VER LA MÚSICA Entrevista a Maite Uzal

by

Maite Uzal es una actriz y cantante española a quien tuve la dicha de conocer gracias a la magia de las redes sociales. Tiene experiencia tanto en teatro como en cine y televisión. Su carrera se ha desarrollado primordialmente en Nueva York, en donde ha participado en numerosas producciones.

 

Javier Medina Bernal: Has dicho anteriormente que Nueva York es una ciudad que para vivir no te gusta demasiado, pero que, por otro lado, ofrece muchas oportunidades para trabajar. Ahora que estás de vuelta en Madrid, ¿Qué tienes que decirnos de la capital española con relación a «calidad de vida, cultura/oportunidades de trabajo»?

Maite Uzal: Pues fíjate que me sucede algo. Ahora que me he ido de Nueva York sin elegirlo yo, resulta que lo echo insufriblemente de menos. Me he pasado unos nueve años blasfemando sobre muchas cosas del estilo de vida norteamericano: su cultura en muchos aspectos superficial y, para mi gusto, políticamente correcta en exceso, la velocidad de vértigo a la que se vive en concreto en Nueva York, el «sistema» sanitario (o la ausencia de él), etc. Pero ahora que no estoy allí, me doy cuenta de que echo de menos otras tantas cosas: el anonimato de la gigantesca ciudad, sobre todo. Me doy cuenta de que algunas, o bastantes, cosas que antes echaba de menos de mi tierra, ahora casi me molestan: me pregunto si sibilinamente habrá hecho tanta mella en mí el Tío Sam. Siento que no pertenezco aquí, pero que allí, verdaderamente, tampoco pertenezco del todo. Soy consciente de que será la trayectoria natural de quien pasa mucho tiempo fuera de su patria —Ítaca se difumina y el desarraigo gana terreno—, lo cual, simplemente es confuso, de momento; pero no tiene por qué ser necesariamente malo. Dentro de ese proceso, también creo que he desarrollado la capacidad de construir hogar «hacia adentro», introspectivamente, y aprender a apreciar muchas pequeñas cosas que se encuentran en todas partes, como una sonrisa, un día despejado, una noche de buen descanso, por ejemplo. Y, para reconducir mi perorata a una respuesta concreta a tu pregunta, creo que en Madrid la calidad de vida sigue siendo mejor que en Nueva York, porque todavía nos paramos algo más a disfrutar de una comida o un café, la calidad de lo que comemos es muchísimo mejor, hay una comunicación más directa, dormimos mejor, tenemos una sanidad y una educación pública que aún se sostienen (cuidado, no sé por cuánto tiempo). Sin embargo, me reafirmo en que en Estados Unidos, para quien quiera esforzarse al máximo, y a veces simplemente lo normal, hay más oportunidades laborales. Es lógico, es un mercado mucho más grande, pero también hay una mayor apertura de mente en el sentido de que, si tú entras por la puerta y eres lo que están buscando, les da igual de dónde vengas, la edad que tengas, o tantas cosas que aquí en España ya te definen a priori. He conocido a compañeros que han hecho su debut en Broadway con cincuenta años, por ejemplo, mientras que aquí me da la sensación de que, si entre los treinta y los cuarenta no te has asentado y afianzado en la profesión que sea (incluso a nivel personal también), no estás haciendo bien las cosas, no vas bien encaminado y tienes que preocuparte mucho y hacer saltar todas tus alarmas. Por supuesto, estoy hablando en términos generales. Y, de todos modos, ayer mismo estaba paseando por el barrio de Malasaña y no paraba de maravillarme de lo hermosa que es mi Madrid: empecé a notar de nuevo esas peculiaridades nuestras que se me habían olvidado, o que habían sido desplazadas por otras foráneas, y me dio mucha alegría.

La gran Semíramis. Foto: Michael Palma Mir
La gran Semíramis. Foto: Michael Palma Mir

 

J. M. B.: Has participado en obras de teatro e interpretado personajes trágicos (La gran Semíramis). En tu reel de presentación y en Youtube he visto también fragmentos en los que apareces interpretando otros papeles que están más del lado de la comedia. Cuéntanos qué tan importante es la versatilidad en un actor. ¿Lo es tanto? Pienso en actores legendarios como Robert De Niro, al cual le costó años saltar de un tono a otro (y habrá quien todavía no esté convencido de las dotes de De Niro en la comedia). ¿Es primordial que un actor no sea encasillado en una sola corriente de interpretación?

M. U.: Yo creo que lo importante es trabajar con regularidad y servir con integridad a las historias que cuentas. En ese sentido, es cierto que, quizá, si interpretas bien distintos registros, podrás optar a más papeles y, por tanto, por estadística, probablemente trabajar más. Desde ese punto de vista, sí es importante. Pero yo no creo que quien hace un mismo registro bien toda su carrera, o casi toda su carrera, sea un peor actor. ¿Podemos decir que quien domina todos los palos es un fuera de serie? Vale, pero, al margen de poder decir eso y de que sea verdad, ¿a dónde llegamos? Para responder a tu pregunta, creo que no es tan importante. Y, de hecho, si por cuestiones de ego, precisamente por poder decir que uno es «un gran actor porque hace de todo», uno se empeña en dominar registros donde se queda corto, creo que ahí hay un problema grave, porque entonces se resiente tanto la integridad del actor como la calidad de la producción. Que te encasillen en una corriente de interpretación puede suponer un obstáculo al llevar a cabo el cambio de un registro en el que uno está muy bien asentado y reconocido al otro, porque, digamos, la gente te tiene muy asimilado dentro de ese nicho. PERO —importante el pero—, si uno hace ese registro nuevo muy bien, la barrera se rompe rápidamente. Quizá no se rompa si lo hace sin pena ni gloria, porque entonces «chirría» más que el otro registro donde sí has tenido éxito y reconocimiento, pero para eso sinceramente es mejor que uno se quede en «el otro lado», porque, de nuevo, es donde mejor va a realizar su trabajo. Un ejemplo claro de esto es Jim Carrey, que es un magnífico (¡magnífico!) actor dramático y, si bien es cierto que al principio le puede haber costado más mostrarlo (o demostrarlo), al haber tenido una carrera tan larga como actor cómico (y, además, haciendo una comedia muy «a lo Carrey»), creo actualmente alguien sensato lo reconocerá, al margen de preferencias, como un actor más que solvente en los dos palos.

 

J. M. B.: ¿Hay algún papel que rechazarías?

M. U.: Definitivamente un papel donde haya desnudos gratuitos. Fuera de eso, creo que no.

 

J. M. B.: A propósito de La gran Semíramis, he leído que el montaje de la obra fue muy elogiado. A parte de lo leído, las fotografías que he visto en internet son impresionantes. Si no he leído mal, por esta interpretación recibiste un importante premio. Cuéntanos, qué importancia tuvo esta obra en tu hoja de vida como actriz. Si es posible, cuéntanos anécdotas ocurridas tras bastidores. ¿Cómo cambió esta obra tu forma de percibir la actuación o, en un aspecto más general, tu manera de ver el mundo?

M. U.: La gran Semíramis ha sido importantísima para mí. En primer lugar, fue el primer personaje indiscutiblemente protagonista de mi carrera, en mi lengua materna y en verso. Durante casi tres horas, Semíramis no abandona el escenario prácticamente más que para cambiarse de vestuario. Nunca había hecho un papel con tanta exigencia física ni emocional durante tanto tiempo. En la obra se narra la historia de este personaje desde que tiene unos catorce años hasta que muere asesinada por su propio hijo y completamente enajenada a los, aproximadamente, cuarenta o cincuenta. Imagínate el viaje. Yo nunca había hecho nada mínimamente parecido, que combinara todo el abanico emocional en tan distintas edades. Semíramis pasa por pobreza, opulencia, inocencia, desengaño, amor verdadero, amor fingido, violaciones contra su persona, violaciones que ella comete contra otros, asesinatos, avaricia, ambición, locura. Semíramis es estratega militar, líder de su ejército, conquistadora, madre abnegada y enajenada, amante por mil motivos distintos, viuda, tirana. Semíramis es víctima de su propia inteligencia y de su propia ambición. Su vida es un ascenso al poder de la mano del demonio tal y como la retrata Cristóbal de Virués. Digamos que yo venía de comer unos cuantos canapés interpretativos y de repente me tuve que meter un buen cocido madrileño entre pecho y espalda. Y qué rico, por cierto.

Por otra parte, supuso para mí entrar en contacto con compañeros maravillosos que a día de hoy son grandes amigos y con los que sigo haciendo proyectos. También fue importante haber trabajado en Repertorio Español, que no deja de ser una referencia destacada en el teatro latino en Nueva York. Y, por supuesto, fue un trabajo que, además de dejarme satisfecha a mí, parece que satisfizo al público y a la crítica, porque, como dices, me brindó varios premios que luego me han sido muy útiles a la hora de renovar mi visado o aplicar a la green card, porque se fijan mucho en eso.

No creo que «cambiara» mi manera de concebir la actuación, sino que más bien «hizo» mi manera de concebir la actuación: la aterrizó en lo real. Me refiero a que hasta entonces yo había hecho escenas en clase y trabajos puntuales que no eran de tanta intensidad ni de tanta duración, por lo cual no había podido terminar de forjar mi experiencia como actriz profesional. Bueno, realmente esa experiencia sigue inconclusa, y esperemos que por mucho tiempo. Tú me entiendes.

Anécdotas entre bastidores, te puedo contar dos: una muy cómica, creo, y otra bastante tierna. La más tierna es que el día del estreno subió a mi camerino una actriz de Repertorio Español a la que yo siempre he admirado mucho: Ana Margarita Martínez Casado. Yo jamás había hablado con ella en persona, sólo la había visto actuar. Pues apareció en mi camerino y me dijo: «Hola niña, ¿cómo estás? Te he visto ensayando: buen trabajo. He venido a desearte mucho éxito esta noche y a darte la bienvenida a esta casa. Si necesitas cualquier cosa, no tienes más que decirme». Y me quedé de piedra, apenas pude balbucear un «gracias», creo recordar. Y la anécdota cómica es que en un cambio de vestuario bastante rápido que tenía, me quedé enredada en un vestido que tenía muchas capas y era relativamente complicado de poner (y una maravilla, por otra parte) y yo me empeñé en ponérmelo bien, pero como estaba enredada tuve que desenredarme muy despacio para no romperlo y luego ponérmelo como correspondía. En esta maniobra perdí muchísimo tiempo y corría el riesgo de llegar tarde a mi entrada. Mis compañeros dicen que me vieron volar por los pasillos, bajé las escaleras que daban al escenario medio en caída libre, me torcí un tobillo y, justo, justito cuando mi compañero que ya estaba en escena y terminaba de pronunciar la última silaba de mi pie, irrumpí en escena (y digo irrumpí porque iba con un impulso y sofoco tremendos). Supongo que desde el público nadie notó nada extraño, porque el personaje, fíjate qué coincidencia, tiene que entrar muy agitado en ese momento: sólo que esta vez era de verdad. A día de hoy me río con mis compañeros de este momento, porque fue muy cómico verme correr como alma que lleva el diablo y luego precipitarme escaleras abajo para llegar a tiempo.

Foto: Shirin Tinati
Foto: Shirin Tinati

 

J. M. B.: Hablemos de música, más concretamente de canto. Te he escuchado interpretar tango y canciones de niños. Comparte con nosotros qué importancia tiene el canto en tu vida como actriz, así como en tu vida personal. Cuéntanos sobre tus géneros musicales favoritos.

M. U.: El canto tiene una importancia capital en mi vida como actriz, porque es lo que me lleva a ser actriz. Yo empiezo a estudiar interpretación sólo para ser actriz de teatro musical, donde interpretas cantando. Pensaba que las clases de interpretación «a secas» eran un apéndice o un mero trámite para completar el programa que estaba estudiando en Nueva York. Ahora las cosas son para mí totalmente distintas, pero fue así como empezó todo: cantar me llevó a actuar.

En mi vida personal, no el canto exclusivamente, sino la música en términos más amplios, es lo que realza el sabor de todo. Cualquier actividad está bien, pero, con la música adecuada, alcanza su plenitud. Y ojo, que un elemento muy importante de la música son los silencios. ¿Podría vivir sin música? Técnicamente, por supuesto, pero sería como si me hubieran amputado alguna parte del cuerpo. La música hace que entienda muchas cosas, no sólo que las disfrute. Una de las cosas que más me fascina en el mundo es ver a músicos tocar, ya sean dos músicos en la calle o una orquesta sinfónica. Me parece mágico cómo se entiende un músico con otro. Hay todo un código de comunicación no verbal mágico, hay electricidad. Disfruto muchísimo «viendo» música, no sólo oyéndola. Y lo disfruto mucho sola, la verdad. Volviendo al canto, hay muchas ocasiones en que sencillamente necesito cantar, como otras personas pueden necesitar salir a correr, poner las cosas por escrito o estirarse. Muchas veces necesito ir cantando por la calle. Hago lo que puedo por controlarlo y por que no me tomen por loca o no moleste.

Es un poco faena pedir a un melómano que limite sus opciones a favoritos, pero haré lo posible por ser complaciente. Me sería más fácil decirte lo que escucho menos que lo que me gusta más. Si la ocasión lo requiere, Britney Spears es preferible a Mozart. La clave está en la ocasión. ¿Te voy a citar a Britney Spears como favorita? No. Pero es para que entiendas que yo escucho absolutamente de todo. Si pones mis canciones en aleatorio pasamos de Concha Piquer a Led Zeppelin, de las cantigas de Santa María por Jordi Savall a Sara Vaughan, a la banda sonora de Indiana Jones, Zarzuela, The Ronettes, Estrella Morente, Skye Sweetnam, Def Leppard, Luis Miguel, Eddie Gorme y Los Panchos, Mariah Carey. En fin. Quizá mis favoritos sean la copla, el flamenco, el jazz, la edad de oro del teatro musical americano (y Sondheim) y mucha música clásica. Me quedo muy insatisfecha con esta respuesta (risas).

Foto: Joan Marcus
El violinista en el tejado Foto: Joan Marcus

 

J. M. B.: Cuéntanos lo que se te viene a la cabeza cuando te menciono la canción Another Winter in a Summer Town.

M. U.: Another Winter in a Summer Town es el momento de conciencia respecto al paso del tiempo en un cuerpo de mujer más que adulta, pero que nunca va a dejar de ser una niña. Es la dificultad de discernir entre la realidad presente que no queremos y que no nos interesa y la que nos resulta agradable y nos hace felices, pero que quedó atrás. Es darte cuenta de que eres más feliz en el pasado, pero, por supuesto, dudas de que eso sea viable como proyecto vital de futuro. Eso es lo que me viene a la cabeza.

 

J. M. B.: Fuiste parte del reparto del musical El violinista en el tejado. Yo vi la película, con aquel Topol legendario interpretando a Tevye, el lechero. Recuerdo que pasé semanas, si no es que meses, viéndola una y otra vez («If I were a rich man…») —ya sabes, en aquellos tiempos en los que solo existía el VHS y no se vislumbraba nada como Youtube o Netflix y, en una palabra, el tsunami de información que se nos vendría encima con el internet—. Nunca he visto El violinista en el tejado en el teatro. Has comentado: «Cuando vi esta obra por primera vez en persona, fue una emoción muy grande. Es una obra muy cercana a mi vida. Pasé muchos años escuchándola en casa porque mi papá la ponía con frecuencia. También la había visto por Internet. ¡Pero, verla en el teatro: eso es otra cosa!». Sé que ya se ha dicho mucho sobre las diferencias que existen entre el teatro y el cine, pero acaso haya algo nuevo y fresco que decir. Tienes experiencia en ambos ámbitos. ¿Qué has aprendido de uno y de otro?

M.U.: No creo que haya nada nuevo que decir, pero no por ello voy a dejar de repetir lo que ya se ha dicho, por si a quien lee esto se le ha olvidado o no se había parado a pensarlo. La electricidad que hay en el teatro entre intérpretes y público es imposible de captar en cámara. Por otra parte, las sutilezas que capta la lente en ciertos planos tampoco se pueden trasladar a las tablas, o no tan fácilmente. Creo que también hay una diferencia fundamental y hermosa, que es el «contrato» que se firma en cada caso entre emisor y receptor. Cuando franqueas el umbral del teatro, estás dispuesto a creerte —si se manejan bien todos los elementos que el director ha elegido poner a sus disposición, aunque el escenario esté vacío— que el doctor Astrov está en el salón de casa de los Vanya. En el cine no. Pero en el cine —cosa que no pasa en teatro, o de forma mucho menos evidente—, en muy pocas ocasiones, según se configure el plano y la acción, vas a sentir miedo por lo que le va a pasar a un personaje dos minutos antes de que realmente esté en peligro.

Del teatro he aprendido, entre muchas otras cosas, la importancia que tiene cuidarse físicamente, porque requiere una capacidad atlética mayor que la cámara (salvo que hagas escenas de acción, obviamente, o que tu personaje sea un deportista). El manejo de la voz es bastante diferente en uno y otro medio. En cine, aunque no deberías, te puedes permitir no colocar la voz. En teatro no. Del cine, me parece increíblemente retador tener a todo un equipo de técnicos encima mientras estás interpretando, tener a  veces como compañera de escena a una lente (objeto inanimado del que resulta difícil alimentarse para reaccionar) o rodar fuera de orden cronológico.

Foto: Shirin Tinati
Foto: Shirin Tinati

 

J. M. B.: Ahora los consumidores ven películas en el celular y con audífonos mientras van en el metro. Confieso que durante los últimos meses yo mismo lo he hecho. Recuerdo el inútil, y tal vez vano, esfuerzo que hizo Scorsese por recomendarle a la gente que no viera The Irishman en dispositivos portátiles de pantalla pequeña. Los memes no se hicieron esperar, los había de toda clase. Unos mostraban a un repartidor de pizzas que había instalado su celular en la parte frontal de su motocicleta y que iba sorteando el tráfico mientras veía la película. Otros, haciendo uso de la hipérbole típica en este tipo de humor, mostraban a un chico viendo la película en un dispositivo de Game Boy, de Nintendo, con imágenes de una resolución muy baja, al mejor estilo de Super Mario Bros. Estas bromas, que podrían parecer frívolas, o de un humor muy fácil, nos dicen no obstante algo sobre la sociedad de consumo de hoy y de cómo el arte probablemente deba adaptarse a ella. ¿Esa adaptación afectaría hasta en lo más esencial, digamos, hasta en la manera en que debas interpretar un papel? (Pienso ahora en el impacto que debió haber tenido en el uso de la voz la invención de los altavoces, micrófonos, amplificadores).

M. U.: Lo lógico es que me equivoque con esta respuesta porque seguramente dentro de diez años habrá algún «avance» tecnológico que provoque este tipo de revolución en la mera interpretación en sí de la que hablas. Hoy te diría que no. Me cuesta mucho imaginar algo que altere o que requiera que se modifique la premisa básica de la interpretación, que es dar apariencia de verdad en circunstancias imaginarias. Por ejemplo, puedes pensar que cuando actúas para que luego hagan de ti un personaje animado, que vas con una especie de neopreno y muchos cables conectados, o actúas solamente con un croma, estás modificando la forma en que interpretas, pero yo creo que no, creo que de hecho estás volviendo a la manera «más original» de actuación, que es la que prescinde de decorados, atrezo y vestuario y únicamente se apoya en el actor, su imaginación y sus sentidos. Un niño puede jugar con un muñeco al que le cambia la ropa, que incluso se haga pis, que hable y todo, o puede jugar con el mero aire e imaginarse tan bien que tiene a ese bebé entre las manos, que tú, cuando lo veas, te lo creerás. Ahora estoy pensando en una tecnología que permitiera captar directamente la actividad en imágenes de tu cerebro en cámara y convertirla en imágenes de cine. Ahí, externamente, no tendrías que hacer nada, pero creo que seguiría funcionando la premisa general, porque incluso en tu cerebro estarías generando apariencia de verdad en circunstancias imaginarias.

 

J. M. B.: Probablemente es una pregunta que se podría responder sola, pero ¿qué importancia tiene el dominio del cuerpo en la actuación?

M. U.: Toda, porque es tu instrumento. A partir de tu cuerpo construyes todo lo demás. Cada personaje se mueve de una manera. Si no tienes control sobre eso, no podrás amoldar tu corporeidad a lo que requiere el personaje.

 

J. M. B.: Ya que hablamos de dominio de la corporeidad, podrías explayarte sobre tu obsesión con Buster Keaton. ¿Por qué es Buster Keaton unánimemente reverenciado?

M. U.: Creo que por lo mismo por lo que se reverencia a los padres de otras áreas del conocimiento. Keaton pertenece al grupo de los que pusieron los cimientos, pone esos hombros de gigante sobre los que caminamos todos hoy. Creo que pocos artistas han tenido la capacidad de poner su genio al servicio de la narrativa de la forma en que lo hacía Keaton: sin el más mínimo atisbo de autoindulgencia. Tenía una mente de ingeniero y el cuerpo de un acróbata que ponía al servicio de hacer reír.

Mi obsesión con Buster Keaton la resume Lorca en su guion cinematográfico El Paseo de Buster Keaton cuando habla de sus ojos y dice que

(…) son infinitos y tristes como los de una bestia recién nacida, sueñan lirios, ángeles y cinturones de seda. Sus ojos, que son de culo de vaso. Sus ojos de niño tonto. Que son feísimos. Que son bellísimos. Sus ojos de avestruz. Sus ojos humanos en el equilibrio seguro de la melancolía.

 

J. M. B.: ¿Qué viene para el 2021?

M. U.: La gira de El violinista en el tejado volverá más avanzado el año. Yo aventuro que a finales de verano, o inicios de otoño. Por otra parte, en breve seguiré grabando Basura aventura (serie bilingüe para niños) con el grandísimo José Ignacio Vivero y su equipo, y estoy escribiendo un guion de largometraje con la directora Marina Badía, pero no sería prudente contar de qué trata.

 

J. M. B.: ¿Algún consejo para los futuros estudiantes de artes escénicas?

M. U.: Que se sepan su texto, que aparezcan, que no sean egoístas, pero tampoco tontos, y que lean a tantos otros compañeros que con su trabajo y vida les van a dar muchos mejores consejos, o al menos con mucha más autoridad que yo.

Comparte este contenido

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *