ACHTUNG!, artes | letras, carrusel, libros, literatura — 18 enero, 2018 at 22:25

George Meredith: Ensayo sobre la comedia o el humor como progreso

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Nos encontramos ante un hombre de otro tiempo, George Meredith, que formula unas reflexiones agudísimas para la época en que las escribe. Por tanto, el Ensayo sobre la comedia y los usos del espíritu cómico, primorosamente editado por Ediciones del Subsuelo, es un texto exquisito para lectores exigentes y decididos. Algunos nos sentimos identificados con sus reflexiones, lo que me hace albergar algunas dudas: ¿Seremos entes del pasado, dado que hemos sido capaces de disfrutar de este lúcido texto que Meredith proyecta desde una lejanía de 140 años? No, la respuesta radica en la modernidad del pensamiento de Meredith, producto de su fino análisis y su inmensa cultura.

Mi padre, hombre elegante aunque yo creo que flemático en exceso, era un gran admirador del humor inglés. Al verlo disfrutar con series como Un hombre en casa, después con Los Roper, —en una época en que el españolito ignoraba lo que eran las sitcoms, tampoco sabía qué eran los spin offs, y ni maldita falta que le hacía—, y algo más tarde con Caída y auge de Reginald Perrin, creí llegar a entender aquello de que existía un humor inteligente y otro, vamos a llamarlo así, más grueso.

Nos encontramos en un país que es capaz de hacer sátira descarnada de lo que sea, por trágico o desagradable que resulte. Basta bien poco para que el mundo digital se llene de memes choteándose de cualquier asunto. En efecto, si hemos sabido reírnos del desastre nacional que fue aquella nariz reventada por el codo de Tassotti, o de esa pandilla de golfos apandadores que gobiernan el país (en cualquier momento y de cualquier partido y autonomía), es que en España estamos hechos de otra pasta. ¿Por qué?

Al leer el ensayo de George Meredith uno lo comprende con claridad: por mucho humor inglés, o francés —¿existe un humor alemán?—, este es el país de la comedia, el hábitat natural del reírse los unos de los otros, la factoría que mayor y mejor cantidad de obras teatrales humorísticas ha otorgado al mundo. ¿O tengo que recordar a Ramón de la Cruz, Mihura, Arniches, los Álvarez Quintero, Muñoz Seca, Poncela, entre otros muchos?

Sin embargo, las comedias españolas a las que puede recurrir Meredith como referente, evidentemente, no están firmadas por las luminarias que he mencionado. Porque el texto que conforma el Ensayo sobre la comedia y los usos del espíritu cómico es la edición de una conferencia dictada el primero de febrero de 1887 en la London Institucion, y que en el mes de abril de ese mismo año apareció publicada en el New Quarterly Review. Tuvieron que pasar 20 años para que se editase como librito, a la par, en Londres y Nueva York, bajo el auspicio de tan prestigiosas editoriales como Constable y Scribner.

Así que el texto, incorporado definitivamente a la obra de Meredith como un ensayo con entidad propia, ha llegado ahora hasta nosotros en esta nueva edición de Antonio Lastra, que además aborda la nada fácil tarea de traducirlo y anotarlo, con evidente éxito, y haciendo gala de una sabiduría más que notable.

La principal referencia que Meredith tiene del espíritu cómico hispánico es, como no podría ser de otra manera para un británico, El Quijote. En primer lugar, porque entiende el espíritu cómico como un indiscutible signo de inteligencia, y de eso Cervantes anda sobrado, y en segundo porque la tradición de estudiar y comprender al Quijote siempre tuvo mucho más predicamento en Inglaterra o en Rusia, que en España, al menos hasta bien entrado el siglo XX; la obra de Cervantes había calado en esos lugares mucho mejor que entre nuestras envidias patrias, y se abordaba desde una perspectiva de admiración que, hasta hace bien poco, por aquí nos ha faltado. Somos así.

El texto de Meredith presenta una paleta de resortes fascinante: porque al comparar comedias y formas de humor nacionales, es decir, Molière, Goldoni o Shakespeare, lo que está haciendo es literatura comparada. Y al analizar su repercusión en el público, nos encontramos ante un pequeño, o no tan pequeño, estudio psicológico, sociológico, e incluso antropológico, de ciertos gustos, usos y costumbres.

En donde Meredith se muestra más fino es en este tipo de análisis de las formas en las que cristaliza la comedia en diferentes países. Maneja un amplio conocimiento de la escena internacional, por llamarlo de alguna forma, y de las obras capitales de autores como Molière. No le tiembla el pulso a la hora de caracterizar a los locales Wycherley, Congreve y Sheridan, como meros epígonos del francés. Esta amplitud de miras, esa forma de tener claro el suelo que está pisando, es lo que hace del texto de Meredith una fuente de primera mano en cuanto al estudio de lo cómico, pero no sólo en el teatro.

El ojo analítico de George Meredith es prodigioso a la hora de abordar algunas de sus tesis.  Para comenzar, su sinceridad es digna de aplauso:

Las buenas comedias son producciones tan raras que (…) no nos llevaría demasiado repasar la lista inglesa”.

A continuación, explica los motivos por los que la buena comedia es tan difícil de encontrar:

Se requiere una sociedad de hombres y mujeres cultivados, en la que las ideas fluyan y las percepciones sean rápidas, que le proporcione materia y una audiencia”.

La comedia es, por tanto, un estado social para George Meredith, donde los hombres sin sentido del humor, esos “que no ríen”, son “como cuerpos muertos”. Pero cuidado, porque, en efecto, hay que reírse, pero con moderación e inteligencia, sabiendo muy bien de aquello de lo que nos reímos porque

“reírse de todo es no tener ninguna apreciación de lo cómico de la comedia”.

Meredith no tiene ningún problema a la hora de ensalzar el espíritu cómico de otros países sobre Gran Bretaña; un espíritu cómico que, además, consigue el enriquecimiento de la percepción de la naturaleza humana. Así,

los franceses tienen una escuela de comedia majestuosa (…) y disponer de esa escuela es la razón principal, como señaló John Stuart Mill, de que conozcan a los hombres y las mujeres con más precisión que nosotros”.

Por ello, Molière, “observador agudo y equilibrado”, es el “poeta” de los franceses.

Aquí, el autor da rienda suelta a su impagable tarea de comparatista. Primero, confronta a Congreve con el propio Molière, y el resultado es uno de los muchos párrafos luminosos de este ensayo:

Contrastemos el ingenio de Congreve con el de Molière. El del primero es un espada de Toledo, afilada y de acero maravillosamente flexible, presta al duelo, inquieta en la vaina y hermosa fuera de ella. El ingenio de Molière es como un arroyo que corre, con innumerables destellos en cada recoveco del bosque por el que ha de abrirse paso. No corre en busca de obstáculos para hacerse oír por encima de ellos, pero cuando las hojas muertas y sustancias más sucias se amontonan en su trayectoria, su canción natral se eleva. Sin esfuerzo ni deslumbrantes reflejos de logro, está lleno de salud, del ingenio de la buena educación, el ingenio de la sabiduría”.

Aunque sólo fuera por líneas como estas, ya merecería la pena el texto.

El conocimiento de Meredith sobre el asunto es inmenso. De esa forma, analiza las comedias clásicas de Terencio y las compara con las de Menandro, para conectarlas y medirlas al Tartufo de Molière. Después, le toca el turno a la comedia italiana, con Goldoni a la cabeza, además de Boccaccio y Maquiavelo.

Entonces, el estudio alcanza la comedia española, que es:

generalmente aguda, como el contorno de un esqueleto; de movimientos rápidos como marionetas”.

Y en donde sobresale la imponente figura de Don Juan. Por el contrario, la comedia alemana se queda en “intentos”, donde lo más pasable se encuentra en la novela de Richter titulada Siebenkas —en efecto, aquella en donde se acuña el término del Doppelgänger, del que ya os he hablado en alguna ocasión aquí, en Achtung!—, y en algunos fogonazos de Goethe y la voluntad de Lessing. Porque:

la risa literaria alemana (…) es infrecuente y más bien monstruosa”.

Y atentos a esta conclusión:

Al este encontramos un silencio total de la comedia en un pueblo intensamente susceptible de risa, como testifican Las mil y una noches. Donde el velo cubre el rostro de las mujeres no puede haber sociedad, sin la cual los sentidos son bárbaros y el espíritu cómico se ve empujado a las alcantarillas de la ordinariez para saciar su sed. Al respecto los árabes son peores que los italianos, mucho peores que los alemanes, en la misma proporción en que su sistema de tratar a las mujeres es peor”.

Interesante Meredith, haciendo del sentido del humor un asunto sociológico y feminista. Por tanto, sentencia que donde las mujeres

carecen de libertad social, la comedia alta; donde son bestias de carga domésticas, la forma de la comedia es primitiva; donde sin tolerablemente independientes, pero sin cultivar, el melodrama excitante ocupa su lugar y ofrece de ellas una versión sentimental (…) Donde las mujeres están en pie de igualdad con los hombres, en logros y en libertad (…) allí la comedia pura florece”.

Tan sorprendente como moderno resulta este análisis de la igualdad de sexos, de la libertad de la mujer relacionada con el estallido del espíritu de lo cómico, que viene a ser lo mismo que  conectarla con las maneras de saber divertirse de una forma educada y sana porque “lo cómico brota perpetuamente de la vida social”.

Después de comparar la sátira con la comedia y las formas de risa que ambas provocan, en la sátira es una forma de reír como un “golpe en la espalda o en rostro” y en la comedia se trata más bien de un “humor mental” que resulta “de una cortesía sin rival”, Meredith considera que, por tanto:

Una prueba excelente de civilización de un país (…) es el florecimiento de la idea cómica y de la comedia, y la prueba de la verdadera comedia es que despierte una risa meditada”.

Así es este ensayo sobre la comedia y el humor, que tiene mucho de reflexión antropológica. Es convincente, y creo que muy necesario seguir una de sus recomendaciones, la de sacar de nuestro interior ese “íncubo, terriblemente familiar”, que nosotros conocemos por el nombre de aburrimiento. Si hemos leído el ensayo de George Meredith, desde luego que ya lo hemos arrojado lo más lejos posible.

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