a la intemperie, carrusel, opinión — 3 noviembre, 2012 at 2:05

Madrid era una fiesta

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Por Diego E. Barros

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Del talento de Ana Botella tuvimos buena muestra cuando la hoy alcaldesa de Madrid instruyó a los españoles sobre la diferencia entre una pera y una manzana. Ayer volvió a dar buena cuenta de una inteligencia y capacidad de análisis solo comparable a la de una Holstein Frisona cuando, tras la tragedia del Madrid Arena, anunció que el Ayuntamiento de Madrid no alquilará más sus espacios municipales para la celebración de macro fiestas. La prohibición sobre la marcha ante cualquier problema es una medida que no hace sino seguir la tónica de este Gobierno en cuanto a jurisprudencia: legislar a golpe de titular y alarma social. Básicamente, lo que ha querido decir Botella a los jóvenes madrileños es: a emborracharse, drogarse y demás, a la puta calle. Cosa que, cree, no podrán hacer puesto que, ¡oh sorpresa! el botellón hace tiempo que está prohibido en las calles de la capital, decisión que como saben todos, ha influido sobremanera en la ingesta de alcohol de los jóvenes en edad de merecer.

A mí lo de magrearme con extraños nunca me ha gustado si no es previa retirada de ropa y de uno en uno, como mínimo. Como nunca he veraneado en Gandía, lo de ir sin ropa magreándome en público no lo he probado, como tampoco lo de las macro fiestas de música electrónica con DJ’s hiperfamosos por amenizar la velada con plato de mezclas enchufado a un ordenador. A decir verdad, con la música electrónica me asalta siempre la misma sensación: tener un cuerpo con drogas de menos y años de más. Pero no por ello dejo de reconocer que para gustos, colores. Lo mismo dijeron allá por los años cincuenta de esa música infernal que comenzaron a tocar negros y acabó por pervertir a jóvenes blancos en aglomeraciones que terminaban en peleas y en las que las chicas corrían el riesgo de quedarse embarazadas con un simple movimiento de caderas. La llamaron Rock and Roll y los polvos levantados en un lugar como Woodstock provocan aun hoy los lodos que sufrimos en Glastonbury o Benicassim.

Por lo demás siempre he sido partidario de que cada uno haga con su cuerpo lo que quiera lo que no es una postura muy de este Gobierno y sus representantes. La rapidez con la que sacan nuestros próceres la lista de prohibiciones ante los contratiempos debería ponernos sobre aviso: cualquier día nos levantaremos de la cama y sabremos que por orden del señor Gobierno quedan prohibidos parados, desahuciados, enfermos y demás víctimas de cualquier cosa que suponga un desvelo o una tertulia televisiva en horario matinal. Hasta ahí podíamos llegar. Pero esta es la evolución natural de las cosas en una ciudad que ha pasado de gritar  «rockeros, el que no esté colocado, que se coloque y al loro» a prohibir cualquier movida con patrocinio municipal porque «cuando se juntan en un sitio cerrado grandes masas de jóvenes, mucho ruido, aún más calor y, como mínimo, demasiado alcohol» el riesgo es muy grande. Ya ni les cuento si los que se juntan son peras y manzanas.

Si ayer la señora Botella se decantó por dejar a los madrileños sin macro cotillones del Fin de Año que está a la vuelta de la esquina, el miércoles y a cuenta de los desahucios nos recordó que la ley está para cumplirla. Un alivio teniendo en cuenta que hace poco uno de sus compañeros de partido creyó que las leyes estaban para violarlas. No se preocupen, el morbo y las estupideces que escucharemos estos días sobre las macro fiestas se habrán olvidado el 31 de diciembre cuando los telediarios abran sus informativos con los «preparativos y consejos para irse de fiesta la noche más mágica del año». Pero hasta entonces, esto es lo que hay: tres chicas muertas y dos más heridas de gravedad en un terrible accidente que pudo haberse evitado sin necesidad de prohibir nada, simplemente cumpliendo la legalidad vigente en cuanto a medidas de seguridad y control de recintos. Pero este detalle siempre resulta complicado y farragoso en un país como España donde las cosas siempre se han hecho a la mecagoen.

Al final, la culpa de todo este embrollo como ya dijo Ana Botella en su día la tiene el barco. O la puerta: no era lo bastante grande.

@diegoebarros

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