ACHTUNG!, carrusel, literatura, relatos — 9 septiembre, 2020 at 0:05

¿Tienes fuego?

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Foto: Alex Jones
Foto: Alex Jones

En el tendido eléctrico del final de la avenida siempre había cientos de pájaros. Todos ellos vivían allí. Siempre he tenido esa certeza durmiendo en la palma de mis manos y en las flores de mi cabeza. Supongo que seguirá ahí cuando muera.

Una mano me asaltó, apoyándose en mi hombro, apelándome. Cuando me giré, miré a los ojos, pero no vi nada, y hubo unos segundos de silencio hasta que habló.

—Perdona, ¿Tienes fuego?

—Tengo cerillas.

Bajó un poco la cabeza mientras entornaba los ojos, como si le costase mucho pensar en esas cerillas. Supongo que trataba de visualizarse encendiendo ese cigarrillo con el fósforo.

Sin pensarlo mucho, rebusqué en mi chupa de cuero y le ofrecí la pequeña caja. El tipo la cogió y le dio la vuelta, observando quién sabe qué mientras las cerillas se entrechocaban al ritmo de su pulso ligero. Se quedó completamente paralizado. Me fijé en lo que hacía y me dio la sensación de que estaba leyendo las instrucciones sobre cómo encender las cerillas.

Aquello parecía no tener fin, así que se la quité suavemente, encendí una cerilla y él posó su cigarro sobre la llama trémula y fumó. Tiré la cerilla en la carretera húmeda y él se fue sin decir nada y desapareció mientras una onda se expandía y se desdibujaba en el aire.

Su cara me resultaba ciertamente familiar, pero no le presté demasiada atención, porque iba a hacer algo importante, algo que merecía la pena. No sé si ese tipo merecía la pena, pero sé que lo que yo tenía en mente merecía mucho más la pena que encenderse un cigarrillo con una cerilla, y, por supuesto, muchísimo más que pedirle fuego a nadie para fumar.

El semáforo se puso en verde y todos los coches de la gran avenida se colapsaron, todas las luces rojas hicieron aparecer un gran mosaico uniforme. El aire se enrareció, se ensució, y yo crucé el paso de peatones completamente solo y todos los automóviles me observaban coléricos, porque no había nadie en la calle, ni siquiera para pedir fuego. En cierto modo eso me gustaba. Me sentía protegido por mi cinismo.

Hacía frío, y las ventanas de todas las casas de todo lugar al que mirase estaban cerradas, porque también parecía que iba a llover, y ya se sabe que la gente, por lo general, suele ser cobarde hasta el más mínimo detalle, por nimio que sea, pero yo no era cobarde, yo era grande e imponente, porque me dirigía proyectado a gran velocidad hacia la más grande de las sensaciones, directamente hacia algo espectacular. En aquellos momentos estaba más cerca de Zenón que de Epicuro.

El marco paralelo se mantenía, pero ya sólo tenía que cruzar de nuevo un paso de peatones y podría llegar. Sólo quedaban unos minutos.

En el paso de peatones había un semáforo, como en el anterior, y la bombilla marcaba el color rojo. Empecé a buscarme las llaves en los bolsillos, mi casa estaba justo delante, pero no las encontré. No podía ser, estaba bien jodido. Aun así, esperé a que el verde me abriera paso, y cuando llegó, procedí a ello.

Traté de forzar la puerta con golpes severos, pero era una tarea imposible. Joder, no podía ser verdad. Estaba acabado. Miré a mi alrededor buscando a alguien o a algo que me pudiera servir de ayuda, pero lo que hacía unos escasos segundos era una jauría de neumáticos era ahora un eco silencioso que huía del zumbido de mi respiración, como si fuese una nube tóxica que impregnaba el ambiente. Por supuesto no había nadie en la calle.

Creo que, no sé por qué, decidí que lo mejor era esperar en la puerta a que alguien llegara o a que sucediese algo. Puede que simplemente me dejase vencer por la situación de haberlo perdido todo. Sólo quería que me salvasen. Sólo quería lo mismo de siempre.

Foto: Dave Herring
Foto: Dave Herring

 

—¿Tienes fuego?

Yo estaba sentado en el suelo, con mi espalda de perdedor apoyada contra la puerta de casa, y tuve que levantar un poco la cabeza para verle la cara a la chica que tenía delante.

—Tengo cerillas.

La chica se me quedó mirando desde esa posición elevada en la que estaba, sin decir nada, mientras dejaba pasar unos segundos.

—¿Quieres una puta cerilla o qué?

Sombreó su cara, por así decirlo, y, de repente, todo lo bello que podía haber en su mirada se concentró en la comisura de sus labios, en sus arrugas y en sus facciones, conformando un rostro que rallaba la angustia, la incomodidad y la desidia, pero seguía inerte por mucho que desfigurase su rostro o pareciese sentir algún tipo de sensación negativa o ponzoñosa.

No podía ser, esto no era normal. Perdía las llaves y me cruzaba con chiflados. Yo sólo quería que me salvasen.

Metí mis manos de nuevo en la chupa de cuero, rebusqué con asiduidad y saqué la puñetera caja de cerillas.

— Toma esta mierda y quita esa cara.

Ella sonrió y le dio la vuelta a la caja. Estaba leyendo las instrucciones. Menudo espectáculo lamentable. No había nadie en la maldita ciudad capaz de encender una cerilla. Fui a cogerle la caja de cerillas suavemente, pero se opuso con firmeza, escondiéndola entre sus brazos.

—¿Qué haces?

—Sólo iba a encenderte una de las cerillas. Supongo que el fuego lo quieres para fumar.

Me levanté del suelo y volví a intentarlo, pero volvió a oponerse a aquello y yo ya no sabía exactamente de qué cojones trataba todo eso.

Finalmente sacó una cerilla, la rozó, la encendió, se dio la vuelta y cruzó el paso de peatones que había justo al frente haciéndola bailar en el aire. La caja cayó al suelo, porque ella la soltó, y yo la recogí y la volví a guardar.

Me volví a sentar y la observé a lo lejos caminar en línea recta con esa cerilla ondeada al aire, hasta que se paró en el suelo y recogió algo, dichosa, lo que le hizo, esta vez, seguir su camino corriendo más alegre aún. Era algo extraño. No lo entendía. La cerilla no se apagó y la perdí de vista.

Pasaron unos minutos en los que no sucedió absolutamente nada. Los semáforos tenían la capacidad de presentarse impenetrables al cambio, el espacio que ocupaban los cuerpos en la escena seguía frío y húmedo y las ventanas no se movieron.

Me levanté, me di la vuelta, enfrentando mi cuerpo a la puerta cerrada, y puse mi mano sobre ella, pero, lógicamente, no pasó nada. Tampoco esperé que pasase nada. Entendía que, ahora, se me iba a hacer casi imposible cualquier cosa, hasta lo más absurdo. Ahora lo comprendía todo.

Saqué la maldita caja y la lancé lo más fuerte que pude mientras en mi cabeza Mahler componía para un cuarteto de cuerda en la menor. Había perdido.

Me dirigí hacia la caja y la pisé, y, en ese momento, comenzó a arder. Casi me quemo el zapato derecho, pero tenía otro izquierdo, con el que le propiné una buena patada, aunque el fuego parecía haberse adueñado de la caja.

En ese momento, la puerta de casa se abrió. Quizá había estado abierta todo el rato y no me había dado cuenta, pero me dirigí hacia dentro rápidamente. El mundo podía arder por completo, pero yo tenía mi nueva oportunidad. Las oportunidades son las situaciones más extrañas y singulares de la vida de uno. Siempre nos lamentamos por ellas cuando no las alcanzamos y nunca son suficientes. Que les den por culo a los pájaros que viven en los tendidos eléctricos y a las flores que crecerán en mi cabeza.

Subí las escaleras, me dirigí a la habitación de la derecha y abrí la ventana. Justo en frente, en la mesa, estaba. Lo había logrado.

Abrí un cajón, había una nueva caja de cerillas. Saqué una y encendí la vela. Miles, cientos de pájaros, millones de pájaros sobre el tendido eléctrico del final de la calle.

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