ACHTUNG!, artes | letras, carrusel, libros, literatura, Odradek, opinión — 29 marzo, 2019 at 21:26

Joseph Brodsky: El explorador polar con brújula lírica y mapas de versos

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Me da la sensación de que un poeta tan importante, tan genial, como es Joseph Brodsky, no es muy conocido en España, a pesar de haber sido Premio Nobel de Literatura en 1987. Hace muy poco llegó hasta mis manos un volumen antológico de este escritor, publicado por Kriller 71 ediciones y titulado El explorador polar. Los poemas que contiene son de los mejores de Brodsky, y demuestran todo su potencial y su peculiar forma de crear poesía. Por eso, en este Odradek de hoy, ante la magnitud del volumen —no me parece lógico que pase desapercibido para el público lector español—, voy a hablaros de este poeta, de sus poemas, y del libro. Y lo hago con osadía, temeridad e imprudencia, porque no se le puede poner un pero a la completa y esclarecedora introducción (un estudio en toda regla sobre Brodsky) de Ernesto Hernández Busto y que se nos ofrece como un valor añadido que corona el libro. Bueno, eso y que, además, se presenta en versión trilingüe: los poemas en el ruso o el inglés original en que Brodsky los redactó, y sus correspondientes traducciones.

En 1985, Brodsky llevaba ya más de trece años fuera la Unión Soviética, y tenía muy claro que en ningún caso, quisiera o no, podría regresar. De esas fechas es su autobiografía, en donde afirma que:

 “No hay ningún país que domine como Rusia el arte de la destrucción de sus súbditos, y un hombre con una pluma en la mano no puede remediar la situación”.

La URSS estalinista y posestalinista, la URSS del culto a la personalidad y del XX Congreso del PCUS que la denunció, la URSS de las purgas y de los juicios sumarísimos, la URSS del paraíso socialista en la tierra y del héroe positivo en la novela, la URSS del escritor entendido como un ingeniero del alma humana, la URSS de la Unión de Escritores, la URSS de la censura, la URSS, esa misma, que en 1964 juzgó a Brodsky y lo acusó de parasito social. El término acarreaba una condena de cinco años de trabajos forzados.

El 4 de junio de 1972 Joseph Brodsky abandonó la Unión Soviética, tal y como nos cuenta Ernesto Hernández Busto en el prólogo a la edición de El explorador polar, prólogo que titula de forma sugerente y práctica: Como un pez en la arena. Para leer a Joseph Brodsky. El poeta dejó el país con un libro del británico John Donne bajo el brazo. Tenía 32 años y tras una breve escala en Viena y en Londres, recabará en Estados Unidos, donde trabajará para la Universidad de Michigan, entre otras. Adquirirá la nacionalidad norteamericana en 1977, y el Nobel se le otorgará diez años después.

El poeta ha salido de uno de los países que más se han afanado en asesinar a la literatura y a los escritores que la integraban. Con Stalin, la literatura rusa, la de las novelas de Gógol, Tolstói o Dostoievski, dará paso a la literatura soviética, un espanto en donde la literatura proletaria, la literatura de combate, la denuncia del capitalismo y el héroe socialista, camparán por sus fueros y convertirán a autores como Platónov, Pasternak, Bulgákov y Bábel en indeseables del sistema.

Ejecutados sumariamente, exiliados o silenciados, todos ellos pagaron un alto precio por desagradar al poder con sus obras. El adoctrinamiento ideológico y el férreo control (ejercido también por la Unión de Escritores Soviéticos) harán imposible cualquier crítica al régimen. Son años de oscurantismo, donde se desarrollará una literatura inflada y absurda.

Será durante el periodo conocido como deshielo (de 1956 a 1964) cuando se reanime el panorama literario con ediciones de escritores otrora proscritos (Bábel, Pilniak, Platónov) que culminará con la primera gran obra de denuncia del estalinismo en el año 1962: Un día en la vida de Ivan Denísovich (Tusquets) de Alexandr Solzhenitsyn.

Sin embargo, el final del gobierno de Jruschov dará paso a Leonid Brézhnev, con él se invertirá el proceso de denuncia de la era de Stalin, recuperándolo positivamente. Así, se acabará con la tendencia tolerante hacia una crítica del estalinismo, pero el testimonio, los documentos, ya estaban editados. Finalmente, Solzhenitsyn acabará siendo expulsado del país, pero no por ello cejará en su línea de denuncia, que continuará con El primer círculo y El pabellón de cáncer, ambas de 1968 (y también ambas en Tusquets). El camino de la denuncia se había abierto para los novelistas y unos pocos ya habían demostrado cómo podían hacerlo.

De esa forma, será el exilio el lugar desde donde se luche contra ese periodo de gran estancamiento, y parte de las letras rusas irán recuperándose. Brodsky será uno de los mayores representantes, si no el mayor, de los autores de la diáspora, como ya era el mejor poeta de la época soviética.

Como afirma Fernando Presa, en su presentación a la Historia de las literaturas eslavas (Cátedra):

“en los antiguos países socialistas dominaban las visiones derivadas del marxismo-leninismo, y así surgían y desaparecían “grandes escritores” según fuera su relación ideológica con el poder”.

Brodsky, con apenas unos años de trabajos forzados, de los que cumplió uno —al parecer gracias a la mediación de Sartre—, había salido muy bien parado, pero lo acabó pagando con el exilio forzoso, un exilio que pasó por varias fases. Primero, el 31 de diciembre de 1971, el poeta recibió una carta oficial desde Israel (no conocía al remitente de nada y él no había mantenido correspondencia alguna con ese país): se le invitaba a emigrar en esa dirección. Una jugada algo sorprendente.

La segunda fase fue algo más explícita, dado que se le otorgó un visado para emigrar a Israel desde la Oficina oficial que tramitaba estos asuntos. Visado que él nunca había pedido. La tercera advertencia fue menos sutil. Si no abandonaba la Unión Soviética se exponía a que el próximo invierno fuera, para él, especialmente frio. No había más que decir; no pudo llevarse consigo a sus padres ancianos y enfermos, y aunque lo intentó después en numerosas ocasiones, nunca más volvió a verlos.

Brodsky dando clases en la Universidad de Míchigan. ¿Sabían sus alumnos la suerte que tenían?

Su obra, publicada en la URSS de forma clandestina, o samizdat, no vería la luz oficial hasta 1987, año en que se le otorga el Premio Nobel y a la par el país convulsiona ante el aperturismo de Gorbachov y sus célebres perestroika y glásnost.

Por tanto, la tarea del poeta en el exilio siempre resulta penosa, como la de cualquier escritor que ha renunciado a su país y, por tanto, a su lenguaje. La patria del escritor es su lenguaje, ante el cual ha sufrido un doble extrañamiento. Primero, ha vivido durante años en un sistema represivo que convierte la lengua en un instrumento desgastado e inexpresivo acorde con la oficialidad, diríase que un régimen totalitario es todo un sistema sintáctico (tal y como afirma la doctora Eugenia Popeanga) y, después, se aleja de ella al tener que expresarse en la lengua del país de acogida e, incluso, prosigue con la tarea literaria en ese idioma.

Brodsky frente a su máquina de escribir.

Este es motivo por el cual la edición de la antología de Brodsky publicada por Kriller 71 ediciones sea trilingüe: el escritor no renunció a proseguir con su obra original en inglés, aunque siempre reconoció las grandes dificultades que tuvo para conseguirlo.

Discurso y memoria, lengua y tiranía, van unidas de la mano. Para el escritor rumano Norman Manea, la lengua es un elemento de identidad usurpado por el dictador y el sistema que lo ampara, hasta sentirse extraño de su propio lenguaje. Los comunistas han convertido el lenguaje en una lengua de madera —tal y cómo la califica en su novela El regreso del húligan (Tusquets)—, en una abominación repetitiva repleta de fórmulas sin contenido que tan sólo era válida para transmitir con éxito la doctrina ideológica. Una lengua de madera, nos dice, que se solidificaba en:

“los eslóganes, los tópicos, las amenazas, la doblez, la convención, las mentiras pequeñas y grandes, redondas y angulosas, incoloras y de colores, hediondas e inodoras, al igual que las mentiras insípidas de todo tipo, en la calle, en casa, en el tren, en el estadio, en el hospital, en la sastrería y en el juzgado. La estupidez irradiaba por doquier, era difícil permanecer inmune”.

Y añade:

el sistema de partido único de la dictadura socialista se fue haciendo gradualmente con el control de cualquier forma de propiedad privada: la tierra y los bancos, la industria y las escuelas, las granjas y los hospitales y los periódicos (…) todo. También pasó a controlar la lengua. Todos éramos propiedad del Estado, y la rígida lengua del partido dominaba nuestra vida diaria”.

El escritor rumano exiliado en Estados Unidos, Norman Manea.

Los propios críticos acusan cierta pérdida de calidad en los poemas de Brodsky escritos en inglés. Brodsky era un poeta del lenguaje, fundamentalmente y por encima de todo, y comprendo que deseara continuar siéndolo en otro idioma antes de perder esa clave de su identidad lírica. Sin embargo, el poeta estadounidense Robert Hass define la fase inglesa de Brodsky de una forma hermosa, pero tremendamente desoladora. Para él, la lectura en inglés del ruso le proporciona la misma sensación de:

caminar entre las ruinas de lo que alguna vez fue un noble edificio”.

Por su parte, Charles Simic, poeta serbio-estadounidense, opina que Brodsky estuvo desacertado al intentar mantener rima y métrica a la hora de elaborar sus poemas en el nuevo idioma. Incluso, entre los testimonios de entendidos que valoran el paso de Brodsky al inglés y que se nos ofrecen en la introducción de El explorador polar, destaca el del crítico y escritor británico John Bayley, que piensa que Brodsky fue un poeta de primera en ruso, pero de segunda en inglés.

Hass, Simic y Bayley, críticos con la poesía en inglés de Brodsky:

A mí, todas estas afirmaciones me producen cierta desazón, pero entiendo la dificultad de reprogramarse en otra lengua mientras se mantienen las estructuras líricas internas de la materna, algo que un crítico (de nuevo recurro a la introducción de Ernesto Hernández Busto) denomina como una especie de efecto doppler. Prefiero quedarme con algo más simple, que Brodsky explica en estas declaraciones al respecto de su decisión de adoptar el inglés para sus composiciones desde 1976. Lo hizo:

por la razón habitual que impulsa a un escritor a escribir: para dar un impulso a la lengua o para obtenerlo de ella”.

Sea como fuera, el libro El explorador polar nos trae una antología de Brodsky que por momentos resulta estremecedora, y siempre emociona. Tras arrancar con un poema impactante, Cerca de nuestro fuego, aquella noche…, un ejemplo del imaginario estético de régimen nocturno durandiano en el que se mueve habitualmente la lírica de Brodsky, rápidamente aparece una de las obras maestras del autor, el poema largo Elegía mayor a John Donne, esa misma composición tras cuya lectura Anna Ajmátova le dijo con admiración:

¡No tienes ni idea de lo que has escrito!

Ya he comentado que, en el momento del exilio, Brodsky portaba en su bolsillo un libro de John Donne. El ruso había escrito la Elegía diez años antes de su expulsión, y al parecer, sería la composición que le devolvería al panorama literario tras los años de censura. Esta Elegía, con tan solo las primeras tiradas de versos, esas que están dedicadas a todo lo que duerme junto a John Donne —en un sueño de muerte— ya estaría justificada la obra maestra e, incluso, la compra del libro de Kriller 71 ediciones.

John Donne, siempre admirado por Brodsky.

Ese Londres que duerme, esa voz que de repente se escucha y que es el alma del propio Donne, mezcla tintes de Dickens junto a colores de Dostoievski, en este caso unos colores grises, tristes, afligidos.

Una vez superado este prodigio, del libro brotan otros poemas igualmente emotivos, como Una segunda Navidad a orillas…, uno de mis favoritos en su sencilla nostalgia, En la región de los lagos, de una ironía casi destructiva, o En el centenario de Anna Ajmátova, que culmina el recuerdo de la poeta con estos versos demoledores:

me inclino ante tu parte corruptible que yace

en la tierra natal a la que devolviste

el don de la palabra para los sordomudos”.

Tampoco hay que pasar por alto composiciones como Yo entré en aquella jaula en lugar de la fiera…, El busto de Tiberio o la Intervención en la Sorbona, sin olvidarnos, entre otros muchos poemas, del que presta su nombre al libro, ese El explorador polar que ahora transcribo íntegro como ejemplo de la genialidad de Brodsky, particularmente en los dos últimos y memorables versos:

Devorados ya todos los perros. En su diario

no ha quedado hoja en blanco. La foto de la esposa

cubierta de palabras, a modo de rosario:

en su rostro el lunar de una fecha dudosa.

Otra foto: la hermana. Pero no se consterna;

marca su latitud. Mientras tanto se ve

que la gangrena, oscura, le sube por la pierna

como la media de una mujer de cabaret”.

Mucho de esto, llamémoslo como queramos, o simplemente llamémoslo poesía, es lo que podemos encontrar en este libro. Un libro de poesía, en efecto, que según la definía Brodsky en una conversación con la periodista Brenda Lyons —llevada cabo en Massachusetts en 1987—, podía producir:

un estado de aceleración mental (…) cortocircuitos mentales, y lo hace mejor que nadie. Eso es lo que me fascina de la poesía y lo que yo mismo estoy tratando de llevar a cabo”.

Aceleración mental, cortocircuito, finalmente, emoción: Joseph Brodsky. Os lo presento, por si no lo conocíais.

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