artes | letras, carrusel, libros, literatura, Odradek, opinión — 20 abril, 2018 at 17:18

Thomas Bernhard: retablo de enfermedad, locura, suicidio y muerte

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Imaginemos un escritor que sea capaz de enganchar tiradas de cientos de páginas sin colocar un solo punto y aparte: cuando se toma entre las manos una novela suya nos golpea un bloque de letras que parece infranqueable. Ahora, imaginemos que algunas de sus frases alcanzan una distancia de cuatro o cinco páginas, con decenas de comas, y que además repite y repite palabras e ideas sin descanso, casi de forma compulsiva. Además, sus temas giran en torno a la locura, a la muerte, a la enfermedad y a los comportamientos más abyectos del ser humano. ¿Leeríamos a un escritor así, a un autor que exige hasta la extenuación a sus lectores? Claro que sí que lo leeríamos. Y lo leemos: admiramos a Thomas Bernhard.

Ayer tuve una sesión más de mi Taller de Literatura y Lectura Comparada que imparto en Torrelodones. Consistió en el análisis y puesta en común de la novela Amras (editada en Alianza Editorial como todas las que aparecen en este artículo), del escritor austriaco Thomas Bernhard. Fueron dos horas muy enriquecedoras con un debate apasionante alrededor de esta obra tan difícil como sorprendente, tan dura como poética, tan Thomas Bernhard, al fin y al cabo.

Si quieres saber más de lo que hacemos en los Talleres de Literatura y Lectura Comparada puedes leer este artículo que publicamos aquí, en Achtung!:

http://www.achtungmag.com/taller-lectura-comparada-en-torrelodones-otra-forma-de-leer-es-posible/

Un escritor como Bernhard es insostenible en los tiempos que corren. Lo que demanda del lector solo lo hallará en quienes somos muy vehementes o en aquellos lectores verdaderamente avezados. Los amigos de novelitas del tres al cuarto y de consumo rápido, que lo fían todo a una lectura veloz con un final previsible que les proporciona un único sentido (el de terminar el libro y pasar al siguiente), deben olvidarse. Este caviar es mucho caviar. Ni siquiera sigan leyendo este artículo. Continúen con sus algarrobas literarias.

Pero como sé que hay muchos buenos lectores que saben apreciar a un novelista supremo que pone en pie unas arquitecturas narrativas en donde el lenguaje es el gran protagonista —mediante un trabajo que somete a ese lenguaje hasta la exasperación—, por todos ellos, hoy me apetecía recordar en esta columna de El Odradek a Thomas Bernard.

Es un escritor que o lo amas o lo odias, ambas cosas con pasión y casi furia. Es un autor de otros tiempos que resulta muy necesario para estos tiempos. Porque puede demostrar a mucha gente que anda ofuscada lo que es la verdadera literatura.

A Bernhard hay que leerlo para después aborrecerlo, si es que eso es necesario. Lo que ofrece es tan original, tan rigurosamente distinto, que si lo comparamos con todos esos autores que ahora mismo copan las mesas de novedades el resultado es bochornoso. Simplemente, son categorías diferentes.

Me parece determinante que su primera novela, con la que se revela como un escritor digno de tener en cuenta dentro de una tradición literaria como la alemana (tan compleja y repleta de autores mayúsculos) sea Helada, publicada en 1963. Un texto complejo como pocos, abigarrado, en donde ya aparecen todas esas incomodidades que Bernhard regala al lector. Aun así: un éxito.

En Helada asistimos a una relación entre hermanos en donde uno (el estudiante de medicina) observa al otro (un pintor recluido en un valle desde hace 20 años). Aparece esa Naturaleza opresora y maligna, los rasgos de una locura que se deriva de la localización topográfica y el miserable retrato de la sociedad rural austriaca.

Los eternos temas de Bernhard cuajan en Helada: un eje temático que aúna la enfermedad, la locura, el suicidio y la muerte; la ya mencionada hostilidad de la Naturaleza contra el hombre; la crítica a la sociedad austriaca; y un último conjunto que aglutina el aislamiento, la falta de comunicación y la soledad. Leer sobre estos temas, expuestos de forma compleja, no es sencillo, desde luego. Pero aquí radica la grandeza de este autor.

En 1964 publicará Amras como una forma de salir de un bloqueo, dado que el éxito de Helada lo tenía bastante presionado. En Amras el escritor se muestra todavía más hostil desde su planteamiento: unos hermanos sobreviven al suicidio masivo que habían planeado junto a sus padres, que sí fallecen. Además, uno de los dos hermanos es epiléptico, igual que lo era su madre, y para protegerlos del oprobio que acarrea esa enfermedad maldita junto a la pertenencia a una familia estigmatizada por el suicido, el tío materno decide recluir a los dos huérfanos en una torre.

Es difícil imaginar un planteamiento más duro y una puesta en escena más sórdida. Sin embargo, Amras contiene una gran carga poética, dado que se encuentra atravesado por el espíritu romántico de Novalis, determinante en la confección que de los mecanismos de la locura llevará a cabo Thomas Bernhard en la totalidad de su obra, independientemente de los factores externos producto de la azarosa vida del autor. Quienes me conocen ya saben que siempre trato de alejarme del biografismo a la hora de comprender una trayectoria literaria, puesto que soy de la opinión que eso embarra y arroja más nieblas que certezas sobre una lectura provechosa de los textos.

Amras se inicia con una cita de Novalis:

La esencia de la enfermedad es tan oscura como la de la vida”.

Por supuesto, esto no ha sido colocado al azar o por capricho al inicio de la novela. Para comprenderlo, debemos conocer cómo entiende el brote de locura Thomas Bernhard, apoyado, precisamente, en Novalis.

El poeta romántico Georg Philipp Friedrich von Hardenberg, más conocido como Novalis.

La novelística de Bernhard siempre intenta moverse entre dicotomías que, producto de su roce, producen el magma literario.  La más importante de estas dicotomías es la de una mente lúcida frente a una mente atrofiada. Y sobre ellos se articula el discurso bernhardiano.

Una mente lúcida es extremadamente sensible ante los sucesos que la rodean, de todos ellos extrae unas conclusiones torturantes. Los propietarios de este tipo de cerebros perceptivos en las novelas de Bernhard están condenados a la locura. Han elegido no sumergirse en la corriente mundana, zafia, vil, repleta de bajezas, de los representantes del pueblo, que significan el paradigma de mente atrofiada; se dejan llevar en dirección al crimen y a la inmoralidad.

Pero resistir intelectualmente (con su enorme dosis de suplicio) o dejarse ir para abrazar la ignominia (con su porción placentera) es una respuesta, una actitud que es necesaria tomar ante las afrentas de una vida que resulta insoportable. Un ejemplo es el mero acto de levantarse de la cama todas las mañanas, algo que resulta insufrible para Bernhard (y no es por causa del despertador que suena a las siete, del atasco en la autopista, de los problemas para aparcar o del jefe que nos espera); al levantarse uno asume voluntariamente y con mansedumbre la sarta de iniquidades, de humillaciones, derrotas y fracasos que van a baquetearnos hasta lo insufrible. Tal y como afirma en su novela Trastorno:

“Por la mañana todos tienen miedo de que les hablen; también yo tengo miedo por la mañana de que alguien me hable, de que pueda ser el primero a quien hablen. Oímos como nos levantamos, nos lavamos y nos vestimos, pero tenemos miedo de mirarnos. De repente nos hablamos mutuamente y quedamos destrozados. Destrozados para todo el día”.

En efecto: levantarse de la cama ya es nuestra primera derrota.

He citado Trastorno, su tercera publicación y la segunda gran novela de Bernhard, publicada en 1967. Esta obra confirmó su éxito en Alemania, pero en Austria ya se había granjeado odios por la feroz crítica que mostraba del país, centrada en la malignidad de sus pueblos más típicos (como los del Tirol profundo) y de sus centros de cultura impostada (como Viena). Una serie ingente de obras de teatro, después, contribuirían a generar polémicas, enfrentamientos, y un rechazo enorme por parte de sus paisanos. En esa vorágine, en un momento determinado, Bernhard llegará a prohibir la publicación de sus obras en Austria.

En Trastorno serán un médico y su hijo (de nuevo la tortuosa relación familiar, ya sea paterno-filial o entre hermanos) quienes pasan consulta en un profundo valle y se irán encontrando con un surtido de miseria y enfermedades que son, generalmente, producto del comportamiento depravado de los habitantes de la zona. Todos ellos han decido, ante la opresión de la Naturaleza, dejarse llevar, arrastrar en dirección a la zafiedad y a la inmoralidad.

Uno de los males prototípicos es la conocida como epilepsia del Tirol (que también aparece en Amras); en muchos casos son enfermedades producto de las relaciones incestuosas. Asesinatos, crímenes de todo tipo, adulterios…, todo es poco para caracterizar el ambiente de corrupción de esa población ubicada en la Estiria profunda.

Por otro lado, está el Príncipe Saurau, propietario de una mente lúcida que, ante la contemplación de la decadencia que lo rodea, se ha aislado en su castillo y está enloquecido. Novalis ya abundaba en esta terrible dualidad. Para él, las personas se dividían en asténicos y esténicos. Los primeros eran lúcidos y sufrientes, los segundos activos, representantes de una fuerza brutal. En palabras del propio Príncipe:

“No obstante, era un error creía él, negarse a aceptar la evidencia de que todo era enfermizo y triste —dijo realmente enfermizo y triste—”.

Pero, además, y esto es clave para la obra de Bernhard, esos asténicos luminosos tienen desarrollada una percepción de lo que les rodea a flor de piel, es decir, los bordes de la realidad les resultan insoportables, y eso les hace enloquecer. Se trata de un círculo maligno porque a mayor locura, a mayor enfermedad, mayor progreso en el proceso de captación de todo lo que les rodea, con una conclusión inevitable: enloquecimiento y muerte, generalmente mediante el suicidio (el otro gran tema de Thomas Bernhard).

Un ejemplo de este binomio locura-lucidez lo hallamos en la novela La Calera (cuyo núcleo central es un solo párrafo de más 220 páginas, con puntos y seguido, eso sí). La Calera es una vieja fábrica de cal abandonada en donde se encierran Konrad y su mujer, inválida por un tratamiento médico erróneo. Los cinco años de asilamiento voluntario, o de trabajo forzado de Konrad, obedecen al intento de conformar un complejo estudio sobre el oído, del que no consigue escribir más que unas palabras (muchos personajes de Bernhard están inmersos en planes inabarcables como Rudolf en la novela Hormigón —de 1983— que intenta llevar a cabo un estudio sobre el músico Mendelssohn).

Imaginativos diseños para las portadas de la La Calera:

Konrad termina por matar a su mujer de dos disparos (no hago ningún tipo de spoiler bernhardiano puesto que esto ya se cuenta al principio de la novela). En su cabeza ha entrado la locura. Tras esos años de silencio y aislamiento ha desarrollado un oído tan sensible que es capaz de escucharlo prácticamente todo, incluso, imagino, que los “ruidos del cerebro” de los que se queja el Príncipe Saurau en Trastorno.

Desde ahí, hasta alcanzar el suicidio para detener el sufrimiento, solo hay un paso. Y en eso ya no tiene nada que ver un clima opresivo o martirizado por ese viento caliente propio de la zona, el Föhn, que desata la locura. Casi es peor que reine el buen tiempo para estos seres de cerebro hiperactivo y luminoso. En Trastorno se especifica uno de los motivos:

“Precisamente en los días despejados, dijo, en que el mundo se mostraba en todas direcciones transparente como el aire y, simplemente por su serenidad, la Naturaleza era bella, el dolor de los que sobrevivían a alguien muerto hacía tiempo era doble”.

Las relaciones humanas para Bernhard son terribles además de imposibles, y sólo encuentra la paz el ser humano cuando, como se asegura en Trastorno,

“sólo era capaz de estar con otro ser querido cuando este había muerto y se encontraba verdaderamente dentro de él”.

He querido acercar los principales motivos novelísticos arraigados en la locura y la muerte que nos ofrece el autor austriaco a grandes rasgos, sin entrar en otras obras maestras de Bernhard —por motivos de espacio y porque la función de esta columna solo era aproximar algo de este escritor descomunal— como son El malogrado (de 1983), Tala (1984) o Maestros Antiguos (1985), o incluso en sus relatos y nouvelles, a los que tal vez dedique otro Odradek más adelante —sin duda lo merecen—.

Dos interesantes portadas de la novela Tala:

Odiado durante años en Austria, y muy en concreto en Viena, como si fuera una víctima de esa cultura vacua y alienante que tanto denunció, ahora se rinde homenaje a Bernhard en modo de souvenirs, postales y rutas por los cafés vieneses que frecuentaba.

Igual que existe una Viena mozartiana o musical alentada por los turoperadores, también existe una Viena de los escritores (en la que se incluye a Freud junto a Arthur Schnitzler, el poeta Peter Altenberg, Elias Canetti, Graham Greene, Karl Kraus, entre otros muchos) de la que Thomas Bernhard forma parte. Supongo que muy a su pesar, si lo supiera.

Foto legendaria de Bernhard en su mesa habitual del café vienes Bräunerhof. Es una de las postalitas que se venden como souvenir vienés.

Este ha sido el viaje que he propuesto en El Odradek por la literatura mental y filosófica de uno de los mayores genios literarios del siglo XX. La cosa es bien sencilla: si no has leído nunca a Bernhard no sabes lo que es la literatura, por muchos libros, lecturas y autores que lleves en la mochila. Luego ya tendrás tiempo de odiarlo con bilis o amarlo hasta la vehemencia (como yo).

Pero no dudes una cosa: tu visión de lo que significa escribir, de lo que significa el monumental y mastodóntico oficio de construir una novela, experimentará un antes y un después tras conocer la obra de este hombre magníficamente traducido por Miguel Sáenz, uno de esos lujos de los que disfrutamos los lectores españoles (además ha traducido a Grass, Sebald o Brecht).

Si todavía tienes dudas de lo que afirmo, hazte un favor: con motivo de este próximo Sant Jordi, de la maldita noche en blanco de los libros o de la semana cultural que se avecina, deja a un lado a toda esa escoria cómodamente ubicada en la industria del capitalismo literario que copará actos y mesas de novedades con sus porquerías recién editadas para aprovechar el tirón mediático de la ocasión, e inténtalo con la novela El malogrado, una de sus mejores obras.

Todos esos autores no van a salvar la literatura que exprimen, de la que viven con sus inmensas basuras, aunque pretendan erigirse en adalides de una cultura destruida y en protectores del mercadeo que los alimenta de forma sonrojante, pero puede que la lectura de Bernhard te salve a ti, o al menos te reconcilie con la verdadera literatura de calidad, alejadísima de este saco de vergüenzas que es la literatura de consumo actual.

Toma El malogrado y corre a casa. Aíslate de esos estúpidos fastos y conmemoraciones de colorín. Abre el libro y empieza a leer a Bernhard. Celebra así tu propio día del libro, tu semana de la cultura, lo que desees. De inmediato, habrás caído en el embrujo del lenguaje bernhardiano. No podrás huir ya de su genialidad.

Thomas Bernhard, un hombre genial (retratado por Michael Horowitz).

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