ACHTUNG!, artes | letras, carrusel, libros, literatura, Odradek, opinión — 23 junio, 2018 at 11:09

El Mundial Literario y las literaturas… ¿minoritarias?

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El Mundial de Fútbol de Rusia acaba de cumplir su primera semana, inundándolo todo, capitalizando horas y horas de emisiones televisivas y radiofónicas, teniendo una presencia abrumadora en nuestras vidas, queramos o no. Pero dentro de este Mundial pueden existir otros, como el que estoy desarrollando en mi cuenta de @literatura_instantanea en Instagram. Ya os he hablado en varias ocasiones desde esta columna de El Odradek de esa fervorosa comunidad literaria que se ha formado en Instagram. En efecto, el sitio, en principio pensado para subir fotos de ególatras descerebrados y poco más, se ha revelado como un lugar muy interesante que alberga cuentas sobre literatura, música, artes, etcétera, tanto, que parece estar apuntillando al sempiterno Facebook. En el seno de esa comunidad literaria de Instagram estoy jugando mi propio Mundial: un Mundial literario.

Lo cierto es que hace cuatro años, con motivo del Mundial de Brasil, ya llevé a cabo esta idea pero de otra manera. Lo hice en Facebook, con bastante poco éxito: lo de los seguidores no parece ser mi fuerte. O al menos, no con el seguimiento que estoy consiguiendo ahora en Instagram. Quizás el vídeo, y la posibilidad de que se puedan ver mis barbas valleinclanescas, sean motivos que contribuyan al éxito…

Dejando mis tonterías aparte, la idea que movilicé entonces y he perfeccionado ahora consiste en la simpleza de recomendar libros de las literaturas correspondientes a los países que juegan. Así, un Argentina-Rusia me llevaría a recomendar y hablar un poco de Borges y de Tolstoi, por ejemplo, y de sus libros Ficciones y La muerte de Ivan Ilich.

Cada jornada hago eso con todos los partidos. Como son tres por día hablo de seis países, recomiendo seis libros de seis escritores que intento no volver a repetir en las jornadas posteriores. Además, si es posible, ofrezco un once, una alineación completa de un país: once libros de once escritores.

De esta forma, al final del Mundial se habrán disputado 64 partidos y habré recomendado alrededor de 350 libros y más de 200 autores (96 en la primera fase, más 32 pertenecientes a los cruces de las eliminatorias directas, a lo que hay que añadir los textos recomendados en casi una veintena de “onces” nacionales).

Además, atendiendo a algunas sugerencias, porque quienes siguen la cuenta me apoyan con ideas y mucho cariño, esa es la verdad, he pensado utilizar las jornadas de descanso para dar un once literario ideal de aquellos países que no se han conseguido clasificar en esta ocasión, pero que suelen hacerlo: Hungría, República Checa, Estados Unidos… y tal vez de algunos otros como Rumania o Albania.

Lógicamente, esta tarea presenta algunas dificultades: en primer lugar, el tiempo que me lleva, que no es poco, desde luego, y después, el intento de cumplir ciertos criterios, siempre que eso me sea posible. Los libros recomendados deben ser míos, haberlos leído, y estar publicados en editoriales españolas. Obviamente, semejantes restricciones indican unas cuantas cosas: que necesito poseer una biblioteca enorme para poder disponer de tantos libros, tan variados, que he tenido que dedicarme media vida a la lectura, que me he dejado una fortuna en libros y que soy un friki o un tsundokiano peligroso. Sí a todo.

No nos asustemos, no siempre he podido cumplir con la máxima de tener el libro o de haberlo leído, circunstancias que advierto claramente a mis seguidores. Si no lo he leído, lo ofrezco de forma meramente informativa, no recomendando su lectura. Esto me sucede con algunas literaturas complejísimas por distancia idiomática, fundamentalmente, aunque creo que, realmente, todo se reduce a un asunto comercial o editorial (que son sinónimos, ¿lo sabíais?).

Me explicaré: la literatura australiana no es tan desconocida en España como pueda parecer. Esta bastante editada porque, a pesar de pillarnos tan lejos, pertenece al ámbito de la literatura en inglés, de la Commonwealth, de la bolsa de intereses culturales y comerciales (que últimamente significan lo mismo, ¿lo sabíais?) anglófilos, algo que gusta mucho a la industria editorial (porque es una industria, ¿lo sabíais?). Así que los australianos, en las antípodas nuestras, tienen su buena presencia en las librerías españolas, pero los tunecinos…, ¡ay, los tunecinos!

Sí, Túnez está aquí cerca, al menos un poquito más próxima que Australia…, pero no he podido conseguir encontrar casi nada de ellos. Lo mismo me ha ocurrido con Croacia —poquísimos libros—, mientras que de Japón disfruta de numerosos escritores vertidos al español, afortunadamente.

De esta manera, gracias a mi Mundial Literario Instantáneo, podemos tomarle el pulso a la industria editorial. Pocos croatas, pero bastantes serbios publicados. Muchos japoneses y australianos, pero casi nada de Túnez o, poco y minoritario, de nuestros vecinos marroquíes (algo realmente curioso). Bastantes nigerianos y senegaleses pero escasez de daneses o costarricenses. Y un páramo literario al respecto de países como Corea del Sur, Islandia, Dinamarca (obviando el boom tan agotador como escaso de calidad de la literatura negra escandinava), Suiza, Egipto… y no digamos ya de Arabia Saudita, Irán o Panamá (y estos últimos, hablan español, como nosotros… ¿De verdad que no merece la pena publicarlos?).

Se pueden extraer bastantes conclusiones de todo esto: una, que la gran industria editorial española se mueve por criterios meramente de capitalismo cultural, de “si vende lo edito y si no vende, no lo edito”, y que estamos inmersos en un absurdo y estúpido colonialismo cultural.

La primera afirmación, aunque cierta, presenta una pequeña luz de esperanza: las pequeñas editoriales independientes se preocupan de editar a esos autores de otros países: sobra decir a que países dedica sus intereses Nórdica (pero no solo a ellos), mientras que Sial atiende a los autores africanos o Ediciones del Oriente y del Mediterráneo al Magreb, Ediciones del Bronce (que ya no sé si existe) atiende a diferentes países africanos, también a escritores húngaros, o Baile del Sol se dedica a croatas, búlgaros… Pero no nos frotemos las manos. Estas editoriales, y otras muchas que no cito, aplastadas por el rodillo de la industria cultural, o han desaparecido o han descatalogado sus libros, de forma que, a pesar de haber editado a escritores de estos países, ahora es casi imposible encontrarlos.

Que estamos inmersos en una literatura de colonialismo cultural es tan obvio como sangrante, e imposible de solucionar. En primer lugar, el papanatismo anglófilo, especialmente de todo aquello que viene bendecido desde Estados Unidos (me puedo acordar aquí de Jonathan Franzen), y después del Reino Unido; y desde los tiempos de Napoleón, España está sometida a una hipnosis francófila (que me lleva a recordar Las benévolas de Jonathan Little). Otras influencias, como la alemana, son menores, a pesar de su poderío de mercado.

Me pregunto cómo es posible que en un país de lectores como los españoles, sólidamente pro-palestinos, se desprecie de esa manera a la literatura en árabe (donde no se publica nada que no haya obtenido el visto bueno —es decir, el éxito de ventas— en el mercado americano o británico). Esto me lleva a formular algunas reflexiones a cerca de la forma en que unas literaturas entran a formar parte del canon literario, y por tanto son leídas y difundidas con autores mundialmente conocidos, y otras no.

La literatura croata, o la de Túnez, o la de Arabia Saudita, Irán o Corea del Sur, casi como cualquier asunto relacionado con el conocimiento general de estos países, tradicionalmente, resultan lejanas, cuando no totalmente ajenas, a una gran parte de la cultura europea, situación que se magnifica en el caso de la recepción de esta misma literatura en España. De tal manera, cabría afirmarse, que la fortuna y recepción de estas literaturas en España vienen de la mano, exclusivamente, de algún autor de forma individual, cuando el público es capaz de identificarlo como tal, es decir, como un autor coreano, árabe, etcétera…, algo que no siempre ocurre.

Un lector medio puede citarnos los nombres de algún escritor húngaro, con mayor seguridad ahora, después del boom que este tipo de literatura ha experimentado en España de la mano de Sándor Márai y la extraordinaria popularidad de sus obras. Márai es uno de los novelistas húngaros de mayor éxito, curiosamente redescubierto de manera póstuma y que ha experimentado un enorme triunfo comercial desde finales de los años noventa y hasta principios del siglo XXI. Sus novelas, que viven numerosísimas reediciones, reflejan el decadente mundo del Imperio Austrohúngaro. Sus descripciones detalladas, pero repletas de ritmo, junto con una especial sensibilidad para recrear ambientes y comportamientos humanos, lo hacen uno de los autores favoritos del público, colocándose a la cabeza de las listas de los más leídos en competencia con los best sellers.

Sandro Márai.

Lo mismo sucede con la literatura japonesa (gracias a ese éxito fabricado por las editoriales, un éxito cifrado más en las ventas, en la publicidad y en la oportunidad de los modismos), y también con algunos autores polacos, checos… Sin embargo, las dificultades para recordar a escritores de otros países por parte del gran público son evidentes ya que, incluso aunque se hayan leído alguna obra, al lector que no esté muy informado le costará identificarlo o lo segmentará en la definición de novelista asiático o árabe o balcánico, sin una aproximación determinada a su nacionalidad.

Además, en este conocimiento de otras literaturas minoritarias (si se me permite calificarlas así para los no estudiosos), hace mucho que autores emblemáticos, como Kundera para la checa, por ejemplo, han abandonado su lengua original para escribir en idiomas mayoritarios: además de Milan Kundera (checo, que escribe en francés), tenemos a Arthur Koestler (húngaro, que lo hacía en inglés y francés), Elías Canetti (búlgaro, que utilizaba el francés), Vladimir Nabókov (ruso que lo hizo en inglés) y Joseph Brodsky (también ruso que escribía en inglés).  El éxito para muchos de ellos, al escribir en lenguas mayoritarias, fue jugoso: el Premio Nobel.

Milan Kúndera.
Elias Canetti.
Arthur Koestler.
Vladimir Nabókov.
Joseph Brodsky.

Estos extraños productos policulturales, no exentos por ello de calidad, han visto favorecida su fortuna al expresarse en idiomas mayoritarios. Actualmente, el lenguaje y la literatura han sido instrumentalizados por los Estados modernos y el mercado para crear un soporte que instaure un proyecto de comunicación masivo y así realizar un control cultural de las masas, es decir, la elección de los elementos que entrarán en el canon se toma de forma un tanto dictatorial, elegidos por ese “grupo social dominante” del que nos habla Harold Bloom en su obra El canon occidental (Anagrama).

El canon es, por tanto, modificado por los intereses del poder, que decide quién pertenece a él a través del control de los grandes medios de masas sin los cuales un autor nunca podrá ser conocido y, por tanto, no podrá ser incluido en el canon, lo que generará una lucha de “textos que compiten para sobrevivir”, tal y como lo define Bloom.

Harold Bloom.

Sin embargo, opino que los textos no compiten entre ellos por establecer una supervivencia, una supremacía, algo así como un origen de las especies literario en donde sólo triunfará el más fuerte. De hecho, no creo en ningún caso que Tirano Banderas de Valle Inclán entre en ninguna pugna con Abel Sánchez de Unamuno, por ejemplo, o que La transformación de Kafka batalle por imponerse a codazos, buscando su hueco en el nicho cultural, con cualquier otra obra maestra de la literatura mundial.

Esta competencia tiene mucho de carácter editorial y comercial, una mera confrontación mercadotécnica con libros y autores en la actualidad, en la que el espacio que ocupa una publicación elimina la competición de mercado de la derrotada, pero en ningún caso esa batalla se produce con obras y textos que pertenecen a la que se podría denominar Gran Literatura.

Aunque las comparaciones puede que sean odiosas, sí son pertinentes. En ningún caso, La transformación de Franz Kafka le roba un lugar en la estantería a Yo, el Supremo de Roa Bastos, pero actualmente sí que libran entre ellos una enconada batalla por ocupar su lugar en la llamada mesa de novedades los últimos productos de gestores culturales como Arturo Pérez Reverte y Almudena Grandes, por ejemplo.

En asuntos canónicos, los autores de literaturas minoritarias bien poco pueden argumentar en su favor si —desde una perspectiva de mercado editorial— el apoyo de millones de lectores pueden hacer escandalosamente canónicos a Stieg Larsson, Ken Follet o Stephen King, todos ellos autores muy válidos en sus respectivas literaturas, si entendemos sus elaboraciones culturales como literatura y no como un producto susceptible de ser vendido, susceptible de alcanzar millones de ejemplares de venta, como podría ser el caso de un perfume o determinado modelo de teléfono.

En el caso de Stieg Larsson, por ejemplo, el éxito le vino con la trilogía de novelas llamada Millenium, todo un fenómeno de bestsellerización mundial que se produjo de forma póstuma. Este éxito ha rehabilitado todo un género, el de la novela negra nórdica, con numerosos epígonos que producen una gran cantidad de textos-cliché y copan las listas de ventas.

Quizás, otros críticos y otras perspectivas distantes en el tiempo, podrán ser capaces de catalogar o denominar algunos de los artefactos culturales que acaparan las ventas y las lecturas de la masa, y que aunque coinciden con Kafka, James Joyce o Marcel Proust en lo externo, es decir, en que se encierran entre una cubierta y sus guardas, decididamente pertenecen a ámbitos completamente diferentes.

En este sentido, en definir los productos actuales que comparten nicho literario con William Faulkner, Miguel de Cervantes o Víctor Hugo, y con autores de lenguas y países minoritarios, debo traer aquí el ensayo del crítico Germán Gullón, Los mercaderes en el templo de la literatura (Caballo de Troya). De entrada, el texto se inicia con un capítulo titulado El libro, prisionero tras el código de barras, una advertencia de que el material de análisis literario actual poco tiene que ver con esas novelas de Benito Pérez Galdós o Thomas Mann, en tanto en cuanto aquellos libros jamás nacieron con la marca cainita del mercado, es decir, de la codificación que los convierte en objetos de consumo masivo desde el mismo instante de su creación.

Germán Gullón.

Para esta nueva concepción de la novela, Gullón establece su origen en una mutación comercial elegida por los autores:

Los autores, por su lado, aceptaron convertirse en marcas comerciales. Es la llamada profesionalización del autor, desde las bienvenidas escuelas literarias, donde los alevines de escritor aprenden de gentes experimentadas los usos y costumbres del trato editorial, desde la nota del contrato hasta el tipo de texto a presentar”.

El autor literario se ha convertido, así, en marca comercial. Y lo que escribe, desde este momento, no son novelas, son productos o libros-espectáculo. De esta forma, Gullón ya puede calificar el producto comercial otrora conocido como novela y que se realiza actualmente bajo el efecto Dan Brown-Ruíz Zafón, como thriller cultural, bibliothriller o ficción de entretenimiento, algo que hace en su ensayo Una venus mutilada (Biblioteca Nueva). Cabe preguntarse, ahora, el papel que juega la producción literaria de los autores de lenguas subjetivamente minoritarias (evidentemente el árabe, por ejemplo, es de todo menos una lengua minoritaria…, y qué decir del chino) inmersos en este panorama editorial de mercadeo.

Parece que, en cualquier caso, estos autores siempre tendrán las de perder. Afortunadamente, Bloom acude en su ayuda, puesto que para él un aspecto que hace a la obra canónica, es decir, que la sitúa por encima del todopoderoso bibliothriller definido por Gullón, es:

la extrañeza, una forma de originalidad que o bien no puede ser asimilada o bien nos asimila de tal modo que dejamos de verla como extraña (…) Cuando se lee una obra canónica por primera vez se experimenta un extraño y misterioso asombro, y casi nunca es lo que esperamos”.

Existe un grupo de escritores que le exigen al lector una lectura con claves. Esto significa que, al leerlos, se va filtrando todo un complejo mundo de imaginarios, de formas y maneras de narrar los asuntos, de un estilo peculiar y extraño que al principio produce la extrañeza por la que aboga Bloom, y que sólo con el tiempo y el conocimiento de sus obras, acaban por susurrarle al lector al oído, y éste puede compartir sus claves, sus bromas, sus guiños entrelíneas, al leer en el mismo sistema en el que el autor se expresa.

Esta característica, tan alejada del bibliothriller, sustenta la obra literaria universal, esa que, de nuevo en palabras de Bloom,

no nos hará mejores, tampoco peores, pero puede que nos enseñe a oírnos cuando hablamos con nosotros mismos”,

consiguiendo lo que Kafka definía con otras palabras:

Si un libro que leemos no nos despierta de un puñetazo en el cráneo, ¿para qué leerlo? Un libro tiene que ser el hacha que rompa el mar de hielo que llevamos dentro”,

y cuando rompemos ese mar de hielo nos duele, y vemos las estrellas: teniendo presente ese dolor que provoca la Gran Literaturael supremo displacer, lo califica Bloom—, por eso Dante quizás, si se me permite la chanza, acabe las tres partes de su Divina Comedia con esa palabra, “estrellas”.

En efecto, estos autores minoritarios y casi desconocidos se mueven en ese sistema de codificaciones que el lector, exigido por el autor, debe ir comprendiendo, estudiando, asimilando, hasta alcanzar el punto en el cual, superada la “extrañezabloomsiana, puede entablar el diálogo repleto de confidencias y riquezas expresivas que casi parecen escritas en exclusiva para nosotros. Es necesaria una familiarización previa, al estilo de otros autores como lo pueden ser Grass o Bernhard.

George Steiner.

Por tanto…, ¿es de vital importancia para un autor que escribe en una lengua minoritaria abandonarla, como hicieron Kundera o Canetti, o encontrarse con traductores solventes que lo viertan a lenguas de primeras literaturas, tipo la inglesa, la francesa, o el español? No cabe discusión: la importancia de las traducciones es mayúscula, ponen al autor en el mundo. Tal y como afirma a este respecto George Steiner:

Los novelistas, los dramaturgos, incluso los poetas —esos guardianes escogidos de lo irreductiblemente autónomo— sienten dolorosamente esta realidad: deben ser traducidos si quieren que sus obras, sus vidas, tengan una oportunidad justa de salir a la luz”.

Y un claro ejemplo de ello es el boom de las letras japonesas, con Haruki Murakami a la cabeza. ¿Podríamos afirmar, entonces, que la traducción de una lengua minoritaria a una lengua, llamémosla, canónica —con el riesgo que eso representa—, hace al autor canónico aunque no escriba originalmente en esa lengua?

La conclusión que se extrae de un estudio atento del canon propuesto por Harold Bloom es la de que nos encontramos ante un canon evidentemente WASP, es decir, blanco, sajón y protestante, que en lo perverso de su sistema permite la entrada de ciertos textos, lo hace de una forma correctiva, pero torticera, abre la puerta trasera para que accedan algunos constructos culturales satélites al estilo del prototipo de novelista japonés o húngaro, que son más producto del colonialismo cultural o de los modismos.

Sin duda, los premios de cierto prestigio son la mejor forma de que este sistema cultural perverso conceda su mínima cuota a otras literaturas y permita una falsa sensación de permeabilidad dentro de su pernicioso inmovilismo.

Por ello, no es sorprendente ni extraño que autoproclamados defensores culturales que llevan más allá de lo excesivo sus labores de gatekeeper mediático como Fernando Sánchez Dragó, consideraron en su momento “una extravagancia” que el albanés Ismaíl Kadaré ganara el premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2009.

Lo peor de las declaraciones de este gestor cultural —por calificarlo de alguna forma— que se encontraba entre los miembros del jurado que otorgó el galardón aquel año y que se jactó de no conocer la obra del albanés y de haber votado en blanco, es que son un claro ejemplo de la perversidad de la maquinaria del canon de Bloom funcionando con todo el estruendo de sus chirridos: pone en duda a Kadaré y se declara admirador de Murakami. Creyendo que actúa a contracorriente es víctima del mercado, del modismo y del colonialismo cultural impuesto por el propio canon.

Ismaíl Kadaré.

No hay remedio, existe un canon paralelo al propio canon, un canon comercial donde influyen los premios, que llaman a otros premios, y la publicidad y el apoyo mediático que se obtiene de la concesión de dichos premios.

Pero yo estaba hablando, antes, de eso hace ya bastante rato, supongo que podréis disculpar mi digresión canónica, del Mundial Literario que he puesto en marcha en mi cuenta de @literatura_instantanea en Instagram. Un mundial en donde nadie pierde, en donde todos ganan, y en especial los lectores, que se alimentan de nuevos autores de esas literaturas minoritarias que el pérfido sistema se empeña en silenciarnos, con sus intentos de aplastarlos bajo el sello de lo no comercial.

En las editoriales independientes y en nuestra obstinación como lectores de una literatura de calidad se albergan las esperanzas de vida de todas estas literaturas; es decir, las esperanzas de que sean leídas.

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