Rey Lear de Atalaya, clase magistral de cómo hacer teatro contemporáneo

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El Teatro TNT de Sevilla volvió a representar la versión de Atalaya del Rey Lear de W. Shakespeare. Esta prestigiosa compañía andaluza de teatro contemporáneo, ha sido galardonada por esta tragedia, con seis premios de teatro andaluz, entre ellos: Mejor Espectáculo, dirección o actriz. Así mismo, ha sido el espectáculo que más nominaciones que ha recibido en los premios MAX del teatro español en 2019. Es un lujo que esta compañía otorgue nuevas oportunidades al público sevillano, de ver estos montajes que tantas alegrías y aplausos, han ido cosechando desde que se estrenaron.

Hay quien dice de manera grandilocuente, que en la obra de W.Shakespeare está toda la filosofía occidental. Sea una exageración o no, el caso es que este texto del siglo XVII no deja de tener vigencia, dado que sus temas son de carácter universal. Ello sin ninguna duda, lo erigen como uno de los grandes clásicos del teatro, o dicho de otra manera: el filósofo español Igancio Izuzquiza, planteaba que una de las cosas que hacen que una obra sea un clásico, es que nunca pasará de moda. Y en este sentido, este tipo de obras siempre han  de tenerse presentes, no sólo porque han adquirido cierta transcendencia a lo largo de la historia, siendo citadas o haciéndose referencias en representaciones más contemporáneas; sino que además, su repercusión ha conseguido superar las fronteras de las artes escénicas, haciendo las delicias de los amantes de la filosofía, la literatura, la historia, entre otras tantas disciplinas, que ayudan a articular diálogos entre estos campos del conocimiento humano.

Dicho lo anterior, cabe detenerse en algunos de los temas que abre, esto es: Rey Lear aborda de forma paralela la ingratitud/fidelidad filial, la vejez y la locura; de una manera tal que se entremezclan, para exponer a los espectadores las multifactoriales consecuencias, que se desarrollan en terrenos como la herencia y la sucesión política. Ya que en realidad lo más importante recae, sobre cómo el personaje del Rey Lear se debate en su foro interno, cuál debe ser el mejor mecanismo para pasarle el testigo de sus cargos a las legítimas herederas, sus hijas: Gonerilda, Regania y Cordelia. Ahora bien este soberano de Bretaña, es consciente que no está en la mejor de sus facultades mentales: la vejez le está pasando factura. Lo cual le lleva a crear un proceso de sucesión tan inocente como a la vez inflamable, que es evaluar a sus hijas en quien le ama más. Es cierto, que a lo largo de obra, el personaje del rey se da cuenta que ello le generó más problemas que respuestas, aunque para nosotros los espectadores, se nos ofrece el privilegio  de ver representada la perversión y el sin sentido, que conduce dejarse seducir por la avaricia y la sed de poder.

No obstante, las torpezas del rey que le va reconcomiendo a lo largo de este obra, tiene sus momentos de lucidez que de un modo u otro, se ven reflejados con los diálogos que tiene con su leal y bizarro bufón, quien como a los que son tratados como locos, no se le toma en serio dado que entre tanta estridencia y exabruptos, de vez en cuando dice cosas de suma sabiduría. Claro que es irritante y disparatado (aunque dirigido e interpretado de forma brillante por parte de los integrantes de la compañía Atalaya. Sin duda, será lo que más recordaré de esta versión), sin embargo es la perfecta metáfora que esta obra despliega de principio a fin: a los que están ciegos, al menos les quedará poder escuchar a los locos. Ello se suma, a que de manera formal sucede lo mismo con el Conde de Glouecester, quien es traicionado y privado de sus ojos, como castigo de su terca ingenuidad a la hora de leer los planes de su hijo bastardo Edmundo.

He allí que al tiempo de ir vagando ciego y sin rumbo, es encontrado como si de una redención se tratase, por su hijo Edgar, el cual había sido culpado de conspirar contra su padre, y por un motivo u otro, vivía con harapos entre un grupo de personas excluidas de la comunidad humana. Así Edgar, encuentra a su padre humillado y ciego, estando deseoso de acabar con su vida; sin embargo, él le hace creer que es una persona desconocida, para guiarle a un mejor recaudo, por más que no tenga mucho más que ofrecer. Y justo de una manera paralela, ello se reproduce formalmente cuando Cordelia (la hija que fue desterrada por el Rey Lear, tras un precipitado juicio) encuentra a su padre, y se mantiene fiel hasta el último minuto de su trágica vida, siendo que su horizonte pasó siempre por servirle, sean cuales sean las consecuencias.

El caso, es que la obra entrecruza dos historias de contenidos similares, aunque  sus manifestaciones se afronten de forma diferente, dejando en claro que sea cual fuere el contexto, el terreno en el que uno se desenvuelva…, una convención como la preparación de una herencia, puede resultar ser un espacio sin ley ni compasión. Es curioso como entre nosotros los seres humanos, aparecen personas que pretenden saltarse parte del contrato social que nos hemos dado, para hacerse con propiedades que consideran imprescindibles para ser lo creen que han de ser. Lo anterior me invita a pensar, que los personajes de oscuras ambiciones como: Gonerilda, Regania y Edmundo. Están igual de perdidos y ciegos que sus respectivos padres, quienes confiaron que el amor y la lealtad filial, estaban por encima de una convención que nos hemos dado nosotros los seres humanos, sin apenas reparar en que las mismas pueden convertirse en un campo de minas, capaz de llevarse por delante lo que sea.

En lo que respecta al montaje de Atalaya, merece la pena señalizar el cómo fueron disponiendo los bancos que usaron como atrezzo, para ir constituyendo la arquitectura en la que se enmarcaban sus personajes. Haciendo que nosotros los espectadores, pudiésemos identificar (junto al uso de una eficaz iluminación) en qué lugares se encontraban los personajes (sea en interior o exterior), hasta el punto que contribuían subrayar en qué momentos los mismos, estaban en medio de una introspección para saber qué hacer ante tan tormentoso destino.

Ello es un ejemplo más, de cómo las artes escénicas y la arquitectura comparten ese principio que versa, sobre que el espacio es  tal y cómo se usa y se dispone, para los que lo vayan habitar. Asimismo se nos ilustra a los espectadores y los que circulamos por un espacio delimitado por estructuras de algún tipo, que dicha disposición del espacio sólo tiene sentido si hay personas que lo vayan habitar, y al mismo tiempo, que el espacio es un “folio en blanco”, que puede ser “esculpido” (si se me permite la expresión) de numerosas maneras con pocos recursos materiales.

Lo anterior se lució más si cabe decirlo, por el ritmo sosegado e intenso de las interpretaciones de los  actores y actrices, de tal manera que a los espectadores, se nos permitía pasar por lo experiencia de degustar cada una de las palabras que han hecho que sea citado W.Shakespereare en tan diversos contextos fuera de una formación académica del teatro, la literatura, etc.., quizás alguno que otro se le hayan hecho largas las dos horas que duró la representación de esta obra, o cualquier cosa por el estilo; pero ¿Sino de qué manera se puede formar a un público maduro y docto, en artes escénicas? por ello considero necesario que el respeto al texto original ha de mantenerse como fundamento, para dignificar a dicha obra como un clásico universal. Y precisamente Atalaya, nos tiene acostumbrados a que en sus montajes está contenido un sentido de la responsabilidad a la hora de llevar a escena un gran clásico, con el añadido de tener el mérito de conservar y perfeccionar su lenguaje escénico, tan contemporáneo y físico, que a muchos nos sigue sorprendiendo el cómo dan con la tecla para hacer que todo sea compatible, de una forma aparentemente intuitiva.

Por tanto, no me queda más que seguir recomendando los trabajos de esta veterana compañía, la cual a mi entender, deberían sus montajes ser vistos y estudiados con atención, por todas las personas que forman parte de las artes escénicas: se haga lo que se haga en escena. Considero que el lenguaje de Atalaya es lo suficientemente atractivo, versátil y pedagógico. Para que no pase desapercibido a los profesionales y estudiantes, al margen de que se dediquen a otras manifestaciones escénicas, diferentes al teatro contemporáneo. Me veo ante la tarea de visualizarlo, y desde luego el equipo de Atalaya me lo pone muy fácil.

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