ACHTUNG!, artes | letras, carrusel, libros, literatura, Odradek, opinión — 11 agosto, 2017 at 19:28

García Lorca, Delmira Agustini, Pushkin, Lérmontov, Bruno Schulz: el asesinato de la literatura

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El próximo 18 de agosto se cumplirán 81 años del fusilamiento de Federico García Lorca. Dejando a un lado espinosos asuntos políticos, reflexiones sobre la Memoria Histórica e indagaciones de tumbas ocultas en cunetas, el terrible asesinato del poeta —de 38 años— me sirve para recordar una serie de nombres que también murieron en circunstancias violentas y que, quizás, sean menos conocidos para el gran público.

Uno de los casos que siempre me ha dolido más es el de la poeta uruguaya Delmira Agustini. Una parte de su poesía, a pesar de encontrarse a caballo entre el colorista modernismo y el complejo vanguardismo, es una mezcla de erotismo con tintes trágicos. La tremenda carga sexual de sus composiciones parecía anunciar el funesto desenlace que le aguardaba.

Delmira fue asesinada por su marido, al que abandonó después de tan solo un mes y medio de casados. Su relación fue un romance clandestino, porque la madre de la poeta se oponía, condimentado con una historia de amor y odio que, sin duda, se trataba de un asunto de maltrato por parte del hombre. Algo que sorprende, visto el carácter femenino (y feminista) de los poemas. Enrique Job Reyes, este era el nombre del asesino, incluso estaba decidido a que, en cuanto se casaran, Delmira abandonara la poesía, algo que consideraba un capricho de solterita.

Lo turbulento de la relación, con demanda de separación y jueces de por medio, siguió por el derrotero habitual en estos casos. Job Reyes empezó a acosar a la poeta: la amenazaba, furioso por haber perdido el control sobre la mujer. Además, Delmira acababa de inaugurar la ley de divorcio en Uruguay, en un caso que fue ampliamente aireado por la prensa sensacionalista y que terminó por sublimar el odio del ex marido. Delmira, de 27 años, fue asesinada por Job Reyes de dos disparos en la cabeza. Acto seguido, el hombre se suicidó. Sin embargo, esos disparos no pudieron terminar con la poesía de Delmira Agustini, que se hizo eterna. Muy recomendable es la edición de sus Poesías Competas editada por Cátedra.

Delmira Agustini
El cadáver de la poeta en la habitación de hotel en donde fue asesinada. En la cama, el ex marido tras haberse suicidado de un disparo.

Retrocedamos siglos en el tiempo para hablar de Christopher Marlowe, poeta y dramaturgo inglés cuyo asesinato permanece oculto en las brumas del misterio de la historia. Marlowe, que frecuentaba lugares y compañías bastante poco recomendables, perdió la vida, aparentemente, en una miserable reyerta de taberna.

Marlowe siempre estuvo en el ojo del huracán debido a que llevaba una vida disoluta y plagada de escándalos, con duelos, acusaciones de un posible crimen, rumores de homosexualidad, de espionaje, de haberse convertido al catolicismo y de escribir unos panfletos muy comprometedores sobre religión en una época, la isabelina, en donde todos estos asuntos eran poco menos que una sentencia capital. Por ese motivo, se ha especulado con que su muerte no fue tal, que aprovechó el fingimiento para ocultarse y… ¡hacerse pasar por Shakespeare!

Así de pinturero se dejó retratar el misterioso Marlowe.

Al parecer, en aquella taberna, a una hora muy tardía, estalló una reyerta sobre el dinero que debían pagar por la bebida y la comida que habían consumido el propio Marlowe y sus tres acompañantes, que eran de lo más granado en el mundo de los chantajes, de las extorsiones y de los bajos fondos. Al parecer, el dramaturgo inglés se atravesó un ojo con la daga que empuñaba, producto del forcejeo con uno de sus acompañantes. Ingram Frizer, que así se llamaba el asesino, fue indultado al considerarse que el crimen se había cometido en legítima defensa. Sin embargo, estos hechos no quedaron claros, y los partidarios de la teoría conspirativa bautizada como Teoría Marlowe, argumentan que el autor siguió escribiendo desde las sombras, tal vez en Francia, obras que firmaba Shakespeare, un cómico mediocre que vio la posibilidad, así, de ganar un dinero fácil.

Lo que sí sabemos a ciencia cierta, es que El Doctor Fausto o El judío de Malta, cuya edición de la editorial Cátedra recomiendo, son dos de las mejores obras de Marlowe, precursor del teatro inglés. El Marlowe oficial murió en aquella taberna, con 29 años, pero… ¿existió otro Marlowe más allá de su asesinato?

Uno de los casos más celebres es el de Alexandr Pushkin, asesinado tras sostener un duelo a pistola con el militar francés Georges d`Anthès, a la sazón amante del embajador holandés en Rusia. Así que el duelo que emprendió el poeta romántico no tenía ninguna posibilidad de éxito a causa de la entidad del rival: manipularon la pistola del escritor y recibió un disparo en el pecho, mientras él apenas sí pudo rozar al francés.

La cuestión de honor que se intentaba satisfacer en un campo de las afueras de San Petersburgo, eran ciertos comentarios vejatorios que el militar había pronunciado contra Natalia Goncharova, mujer de Pushkin. Sobre la nevada de enero en la ciudad imperial no solo quedó arrojada la sangre del poeta de 37 años, sino toda una obra magnífica compuesta por piezas como la novela en verso Eugenio Oneguín, Boris Godunov o La hija del capitán, esta última editada en Alianza Editorial.

Por su parte, otro literato ruso, Mijaíl Lérmontov, muy afectado por el suceso, se apresuró a componer un poema para llorar la muerte de Pushkin, ignorando que su destino sería el mismo. Por culpa de unos comentarios que profirió, ridiculizando la forma de vestir de Nikolai Martynov —camarada suyo en el Ejército—, ambos se enfrentaron a pistola en la localidad de Piatigorsk, en el Cáucaso. Por respeto al escalafón militar, Lérmontov disparó al aire, pero su infame contrincante lo atravesó con un disparo en pleno corazón. Tenía 26 años. Un miserable final para el autor de la memorable novela Un héroe de nuestro tiempo (en Nórdica).

Me he referido antes al asesinato de Federico García Lorca por parte de las autoridades golpistas de Franco, y no quiero dejar de mencionar aquí a una víctima ejecutada por el otro bando. Se trata del genial dramaturgo Pedro Muñoz Seca, el padre de la astracanada, que murió fusilado en Paracuellos del Jarama. Detenido por las milicias anarquistas en Barcelona, el dramaturgo, acusado de católico y monárquico, fue llevado a Madrid e ingresado en prisión. Después, integraría una de las sacas de presos que fueron asesinados sumariamente en Paracuellos. Tenía 57 años. Autor de una ingente obra, entre sus mejores piezas destacan las celebradas Los extremeños se tocan y, como no, la famosísima y divertida La venganza de Don Mendo (en Galaxia Gutenberg).

Esta relación muestra una exigua lista de autores que murieron asesinados. Podría añadir los casos del poeta modernista peruano José Santos Chocano, muerto de una puñalada por la espalda mientras viajaba en un tranvía. Su asesino, un esquizofrénico llamado Martín Bruce Padilla, estaba convencido de que se había asociado con el poeta en la empresa de búsqueda de tesoros ocultos y extraviados, y que Chocano no estaba compartiendo los beneficios con él. A los 59 años, el poeta murió pobre.

Tampoco puedo olvidarme de los escritores que fueron represaliados en campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. Al caso más famoso, el de la ucraniana Irène Némirovsky, de 39 años y gaseada en Auschwitz, se le suman los de Milena Jesenská —que mantuvo una relación amorosa epistolar con Kafka— fallecida en el campo de Ravensbrück a los 47 años de edad, o el del extraordinario autor húngaro Antal Szerb, de 40 años, y asesinado de una paliza en el campo de concentración de Balf. Entre su obra teórica dedicada a la literatura, nos dejó una novela preciosa, El viajero bajo el resplandor de la luna (Ediciones del Bronce).

En otra columna de esta bitácora ya me he referido al crimen del escritor polaco Bruno Schulz, muerto a manos de los nazis en el gueto de Drohobycz. Contaba con 50 años. Puedes consultarlo aquí:

Giorgio Van Straten y su Historia de los libros perdidos: la emoción y el sufrimiento de un tsundokiano

Y por último, para cerrar este artículo, convocaré aquí al padre de la Oratoria, el autor de las Filípicas y las Catilinarias, que tanto estudiamos quienes tuvimos la suerte de coquetear con el latín. Su oposición a Marco Antonio le hizo ser decapitado y Fulvia, la esposa del Triunviro, vejó la cabeza del escritor romano arrancándole la lengua con sus manos. Cicerón, en el momento de su muerte, tenía 63 años.

He querido tener una especial atención a las edades de los escritores en el momento de su muerte (desde Lorca a Cicerón) para mostrar que, la mayoría de ellos, se encontraban todavía con tiempo de sobra para acometer grandes trabajos. Por supuesto, lamento profundamente todos estos crímenes, pero como amante de la literatura no puedo dejar de pensar en las numerosas obras maestras que nos privaron las infames acciones de los asesinos, derramadas por los sumideros de la historia junto a los regueros de sangre y vergüenza.

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