“Vidas de santos” de Antonio Lucas: Avicii y el tormento del genio

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La pasada semana ocurrió uno de esos sucesos que, con el paso de los días, terminan por preocupar a causa de la carga emotiva que puede encontrarse en ellos. Me estoy refiriendo a la muerte, posteriormente certificada como un suicidio, del disc-jockey y mega estrella de la industria musical Avicii, con tan solo 28 años. Cuando este tipo de noticias saltan siempre se inicia un debate (bastante infructuoso) sobre las formas en las que el éxito, la fama mal digerida, o los resortes de una industria deshumanizada, fagocitan a sus propios ídolos —ya sean musicales, literarios, o pertenezcan a cualquier expresión artística—. Por eso, con la muerte de Avicii, he aprovechado para traer hasta esta columna del El Odradek el libro de Antonio Lucas titulado Vidas de santos (Círculo de tiza), en donde sus “santos” no son sino un puñado de juguetes quebrados por las olas de la vida, devorados por las pulsiones más voraces y por la completa indefensión de quienes fueron conscientes de encontrarse en un lugar al que no pertenecían, incapaces de defenderse.

En Vidas de santos, publicado en 2015, Lucas reúne las semblanzas de una serie de personajes que se bebieron la vida a su aire hasta atragantarse, y que durante dos años había publicado en el periódico El Mundo. Aparecen por ellas todo tipo de pelajes y de encarnaduras, desde ídolos del rock que se fueron demasiado pronto, pasando por muchos escritores, pintores, fotógrafos, cantantes…, divididos en tres secciones: Promesas quebradas, Heterodoxas y Vidas revueltas. Sin duda, en la primera catalogación muy bien podría incluirse al Dj sueco Avicii.

Pero vayamos con lo pavoroso: la editorial elige unas palabras sobre Sid Vicious, el bajista de los Sex Pistols, como reclamo en la portada del libro. No puede caber ni la menor duda de que Sid Vicious es el paradigma de una vida arrojada al retrete de la fama mal encajada, del delincuente reconducido a golpes de mercadotecnia hasta convertirse en lo que ni era ni creía ser, del desastre andante que, como una bomba de relojería, lleva escrito en el rostro lo poco que le resta de vida e incluso el momento exacto de su deflagración.

Sid Vicious.

Vicious es la paradoja de haberse convertido, tras su muerte, en exactamente lo que nunca significó, ni quiso significar, mientras estaba sumido en ese trance hipodérmico que era su vida. Y tal y cómo le ocurrió a él, le sucedió a un ejército de estantiguas que atraviesa las páginas escritas con vigor y nervio por Antonio Lucas, páginas que conforman un libro que es como un zoológico en cuyo interior, en sus jaulas desesperadas, podemos asistir a como esas criaturas sobresalientes se hirieron con las aristas de la vida.

La primera parte, Promesas quebradas, se inicia con Arthur Rimbaud, poeta del malditismo, ejemplo del literato salvaje, del hacedor de versos que sangra por sus letras, del talento desbordado que enferma al propio cuerpo de una forma devastadora. Porque parece ser que la condena es un marchamo que acompaña a muchos poetas. Desfilan por el libro, también, otro buen puñado de ellos, entre los que destacan Keats, Lautreámont y un caso especialmente doloroso, el del canario Felix Francisco Casanova. La poesía es una enfermedad autoinmune.

Felix Francisco Casanova, poeta, falleció en el año 1976. Contaba con 19 años y al encuentro de la promesa de su talento le salió un dudoso escape de gas. A pesar de su juventud, nos ha dejado una obra intensa repleta de genialidad, que ha conducido a un curioso retruécano que solo pertenece a los grandes: hay más páginas comentando y hablando de su obra que palabras escritas por su mano. La editorial Demiage ha publicado lo que califica como sus obras completas en un volumen que incluye la novela El don de vorace, su diario íntimo Yo hubiera o hubiese amadosus ocho poemarios fechados entre 1969 y 1975, sus cuentos y entrevistas, además de documentos gráficos y su Manifiesto Hovno, todo ello prologado por Fernando Aramburu.

En esta primera parte del libro de Antonio Lucas también aparecen algunos talentos que se vieron eclipsados por su amistad con los genios imperantes. Tal es el caso del pintor y escritor Carles Casagemas, amigo de Picasso que terminó desparramando los sesos sobre las gollerías servidas en las mesitas de un cafetín parisino, o Marga Gil Röesset, escultora y a la sazón enamorada del Premio Nobel Juan Ramón Jiménez, víctima de una desesperada pasión que consiguió levantarle la tapa de los sesos con la ayuda de la pistola de su abuelo.

Estos personajes parecen un ejemplo de ese tipo de mal que tipifica el escritor austriaco Thomas Bernhard en El malogrado (Alianza Editorial), cuando quienes se han visto eclipsados por el genio del pianista Glenn Gould tan sólo pueden tomar dos direcciones: fracasar o eliminarse. Ser Mozart o Salieri es una cuestión delicada si nos va la vida en ello porque, además, Mozarts ha habido bien pocos.

Entre los músicos que aparecen en esta primera parte, además del propio Sid Vicious y de Nick Drake, encontramos un caso que se ubica en las antípodas del destructivo bajista de los imperdibles y los inyectables. Se trata del líder de la banda Joy Division, el lánguido, tímido, reservado e introvertido Ian Curtis, una depresión deambulante y con la Caja de Pandora de la epilepsia enganchada con garfios a su columna vertebral.

Ian Curtis.

Curtis, con tan solo 23 años, se ahorcó en la cocina de su casa. Dejaba, para la historia de la música y de la lírica, la canción Love Will Tear Us Apart, uno de las piezas más hermosas y complejas del rock, publicada a título póstumo.

La segunda parte del libro, Heterodoxas, está dedicada a mujeres que marcaron un estilo, una época, una forma radicalmente diferente de crear, de amar, de pasar por la vida, dejando una huella profunda. Inquilinas de manicomio o huéspedes del cáncer, revolucionarias sexuales, surrealistas o editoras, escritoras, fotógrafas o poetas, todas ellas iluminaron hasta las brasas a los hombres-nombres más célebres de la época, cuando el papel cuché, el anuario de arte, la revista intelectual, miraba en la dirección equivocada sin darse cuenta de lo que ellas significaban.

Camille Claudel —escultura y víctima de un amor que alcanzó el manicomio por Auguste Rodin—, Susan Sontag —escritora de la contracultura y la bisexualidad—, Gala Dalí —¿de verdad a la sombra del genio?, ¿seguro?—, Sylvia Beach —editora del Ulises de Joyce—, Anna Ajmátova —poeta del dolor y de la muerte—, Carson McCullers —uno de los mayores talentos de la narrativa norteamericana—, Simone Weil —pensadora y filosofa que de su compromiso hizo hambre y sacrificio—, Agota Kristof —una de las voces más importantes de la literatura húngara—, Billie Holiday —vocalista de jazz afinado con maltratos y abusos— , Alejandra Pizarnik —poesía, literatura, Julio Cortazar y 50 pastillas de Seconal Sódico—, Anaïs Nin —muchísima más literatura que sexo, más allá de Henry Miller— o Anne Sexton —su historia de versos, vodka, depresiones y poemarios convulsionaron toda una forma de hacer poesía— cumplimentan esta nómina de mujeres planetarias que tuvieron lunas que orbitaron a su alrededor, y no al revés, como tan a menudo la historia ha intentado mentirnos y mostrarnos.

McCullers, Sexton y Anaïs Nin, tres formas bien diferentes de entender la literatura, tres maneras de genialidad:

La parte final, Vidas revueltas, un título con regustos a Camilo José Cela, nos acerca hasta el latido de varias figuras esperpénticas, carpetovetónicas, deformadas por su paseo entre las paredes del callejón del Gato, pero plenas de originalidad y potencia. Desde un cromañón del cante hondo, Manuel Agujetas, hasta Rafael Sánchez Ferlosio, escritor de dos novelas admirables y una de ellas, además, tan odiada como amada, pasando por Juan Luis Panero o Antonio Escohotado, para componer un grupo de quienes son, tal y como los definiría Cansinos Assens, divinos fracasados.

El Dj Avicii.

Por supuesto, a este listado de genios que fueron derrotados en el ajedrez del tiempo, que no pudieron con sus propias capacidades, que se extenuaron en la batalla contra la vulgaridad, se podrían añadir otros muchos. Según el gusto de cada uno. Ya lo he comentado, Avicii sería uno de los candidatos ideales a una ampliación del texto. Pero si lo expandiéramos a deportistas, indudablemente Ayrton Senna, Fernando Martín, Dražen Petrović, Yago Lamela, o George Best saludarían desde las páginas del libro por derecho propio.

Si de músicos se trata, la nómina parece inagotable: desde el propio Freddy Mercury, o el teclista Keith Emerson, el eterno Kurt Cobain, Prince, Michael Jackson, Michael Hutchenche, hasta George Michael o los más recientes casos que ha rendido tributo a la trituradora: Chris Cornnel, el líder de Soundgarden, o Chester Bennington de Linkin Park.

Cornnel y Bennington, dos de las más recientes pérdidas del panorama musical:

Todos ellos atiborraron de riesgo y límite unos cuerpos ahítos de talento, diseñados para una gloria y una fama tan planetaria como perecedera y, después, inmortal. Que el sistema, la industria o la sociedad, sean culpables de su extinción, es algo que bien poco puede importarnos.

Porque cualquier conclusión a la que podamos llegar resultará absurda cuando entendemos, al leer el magnífico Vidas de santos de Antonio Lucas, que una poesía de Ajmátova, una canción de Billie Holiday o las páginas de El corazón es un cazador solitario de Carson McCullers se encuentran por encima de dramas y circunstancias. Son la esencia de unos talentos que vinieron a este mundo con un solo objetivo: hacernos felices a costa de su propia infelicidad. En eso radica su inmortal grandeza.

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