internacional — 1 julio, 2014 at 11:00

Sarkozy o el ocaso de la grandeur (I)

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Por Diego E. Barros

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Nicolas Sarkozy habla con los periodistas al final de la cumbre del G20 el 2 de abril de 2009 en Londres. Photo by Peter Macdiarmid/Getty Images)

El presidente francés busca la reelección apelando a los miedos de los franceses y vuelve a hacer suyo el discurso de la seguridad y la inmigración que amenazan las esencias de Francia

«Voluble, impulsivo, impaciente, autoritario y susceptible». Son algunos de los calificativos utilizados por los diplomáticos estadounidenses para describir en los mensajes a sus superiores la personalidad de Nicolas Sarkozy, según los documentos revelados por Wikileaks en 2010. Precisamente en uno de aquellos cables estaba uno de los secretos mejor guardados por el presidente francés, la confesión que le hizo a su padre, muchos años atrás, de que algún día sería presidente de Francia. Su progenitor se tomó a chanza las aspiraciones de su hijo y le contestó que lo tendría más fácil en un país como EEUU que en la Francia de los valores republicanos. Con un ego inversamente proporcional a su tamaño ―al presidente le molestan especialmente las bromas en torno a su estatura―, Nicolas Sarkozy fue escalando los difíciles peldaños del poder francés hasta conquistar en 2007 el Palacio del Eliseo. Cinco años han pasado de aquella elección y mucho han cambiado las circunstancias en las que Sarkozy afrontará la primera vuelta de las Presidenciales el próximo 22 de abril.

Un reportaje publicado el 18 de febrero en Le Monde y titulado «Nicolas Sarkozy, el hombre que iba a cambiar» abordaba la evolución política, pero sobre todo personal, del presidente. Sobre aquella cita de hace cinco años señalaba: «Fue un gran malentendido. La elección de un hombre que iba a romper los códigos y encarnaba cierta ruptura. Los franceses eligieron a Nicolas Sarkozy en 2007, sin saber si era el neo-conservador liberal de los años 2000 o el hombre que, durante unos meses, habló en sus discursos para la Francia que sufre, haciendo referencias a Jaurès y Blum [dos de los líderes históricos del socialismo galo]».

El Sarkozy que ahora busca su reelección poco o nada tiene que ver con aquel que vapuleó a Ségolène Royal en la segunda vuelta de las presidenciales de 2007. O sí. Con Nicolas nunca se sabe y prueba de ello son los vaivenes discursivos de los últimos años y su eterna aspiración de reformador ya sea del capitalismo, el mercado, los valores, la Unión Europea o la inmigración. Lo que sí ha cambiado y radicalmente es la percepción que del presidente tienen sus conciudadanos. El que llegó a ser el mandatario más popular de la V República es hoy el peor valorado. El problema fundamental no es de gestión, que también. El principal escollo es sencillamente personal: los franceses no soportan a su presidente.

«El balance de estos cinco años a nivel presidencial ha sido desolador. Su excesivo personalismo en todo momento y lugar para llevar años diciéndonos que él sabe lo que hay que hacer y es el único capaz de hacerlo, pero la gente ya se ha hartado de ese discurso». Es la explicación de Pierre-Paul Gregorio, jefe del Departamento de Español de la Universidad de la Borgoña y con una amplia trayectoria en el análisis del discurso político a través de los medios de comunicación, área de su especialidad. Francia es un país muy presidencialista donde quien ocupa la jefatura del Estado lo hace con un carácter casi plenipotenciario. Pero ha sido durante los cinco años de Sarkozy cuando esta característica se ha llevado al extremo del personalismo. «En Francia tenemos un largo historial de líderes personalistas, Mitterrand, De Gaulle… Lo que pasa es que nunca se presentaron como un punto y aparte en la tradición republicana situándose por encima del cargo», considera. «Todos aquellos que han ocupado la Presidencia sabían que venían de algo previo, una tradición y unos valores que, de alguna manera, Nicolas Sarkozy ha conseguido echar por tierra» explica el profesor Gregorio.

La derecha francesa se declara por tradición heredera de general De Gaulle, el héroe local de la Segunda Guerra Mundial y todopoderoso presidente inaugural de la actual República de 1958 a 1969. Un chiste local lo recuerda como el hombre que hizo pasar una dictadura como una democracia efectiva a ojos de propios y extraños. En el otro lado, Mitterrand es la referencia más inmediata del socialismo galo, una vez que en 2002 iniciase la larga travesía por el desierto en la que lo dejó sumido su último primer ministro, Lionel Jospin, quien vergonzosamente quedó apeado de la segunda ronda de las Presidenciales por el Frente Nacional de Jean Marie Le Pen.

Un bagaje dudoso

El índice de desaprobación de Sarkozy ronda el 70%. Hasta Marine Le Pen, líder del FN, goza de una menor nota de rechazo (60%). Nicolas Sarkozy llegó al poder en mayo de 2007 con el lema Juntos, todo es posible. Su victoria más importante hasta la fecha ha sido la de ampliar la edad de jubilación en Francia de 60 a 62 años. También tiene en su haber el reajuste de una administración gigantesca ―un 8% de la población es empleado público, frente al 5,5% de, por ejemplo, España, según las estadísticas comunitarias―, con el bloqueo de contratos de funcionarios (una tasa de reposición de uno de cada dos funcionarios jubilados), la reforma de la universidad y la mejoría (dudosa, cuando no manipulada) de las cifras de delincuencia e inmigración ilegal. En el plano macroeconómico, el balance parece a todas luces insuficiente. Durante su mandato, Francia ha perdido 750.000 empleos industriales y un millón neto de puestos de trabajo en el último año. El paro se eleva hasta 9,8% ―doce puntos menos que en España pero mucho para este país―. Hay 2,87 millones de desempleados, una cifra que se multiplica por dos contando los territorios del ultramar. La nave lastra el sobrepeso de una deuda mastodóntica (1,8 billones de euros, 600.000 solo en el último año), y la creciente incertidumbre, nunca se sabe hasta qué punto interesada, sobre la sostenibilidad del Estado de Bienestar.

Durante el mandato de Sarkozy, Francia ha salido del club de la Triple A, un dato que daña más al orgullo que a la economía real. En este campo sí han crecido las desigualdades y lo han hecho de una forma exponencial, tanto por el número de pobres (más de ocho millones, 82.000 nuevos cada año), como por las concesiones fiscales a los más pudientes, calculadas en 75.000 millones de euros. En educación, Francia ha suprimido 80.000 profesores y bajado 12 puestos en la clasificación mundial, según la OCDE, y en sanidad, cuatro millones de franceses han perdido las ayudas con las que afrontar el pago de la póliza privada que complementa la cobertura sanitaria en un modelo que si bien es público, el usuario tiene que sufragar parte de los tratamientos.

El hombre que en 2007 prometió «trabajar más para ganar más» según los mandamientos del mercado y una «república irreprochable», ha sido incapaz de acabar con la semana de 35 horas ―promesa en 2007 y nuevamente promesa en 2012―, ha visto cómo los escándalos de corrupción tocan cada día con más fuerza en las puertas del Elíseo, salpicando a ministros y colaboradores muy cercanos (casos Bettencourt, Karachi, espionaje a periodistas de Le Monde y otros asuntos) y era acusado de favorecer a amigos, familiares, empresarios millonarios.

El hombre que quiso poner al capitalismo un rostro amable y luego refundarlo

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Sarkozy and Merkel met under pressure to align their positions on centralising control of euro zone budgets to stem a debt crisis that threatens Europe’s currency union. REUTERS/John Schults

La popularidad del mandatario galo comenzó a hacer aguas antes de que la economía mundial se fuera a pique. Lo hizo pocos meses después de ganar en las urnas. Si Sarkozy hubiera nacido en EEUU es probable que hubiera sido admirado siguiendo las leyes del mito de made-self man (el hombre hecho a sí mismo). Pese a que Francia y EEUU guardan en su imaginario colectivo muchas similitudes también tienen grandes diferencias. Una de ellas es el culto al dinero.

El filósofo francés Pascal Bruckner señala que «si en EEUU el sexo es tabú, en Francia lo es el dinero». El dinero está, es inevitable, pero mejor no hablar de ello. Hacer alarde del mismo es visto con frecuencia como un síntoma de mal gusto. Todo lo contrario a la actitud de un Nicolas Sarkozy al que por sus maneras coloquiales de hablar, a su arrogancia y a su confesa admiración por George W. Bush, pronto apodaron Sarko el americano. «Ellos creen que es un insulto, pero yo me lo tomo como un cumplido», confesó a un enviado del ex presidente norteamericano según recogieron los cables diplomáticos desvelados hace meses por Wikileaks.

Trabajar más y ganar más. Sarkozy se ofreció como el símbolo de un nuevo modelo de poder a los franceses. Empeñado en forzar un futuro todavía mejor que el pasado idealizado. La promesa, la gasolina de la inmigración y la inseguridad y una endeble oferta por parte de la socialista Ségolène Royal hicieron que muchos franceses aceptaran de buena gana su oferta. «Los socialistas pagaron en Francia especialmente los años del buenismo político, de echarle siempre la culpa a algo tan etéreo como la sociedad y las circunstancias. Esto es en parte cierto, pero también lo es que a nadie le gusta que le quemen el coche o vivir en barrios peligrosos y deprimidos», admite el profesor Gregorio.

De la Presidencia se aguarda cierta aura de refinamiento estético e intelectual que dignifique a la nación. Las vergüenzas, que son muchas, se guardan en casa. Aquí radica una de las aristas de la hipocresía y la doble moral de todo un país al que escandaliza sobre manera el exhibicionismo como se pudo ver en el escándalo DSK. Las correrías sexuales de Dominique Strauss-Kahn, ex director del FMI y ex favorito para enfrentarse a Nicolas Sarkozy en las Presidenciales de abril en el bando socialista, eran un secreto de dominio público. Pero fue su exposición total y absoluta a raíz del suceso del hotel neoyorquino lo que acabó por escandalizar a la opinión pública.

Nicolas Sarkozy nunca pretendió irradiar nada de ese refinamiento, ni estético, ni intelectual. Al contrario, siempre demostró un gusto desmedido por el dinero y el lujo lo que le acarreo otro de los apelativos, Presidente bling, bling. «Quiero ser el presidente que dignifique el capitalismo», llegó a espetar a sus críticos en 2007.

Algunos hagiógrafos de la vida del mandatario atribuyen esta actitud advenediza a sus orígenes. A su falta de pedigrí en un país cuyos mandatarios pasan casi como condición previa por las elitistas Escuelas Superiores de París. Sarkozy asistió pero casi de pasada. Hijo de un aristócrata húngaro venido a menos y de una mujer de origen griega y sangre judía ―el antisemitismo es uno de los fantasmas más recurrentes de la sociedad francesa―, de la burguesía parisina, Sarkozy comenzó su carrera política como concejal en su villa natal, Neuilly-sur-Seine, un suburbio capitalino.

revista-achtung-internacional-francia-sarkozy-gadafiEn 1983 alcanzó la alcaldía y un suceso acaecido en 1993 lo convierte en una celebridad nacional. Un hombre accedió al interior de una guardería con explosivos y mantuvo secuestrados a varios niños y profesores durante 46 horas antes de ser abatido por la policía. Durante ese tiempo, Sarkozy llegó a entrar en el recinto, solo y desarmado, hasta en ocho ocasiones consiguiendo la liberación de varios rehenes. Su fama de hombre resolutivo y de acción comenzó a gestarse en aquel suceso. Su salto a la política nacional llegó de la mano de Édouard Balladur de quien fue protegido y, después de Jacques Chirac. A pesar de mantener con este último importantes enfrentamientos personales en el momento de nombrar sucesor en la cúspide de la UMP, Sarkozy acabó imponiéndose al por entonces ministro de Exteriores, Dominique de Villepin, desde entonces su enemigo declarado.

Antes, en otoño de 2005, varios suburbios de París y otras ciudades arden a causa de los disturbios provocados por jóvenes, la mayor parte de ellos de origen árabe y también extranjeros. Sarkozy, entonces ministro del Interior encabeza el dispositivo policial y, ante las cámaras, clama: «Hay que limpiar las calles de racaille (chusma, pero que en argot callejero guarda una connotación racista)». Fue una actuación «más teatral que efectiva», explica Gregorio, «pero supo aprovechar las preocupaciones de la gente de la calle frente a una delincuencia de bajo perfil a la que ni instituciones ni partidos, especialmente de izquierda, suelen hacer caso».

Con esos ingredientes destrozó al FN en la primera vuelta rebasándolo por la derecha, una táctica que va a volver a utilizar ahora, haciendo suyas muchas de las propuestas sobre inmigración y seguridad. En la segunda se comió a Royal y a todo el PSF. «La Francia en la que creo es en la de los trabajadores que creían en la izquierda de Jaurès y Blum», dijo invocando a los dos patriarcas del socialismo histórico francés Jean Jaurès e Léon Blum, «y que no reconocen a esta izquierda inmovilista que ya no representa a los trabajadores».

La victoria fue una marcha militar pero seis meses después de las elecciones su imagen estaba ya por los suelos. Primero, celebrar la victoria en uno de los hoteles más lujosos de París. Luego unas vacaciones en el yate de un amigo millonario, a lo que hubo que añadir su telenovelesco divorcio y su compadreo con Gafadi, visto por muchos como una humillación de Francia ante un terrorista internacional. Después su boda con Carla Bruni, su visita a Disneyland París y a Egipto. Y, por último su encontronazo con un agricultor que se negó a darle la mano en una feria agrícola, desaire al que el presidente contestó con un «tú te lo pierdes, con (cabrón, perdedor)», captado por los micrófonos de las cámaras. Fue la gota que colmó el vaso y su imagen pública ya nunca se recuperó.

@diegoebarros

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