923, titulado ¡La guillotina para los poetas!, ya aparece una Plaza Mayor de la ciudad de Praga destinada a un enorme auto de fe público, a imagen de los que ya ocurrieron en el mismo lugar en el Medievo; plaza como lugar de ejecución y escarnio popular. El corazón de ese lugar alberga un holocausto, una hecatombe, un rito de sangre y cruel venganza. Porque la Plaza está marcada de sangre desde que el 21 de junio de 1621 se ejecutó allí, en un patíbulo levantado a tal efecto, a 27 señores checos sublevados contra los Habsburgo. Fueron decapitados, degollados otros, un par de ellos colgados.

Sin duda, en Cross late este suceso dramático cuando en el relato diversos escritores de la Praga de principios de siglo van pasando por un cadalso levantado en la Plaza Mayor. El texto puede encontrarse, con mucha dificultad —siempre de segunda mano—, en una recopilación de textos de varios autores que se titula Praga mágica (Editorial Juventud) —no confundirlo con el libro del mismo título de Angelo Maria Ripellino, publicado en Seix Barral—.

Para el escritor Alfred Kubin, en su novela La otra parte —de 1909— (en Minotauro), la ciudad es como un cuerpo enfermo, llagado, que supura y hiede por las heridas que representan las casas porque existe:

“una poesía de los patios húmedos y mohosos, de las buhardillas recónditas, de las trastiendas sombrías, de las polvorientas escaleras de caracol, de los jardines abandonados y cubiertos de ortigas, así como los pálidos colores de los pisos de ladrillo y de madera, los negros fogones y el extraño mundo de las chimeneas”.

 Una poética del espacio decadente a la que, de una u otra forma, se han adscrito los escritores que han glosado, o todavía glosan, Praga. Esta Praga de los cafés donde iban asiduamente los escritores, cafés en los que se tomaba el pulso literario a la urbe: el café Continental de Meyrink, el Litro de Oro de Jakub Arbes, los Zentral, Arco, Louvre, Edison, Geisinger, Montmartre… de los Kafka, Brod, Kubin, Hašek, Kisch, Leppin, Seifert o Werfel… El café, un lugar en el que discutir de literatura, pero también un lugar en el cual informarse de los sucesos, de las tragedias, de las muertes.

Alfred Kubin y tal vez su mejor obra, La otra parte:

2-Praga y la muerte

La Praga de la muerte se explicita en una Praga de asesinos, de asesinatos, de asesinados, en donde las Parcas campan a sus anchas en las narraciones de Pavel Kohout y de Egon Erwin Kisch, si bien en el primero la muerte viene traída de la mano de los asesinatos bélicos, inhumanos y compulsivos, y en el segundo nos aparece, generalmente, acobardada en el noticiario de sucesos: para uno, los asesinos tienen algo de épico y excepcional al imbricarse en un momento histórico descollante; para el otro, no son sino vulgares y corrientes personajes que han sucumbido al tétrico y maligno día a día de la ciudad.

La Praga de Egon Erwin Kisch en De calles y de noches de Praga (Minúscula), publicación de 1912, es una ciudad que gira en torno a la industria de la muerte: los servicios funerarios municipales, la morgue, los detectives, las comisarías, los calabozos, los investigadores de asesinatos, los asesinos pasionales, los envenenadores, los cafés de mala muerte repletos de marginales, proxenetas y confidentes, los asilos de mendigos, el miserable extrarradio (porque toda la belleza del mundo también posee sus extrarradios repletos de miserias, de fábricas misteriosas y ajadas),  el matadero de los animales callejeros y su sórdido desollador, la penitenciaría de trabajos forzados, los basureros, los locos, los vagabundos y el manicomio, los comedores de beneficencia, los ancianos y, en fin, toda una ciudad de enfermos, tal y como la califica. Su Praga no viene definida por los elementos arquitectónicos de la ciudad, sino por los personajes que la pueblan, conformando una geografía, otra geografía, diferente, del mal.

Egon Erwin Kisch recupera todo el sabor de la crónica de sucesos en De calles y noches de Praga:

Para Pavel Kohout en su obra de 2003, La hora estelar de los asesinos (Alianza Editorial), Praga es la ciudad de la curva de la Kyrchmayerstrasse, donde fue ejecutado Reinhard Heydrich, el Reichsprotektor de Bohemia-Moravia. Es también una ciudad de cementerios, el de Vysehrad, fundamentalmente, una ciudad en donde la vida pende de un hilo delicado, intangible, que se corta apenas sin darse cuenta.

El Reichsprotektor Heydrich y el estado en el que quedó su coche tras el atentado.

Es una Praga fría y omnipresente, que quita el resuello, helada, que golpea el estómago. También, una Praga ocupada, tomada por las SS y la Gestapo, que para los personajes resulta, una y otra vez, irreconocible. Y es una ciudad que se les vuelve reconocible sólo a través del ritual de la violencia, de la venganza y de la muerte. Entonces, gracias a eso, la recuperan.

Pavel Kohout y su gran novela La hora estelar de los asesinos:

La Praga de los relatos de Rilke, como por ejemplo en La criada de la señora Blaha, que aparece en el volumen al que me referí más arriba, Praga mágica, es una Praga angosta de paredes sucias, translúcida, de patios interiores y olores a humedad:

Anna se sentaba en la pequeña y oscura cocina, cuya ventana daba a un patio (…) se asustaba y descendía todas las lóbregas y mugrientas escaleras de la casa hasta la humosa taberna del callejón”.

Una Praga de interiores cargados y asfixiantes para un relato realmente inquietante y perturbador. ¿Es Praga un teatro de marionetas interpretado con muñecos humanos? ¿A qué se debe esa obsesión por reflejar la anulación de la personalidad, sometida a la ciudad insana?

Rilke, otro ilustre praguense.

3-Praga y la enfermedad

Resulta realmente interesante esa fijación de los autores por reflejar de una u otra forma esa excrecencia, esa especie de tumor maligno que era el gueto judío, incluso después de la desaparición tras el saneamiento de la ciudad: La ley de saneamiento del 11 de febrero de 1893 barrió a la Ciudad Hebraica del mapa de Praga con la excepción de algunas sinagogas, el Ayuntamiento y el cementerio.

Así, en un relato de Paul Leppin, El fantasma del barrio judío —publicado en 1914 y que también podemos encontrar en la recopilación de Praga mágica— el gueto es el nido de la malignidad, y es como si a la ciudad le hubiera crecido un miembro monstruoso y elefanciaco del que brota y se irradia el mal: en este caso el azote de la sífilis, expandida por toda la ciudad desde sus muros.

Paul Leppin.

La imagen del gueto maligno (y exacerbado por Gustav Meyrink en El Golem —editorial Valdemar—) es, según la describe Leppin:

En el centro de Praga (…) existía aún hace diez años el barrio judío. Un retorcido y lóbrego laberinto del que ninguna tormenta lograba barrer el olor a moho y paredes húmedas, y donde en verano las abiertas puertas despedían un aliento venenoso. La suciedad y la pobreza apestaban a cual más, y en los ojos de los niños que allí crecían titilaba una indolente y cruel perversidad. A veces, el camino conducía a través de la panza de una casa, en forma de bajo y abovedado pasadizo, o daba una brusca vuelta para terminar de repente ante un muro”.

Estamos ante una boca infecciosa desde la cual se esparcirá la enfermedad, en este caso la sífilis transportada por la prostituta Johanna, un lugar laberíntico y sarmentoso, que parece no conducir a ninguna parte, que apesta a orines, y que su tradicional mal permanece incluso emanado de sus ruinas, puesto que, aunque el prostíbulo de Johanna será derribado, y después el gueto al completo, la mujer encarna la enfermedad que barrerá Praga desde la escombrera.

Por lo tanto, Praga tendrá, siempre, ese apéndice maligno, retratado por todos los escritores y que en Gustav Meyrink tiene a uno de sus principales valedores.

4-Praga y la chatarra

Praga es una ciudad que atesora quincalla, que se presta al almacenaje, donde la chatarra adquiere cierta pátina, un valor añadido por el transcurso del tiempo, que le confiere a los objetos una especie de sabiduría:

El transcurso del tiempo produce valores, al menos tantos como destruye”.

Esta idea la mantiene Johannes Urzidil en el relato La casa de los nueve diablos (de 1961 y recopilado en Praga Mágica). Su ciudad es la de la Malá Strana, cercana a la isla de Kampa, un lugar de casas con personalidad propia y diabólica, microcosmos que reproducen en su interior el macrocosmos praguense:

La vieja casa en sí, llena de escaleras angulosas, cámaras ocultas, gabinetes y alcobas, puertas secretas y complicados sótanos, cuyo nombre ya sonaba demoníaco (…) Aquí y allá quedaba algún deteriorado mueble u objeto raro, cuya única función consistía en envejecer; un gastado sillón de brazos, sólo utilizable por fantasmas sin peso, un torcido estante para libros, en el que aún había varios volúmenes encuadernados en piel de cerdo… En hollinientas cocinas, las vasijas de latón y cobre, acumulaban cardenillo y pátina, el estaño se descomponía como si padeciera lepra o peste, y los calderos de hierro, con sus trébedes, estaban cubiertas de desmoronadiza herrumbre (…) el desván, repleto de incontables cachivaches; cajas sin tapadera, baúles abiertos, botellas de formas absurdas y enormes bombonas, y entre todo ello un inclinado globo terráqueo, una esfera celeste y un astrolabio de bronce (…) en el abovedado doble piso de los sótanos, donde se amontonaban los desechos metálicos, tales como cazuelas, morteros, fuentes de hierro y balanzas de cobre, lógicamente oxidadas por el paso del tiempo, y cuyos brazos se hallaban unidos a los demás objetos mediante espesas telarañas (…) como si, de vez en cuando, todo aquello tan abandonado y olvidado necesitase una mirada para seguir existiendo”.

Johannes Urzidil y su Tríptico de Praga:

Es la quintaesencia de Praga, de esa Praga de chiflados, de obsoletos objetos matemáticos, de la Praga de la alquimia, de los conjuros, de la sabiduría más antigua y ancestral: la del rabino Löw. Porque para Urzidil, Praga:

“es una antigua ciudad llena de magia. Es aquí donde los rabinos hacían correr de un lado a otro a sus aprendices de brujo, y los emperadores recurrían a los alquimistas praguenses. En esta capital concurrían gentes de todas partes, judíos y cristianos, checos y alemanes, personas del este y del oeste, del norte y del sur, y donde confluían muchas naturalezas distintas, surgen también muchas cosas misteriosas e incomprensibles, nunca vistas antes… palabras, caracteres y sucesos, con lo que el ambiente se presta de manera extraordinaria para poderes y conjuros mágicos.

Interesante recreación del rabino Löw y su criatura: el Golem.

Y esa obsesión por la vida, por la criatura artificial que tienen los praguenses, eternamente marcados, indeleblemente, por el Golem, por el ansia de imitar, de parecerse, de alcanzar a Dios… Es el camino hacia Dios, como ya lo trazó Max Brod en su biografía del astrónomo Tycho Brahe allá por 1916.

Max Brod y una de las primeras ediciones de su biografía sobre el astrónomo danés afincado en la corte de Rodolfo II de Praga, Tycho Brahe, el de la prótesis de nariz de oro y plata:

La Praga de Urzidil es la Praga más atractiva, es la ciudad de puertas que dan a espacios condenados, de habitaciones imposibles, de visitas fantasmales, de listas de demonios cada uno con su nombre propio… Es la ciudad, enorme, como un ente nacido y criado en una bombona de gas, igual que uno de los personajes de sus narraciones. En su Tríptico de Praga (Pre-Textos, original de 1960) la define como una ciudad:

Puntiaguda, cortante, combativa e inquietante.

Una ciudad, también, de apéndices incorruptos y momias, en donde se pueden encontrar:

“La nariz de oro de Tycho Brahe (…) el cuerpo incorrupto de la beata Electa (…) la lengua incorrupta de san Juan Nepomuceno (…) la asombrosa barba de santa Angustias (…) Maradas, el general (…) seco como un bacalao”.

Muchas otras perspectivas literarias, como la de Gustav Meyrink, la Praga de la basura en la obra de Bohumil Hrabal e Ivan Klíma, la presencia abrumadora y comercial de Kafka en la urbe moderna, y algunas reflexiones más, las dejo para la segunda parte de esta columna del Odradek, más praguense y kafkiano que nunca, y que aparecerá el próximo viernes.

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