ACHTUNG!, artes | letras, carrusel, libros, literatura, Odradek, opinión — 17 agosto, 2018 at 22:14

Algunos libros imprescindibles para defendernos del verano y del veraneo (Parte 3)

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Esta semana hemos pasado el Rubicón del verano, ese punto de no retorno que significa el 15 de agosto. Porque el 15 de agosto aúna todos los males vacacionales juntos: el espanto del periodo agostí marida con las fiestas de los pueblos y el resultado es repugnante. El 15 de agosto, y los dos o tres días que le siguen, son el mal absoluto, ese Satanás anclado en el mismo centro del Infierno en la Comedia de Dante, salvo que en este caso, además, el demonio hace gala de una malsana fijación: rifar perritos-piloto y poner la música más atronadora y chabacana posible en la pista de los autos de choque. Esta es la tercera entrega (y última) de El Odradek y esos libros veraniegos que pueden salvarnos de situaciones límite como son las ferias que se deslizan con nocturnidad y alevosía en nuestras vidas, para no dejarnos dormir hasta las tantas de la madrugada.

Pero antes de entrar en el espectral mundo de las fiestas de los pueblos, y en concreto en las fiestas de Torrelodones, me ha quedado pendiente relataros una última aventura, o más bien desventura vacacional, de esos tiempos en los que me marchaba bien lejos, en una huida que buscaba escaparme de mí mismo y, después, de todo lo que me rodeaba.

Nuevamente Fuerteventura como escenario de mi desgracia. En concreto, un lugar, un hotel en Costa Calma, cerca de la Playa de Sotavento, lo suficientemente remoto como para que no hubiera un médico en muchos kilómetros alrededor, una circunstancia que a un veraneante del malditismo como yo no suele preocuparle… Hasta que se desencadena el cólico nefrítico.

Así fue: al segundo día de tomar posesión del bungaló tipo iglú más alejado de todos (porque era un hotel conformado de bungalós) mis riñones entendieron que me encontraba en una situación muy interesante para sufrir un cólico. Bienvenidos al capítulo de enfermedades veraniegas, de consultorios fantasmas, de médicos extraños. De veraneantes ingleses, holandeses, belgas, esquilmando a nuestra universal y bienintencionada Seguridad Social. De salas de espera con descalabrados, intoxicados, quemados por el sol, meduseados, erizados, cortodigestivados, en fin, todos ellos mirando al techo, sin saber muy bien cómo acababan de arruinar lo que prometía ser un lapso vacacional maravilloso.

Tengo que decir en mi defensa que a la vista de esta perspectiva, y de la lejanía del médico más próximo, opté por aguantar con los dolores en el hotel y consumir los días que tenía allí contratados. Entonces, descubrí lo complejo que es sentirse horriblemente mal en el corazón de una infraestructura que está diseñada para agobiarte, azuzarte, hostigarte con la excusa del agasajo y que no entiende de solitarios ni reservados ni, por supuesto, de enfermos.

Aunque por un momento he pensado que todos estos complejos, si algo buscan detrás de esa presunta felicidad del cliente, es precisamente eso: hacerlo enfermar. De ahí los pantagruélicos bufés libres del desayuno, las opíparas cenas, los bares de cocteles en mitad de las piscinas con el objetivo de que bebas mientras estás en remojo y, además de con una borrachera, también llegues a la habitación con una buena cistitis.

Si en algún momento no nos ponemos malos de beber, de comer o de bañarnos, o agarramos algo en el Spa o en la sauna, o en el baño en agua helada, o bajo los chorros o las duchas con aceites esenciales, es como si la diversión no hubiera existido. El veraneante de pro, el que se recuece al borde de la piscina un 15 de agosto, ese, si no se pone malo no obtiene el mayor beneficio de las vacaciones. Suena raro, lo sé, pero muchas veces es lo que parece. En vacaciones la gente vomita mucho. Y motivos para hacerlo hay de sobra, desde luego.

Vayamos con la literatura: Para esos momentos de cólico en mitad de la nada tenía, afortunadamente, un buen puñado de libros. Recuerdo que entre pinchazo y pinchazo, cuando los picos de fiebre me devolvían a momentos de tranquilidad, tomaba de la mesilla mi ración de lectura medicinal. Concretamente, ese Wittgenstein manchado de sangre que es Una investigación filosófica (Anagrama), del recientemente fallecido Philip Kerr. Una novela negra distinta, absorbente y dinámica, ubicada en una especie de Londres distópico (pero no muy alejado en el tiempo, al contrario, en la novela, escrita en el año 1992, se habla del Londres de 2013), que tuvo efectos calmantes para mi cólico.

En este enlace podéis leer una crítica que hice del libro:

http://laficciongramatical.blogspot.com/2011/09/una-investigacion-filosofica-philip.html

Se trata de algo distinto, quizás sea la mejor novela de Kerr, y como la leí en Fuerteventura le otorgo en mi baremo heladero de excelencia dos Sandy Pop, que son producto del esfuerzo empresarial de aquellas tierras.

Después, cuando empecé a mejorar, muy lentamente, me dejé caer por el salón de la televisión del hotel con el ánimo de probarme y ver mis fuerzas. Entre turistas que se ponían chuzos a gin-tonics y combinados de ron Arehucas yo me sentaba pálido y demacrado con una tacita de poleo o manzanilla entre las manos. Lo sé, doy pena.

Al salón llevaba un libro, como no, aunque no era sencillo naufragar en la lectura cuando la televisión atronaba con Juan Carlos Navarro anotando canastas como un poseso (por cierto, hoy acaba de retirarse, qué viejos somos ya…). Era un partido del Eurobasket de Lituania, en donde España se hizo de nuevo con el oro —venía de ganarlo también en la edición anterior, jugada en Polonia—.

Así que mientras bebía a sorbitos la infusión, trataba de leer algunas páginas de El asesino de la carretera (Ediciones B), novela de James Ellroy, pero Navarro, que finalmente sería elegido MVP del torneo, interfería con el incansable bombardeo del aro de la selección que se le pusiera por delante. La novela de Ellroy es una de las mejores obras que he leído del norteamericano, un auténtico MVP de la novela negra, con ese estilo telegráfico propio tan atractivo como contundente.

Alguien se me acercó farfullando en español unos elogios al baloncestista que, al parecer, acababa de masacrar a Macedonia con la friolera de 35 puntos, 19 de ellos en un solo cuarto, record absoluto de un Eurobasket. Confieso que miré con indiferencia a esa persona que intentaba entablar una conversación conmigo, también con mi poleo y con mis profundas ojeras: en mis manos tenía a un verdadero crack, a Ellroy ni más ni menos, y donde estuviera esa fascinante narración de los crímenes de un asesino en serie operando por las carreteras de Estados Unidos, ninguna actuación gesta deportiva podía hacerle sombra.

Para El asesino de la carretera, en mi clasificación de excelencia, le doy dos polos de gelatina, el Gely de fresa.

Estoy escribiendo esta columna con cierto dolor de cabeza producto de varias noches durmiendo muy mal. Y con esto regreso a Torrelodones y a este mismo verano, al día de hoy, 17 de agosto. Si, voy a hablar de las fiestas del pueblo, culpables de que no pueda dormir, ni descansar.

Aquí, en Torrelodones, todos somos muy democráticos y entendemos, o al menos el Consistorio así lo comprende, que todos los vecinos tienen el mismo derecho a participar de la fiesta. La fiesta, un compendio de actividades que rezuman buen gusto y saber hacer, que se mete en tu casa y en tu cama como la cabeza de caballo de El Padrino.

Literalmente en tu cama, porque los feriantes colocan las atracciones a poco más de 20 metros de tu salón, para que así puedas vivir hasta la madrugada el jolgorio de las canciones de los autos de choque: un año fue la Camisa Negra repetida a volumen brutal, otro año le toco a Justin Bieber… Los cristales retumban, y te ves obligado a tomar una elección: o cierras a cal y canto y te asfixias, o dejas las ventanas abiertas e inicias con resignación la semana del Lexatín.

Esta admirable querencia en llevarte la juerga hasta la puerta de casa (ahora mismo está repicando la bocina del látigo o del pulpo, completada con una sirena de ataque nuclear, que se repite cada par de minutos), y de que los borrachos orinen en tu portal, de que las peleas y las broncas se desparramen por las calles cortadas por las cuales no puedes llegar a donde vives, es un ejemplo de espíritu solidario, no cabe duda.

Por eso, cuando yo tenga algo que celebrar, quizás me plante delante de la casa de algún concejal, o de la alcaldesa, a las tantas de la noche, para hacerlos partícipes de mi alegría. Seguro que les gustaría. Y también apreciarían mucho el que me orinase o vomitara, dejando un montón de porquerías en la puerta. Esto suena un poco a escrache festivo, pero, al fin y al cabo, ¿no somos todos tan modernos, comprensivos y tolerantes?

La vida, durante los días que cercan como un ejército maligno al 15 de agosto, es imposible en Torrelodones. La solidaridad festiva impide descansar, impide pasear, circular, aparcar, respirar. Los barracones con salchipapas a precios abusivos (cada día más papas con menos salchis, nunca pensé que las salchis acabarían siendo un artículo de lujo), las tómbolas y el tiro con carabina de aire comprimido, todos con sus propias bandas sonoras, timbres, bocinas y sonidos desagradables, contribuyen a crear un estado de nervios permanente en las personas que no tenemos muchas ganas de divertirnos por decreto.

Efectivamente, estas son unas fiestas solidarias, porque a fuerza de ser insolidarios con todo el mundo se acaba molestando por igual. Lástima que en lo cultural, y hablo de ello porque es el campo que me interesa, no se lo tomen con tanto entusiasmo. Algunas propuestas realizadas por mí al Ayuntamiento, que pensaba realizar de forma desinteresada, es decir, gratuita, encontraron una contundente negación por respuesta, cuatro meses después de haberlas formulado. Y con la diplomática delicadeza de comunicármelo en un escueto mensaje enviado por correo electrónico.

Pasemos a la defensa. No voy a comentar nada de las lecturas con las que estoy intentado insonorizarme este año, porque muchas de ellas aparecerán en reseñas aquí en Achtung! Pero en otras ocasiones, en otros agostos de agonía de churros en aceite, de charangas estridentes y de malignos perritos-piloto, me he anestesiado con las novelas del albanés Ismaíl Kadaré o con Chuck Palahniuk, en concreto con Snuff (Debolsillo) una delirante narración sobre el mundo del porno.

Ya sé que ambos autores no son comparables, pero a Kadaré le otorgo la máxima y más preciada de las valoraciones: un Maxibon. Mientras que a Palahniuk, por lo entretenido, le doy un Magnum Black.

Así que aquí andamos los vecinos de Torrelodones, que no deben ser confundidos con los vecinos por Torrelodones. Los vecinos de Torrelodones estamos soportando nuestra ordalía particular de cada verano, y si sobrevivo a este mes de agosto (espero que los libros me ayuden), pienso proponer para las fiestas del año que viene un acto cultural de auténtico relumbrón: la quema pública de mis novelas en una pira en pena calle Real, rociada y azuzada con el aceite de las fritangas de los puestos, para alegría de todos.

Siempre fiel al espíritu democrático, eso sí, que me ampara y me protege para poder mearme en la puerta de las casas de la gente, vomitar por las calles, montar broncas de madrugada o introducir mi espíritu festivo en los dormitorios de los demás, os deseo que el final del verano os sea leve.

Y si las dos semanas que nos restan se nos hacen insoportables, siempre podemos acudir a una librería para buscar remedio. Al fin y al cabo, agosto solo ocurre una vez al año. Menos mal.

Algunos libros imprescindibles para defendernos del verano y del veraneo

Algunos libros imprescindibles para defendernos del verano y del veraneo (Parte 2)

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