ACHTUNG!, arte, carrusel, danza, escena, música — 23 febrero, 2021 at 1:04

Signos de Isabel Villanueva y Antonio Ruz transciende el formato del concierto bailado

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Signos se estrenó en el Teatro Central de Sevilla los días 20 y 21 de febrero. Pieza Interpretada y creada, por la violista Isabel Villanueva y el bailarín Antonio Ruz. La cual fue una absoluta delicia que vale pena no sólo verla dos, tres veces…, sino que además, que sea programada por todas partes.

Antes de entrar a comentar la pieza Signos, preciso introducirles a lo que entendía Sócrates por Daimon, esto es: en primer lugar se ha de aclarar que Daimon  recoge dentro de sí varias acepciones en la Antigua Grecia, he allí que me centraré en la que se plantea en el famoso discurso que hace Sócrates de defensa sí (ello está en el diálogo de Platón llamado: La Apología de Sócrates), en aquél juicio que le condenó a tomar la cicuta, que acabó con su vida. Ahora bien, él lo definía como una suerte de “espíritu divino” que habitaba dentro de sí, el cual se comunicaba con él como una voz que le intentaba interpelar al respecto de la dirección de sus decisiones; o dicho de otra manera: el Daimon de cada uno actúa, para hacer que su portador caiga en conciencia sobre las consecuencias de los actos que está por emprender. Así que entrar en diálogo con el Daimon  propio, supone entender que cuando estamos pensando no sucede un monólogo, sino que se confrontan dos posturas en nuestro interior. Lo cual le permite a la persona en juego, poder vislumbrar qué es lo correcto y qué no, tras un profundo discernimiento.

Foto: Juan Antonio Gámez
Foto: Juan Antonio Gámez

 

Dicho lo anterior, les invito a abordar lo que nos representaron Antonio Ruz e Isabel Villanueva, como una escenificación de una persona relacionándose con su Daimon. Isabel Villanueva interpretó un personaje ensimismado, vagando entre sus pensamientos y contradicciones internas. Y por más que ello no le inmovilizaba a seguir con su concierto de viola, el caso es que dentro sí surgía un sinfín de “interrupciones”, que no le permitía sentirse en armonía.

Es curioso como lo que tocaba seguía los rigores de un pulso determinado, pero en ella se estaba dando una tensión que la hacía estar dentro y fuera de sí al mismo tiempo, mientras  a nosotros los espectadores, se nos mostró los dos escenarios en los que ella interactuaba, en un mismo espacio. Los juegos con el espejo que estaba en escena, las resonancias que emitía esta intérprete que se representaban en los movimientos de Antonio Ruz, entre otras cosas; eran recursos de los cuales se valían para encarnar, el cómo una persona de vez en cuando, pasa por una lucha interna que ha de superar con el fin de continuar en la ejecución de sus decisiones.

Foto: Juan Antonio Gámez
Foto: Juan Antonio Gámez

 

Puede parecer tortuoso presenciar tal conflicto, sin embargo, ambos intérpretes tuvieron el acierto de plantearlo como un momento de intimidad, que transitaba el personaje de Isabel Villanueva consigo misma. Ello era precioso de ver, a nosotros los espectadores se nos permitía asistir a cómo una persona adulta e íntegra, se enfrentaba a sus propias inseguridades, mientras ella se percibía como un ser vulnerable a pesar de que a esas alturas, ya habrá superado con éxito muchos obstáculos. Esa forma tan humana de plantear a este personaje, que eventualmente  llegaba a ser movida de un lugar a otro por su Daimon (que es lo que entiendo que representaba el personaje de Antonio Ruz), nos mostraba una alegoría sobre qué se vive en el foro interno de cada uno, por más que a veces nos resistamos a afrontarlo por miedo a llegar a ciertas conclusiones.

Cuando el poliédrico personaje de Antonio Ruz estaba haciendo garabatos en varios folios que terminaban en el suelo, se representó ese momento de ansiedad que muchos creadores pasan, cuando tratan de hurgar dentro de sí en la búsqueda de nuevas ideas. En inicio ello se puede asociar a un estado de atasco, no obstante considero que es mucho más fecundo leerlo, como la resistencia que nosotros mismos nos podemos llegar a imponer, para empezar una nueva etapa que no está a nuestro alcance predecir a dónde nos conducirá. De cualquier modo, la vida continúa, hay que seguir con el concierto de viola…, y no necesariamente porque haya público enfrente, sino en realidad, por el hecho de que es irremediable dado el avance incesante del tiempo, que nos arrastra al siguiente minuto, al siguiente día…, en los cuales hay que atender a nuestras responsabilidades, responsabilidades que hemos asumido.

Y allí estaba el personaje de Isabel Villanueva, afrontando al público con tenacidad apoyándose en su fiel aliada, la viola: quien siempre le ha acompañado, incluso en las situaciones más inhabitables. Salió airosa y triunfante de su concierto de viola, los aplausos de su público le daban el merecido ánimo que le ayuda a continuar en su camino…

Foto: Juan Antonio Gámez
Foto: Juan Antonio Gámez

 

Si bien es cierto, que todavía habrán cosas por resolver en medio de esa vorágine de pensamientos y sentimientos, producidos por sus diálogos con su Daimon. El caso es que para ser justos, es que hubo un momento donde el personaje de Isabel Villanueva y su Daimon, estuvieron sincronizados, me refiero a cuando Antonio Ruz llevó a cabo su más que deseado solo de danza  (más de uno de los que integrábamos al público, nos llegamos a impacientar. Pero la espera valió la pena, y estuvo bien justificada). Son momentos contables en la vida en los que uno concilia sus disonancias consigo mismo, pero nosotros los seres humanos no somos seres estáticos, somos seres temporales a expensas de lo que pueda sucedernos dentro y fuera de nosotros. He allí que tras el paso de toda esta experiencia, el personaje de Isabel Villanueva salió de escena aceptando su condición humana.

En otro orden de cosas, no puedo dejar de mencionar que el formato que escogieron se desmarca de lo que muchos espectadores pueden esperar, al ver en cartel dos intérpretes tan reputados en sus respectivas disciplinas. Pues, una toca la viola y el otro es bailarín, es un hecho que pudieron decantarse por el formato tradicional, en el que cada uno ocupa su espacio en el escenario (y les aseguro que con el bagaje profesional que tienen ambos, el éxito se tomaba por descontado). No obstante, se arriesgaron al dirigirse a contarnos una historia, fruto de las exhaustivas investigaciones que habrán abordado estos intérpretes, que con atino se valieron de su autoridad como artistas, para hacer algo que puede que a otros nos les hubiera sido recibido de la misma manera. Por esto considero que Isabel Villanueva y Antonio Ruz, no sólo nos han presentado un trabajo maduro, sesudo, elegante y muy hermoso; sino que además, han demostrado que son dos intérpretes que no se acomodan con su privilegiada posición, dado que siguen con su vocación de transcender.

 

Foto: Juan Antonio Gámez
Foto: Juan Antonio Gámez
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