Los conciertos del Botánico en Madrid: Simple Minds y la noche boca arriba

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El ejercicio de veteranía que la banda escocesa Simple Minds desplegó dentro del festival de las Noches del Botánico, demostró a Madrid que este grupo conserva el mismo nervio que le hizo triunfar en los años ochenta apoyado, fundamentalmente, en el carisma y la voz de un Jim Kerr todavía elástico y de un setlist equilibrado en donde los grandes éxitos de antaño se abrazaron de forma melódica y exacta con las canciones de su nuevo disco: Walk Between Worlds.

A veces, las giras de estos grupos anclados en el triunfo de antaño y que se han puesto de nuevo en gira con la excusa de presentar un nuevo disco, ofrecen la sorpresa de alimentarse de un último trabajo a la altura de lo que significó su estrellato, con temas decentes, cuando no brillantes, que conviven sin estridencias en la selección de canciones interpretadas en vivo.

Uno de los carteles de la gira que deja bien claro quienes son los dos miembros originales que todavía permanecen de Simple Minds.

Tal es el caso de esta gira Walk Between Worlds Tour. Éxitos que conviven en la memoria colectiva como Waterfront o Love Song, comparten escena con canciones del más reciente disco: Summer o The Signal And The Noise, y la conjunción funciona realmente bien. De esta forma, el público recupera a los Simple Minds con su músculo de antaño y descubre a una versión remozada de la banda que ofrece toda la calidad en su nueva encarnación del siglo XXI. Tal vez eso sea, realmente, caminar entre mundos.

Me resulta bien curioso que un grupo con la etiqueta de new wave o pospunk electrónico accediera al estrellato a través del éxito de la industria hollywoodiense, es decir, del consumo masificado de la radio fórmula. Me refiero al mega hit que los encumbró y que marcó un antes y un después, que proyectó a la banda a lo más alto desde la oscuridad de sus composiciones profundamente experimentales y alternativas: Don´t You Forget About Me.

Esa canción cambió en gran parte la historia de Simple Minds. El grupo, fiel a sus marcas originales, viró con este tema a un new wave ciertamente más comercial y reventó las esclusas del reconocimiento internacional. Algo parecido a lo que le sucedió a otra banda oscura y en principio minoritaria, The Psychedelic Furs, que encontraron el acceso a la popularidad que los llevó a abandonar los tiempos de garaje con Pretty In Pink, otro tema utilizado por la industria cinematográfica y, como en el caso de Simple Minds, para una película de adolescentes descerebrados, aunque en este caso la canción de The Psychedelic Furs estaba compuesta antes que la película que, incluso, se inspiró en ella.

A pesar de lo ligero y poco atractivo que en principio podría parecer, sustentado por la escasa calidad de ambas películas (The Breakfast Club en el caso de los escoceses y La chica de rosa con los londinenses), el resultado de ambos temazos es reconfortante. Y así quedó demostrado en la noche madrileña del Jardín Botánico, cuando los primeros acordes de Don´t You Forget About Me la pusieron boca arriba, la voltearon, para firmar un concierto espectacular repleto de concesiones al público (como ese Mandela Day, por ejemplo, en un repertorio con dos temas más que los interpretados en Granada y Valencia, que se quedaron sin escuchar este himno).

La noche boca arriba, ese delirio del público unido al título de uno de los mejores cuentos de Cortázar…, y de pronto entiendo que lo de la noche boca arriba no ha sido una casualidad, me ha venido a la cabeza por algo: reflexiono acerca de aquel tiempo pasado de los ochenta en que me alimentaba, casi en exclusiva, de Jack Daniel´s, literatura y música, y con mis lecturas de Julio Cortázar, o Borges, acompañadas de un lecho musical en donde a menudo retumbaban Promised You A Miracle, Waterfront y el disco mas completo, la obra maestra del grupo, ese Once Upon A Time que me dejó una profunda huella, casi como una cicatriz.

Un clásico: los cuentos completos de Cortázar reunidos en los cuatro volúmenes de Alianza Editorial.

The Signal And The Noise, del último disco, es el tema con el que Jim Kerr ha elegido comenzar el concierto. Bien pronto se reconocen todos los estilemas del grupo, aunque se trata de una canción nueva. Poderosa batería, ambientalidad de los teclados y ese toque de canción tipo himno en los estribillos y del que nunca han podido escapar o nunca han querido escapar (y que elevaron al paroxismo, y también un poco al aburrimiento, en el casi fallido Street Fighting Years).

En cualquier caso, es un buen principio, nervioso y contundente, ellos lo saben, y al finalizar la canción hacen algo que jamás había visto antes en un concierto: se colocan los siete integrantes del grupo en fila delante del público, como cuando las bandas saludan al final, con la diferencia de que acaban de empezar.

Recogen así, todos juntos, los aplausos que son el reconocimiento del público al longevo recorrido de la banda, para de inmediato retornar a sus puestos sobre las tablas mientras suena el atronador y característico bajo de Waterfront. Ese bajo, la entrada de la batería de Cherisse Osei, la guitarra punteando… Ya está aquí el muro de sonido de Simple Minds, ese muro de sonido tan característico. En efecto, son ellos, y no otros, los que están tocando en el Botánico.

Foto promocional de los siete componentes de Simple Minds para esta gira de 2018.

Porque todos los grupos, al menos los buenos, los que poseen una personalidad verdadera, tienen ese momento exacto en un concierto que hace que cuando lo escuchas te percates, definitivamente, de que en efecto estás presenciando un concierto de esa banda. Es como su tarjeta de visita personal, tal vez un acorde, un sonido característico, una guitarra, o la entrada de una batería o la profundidad de unos sintetizadores. En U2 es cuando suena la guitarra de The Edge en Pride o en Where The Streets Have No Name, recuerdo que con Genesis me ocurría al escuchar la pandereta de Phil Collins, o el sonido cavernoso del Stick de Tony Levin en los conciertos de King Crimson.

Solo son algunos ejemplos; así que cuando arrancó aquel bajo, y luego entró la guitarra, y Waterfront puso de nuevo la noche boca arriba, entendí que estaba viendo a Simple Minds. Nadie en el mundo podría desplegar ni imitar ese sonido, esa montaña sonora en cuya cima se mueve la voz de Jim Kerr.

La noche boca arriba, relato de Cortázar, y decía otro escritor argentino, Roberto Arlt, que una buena página literaria debía ser como “un cross a la mandíbula”, algo que muchos han adaptado a la teoría general del relato, afirmando que un cuento que se precie debe arrancar noqueando al lector. Con ese principio, juntando una poderosa canción nueva con Waterfront, Simple Minds fueron fieles a su propia teoría compositiva, y nos dejaron rendidos y con la guardia baja desde el segundo tema.

La concatenación de grandes temas no iba a detenerse aquí. A Waterfront le siguió otro clásico, Let There Be Love, y después, como resonando desde otro mundo, Love Song. Vayamos por partes:

The Signal And The Noise, de Walk Between Worlds, 2018.

Waterfront, de Sparkle In The Rain, 1984.

Let There Be Love, de Real Life, 1991.

Love Song, de Sons And Fascination, 1981.

Las cuatro primeras canciones abarcan un arco temporal de 27 años. Y sonaron todas perfectamente empastadas, sin discrepancias, sin fricciones, tan frescas y jugosas como si hubieran sido inmediatamente recogidas del árbol de la inspiración. Estas cuatro canciones eran el golpe directo, el gancho demoledor que impactaba justo ahí, en el centro de la mandíbula del espectador.

Love Song, con esa introducción efervescente que de forma automática transporta al público más veterano hasta las misteriosas noches de la radio española, a las madrugadas recortadas de oscuridad en las ventanas y asfixiadas por el humo azul de los cigarrillos, Love Song fue, sin duda, la puerta de acceso a ese mundo de atrás, ese mundo pasado que todavía permanece albergado en algún lugar polvoriento de nuestra cabeza.

Una vez abierta esa esclusa el vertido de cualquier canción de Simple Minds en esta noche boca arriba provoca sensaciones convulsivas, es el viaje por una autopista de luz y tiempo; ahora suena Let There Be Love, que cuando era pincha discos en un antro de la madrileña zona de Moncloa solía poner como una forma de tregua ante la música basura que me veía obligado a pinchar, para hacer algo más respirable la atmósfera de minis de cerveza y submarinos de whisky.

Después, el septeto de Kerr atacó un tema nuevo, Sense Of Discovery, y el toque de una garganta prodigiosa enfermó de música el recinto del Botánico. Sarah Brown (M People, Stevie Wonder, Incognito, Annie Lennox, Simply Red, Brian Ferry…) derramó su voz como un destilado de miel y ron, mientras la galesa Catherine Anne Davies (por cierto, doctora en Literatura) opuso el tono delicado y de una belleza gélida y aguda de su voz durante la interpretación de Dolphins.

El soul de Sense Of Discovery, con un ejercicio de coros emocionante, significó el puente perfecto por el que desfilar hacia el Mandela Day y el recuerdo del concierto en Wembley con motivo del 70 aniversario de Nelson Mandela: 11 de junio de 1988. Qué lejos queda ese “entonces” …

Sin embargo, este “ahora” muestra unos relieves palpables con otro retazo de pasado que Jim Kerr deposita en nuestras manos para que brille reluciente: se trata de She´s A River, canción del disco publicado en el año 1995 y titulado Good News From The Next World, que atesoramos con cuidado para añadir a su lado Someone Somewhere In Summertime, de New Gold Dream, año 1982, y que se nos aparece con el sabor añejo pero rebelde de un dulce espumoso.

Es la hora de presentar a la criatura recién nacida, ese Walk Between Worlds que debe hacer su puesta de largo en escena concatenando dos canciones, después de que la banda nos haya hipnotizado con el principio de su relato: érase una vez una banda escocesa que hizo himnos oscuros y electrónicos…

…Y que ahora, en el nudo de la historia que nos está narrando, se muestra segura y rejuvenecida con Walk Between Worlds y Summer. Entonces, en Summer, el bochornoso clima, pesado y cargante como sólo el verano sabe serlo en Madrid, entonces, digo, en Summer, caen unas pocas gotas de lluvia sobre el agobio que baila al son de Simple Minds bajo los cielos de nubes negras que jamás llegarán a descargar.

Es la hora de acometer la parte final de la historia: ese desenlace épico en el que aparecen dragones, príncipes y héroes, caballeros templarios y gigantes, mujeres exploradoras y heroínas aventureras: suenan Once Upon A Time y All The Things She Said del disco que ha sido la mejor obra del grupo, su cota más alta, su cenit compositivo: Once Upon a Time, del año 1985.

De verdad, creo que este disco deberían tocarlo, siempre, entero. Es perfecto. Cierto es que en esa década de los 80 muchos grupos firmaron discos perfectos, pero lo de Once Upon A Time es tremendo: la combinación de talento, de unas canciones demoledoras junto a unos arreglos originalísimos y entonces revolucionarios para la banda, además de esa edición en picture disc que conservamos todos con tanto cariño en la memoria. El disco rompió ventas, y todos compramos esa versión pintada en donde el vinilo parecía una tarta de nata y oro, junto a una cajita de presentación que parecía una bombonera.

Yo vendí todos mis vinilos… Problemas de espacio y el relevo tecnológico del disco compacto. No puedo evitar una tenaza en el corazón cuando recuerdo ese picture y me pregunto quién lo tendrá ahora, si significará para él tanto como significaba ese Once Upon A time pintado para mí.

Hay que relajar el ambiente, aunque eso signifique ponernos todavía mas melancólicos. Después de la épica de las dos canciones de Once Upon A Time, con la determinante guitarra de Charlie Burchill volviendo loco al público (junto a Kerr el único componente original de la banda que se mantiene en liza), llega esa delicada Dolphins, extraviada en el disco Black & White 050505 del año 2005 y una versión del grupo The Call, la canción Let The Day Beguin de su álbum homónimo de 1989, que interpreta en solitario Sarah Brown.

Porque, mientras tanto, Kerr se ha cambiado de ropa y se ha enfundado en una chaqueta de cuero que anuncia lo que va a suceder. Es la chaquetilla de cuero del rebelde de instituto, del gamberrillo castigado después de clase, del Breakfast Club: y suena Don´t You Forget About Me y claro, la noche boca arriba.

Los bises son un regalo inconmensurable para un público entregado al delirio: Promised You a Miracle de New Gold Dream y que todos recordamos de la versión en directo del disco de 1987 grabado en París, Live In The City Of Light; después, See The Lights del Real Life y el que es, sin lugar a duda, el momento del concierto, por encima de Waterfront, de Mandela Day e, incluso, de Don´t You Forget About Me. Se trata de Alive And Kicking, la perla maestra del disco Once Upon A Time.

Poco más se puede decir de esta canción vestida de la belleza marfileña de las teclas de un piano de cola y las vibraciones coloristas de una batería inigualable. El público lo sabe. Y ellos, la banda, también. Es la culminación de la noche boca arriba, esa noche boca arriba…, que termina de voltearse con la última canción del concierto, Sanctify Yourself (Once Upon A Time es un disco de leyenda, y su espacio en el setlist de hoy así lo demuestra).

Don Julio era un gran amante del jazz, pero estoy seguro de que también le habrían gustado Simple Minds…

Sanctify Yourself nos devuelve al Jim Kerr más revoltoso, descarado y con un toque de rebeldía violenta. El Jim Kerr que, con su voz, una voz que sigue sonando como la de esos Simple Minds que surfeaban en la cresta de la ola del éxito en los años 80, ese Jim Kerr, ese mismo, termina de voltear la noche para poner así el colofón, el desenlace a la historia sobre música y décadas, notas y paso del tiempo, guitarras que son recuerdos y canciones capaces de poner Madrid y el Botánico, boca arriba.

Y Julio Cortázar, desde algún sitio que le permite verlo todo, ha contemplado esta noche calurosa y nos mira y sonríe. Seguro, sonríe.

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