ACHTUNG!, carrusel, libros, literatura, Odradek, opinión — 1 marzo, 2019 at 21:40

Sigismund Krzyzanowski: el Gran Anónimo o el arte de morir en la cama

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Gracias a la editorial Ediciones del Subsuelo he descubierto a uno de esos autores que marcan un antes y un después de su lectura. En los tiempos literarios que corren, eso no resulta sencillo, y ante deslumbramientos así hay que felicitarse. Ediciones del Subsuelo había publicado en 2012 la novela El club de los asesinos de letras de Sigismund Krzyzanowski, el autor al que me refiero, que me ha resultado como la apertura de un cofrecillo que contuviera platino narrativo. Sin embargo, no he llegado hasta él con la lectura de esa novela. Primero, me leí un libro de relatos, también editado por Subsuelo, y que es novedad de este mismo 2019: Biografía de una idea y otros relatos. Tal fue la fascinación que, rápidamente, eché mano de la novela antes citada. Krzyzanowski, impronunciable para nosotros. ¿Quién es este autor desconocido en España? En este Odradek de hoy vamos a intentar desentrañarlo.

Krzyzanowski es un autor imposible, un autor que no existió, que casi nunca, o casi nada, publicó en vida. Dejó escritas más de tres mil páginas inéditas que tardaron 40 años en ver la luz. El feliz suceso ocurrió cuando en 1989 el investigador literario ruso Vadim Perelmouter comenzó a publicar su obra, que había descubierto en 1976. Y menuda obra: gran maestro del relato breve, Krzyzanowski trasvasa a sus textos la sólida formación cultural que posee, casi renacentista.

A la búsqueda de Sigismund Krzyzanowski

Porque Krzyzanowski, licenciado en derecho, también era un experto en filosofía, lingüística, matemáticas y astronomía, lo que marca su discurso narrativo con una erudición divertida y metatextual que, muchas veces, le ha llevado a ser bautizado por los críticos como el Borges ruso. O tal vez como el eslabón literario perdido entre Kafka y Borges.

Sigismund Krzyzanowski.

Nacido en Kiev en 1887, falleció en Moscú en 1950, dos fechas y lugares que marcan cualquier biografía de un escritor: insertado de pleno en la Unión Soviética más convulsa y represiva de la historia. Zarandeado por los brutales tiempos del estalinismo. ¿Qué hizo para sobrevivir en esos tiempos? Pues trabajó de abogado en un bufete, escribió algunos artículos de filosofía para revistas especializadas y dio forma a algunos guiones de cine. Y como mayor ejercicio de supervivencia dentro del estalinismo, escribió, escribió mucho, pero no publicó. Sin duda, eso le salvó. Fue un Gran Anónimo. Y de esa forma se proyectó, decenas de años después, como un gran escritor.

Otros que no fueron en absoluto anónimos cayeron a su alrededor, purgados: Krzyzanowski tuvo la suerte de no compartir el destino de Ósip Mandelshtam —deportado a Kolymá, murió en un campo de tránsito—, Isaac Bábel, Borís Pilniak y Vsevolod Meyerhold —todos ellos fusilados—, y otras grandes figuras de las letras rusas trituradas por el rodillo totalitario estalinista.

Mandelshtam, Babel y Pilniak: tres grandes de las letras rusas purgados por Stalin:

Gran parte de todo esto que he contado hasta ahora se iba desarrollando mientras Krzyzanowski vivía en la habitación de un apartamento de apenas ocho metros cuadrados ubicado en el moscovita barrio del Arbat, en donde se instaló en 1922 y que apenas abandonó hasta su muerte en 1950. Fue un ermitaño de la literatura, sin casi recursos, luchando cada día por conseguir ganarse la vida. Un héroe de nuestro tiempo.

Lo que escribía jamás era bien visto por las revisiones del Comité del Partido. Unos textos plagados de cierto realismo mágico filosófico, tan alejado del realismo socialista obligatorio. Con protagonistas extraños —una idea como personaje, hombrecillos que se alojan en la pupila de una mujer—, distantes del héroe positivo y de la principal idea de Stalin en relación con la función de los escritores soviéticos: debían ser ingenieros del alma humana. Desde luego, Krzyzanowski es muchas cosas, entre otras un narrador de un talento descomunal, pero está muy apartado de las ideas socialistas que asfixiaron la literatura rusa durante décadas.

Al parecer, fue durante los años 20 cuando mayor actividad y reconocimiento literario obtuvo, con algunas lecturas de relatos en círculos privados e, incluso la edición de algunos textos breves en revistas de la época. Uno de sus mayores triunfos fue el guion cinematográfico para la película La festividad de San Jorge (1930), del cineasta Yakov Protazanov, pero se obvió hacer cualquier referencia a su autoría en los títulos de crédito, al igual que le ocurrió con El nuevo Gulliver, de 1935, celebrado largometraje de animación de Aleksandr Ptushko, y en donde tampoco figuró como autor del guión.

Carteles de las dos películas para las que escribió el guión Krzyzanowski. La festividad de San Jorge y El nuevo Gulliver:

Parece que el sino de Krzyzanowski era el anonimato. Por varias ocasiones, textos dados a imprenta y listos para ser publicados acabaron frustrados por repentinas quiebras o problemas económicos que imposibilitaron esas ediciones. Sin contar con la fulminante acción de la censura que no admitía sus narraciones. Y cuando no, la única edición lista para ser publicada en 1941, se topó con la Segunda Guerra Mundial. La colección de sus cuentos no era oportuna ante el esfuerzo bélico que exigía la lucha contra el nazismo.

Cualquier escritor terminaría amargado ante semejante destino, y Krzyzanowski no pudo soportarlo. Se dio a la bebida, terminó alcoholizado, fue víctima de un ictus que le afectó gravemente. Corría una mañana de mayo de 1950 cuando le advirtió a su mujer que “un cuervo negro le impedía leer nada”. La disfunción provocada, como casi todo en la vida de este hombre, resultó peculiar y extraña: podía escribir, pero ahora no podía leer lo que escribía.

Poco después, en octubre, sufrió un infarto. El 28 de diciembre, con 63 años, fallecía y era enterrado en el día de Año Nuevo tan anónimamente como había vivido. He buscado información en las redes, he preguntado a expertos: es cierto lo que parece imposible, ni tan siquiera se sabe dónde está enterrado.

Esto es algo que no puedo creerme. Para mí la tumba de un escritor siempre será la tumba de un escritor, y he peregrinado a muchas. ¿Cómo es posible que no se sepa dónde fue enterrado? Lo primero que hago es recurrir al inmenso mamotreto Historia de las literaturas eslavas, editado por Cátedra y coordinado por Fernando Presa. Un mamotreto adorable e hipnótico, que compré hace años cuando cursaba la carrera de Teoría de la Literatura y asistía a una clase de literaturas eslavas que aglutinaba a la búlgara, la eslovaca y la checa, junto a otra curso de literatura polaca.

Este inmenso ladrillo de 1520 páginas en formato biblia y letra de pulga, en el que participan algunos de los mejores profesores que he tenido en la Universidad, como Grzegorz Bak para lo polaco, Alejandro Hermida para lo checo y lo eslovaco, entre otros muchos, y que recoge en capítulos la historia de todas las literaturas eslavas: rusa, polaca, búlgara, checa, eslovaca, serbia, croata, eslovena, macedonia, ucraniana, bielorrusa y serbolusaciana. Incluye, también, dos apéndices sobre las literaturas apócrifa eslava y yiddish en los países eslavos. Es un volumen que adoro, soy así de friki, y al que recurro constantemente.

Por eso, y ante un trabajo tan prolijo, la idea de que no figurase Krzyzanowski no podía caberme en la cabeza. Pues ni rastro. Me vuelvo loco en Internet. Necesito saber, ver al menos una imagen de la tumba de este hombre. Nada de nada, pero me topo con una información decisiva al respecto. Francisco Javier Irazoki escribía el 29 de abril de 2011 para El cultural:

Fue enterrado bajo una nieve densa que borraba los caminos y nadie sabe ahora dónde se encuentra su tumba”.

 Y el propio descubridor de Krzyzanowski, Vadim Perelmouter, apostilla:

Fue enterrado el día de Año Nuevo. Fue un día frío en el infierno ese día. Quizás es por esto por lo que los pocos sobrevivientes de esta procesión no recuerdan el camino que lleva al cementerio. La tumba del escritor hasta el día de hoy no ha sido encontrada”.

¿Algún valiente se atreve a buscarlo? Es un escritor que merece mantener un lugar, más allá de sus libros, en donde podamos honrarlo.

En 1976, Perelmouter se topó en los Archivos del Estado de Rusia con una anotación en el cuaderno del poeta Georgij Šengeli. Pertenecía al 28 de diciembre de 1950 y decía:

Hoy Sigizmund Dominikovich Krzhizhanovsky murió, un escritor visionario, un genio desconocido cuya obra es comparable con la de Edgar Allan Poe y la de los mejores escritores de la literatura mundial. Ninguna de sus obras ha sido publicada.

Esta nota fue un acicate para la curiosidad de Perelmouter, que acabó encontrando la obra de Krzyzanowski. Gracias a la editorial francesa Éditions Verdier, a principios de los años 90, el trabajo de Krzyzanowski vio la luz. Editó El marcapáginas (1991), El club de los asesinos de letras (1993) y Matasellos: Moscú (1996). New York Review Books adquirió los derechos en inglés para publicarlo en ese idioma.

La recepción de Krzyzanowski en España es breve y sencilla. En 2009 la editorial Siruela publicó el volumen titulado La nieve roja, que reúne siete relatos escritos entre 1922 y 1939. La lista es la siguiente: Los dedos fugitivos, Autobiografía de un cadáver, Cuadraturín —para la crítica uno de sus mejores textos—, El marcapáginas, El codo sin morder, La nieve roja y La hulla amarilla. A los paratextos de esta edición debemos el conocimiento de la forma correcta de la pronunciación del apellido de nuestro escritor, “Yiyanoski”, tras recomendación del traductor del volumen, un ilustre eslavista como Jesús García Gabaldón.

Y después, las dos publicaciones llevadas a cabo por Ediciones del Subsuelo. La primera, en 2012, la novela El club de los asesinos de letras, en traducción de Rafael Cañete. La segunda, de este 2019, Biografía de una idea y otros relatos, traducida por Marta Sánchez-Nieves.

El club de los asesinos de letras

Me llama poderosamente la atención que la crítica no se haya percatado de la influencia de Boccaccio en esta novela compuesta de pequeños cuadros narrativos independientes insertados dentro de una historia marco. A menudo se menciona a Swift, Poe, o Kafka cuando se busca un rastro de influencias en Krzyzanowski, pero no se hace referencia alguna a esa estructura de matrioskas (no podía ser de otra manera) que en El club de los asesinos de letras sostiene la narración.

Pues sí. Es boccacciano, porque el libro, enmarcado en las reuniones que sostienen los escritores frente a una estantería vacía porque se han visto obligados a liquidar sus bibliotecas, se alimenta de las historias que van contando. Festival de oralidad pura, de historietas que se entrelazan, cada una más sorprendente y eficaz, para un libro que bebe directamente de la mística de lo narrado al estilo de El Decamerón o de Las Mil y una noches, por ejemplo.

Cuando la madre de Krzyzanowski murió, el escritor se vio obligado a vender su biblioteca para poder acudir al entierro en Kiev. Este suceso también es el eje vertebrador de El club de los asesinos de letras. Krzyzanowski nunca recuperó sus libros, que prácticamente parecía saberse de memoria. Igual que el protagonista de la novela, si necesitaba realizar alguna consulta de la biblioteca desaparecida, recordaba los pasajes que buscaba o bien los rellenaba gracias a su imaginación desbordante Lo sé: es todo muy raro…

Los relatos que aparecen en el cuerpo de la novela son sobresalientes, pero hay algunos que destacan por encima de los demás, y en concreto una obra maestra: el relato que podemos bautizar como de los éxteres, unas máquinas ideadas para llevar a cabo un completo control mental sobre la población y que aparece bajo sus efectos completamente zombificada.

Solo por este relato ya merece la pena la novela El club de los asesinos de letras. La pieza muy bien le podría haber costado la vida a su autor de haber visto la luz en esos momentos. Es un texto absolutamente decisivo a la hora de hablar sobre literatura distópica, una construcción fundamental que cualquier estudioso de la materia debe conocer y colocar a la altura de Orwell, Bradbury, o cualquier otro escritor embarcado en el quehacer distópico. Insisto: forma parte de ese corpus y ya no puede obviarse. Es un texto de referencia.

Además, otros relatos desarrollados en el libro resultan deliciosos: el cuento medieval de los tres amigos que recorren la comarca discutiendo sobre cuál de las funciones de la boca es más importante: hablar, comer o besar, o el relato de una esclava que le roba a su amo fallecido el óbolo que necesitará para cruzar el Aqueronte.

Siempre en la línea del autor, son todos ellos relatos extraños, de una notable carga filosófica, que se inscriben dentro del libro para conformar esta originalisima novela. Un pequeño ejemplo de este festival de ideas notables:

Si en el estante de una biblioteca hay un libro de más es porque en la vida hay un hombre de menos. Y puestos a escoger entre un estante y el mundo, yo prefiero el mundo (…) La excentricidad es el único derecho que poseen los poetas medio muertos de hambre (….) Los escritores no somos mas que unos domadores profesionales de palabras (…) somos sus fabricantes y sus asesinos al mismo tiempo (…) El jardín de las ideas no es para cualquiera”.

Biografía de una idea y otros relatos

Lo sorprendente de este libro de relatos es la naturaleza de sus protagonistas. El primer cuento, Biografía de una idea, fue mi primera lectura de Krzyzanowski. Una idea es la protagonista del texto, desde que se genera en la cabeza del autor, el Sabio, hasta que sale por el bolígrafo, se plasma en el papel y pasa a ser de dominio público, impresa y repetida una y otra vez en libros y publicaciones, desde donde accede al pensamiento y al cerebro de otras personas, y de nuevo vuelve a la cabeza del propio Sabio. No se puede trazar una biografía de algo más original y complicado. Krzyzanowski, de nuevo, construyendo un cuento sobre algo casi imposible de fabular.

 

Así que la primera lectura que efectué de Krzyzanowski me dejó aturdido porque es algo que en absoluto te esperas. Piensas que, tal vez, este haya sido el canto del cisne de la originalidad del autor, y que lo que viene a continuación en absoluto puede encontrarse, ni por asomo, a ese mismo nivel. El tema ajeno es el siguiente relato, sobre un hombre que vende sistemas filosóficos a quienes se los quiera comprar, y si no pueden pagar por tanto, pues les ofrece aforismos o ideas:

“¿No querrá adquirir un sistema filosófico, ciudadano? Con doble alcanzamiento del mundo: ajuste para el micro y el macrocosmos. Elaborado con un método serio y exacto. Respuesta a todas las preguntas. Bueno y… precio cerrado (…) Usted comprenderá que, al ofrecerle una visión del mundo, yo me quedo sin ella. Y si no fuera por extrema necesidad… (…) Si no tiene medios para la visión de mundo, quizá pueda contentarse con dos o tres aforismos, a su elección”.

Descacharrante, pero más descacharrante todavía es el relato En la pupila. Un amante se encuentra a sí mismo en forma de miniatura en el interior del ojo de la mujer a la que ama. Ese mini amante nos contará una historia de lo que acontece dentro del ojo de la mujer. Al fondo, se reúnen las miniaturas de otros amantes que ha tenido, condenadas a repetir en voz alta la historia de su amor con ella hasta que fueron sustituidas por el siguiente, todo ello antes de que se conviertan en transparentes, es decir, olvidados, y desaparezcan.

Tiene esta Biografía de una idea y otros relatos un momento crucial. Se trata del cuento Kunz y Schiller, de los mejores relatos que he leído, ejemplar, modélico y que además emociona por la forma en la que está contado. Solamente por este texto merece la pena el libro de Biografía de una idea y otros relatos, y merece la pena haber descubierto a Krzyzanowski.

El relato de un viejo director de teatro y estudioso de Schiller que el día de la celebración del aniversario del autor, en la primavera de 1905, se emociona ante los fastos y se compromete a encontrar una obra de teatro extraviada que todo el mundo ha buscado sin éxito, casi ya como un mito. Esa noche, la estatua de Schiller ante la que se ha celebrado el festejo y se han pronunciado los discursos, decide abandonar su lugar frente a la casa consistorial y acudir al piso del viejo director para ayudarle a encontrar esa obra perdida.

Desde aquí, el desenlace impactante del relato, la forma en que literariamente Krzyzanowski lo conduce, hace que nos emocionemos y entendamos que estamos ante una de sus obras maestras. El volumen se completa con El viejo y el mar, Los poco-poquísimos y Por eso, para un total de siete cuentos escritos entre 1922 y 1930.

Este es Sigismund Krzyzanowski, un autor de muchísimas virtudes literarias, aunque ahora que lo pienso, y reflexionando sobre una anotación editorial en la solapa de la novela El club de los asesinos de letras, debo coincidir en que tuvo una virtud mayor: supo esquivar el balazo en la nuca sobre los suelos pavimentados de la sala de ejecuciones de la Lubianka de Moscú, supo mantenerse alejado de la congelación de los campos del GULAG, del aislamiento mortal de Vorkutá y Kolymá, de las purgas y las represiones y, con eso, fue capaz de ser un escritor que, en tiempos de Stalin, pudo y supo morir en su cama. En eso radica su gran mérito. Lo demás es literatura. Pero qué literatura más grande.

Como curiosidad os dejo este vídeo del propio Perelmouter hablando de cómo descubrió a Krzyzanowski y sobre otros aspectos del escritor. Está en ruso y subtitulado en francés.

 

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