ACHTUNG!, carrusel, cine, cine | tv, internacional, música, opinión — 13 julio, 2019 at 15:09

The Cure Live en Hyde Park: Nostalgia de carmín rojo y sombras negras

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El pasado jueves tuve el placer, gracias a la invitación de Yelmo Cines, de ver el estreno de la película The Cure: Anniversary 1978-2018 en Hyde Park, un repaso en directo de los grandes temas del grupo. Con una realización impecable a cargo de Tim Pope, y un sonido estratosférico, ver a Robert Smith y compañía evolucionar en pantalla grande fue todo espectáculo. Para los fans del grupo, una cita imposible de perder, para los amantes de la buena música, una demostración de saber hacer sobre el escenario con momentos emocionantes gracias a un repertorio extraordinario. Pero, a medida que veía la película y se desgranaban todos esos clásicos, en mi cabeza bullían algunas reflexiones, que hoy comparto con vosotros en esta columna de El Odradek.

The Cure han sido para mí, como para casi todo el mundo, un grupo de los 80 y de los 90. De esas épocas en las que aún existían las casetes y, en efecto aquí llega el tópico, rebobinábamos con un bolígrafo BIC para no gastar los cabezales de nuestros reproductores (en mi caso una doble pletina AIWA) o, simplemente, porque éramos así de cutres.

Recuerdo que tenía la cinta del disco Japanese Whispers, el de la celebérrima portada de los angelitos, o querubines, o lo que fueran. Se trataba de un grandes éxitos un tanto pocho, dado que reunía los singles desde noviembre del 82 a noviembre del 83, pero en ese escaso periodo de tiempo el disco incluía dos clásicos: The Walk y The Love Cats.

Lo mejor de todo esto es que The Cure ni tan siquiera me gustaban por entonces, yo era un chaval de 16 años que se estaba leyendo todo el Siglo de Oro español hipnotizado por el Guzmán de Alfarache (Cátedra), y enfervorecido por el Rock Sinfónico de Génesis y Yes, y el Progresivo de King Crimson. Entonces, ¿de dónde había salido aquella cinta?

Pues, seguramente, me la dejó alguno de mis amigos con la insistencia algo pesada y la esperanza un tanto ilusa de que me aficionara a la banda de Robert Smith. Eso no sucedería entonces, pero a base de acompañarme con la insistencia de toda mi vida las canciones de The Cure, al final, comprendí la complejidad del grupo y terminé admirando tantas cosas buenas que ofrecía la banda.

Soy un bolígrafo BIC que rebobina la cinta de mi vida a medida que, sentado en el cine, disfruto con las interpretaciones de The Cure, y me pregunto el motivo por el cual esta banda posee algunas de las canciones que mayores heridas me han causado, que fueron capaces de volver mis cicatrices del revés, igual que me ocurre en esos instantes en los que, en la pantalla grande, escucho In Between Days, por ejemplo.

Hagamos un REWIND de la cinta: ◄◄. Estamos en 1985 y acaba de aparecer el disco que me engancharía a The Cure: The Head On The Door, algo relativamente sencillo porque, además de ese maravilloso In Between Days incluía Close To Me, que además poseía un video clip genial que no dejaban de poner en la televisión.

Estamos en 1985 y mi hermano tiene un programa en Radio Cero, la Radio Anti OTAN (es cierto, aquellos tiempos eran así). Un programa en donde ponía la música que a él le gustaba, tras aquella cabecera que nunca olvidare del Bad, Bad Leroy Brown del malogrado y brillantísimo Jim Croce.

En cualquier caso, y a pesar de programar las canciones que le gustaban, siempre me preguntaba por alguna novedad, un tema de actualidad o un disco nuevo para poder hablar de él. Mi amigo Bruno acababa de comprarse el disco The Head On The Door de The Cure, él era uno de los incondicionales de la banda, y manteníamos una sana costumbre de intercambiarnos vinilos, dado que andábamos secos de presupuesto. De esa forma, su Synchronicity de The Police, y creo que esto ya lo he contado en alguna ocasión, pernoctó más tiempo en mi casa que en la suya, y terminó regalándomelo. Otros discos que nos pasábamos de forma agotadora y repetitiva en esos intercambios fueron el Alchemy de Dire Straits o el Ammonia Avenue de The Alan Parsons Project (el de la canción Don´t Answer Me).

Así, que me llevé al programa el disco de The Cure prestado por Bruno y pusimos In Between Days. Cuando sonó en aquel solitario y algo cochambroso estudio la voz histriónica de Robert Smith, me atravesó un escalofrío. Acaba de intuir lo que se escondía detrás de la banda.

FAST FORWARD ►► y al presente ►: En la película, The Cure están tocando en el verano de 2018, dentro de esos macro eventos que se celebran en el londinense Hyde Park bajo el título genérico de British Summer Time. Es algo mastodóntico, realmente no es la mejor forma de ver a un grupo, sumidos en una marea 65 mil espectadores. Lo sé muy bien porque durante el verano de 2015 vi a Paul Weller y The Who. Es una experiencia única, pero como tal, única de verdad: para llevarla a cabo una vez en la vida.

Las canciones van desfilando por la película con un Robert Smith impecable a la guitarra. De hecho, luce dos modelos interesantes, uno con la bandera de la Unión Europea, las fechas 1978-2018 que conmemoran los 40 años de la banda, y una pequeña frase: Citizens Not Subjets. Es su forma de protestar ante la monarquía inglesa, a la que no comprende. El cantante se considera republicano y entiende que la Casa Real Británica lleva siglos destrozando su país.

Esto no será óbice para que el sonido de The Cure sea de lo más británico entre lo británico, algo que se demuestra en canciones como Pictures Of You, A Forest o Fascination Street, por ejemplo. Incluso mi hermano, reacio a la banda, acabó admitiendo que algunos de los temas le gustaban. Recuerdo que, además de Close To Me o Boys Don´t Cry, una de sus canciones favoritas, también lo es de las mías, era Lullaby, aunque se quejaba de su espectacular vídeo, que consideraba repulsivo (realizado por Tim Pope, por cierto, como esta película).

REWIND: ◄◄. Ignoro el motivo, de verdad que no puedo recordarlo, pero mi hermano y yo viajábamos en el autobús que llevaba al aeropuerto de Barajas para esperar a alguien (¿a quién?); en esos tiempo no existía metro ni tren que te condujera hasta allí; o te exponías al brutal timo del taxista, o te embarcabas en un bus que salía del subterráneo de los bajos de la Plaza de Colón (a un precio del billete que también era un escándalo).

Así que, metidos en el atasco de la salida de Madrid por la Avenida América, vimos, desde la ventanilla, una inmensa limusina negra. En su interior, apoyada la cabeza contra el cristal, con una pelambrera estrambótica, Robert Smith. Estamos a 1 de julio de 1989 y la noche anterior The Cure han tocado en la Plaza de Toros de las Ventas.

Cuando llegamos al aeropuerto mi hermano entra en éxtasis, no porque se nos aparezca Robert Smith justo delante, sino porque, arrastrando unas maletas monumentales, el músico de rock y blues Dr. John deambula por el vestíbulo junto a una parte de su banda (Dr. John ha fallecido este pasado mes de junio a causa de un infarto, contaba con 77 años).

El legendario Dr. John.

Para tomarnos más a risa las coincidencias, mi hermano acude al baño y cuando regresa nos carcajeamos porque ha estado en el aseo codo con codo con Dr. John; a él, Dr. John, la verdad, le gustaba mucho. Un suceso curioso que de inmediato le recordó al de un amigo suyo, que durante un concierto de Jethro Tull consiguió chocar la mano con Ian Anderson, y estuvo un tiempo sin lavársela.

Tanto hablar de coincidencias en el cuarto de baño, al final, me obliga a acudir al servicio. Entonces, mientras estoy allí, la casuística se pone también de mi lado. Entra Robert Smith. Puedo verlo de reojo. Tiene el cutis bastante ajado, y el pelo estropajoso y como muerto. ¿Cuánta gente ha compartido servicio con el cantante de The Cure? ¿Y el molesto secador de manos? Por cierto, no recuerdo, bajo el insufrible chorro de aire caliente, que aquellas uñas estuvieran pintadas. Puede que esta anécdota sea una estupidez, pero me apetecía contarla. Es uno de los muchos recuerdos que se desparraman desde la pantalla cinematográfica mientras veo y escucho el filme.

FAST FORWARD ►► PLAY ►. Cuando en la película la banda ataca Boy´s Don´t Cry algo se me rompe por dentro. Solo son recuerdos, claro, pero me siento como el Príncipe de Salina en El Gatopardo (Anagrama), novela de Giuseppe Tomasi de Lampedusa, que percibía:

el rumor de los granitos de arena que se deslizaban leves, de las partículas de tiempo que escapaban de su vida y lo abandonaban para siempre (…) Era la prueba necesaria, la condición, por así decirlo, para sentirse vivo (…) Percibía el continuo, minucioso desmoronamiento de su personalidad (…) Aquellos granitos de arena no se perdían, lo abandonaban, sí, pero en alguna parte se iban acumulando para cimentar una mole mucho más duradera (…) Eran más bien partículas de vapor acuoso que escapaban de un estanque cautivo para subir al cielo y formar grandes nubes (…) A veces se asombraba de que el depósito vital aún contuviera algo después de tantos años de pérdida”.

Es cierto, igual que para mí, para muchos, estas canciones de The Cure forman parte de esas partículas de vapor que se nos han escapado y reposan en algún lugar del cielo de la memoria. The Cure, junto a Depeche Mode, Immaculate Fools y Psychedelic Furs, conforman mi propio imaginario del dolor, fundamentalmente, porque las partículas de vida que he extraviado en cada una de sus canciones me arrinconan hasta una juventud dañada, amargada y herida. Tanto, que ya no me apetece hacer un REWIND en el casete de mi existencia y rememorar algo de todo aquello.

Todo aquello fue, quizás, o quizás no, porque la idealización del tiempo lo ha deformado hasta lo insoportable, la experiencia egoísta y desagradable de un amor sincero y rechazado, el sufrimiento de saberse impotente ante los propios sentimientos, acunado por las letras depresivas de The Cure, por el sonido tristísimo de Just Like Heaven; toda una era, como una era glacial, anudada a la que para mí es la mejor canción del grupo: A Letter To Elise. Incluso agradezco que no haya formado parte del setlist de esta película.

Al final, siempre es lo mismo: recuerdos engarzados a canciones. Recuerdos más o menos dolorosos, aunque en este caso, en esta columna de El Odradek, me han servido para recordar a mi hermano un par de veces. Y eso está bien.

Esta es la guitarra en donde puede apreciarse la inscripción Itcannotbethesame.

En la película, el bajo de Simon Gallup es una máquina demoledora. Jason Cooper a la batería resulta impresionante, despliega un trabajo poderoso e impecable. Y qué puedo decir de uno de mis guitarristas favoritos, Reeves Gabrels, al que sigo desde los tiempos de Tin Machine junto a David Bowie. Esto sería un motivo más para acudir al cine, la tremebunda banda, pero eso ya lo sabéis vosotros y no es necesario que, aquí, os siga hablando de la película.

Aquí os dejo el tráiler oficial de la película:

Antes, me referí a dos guitarras de Robert Smith que presentaban unas inscripciones curiosas. Os hable de una y dejé otra, a propósito, para este final. En esa guitarra puede leerse Itcannotbethesame, es decir: ya no puede ser lo mismo. Es una variación del título de una canción que el cantante compuso tras la muerte de su madre. Por eso había querido dejarlo para el final. Porque ni para Robert, ni para mí, ni para ninguno de nosotros, volverá a ser lo mismo. No, nunca volverá a ser lo mismo.

Siempre queda consuelo. El mío es que, al menos, el pop oscuro de The Cure ha iluminado algunas de las partes más tenebrosas de mi vida.

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