Chico bisex busca — 6 septiembre, 2015 at 11:08

Stay Together

por

Stay Together

Por A.C | Fotografía Cain Q

Come to my arms tonight

Just you and me together under electric light

Estos días he pensado si la visita de Xavi tuvo algo que ver. O si fue sobre todo encontrarme con la cara de Alberto ­en el Grindr una mañana que me metí porque me había despertado muy cachondo. La verdad es que ya su recuerdo me venía entristeciendo en ciertas madrugadas de alcohol y sexo, cuando esa intimidad viciosa me hacía abstraerme y huir hacia otros lugares, otros momentos, y siempre volvía a él. Y después de todo lo vivido, si hago balance de las personas que han podido dejarme huella, sé que lo de Alberto podría haber ido mucho más lejos si yo no fuera así. Porque a estas alturas soy consciente de que lo mío es una condición, no una etapa. Siempre que creo tener una certeza, cuando más seguro me siento de que quiero estar con alguien y construir algo juntos, nace una duda que tarde o temprano acaba echando todo por tierra.

Quedaban solo tres días para que Xavi llegara y Marta y yo aún no habíamos organizado el fin de semana. No había conseguido tener fiesta ni sábado ni domingo, pero el viernes sí y podía ir a recogerlo a Avenida de América a las siete y salir o hacer lo que quisiéramos. Cuando lo vi en el Grindr, lo primero que me vino a la cabeza era que Alberto volvía a estar disponible. Y sí, empecé a pensar. Aquella noche en su portal había sido terrible, pero con el tiempo lo vi como algo que me merecía, una venganza justa por su parte. Ni siquiera creo que eso nos “empatara” de alguna forma. Me dejó hecho una mierda, por supuesto, pero quizá por eso supe entender realmente lo que había pasado manteniéndose siempre ahí, a un lado, esperando a que yo quisiera intentar algo serio con él. A medida que se acercaba el viernes, tenía menos ganas de pasar el fin de semana con un chaval de diecinueve años más heterocurioso que otra cosa.

Cuando Xavi bajó del bus, admito que se me puso dura. Le había crecido el pelo, me pareció aún más guapo de lo que recordaba. Aunque también me pareció mucho más soso. Es obvio que no es lo mismo pasar una noche entera follando puestos hasta las cejas que compartir viaje en un vagón de metro lleno, pero la extrañeza que sentía a su lado me hacía no querer conversar demasiado para no seguir escarbando en ese agujero cada vez más grande. Le habría dicho que se callara, que no intentase ser tan majo, que se limitara a dejar que le mirara y le deseara sin más. Pero él no dejaba de hablar y ya me había preguntado por Marta dos veces cuando le dije que sí, que al final iba a poder pasar tiempo con nosotros a pesar de que por whatsapp yo le había dejado caer que estaría ausente casi todo el fin de semana. Para entonces ya le había escrito a ella pidiéndole por favor que estuviera en casa cuando llegásemos y se ocupase de Xavi sola. Marta, como siempre, tuvo el sexto sentido de aceptar sin preguntarme nada. También es cierto que le apetecía mucho volver a tirárselo y si había consentido en dejármelo a mí era por pura generosidad. Una vez llegamos y dejé pasar un rato hasta que le vi asentado, les dije que me piraba a darme una vuelta y que me escribieran cuando tuvieran algún plan. Ninguno de los dos insistió en que me quedara.

Me eché a la calle convulso, con la cabeza como si alguien hubiera extraído mi cerebro, lo hubiera agitado con fuerza y me lo hubiera vuelto a implantar. No dirigía mis pasos, no controlaba mis pensamientos, aunque en el fondo no me engañaba. Ni siquiera cogí el metro, podría haber atravesado el centro de la ciudad callejeando con los ojos cerrados, tantas veces había imaginado en los últimos días ese arrebato negándolo de inmediato como un producto de desecho de la fantasía. Y sin embargo, ese era yo recorriendo el camino entre la casa de Marta y la de Alberto un viernes al anochecer, perforando la masa humana que se extendía por todas las aceras, todos los semáforos, todas las calzadas peatonales que me separaban de mi destino. ¿Acaso no temía que él pudiera no estar en casa o le pillara con alguien y todo acabara como la última vez? La respuesta es no. Un no gigante, absoluto.

En cuanto doblé la esquina de su calle, me pareció ver luz en el balcón de su habitación. Me fui acercando con lentitud, como si esa luz fuera un espejismo, y hasta mi propia locura se me reveló en aquellos instantes al punto de que podría haberme echado a correr si en ese momento Alberto no se hubiera asomado a fumar un cigarrillo y me hubiera visto ahí, dando pequeños pasos hasta detenerme ante su portal. Sin dejar de fumar, empezó a sonreír más y más negando con la cabeza como si aquello no fuera real, y yo asentía sonriendo también y se me escaparon algunas lágrimas que no me sequé para que no se diera cuenta, pero luego, mucho más tarde, abrazados sobre el colchón completamente empapado, me confesó que claro que había visto mis ojos demasiado brillantes, el reflejo de la farola en mis mejillas, y que si fue capaz de seguir mirándome y terminar el cigarrillo antes de invitarme a subir, fue para aplacar los nervios que le entraron al verme, y es que él también me había visto en el Grindr esa mañana, él también llevaba tres días obsesionado con la idea de verme de nuevo.

Sonaba Stay Together, una lista con esa sola canción como las que él suele hacerse en Spotify. Estuvo sonando horas hasta que nos quedamos dormidos cuando ya empezaba a clarear afuera. Me desperté con Alberto acariciándome el pelo, los hombros, la espalda, diciéndome que acudiera con él a la cocina.

Sobre la mesa había un gran plato con porras y dos tazas de chocolate. Todo recién hecho. Había bajado a comprarlos a una churrería que hay al lado de su casa. Pensé que esa había sido su propia fantasía: servirme ese desayuno la primera mañana que amaneciéramos juntos.

Todavía no se lo he preguntado, me conformo con que Alberto lo haya repetido cada día desde entonces.

} continuará

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