ACHTUNG!, artes | letras, carrusel, libros, literatura, Odradek, opinión — 14 diciembre, 2018 at 22:37

Lorenzo Amurri y su vida en apnea: La vida invisible y la escritura curativa

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Este Odradek de viernes se nutre en esta ocasión de las reflexiones que me ha dejado la lectura de un libro que ha llegado hasta mi mesa por azar, que me ha impactado, que me ha obligado a pensar, y que me ha dejado un poco descabalado, incómodo. Se trata de La vida invisible, del italiano Lorenzo Amurri, editado por Ático de los libros. La trágica historia que encierra en sus páginas ha colisionado con la lectura en profundidad que esta semana he llevado a cabo de algunos relatos de Borges para mi Taller de Literatura Comparada, y el resultado son estas líneas que a continuación comparto con vosotros, antes de entrar en los dos viernes próximos, con los consabidos —pero no por ello menos atractivos— resúmenes del año, que culminarán el día 28 de diciembre con la elección del Libro del Año para Achtung.

Lo primero que me sorprende del libro de Amurri es la libre traducción del título, que no me parece de lo más acertada. No es que le haga un destrozo al texto, pero el título original de la obra del italiano es Apnea, y una vez leída la obra creo que resulta mucho más claro, acertado y preciso con el contenido y el mensaje que encierra. Mucho más que ese título manido e impersonal, casi plano, de La vida invisible.

En efecto, Apnea: por dos motivos fundamentales. Porque la situación que vive el protagonista del libro, en la que se mueve, evoluciona y nos narra, ocurre desde la apnea más angustiosa; porque la solución a gran parte de los problemas que plantea el texto, y que bullen en la cabeza del autor, se solucionan en una situación de epifanía que viene provocada por una apnea.

Si además le añadimos al libro un subtítulo informativo tal como Memorias de transformación, música y superación, quizás desenfoquemos el texto, salvo que editorialmente busquemos asemejarlo a ciertos libros exitosos que comparten el espíritu de estas confesiones de Amurri y a los que me referiré un poco más adelante.

Lorenzo Amurri compone en este libro un texto curativo, una obra vomitada, una escritura que, en efecto y más que en cualquier otro caso conocido de literaturas salvadoras, consigue mantenerlo con vida. El italiano no era escritor, a pesar de venir de una familia de artistas muy creativos: Antonio, su padre, fue un reputado escritor de radio y televisión, de Best Sellers, polifacético, y sus hermanos han hecho carrera en el cine, convirtiéndose en toda una saga de artistas italianos.

Lorenzo, quien nos ocupa, no había escrito antes. Lo suyo era la música, y actuaba como importante guitarrista junto a conocidos intérpretes italianos. Llevaba una vida descontrolada, donde privaban por encima de todo el placer y el entretenimiento. Una vida próxima a la archiconocida máxima de sexo, drogas y rock, y que tal vez debería haberse acomodado a esa otra que pertenece a una película de Nicholas Ray: vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver. Pero Lorenzo cumplió solo a medias con esa idea.

Con 26 años sufrió un accidente mientras esquiaba (empotrado contra el poste de un telesilla). No más sexo, ni drogas (salvo en un gotero y administradas de forma intravenosa, o por sonda), ni rock (paralizado de cuello para abajo, imposibilitado para tocar la guitarra, tetrapléjico). Como en el título de una novela de Robert Graves: Adiós a todo eso.

Y aquí empieza la verdadera vida de Lorenzo, porque hasta ese momento, esos 26 años, han sido 26 años en una burbuja que acaba de pulverizarse en el dolor y en la nieve. ¿Cómo puede soportar semejante desgracia? ¿Tiene sentido? Entonces, Amurri hace algo que nunca hizo: escribe. Escribe para salvarse.

No escribe desde el primer momento, claro. Esta aturdido y muy cabreado. Su enfado es descomunal: con la vida, con los demás, con todo lo que rodea, con él mismo en primer lugar. Odia y se odia.

En el sanatorio de Suiza al que lo trasladan aprende a moverse en una silla de ruedas. En una visita a un parquecillo exterior se aproxima a un estanque en donde nada una familia de patos. Una interesante conversación que sostiene con mama pato se convertirá en su primer texto, golpeado con dificultad sobre las teclas de un portátil. Este texto aparece como apéndice al final de la obra. Es la muestra del principio de la resurrección.

Antes de eso, ocurren muchas cosas, pero todas en la cabeza de Lorenzo, porque desde su imposibilidad de moverse solo puede relatarnos el mundo exterior que pivota activo a su alrededor y mostrarnos lo estático de sus pensamientos en el interior de ese cráneo dañado y operado, aprisionado por un halo médico.

Así comienzan las reflexiones, las confesiones, el relato de un día a día doloroso y extenuante que se convierte en el libro Apnea y que consigue ser finalista del más prestigioso premio de literatura italiano: el Strega que, desde 1946, lleva los apellidos de vencedores tan ilustres como Pavese, Moravia, Bassani, Morante, Buzzati, Lampedusa, Ginzburg, Levi, Eco, Citati, Bufalino o Magris, entre otros muchos.

Apnea, finalista de un premio que ganaron Cinco historias de Ferrara, El gatopardo, La llave estrella, El nombre de la rosa, Las mentiras de la noche o La soledad de los números primos, todas ellas novelas imprescindibles de la literatura italiana.

Amurri es finalista del Strega en el año 2013, cuando gana el veterano Walter Siti con Resistere non serve a niente, una novela que no me consta que esté traducida al español. Donde no se le niega el éxito a Lorenzo Amurri es en el Premio de Literatura de la Unión Europea y se encuentra entre los doce ganadores de 2015, apenas un año antes de su muerte.

Así es, después de su terrible accidente, Amurri sobrevive casi veinte años más. Y consigue hacerlo gracias a la literatura, a la escritura salvadora. Porque desde el primer momento, ese en el que es consciente de la tetraplejia, en su cabeza solo hay lugar para una idea: el suicidio. Un suicidio que acaba detenido gracias, en parte, al descubrimiento de los beneficios de la escritura terapéutica.

Eso se nos ofrece en Apnea, en esta La vida invisible, si preferimos titularlo así, a la española: un monumental ejercicio de supervivencia, de confesión que acaba por convertirse en la forma de asumir la nueva realidad, tan terrible, tan dura. Amurri lo hace estructurando el texto en pequeños capítulos ilustrativos compuestos de las fases y estados que va pasando desde que es rescatado a pie de pista, junto al poste del telesilla, mientras sufre en la UVI, en los hospitales y en el sanatorio de recuperación, en el traslado a su casa en Roma, y en el reinicio de su vida, esa que había quedado suspendida en la sangre derramada en la nieve, y que ahora le parece una pesadilla.

El libro se compone en derredor de los horarios del hospital, de la tomas, de las curas, de las sesiones de rehabilitación, demostrando esa idea que vengo barajando desde hace tiempo de que existe un tiempo hospitalario literario común a este tipo de obras (desde la Montaña Mágica de Mann hasta la fallida Pabellón de reposo de Cela, en Pabellón de cáncer de Solzhenitsyn o en Alguien voló sobre el nido del cuco de Kesey).

La novela de sanatorio se rige así por su propio tiempo, es una novela de enfermos que perciben el tiempo de otra manera, y es un tiempo que viene marcado por el ritmo de sus recuerdos, tal y como le sucede a Funes el memorioso, el protagonista del relato de Borges, enfermo de insomnio, encerrado a oscuras en un cuartucho, incapaz de gestionar el don de la infinita memoria que posee y que no es más que su dolorosa enfermedad.

Es la cárcel del pensamiento, en el caso de Ireneo Funes, en el caso de otros protagonistas de relatos de Borges que son inútiles para negociar la realidad inexplicable que les ha tocado soportar: el soñador de Las ruinas circulares, Jaromir Hladík en El milagro secreto o Dahlmann en El sur. Son prisioneros del mundo que se ha desbocado en sus cabezas, mientras la realidad se detiene o, simplemente, obedece a otras reglas ajenas a ellos.

La cárcel de Lorenzo Amurri es la cárcel de su cuerpo inmóvil y de su cabeza que niega, primero, la nueva realidad, para después, al asumirla, tratar de suprimirla. Desde el momento del accidente y hasta que retorna con su familia y amigos, Amurri se ubica en un lugar oscuro y claustrofóbico —como la habitación de Funes, por ejemplo—, donde la única salida, que es una tortura aún mayor, será su pensamiento.

Canalizar la potencia de la mente a través de la escritura lo llevará a la salvación. Por eso aquello de Memorias de transformación, música y superación: de acuerdo, el subtítulo editorial se refiere a todo este proceso, pero con un ojito guiñado nos quiere colocar, de forma innecesaria, creo, el libro a la altura de los volúmenes de James Rhodes (ese Instrumental de subtítulo Memorias de música, medicina y locura, o ese otro, Fugas o la ansiedad de sentirse vivo). Rodhes y su escritura-terapia. Rodhes y su escritura-vómito. Rodhes y su escritura de salvación: Rodhes máquina de hacer dinero, ergo… ¿por qué no Amurri?

Pues porque en Amurri hay literatura. Su discurso no se compone únicamente de terapia. Por eso.

Así que no caigamos en la pequeña trampita comercial. No estamos ante un Rodhes a la italiana por mucho subtítulo epigónico, ni mucho menos. Aquí hay un autor que se muestra entre las letras que componen frases de furia, de ira y desesperación. Un autor que nos toca el corazón y nos destroza el cerebro. Porque es un autor incómodo que cuenta las cosas de forma incómoda y nos obliga a pensar. Eso ocurre con la buena literatura, me parece.

Llegamos a la apnea. Amurri consigue concretar el acto suicida lanzándose de noche a una piscina. Mientras se ahoga, en esa apnea mortal, experimenta la epifanía. Ha pasado toda su vida desde el accidente instalado en una monumental falta de oxígeno, aguantando la respiración, sobrepasado por la desgracia, a horcajadas de la desgracia. Ahora, esta nueva privación de aire, física, le hace comprender. Apena sobre apnea para abandonar su vida en apnea, salir a la superficie y, al fin, respirar.

Amurri ha resucitado en el momento definitivo, que es el momento en que vale resucitar, en el que se debe resucitar, y el aire que libremente inunda sus pulmones dibuja con leve optimismo la forma de asumir la desgracia. Y la mejor manera será ponerlo todo por escrito.

A nosotros nos alegra que Amurri no se rinda. Pero nos desazona. ¿Qué haríamos nosotros en su lugar? ¿Hasta dónde estamos dispuestos a soportar? ¿Nos comportaríamos como él? Y lo que puede ser infinitamente peor: quizás hemos tenido ya la oportunidad de resucitar, de una u otra forma, y hemos sido incapaces de comprender las señales de la epifanía. ¿Cuánto tiempo llevamos viviendo en apnea?

Por aquello de completar este Odradek, aquí os dejo enlace a otra crítica que he realizado del libro de Amurri para el portal Mi Nueva Edad, lectura recomendada del mes de diciembre para ese sitio:

https://www.minuevaedad.com/actualidad/2018/12/5/el-libro-del-mes-la-vida-invisible-lorenzo-amurri/

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