ACHTUNG!, artes | letras, carrusel, internacional, libros, literatura — 18 febrero, 2018 at 20:31

Las confesiones de Himmler o los verdugos en bata y zapatillas

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Resulta espeluznante la lectura del libro Las confesiones de Himmler, con el sugerente subtítulo de Diario inédito de su médico personal, y que ha publicado la editorial Pasado & Presente, fieles a su magnífica línea de aportar textos históricos que desempolven algunos aspectos novedosos o poco conocidos sobre personajes o acontecimientos clave. En esta ocasión, tenemos la oportunidad, como lectores, de bucear en la personalidad de uno de los mayores criminales de la Historia, gracias a las transcripciones que de sus charlas llevó a cabo Felix Kersten, masajista y terapeuta de Heinrich Himmler. Abrir este libro es acceder a una Caja de Pandora del horror y poder comprobar como el sufrimiento, la tortura y la muerte de millones de seres humanos, fueron producto de los delirios psicóticos de un puñado de idiotas que no encontraron resistencia alguna para llevar a cabo sus crímenes.

De entre la inabarcable bibliografía que busca ilustrar hasta el menor detalle sobre lo ocurrido en la Alemania nazi, los libros sobre los médicos ocupan un lugar muy interesante. Los estudiosos se han centrado en el médico de Hitler, el infame Theodor Morell que mantuvo al Führer operativo con sus cócteles de medicamentos y excitantes, o las espeluznantes prácticas de muchos de los tristemente célebres médicos que operaban en los campos de Exterminio, desde Mengele hasta Clauberg, pasando por Karl Brandt o Karl Gebhardt.

Sin embargo, en la figura de Felix Kersten encontramos lo opuestamente contrario a esos médicos. Indudablemente, la primera diferencia era su condición anti nazi, también derivada de su nacionalidad estonia, pero nacionalizado finlandés y con gran apego a Holanda. Su capacidad para realizar tratamientos de fisioterapia únicamente con las manos le abrió las puertas de las cancillerías, embajadas y ministerios de Europa. Igual trataba al Conde Ciano en Italia, que a los ministros y personajes de la realeza holandesa y sueca y, claro, su fama alcanzó hasta Heinrich Himmler, aquejado de calambres estomacales, que muy pronto lo puso a su servicio.

Felix Kersten se ganó la confianza del Reichsführer de las SS y gracias a ella pudo mantener una serie de conversaciones privadas que después copió en numerosos apuntes y cuadernos. Porque Kersten no sólo hablaba con Himmler durante las sesiones médicas, sino que pasó a formar parte de su círculo personal y de confianza (contemplado con gran recelo por los demás, hasta el punto de que Heydrich lo consideró un espía aliado y trató de asesinarlo). Gracias a ello, compartió comidas, cenas, paseos y viajes, que le ayudaron a aumentar el caudal de las conversaciones con Himmler, a menudo peroratas y discursos que Kersten escuchaba pacientemente.

Felix Kersten, masajista y médico personal de Himmler.

Convertido en una especie de confesor, Felix Kersten se percató del gran poder que tenía sobre Himmler, dado que además de aliviarle los dolores físicos le aliviaba las penurias del alma. Desde esa posición, delicada pero tremendamente influyente, Kersten se dedicó a pedirle una y otra vez favores relacionados con la puesta en libertad de presos, conmutaciones de penas de muerte, dilaciones en la toma de decisiones que conllevaban el sufrimiento de miles de personas, o el salvamento de judíos.

Los logros de Felix Kersten son muchísimos, tal y como se desprende del libro redactado por su hijo, Arno Kersten, supervisado por el prestigioso historiador sueco Christer Bergström como una forma de conferirle la autoridad y la seriedad necesaria ante las revelaciones que aparecen en el texto, y que muchos podrían poner en duda.

Así, Felix Kersten logró salvar a unos 63 mil judíos (según datos del Consejo Judío), además de innumerables personas de otras nacionalidades, hasta alcanzar una cifra de casi 800 mil personas en total, impidió la deportación y migración de gran parte de los holandeses a los territorios del Este, detuvo la orden de Hitler de dinamitar los campos de concentración con todos los prisioneros dentro y consiguió que fueran rendidos a los aliados de manera pacífica. Además, activó y fue parte crucial en el acuerdo del conde Folke Bernadotte con Himmler mediante el cual se logró evacuar en camiones de la Cruz Roja a miles de prisioneros en territorio alemán para conducirlos a salvo hasta Suecia.

Ante estos logros, el reconocimiento de las acciones de Kersten debería de ser obligado, pero esto no ha ocurrido siempre así. Mientras que en Finlandia, Italia, los Países Bajos, Holanda o Suiza lo honraron, algunos países que resultaron muy beneficiados con su ayuda, tales como Suecia, Alemania, Dinamarca y Noruega, todavía no se han manifestado al respecto.

Tal vez, el propio Felix Kersten destapó dudas acerca de la veracidad de sus actuaciones con la publicación, en 1947, de un libro bajo el título de Memorias, que en España fue editado por Plaza & Janés en 1957, en la colección Los libros de nuestro tiempo. Quizás, no era el momento, o algunas de las afirmaciones de Kersten no eran las más propicias para ese año, como aquella de que el conde Bernadotte mostró su reticencia, por no decir que desprecio, a que en la evacuación llevada a cabo por la Cruz Roja sueca se incluyeran prisioneros judíos.

Algunas portadas de aquella antigua edición española de las Memorias de Felix Kersten:

Esto desencadenó una agria polémica, dado que el conde sueco se había atribuido, además, todo el mérito de aquella evacuación, obviando la participación crucial de Kersten en todo ello. Así se ocupó de reflejarlo el conde en su correspondiente libro, publicado en Estocolmo en 1945 y que en España apareció editado por Mateu en 1948, muy poco después de que Bernadotte, como mediador de la ONU en Palestina, fuera asesinado en Jerusalén por el grupo terrorista Lehi.

Las memorias del conde Bernadotte en la edicion española. Nótese la frase de la parte inferior de la portada: “Alevosamente asesinado en Palestina”.

Por tanto, este libro que nos acerca Pasado & Presente, por mano del hijo de Kersten, busca completar aquél primer libro en donde Felix había dejado mucha información fuera, para tratar así de clarificar algunas de esas polémicas, apoyándose en el completo aparato documental que, como se refleja en el apéndice de abundantes fotografías, no solo se nutre de los cuadernos de notas del masajista, sino que aporta, además, cartas, órdenes y papeles de Reich y del propio Himmler.

Que quieren que les diga, después de la lectura minuciosa del texto yo prefiero creer a Felix Kersten. Quizás porque estoy harto de tanta maldad y ya es hora de reconocer el bien, o a alguien con la capacidad de ejercerlo en mitad del terror paralizante.

¿Qué nos ofrece este libro? En primer lugar, un pavoroso retrato del propio Heinrich Himmler, revelada su personalidad en peroratas absurdas, la mayoría de las veces disparatadas, mezcla de un componente mesiánico y de otro componente de obediencia ciega a unos ideales perturbadores. Después, el reflejo espantoso de un régimen político, el del III Reich, que redujo a escombros los cimientos morales, polarizó a la población civil entre víctimas y verdugos, y que aplicó sus directrices como si fueran unos dioses implacables, por encima del bien y del mal; unas decisiones que aniquilaron a millones de personas, que sembraron la desgracia en el continente europeo, sustentadas en unos ideales estúpidos y maniáticos.

Estas conversaciones aportan luz sobre algunos temas eternos que siempre han sido de especial interés en el estudio de los personajes de la Alemania nazi y en el análisis del propio régimen: La sífilis de Hitler —ese controvertido estudio médico del que tanto se ha hablado, aquí confirmada por un informe que Himmler guardaba en su caja fuerte—, el odio que se profesaban todos los gerifaltes entre sí, algunas decisiones controvertidas que se demuestra que fueron tomadas en función de las más peregrinas inspiraciones, la insensibilidad con la que se dictaba el extermino o la deportación masiva de personas a otros territorios, y un absoluto convencimiento de que ellos, y solo ellos, los nazis, estaban capacitados para decidir sobre la vida y la muerte de hombres, razas y naciones.

Himmler y Kersten, médico y paciente juntos.

Es habitual encontrar en los discursos de Himmler afirmaciones al respecto de que un país ha traicionado a Alemania con su comportamiento y que, por ello, ya no merece existir. De eso se trata, de segar la existencia, como si estas deidades, con el movimiento de un solo dedo, arrasaran territorios y borraran de la faz de la tierra a grupos enteros de población: porque así lo habían decidido.

Himmler toca casi todos los temas en sus discursos, desde la propia guerra, pasando por asuntos administrativos o políticos, hasta planes de futuro para desarrollar ese Gran Reich de los Mil Años una vez hubieran conseguido la victoria final. Por ejemplo, el proyecto de colonizar los territorios del Este, fundamentalmente Rusia, con una especie de campesinos guerrilleros que actuarían como primer escudo de defensa ante las invasiones asiáticas, a los que denominaba como “una aristocracia de agricultores”, una especie de distopía campestre; o la depuración del cuerpo de funcionarios y embajadores, mediante la reeducación, en un intento de purgar a toda la inteligencia prusiana, de abolengo, a la que consideraba traidora al nacionalsocialismo, acomodada durante generaciones en puestos de responsabilidad consulares y administrativos.

Para todos tiene algo, para todos reparte Himmler sus odios, nadie se salva de su criba. Los aliados italianos son denostados, con un aborrecimiento particularmente agrio hacia el Conde Ciano. España es despreciada, pero la España de Franco, un “ingrato”, un “traidor”, un “simio”, porque Felipe II era un personaje enormemente admirado por el dirigente nazi. Al igual que las prácticas de la Inquisición española llevadas a cabo en Holanda, llegando a confesar que “los españoles no fueron tan tolerantes y benévolos como nosotros”, afirmaciones que llenan de estupor a la vista de las pruebas que nos ha dejado la Historia, pero que se pueden comprender puesto que, al fin y al cabo, todas se tratan de formas de represión y exterminio.

La brutalidad del duque de Alba en Holanda era modélica para Himmler:

Puedo imaginarme que un hombre que servía tan fielmente a su señor como lo hacía el duque de Alba sentía una gran satisfacción al poder freír y asar a todos esos holandeses descontentos (…) Ese Felipe no era mal rey: sabía cómo gobernar un imperio mundial. Trataba a sus súbditos tal y como se merecían. Mandó asesinar a cientos de miles de súbditos y aun así el pueblo lo quería, considerándolo un rey misericordioso y justo. Le daba igual que sus súbditos fueran católicos o protestantes, siempre y cuando no cuestionaran su poder”.

La Historia de España contada por Heinrich Himmler.

Enrique I, “el pajarero”, de quién Himmler decía ser la reencarnación.

Pero el modelo de Himmler fue Enrique Iel Pajarero”. Heinrich I de Sajonia gobernó entre los años 919 y 936 y consiguió la victoria ante los húngaros en la batalla de Merserburgo en el 933. Himmler se creía su reencarnación y, de hecho, la organización modélica que pretendía para las SS era la de una Orden Teutónica medieval.

El “modélico” Duque de Alba.
Felipe II era admirado por Himmler por su forma de conducirse con los holandeses.

 

Entre los mandatarios nazis que aparecen en el libro, retratados mediante las opiniones de Himmler, encontramos al líder del Frente del Trabajo, Robert Ley, como un brutal alcohólico, Joachim von Ribbentrop, ministro de Asuntos Exteriores, caracterizado como un imbécil integral o Reinhard Heydrich, jefe de la Oficina de Seguridad del Reich, como un asesino sibilino y traicionero que, además, no era “racialmente puro”.

Homosexuales, la religión católica y la iglesia, hasta la literatura y cuestiones relacionadas con el clima en los territorios del Este, o los musulmanes…, nada que se opusiera al credo nazi, ya fuera por comportamiento o ideales, tenía derecho a existir. Incluso la intención manifiesta y convencida de arrestar y ahorcar al Papa. Y llama poderosamente la atención una descomunal cerrilidad y estrechez de miras ante algunos asuntos de la realidad que eran maleados a conveniencia, en función de ajustarlos a la filosofía aria.

Por ejemplo, el absurdo empeño que ponía Himmler en que Gengis Kan era de raza aria —no era mongol, aseguraba, era de padres arios y fue secuestrado y educado por padres mongoles—, o que los soviéticos estaban cometiendo crímenes contra la humanidad mientras idénticas acciones perpetradas por el aparato nazi eran soluciones necesarias y correctas porque, tal y como afirma en un momento determinado “las necesidades de la nación están por encima de la felicidad del individuo”.

Gengis Kan “el ario”.

Para mí, lo más importante es la insistencia con la que Himmler le asegura a Felix que tiene bien guardado un documento en donde Hitler ordena y firma el exterminio de los judíos, la mítica Führerbefehel, una orden que los historiadores no han llegado a localizar, y que despejaría las dudas de hasta qué punto estaba Hitler informado al respecto o si el Holocausto fue más bien un asunto urdido por sus colaboradores. En este sentido, creo que el libro de Kersten aporta una información de gran valor. Esta orden, históricamente hablando, siempre se atribuyó a Hermann Göring, el Reichsmarschall, que una y otra vez manifestó haber sido víctima de un engaño, lo que le causaba una gran amargura porque aparecería ante la Historia como el culpable del Genocidio.

Eugenesia, planes de expansión territorial, establecer una alianza con los Estados Unidos y los ingleses al término de la contienda para atacar y defenderse todos juntos de los soviéticos, incluso la arquitectura de las ciudades que tendría el Gran Imperio Alemán de Hitler, una vez obtuvieran la victoria, todo pasa por el tamiz de las ideas de Himmler.

Pero Himmler no dejaba de considerarse como un mero administrador de las órdenes de Hitler, rechazando cualquier tipo de responsabilidad en los actos que llevaba a cabo:

En tal caso yo no haría más que cumplir una orden del Führer, por lo que no sería culpable de ningún crimen. Recaería sobre el Führer, quien seguramente sabrá por qué iba a ordenar semejante actuación”.

Así opinaba en relación, por ejemplo, de la masiva deportación de los holandeses al Este, algo que Kersten, con su influencia sobre Himmler, consiguió evitar. “No somos una panda de asesinos”, le insistía con pasmosa impunidad a su masajista. Sobre la aniquilación de la Iglesia católica aseguraba que “toda la responsabilidad de una medida así recae sobre el Führer, no sobre mí”.

El procedimiento de Felix Kersten era siempre el mismo: aliviaba los dolores de Himmler y, tras la terapia, le pedía que liberara a prisioneros o condenados a muerte, por quienes intentaba interceder, generalmente con resultados positivos. En esto radica el verdadero mérito de Kersten, que pudiendo mantenerse en un plano de seguridad hundido el seno del horror, optó por ayudar a los demás incluso arriesgando su propia vida.

Recuerdo unas declaraciones de Christian Duguay, director de la película para televisión Hitler: el reinado del mal —con un tan sorprendente como espléndido Robert Carlyle en el papel de Hitler—, que comentaba los problemas a los que se enfrentó por mostrar en una escena el amor de Hitler por un perro, al que acariciaba amorosamente. Al parecer, esa demostración de cariño hirió sensibilidades y provocó numerosas protestas. El monstruoso personaje no tenía derecho a manifestar el menor sentimiento humano.

Nada puede estar más equivocado, porque en estos comportamientos empáticos, ya sea con un perro o con sus familias, y que rasgan el telón de oscura brutalidad de los nazis por donde asoman los brillos de lo que nos hace humanos, son los que convierten a estos personajes en monstruos, además de arrojar una niebla de enigma para la que todavía no encontramos una explicación lógica. ¿Cómo podía querer Hitler más a un perro a que a millones de personas enviadas al extermino? ¿Cómo era capaz Rudolf Höss, comandante de Auschwitz, de bañar a sus hijos en una piscina mientras, detrás de los muros de su casa, funcionaban los crematorios bajo su supervisión?

Instantánea de la familia de Heinrich Himmler: una familia aria de la que sentirse orgulloso.

Es esta visión, de los verdugos en bata y zapatillas, inmersos en el ambiente familiar, escuchando música clásica, y después firmando decretos de asesinatos en masa sin remordimientos, lo que nos provoca mayor terror. En la película La solución final —con un Kenneth Branagh soberbio en el papel de Heydrich y un Stanley Tucci no menos fantástico en el de Eichmann— ambos dirigentes, después de haber acordado el exterminio de los judíos europeos en la llamada Conferencia de Wansee, se arroban ante la belleza agónica de una pieza de Schubert, el adagio del Quinteto de cuerdas en Do mayor D. 956, pero no han titubeado al comentar el color de los cadáveres de los judíos al sacarlos de la cámara de gas, “rosados como cerdos”.

Puedes escuchar la pieza completa en este enlace:

https://www.youtube.com/watch?v=v4o4uzNtbL0

A Felix Kersten tampoco se le pasa por alto esta circunstancia, cuando afirma:

¿Qué les pasaba a estos líderes políticos, que en un momento podían hablar de sus familias y parientes con ternura, y al momento siguiente hablar de arrestar, encarcelar y ejecutar a personas gratuitamente?”.

Fue en esta dualidad en donde Kersten encontró la brecha para poder ir formulando sus peticiones a Himmler, que las admitía como un gesto de magnánima piedad. “Se los regalo”, suele decirle Himmler cuando accede a liberar a las personas de las listas de Kersten. Esos nombres son solo eso, unos nombres de su propiedad, que le pertenecen a Himmler, y puede hacer lo que quiera con ellos, hasta regalarlos, salvando así unas vidas que no tienen ningún significado para él.

Por ese motivo, cuando la fe inquebrantable en la victoria final se esfumó, Himmler intentó, con mayores concesiones a Kersten, lavar su imagen de cara a recibir un trato de favor por parte de los aliados, llegando a negociar con representantes judíos en una reunión histórica que propició Kersten, que ya se había percatado del comportamiento de Himmler y decidió elevar sus peticiones casi hasta lo intolerable. Algo que no le serviría de nada a Himmler, considerado como un criminal por los aliados, y que finalmente decidió suicidarse.

El miserable final de Himmler, muerto en el suelo de un cuartel aliado tras ingerir cianuro.

En el miserable final de Himmler puede leerse todo el resumen de lo que fue aquel Reich Milenario que tan solo duró unos años, que cambió por completo nuestra historia moderna, sumió al ser humano en una crisis de valores e identidad de la que todavía no nos hemos recuperado (y dudo que podamos hacerlo algún día), y demostró que bajo las costuras del ser humano, de la civilización culturalmente más avanzada, puede latir un ente criminal y sanguinario como nunca antes podríamos haberlo imaginado.

Por todos estos motivos, el libro de Kersten publicado por Pasado & Presente, se me antoja un documento único para mantenernos en la línea de lo que nos hace humanos. Y sólo por eso, Felix Kersten ya se merece el mayor de los reconocimientos.

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