a la intemperie, ACHTUNG!, carrusel, opinión — 28 julio, 2012 at 16:10

Alberto el conquistador (un perfil y una hipótesis)

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Por Diego E. Barros

 

Con el Prestige aun escupiendo hilillos de plastilina y el eterno delfín, José Cuíña, pagando los platos rotos del desaguisado por imperativo madrileño, al gran timonel del feudo galaico, los años y las elecciones, le obligaron dar un paso atrás y ceder el mando. Con tiempo y una lucha que no pasó de escaramuza en el seno del PPdeG, el elegido resultó ser un recién llegado apenas unos años antes de la mano de Romay Beccaria, uno de esos barones provinciales con un pie en Galicia y el resto del cuerpo en Madrid: Alberto Núñez Feijóo (Os Peares, 1961).

Feijóo desembarcó en Galicia en 2003, primero como conselleiro de Política Territorial en sustitución del defenestrado Cuíña. Venía de la mano de Romay pero con el beneplácito de Aznar, en cuyo Gobierno había desempeñado puestos de director del INSALUD y de Correos. Ya al lado de Fraga fue nombrado vicepresidente Primero de la Xunta y hasta se sacó el carné del PP. Finalmente en 2006 se convirtió en presidente del partido en Galicia. Un carrerón que dejó algunas víctimas en el camino. Cadáveres cuya sangre nunca salpicó a Feijóo, que supo apartarlos como nadie. El mejor ejemplo, más allá del de Cuíña, es el de José Manuel Barreiro, lugués y supuesto dirigente de esa presunta alma galeguista de un PP que nadie encuentra por ningún lado, ahora exiliado en el Senado. En 2009 ganó la Xunta contra pronóstico. Una Xunta que tendrá que revalidar y para lo que propone un cambio en las reglas de juego democrático. En el fondo, Feijóo ya solo piensa en Madrid.

Feijóo, como todas las sorpresas que tornan desagradables, en principio parecía una buena idea. Un tipo sin pasado político en la Comunidad (más allá de trabajar en la Consellería de Ganadería e Montes antes de ser llamado a Madrid) y que desembarcó primero en una consellería y luego en el Parlamento con sus trajes entallados, sus gafas y su pelo engominado. Parecía más un ejecutivo que un político. Nadie, y ahora es fácil negarlo, daba en aquel entonces un duro por él, por la misma razón que ha causado los mayores errores políticos de la Comunidad: «es un extranjero», decían, pese a haber nacido en Os Peares y ejercer de vigués contra viento y marea.

Era cierto que Feijóo era un extranjero cuya imagen de empollón producía rechazo en los mentideros políticos galaicos, más acostumbrados a las maneras campechanas (y chabacanas) del hasta entonces hombre fuerte de Lalín y otros próceres de la Comunidad. Pero también era cierto que Feijóo se trajo debajo del brazo un proyecto a largo plazo. Antes de que comenzáramos a hablar de tecnócratas, en Galicia, desembarcó Feijóo. Y antes de que el bipartito y los gallegos le entregaran las llaves de la Xunta, Feijóo, el alumno más aventajado de la política impersonal y desideologizada que hace furor ahora, fue suficientemente inteligente para vestirse de político sin haberlo sido nunca. Para eso aprovechó su cualidad más sobresaliente: su don de gentes. Tanto lo exprimió, que Feijóo parece hoy llevar toda la vida en el Gobierno a pesar de que su desembarco en la Xunta no haya sido otra cosa que el paso obligado para ver cumplido su más oscuro deseo: el poder. Y ejercerlo, claro, en Madrid.

Las distancias cortas

A los pocos meses de desembarcar en Galicia, Feijóo hizo lo que todos los líderes gallegos al pisar alfombra roja: encargar una nueva imagen. Dejó a un lado la gomina y cambió de gafas. Sus trajes siguen siendo impecables: las americanas siguen siendo entalladas pero ya no tan cortas como antaño, quizá para acallar rumores malintencionados. Este tipo de alegrías sólo se las permite hoy muy de vez en cuando. Esos días en los que se atreve con su uniforme favorito: americana azul marino, corbata roja y pantalón gris marengo que hacen del político el estudiante de internado con aspiraciones pijas que un día fue.

Y está, claro, su don de gentes. Feijóo gana en las distancias cortas y prefiere mantener lejos la cámara. Para no dar cuenta de la angulosidad de un rostro que desprende un mensaje inequívoco: de lo que te digo, créete la mitad ya que ni yo mismo me lo creo.

nuñezfeijoo-politica-opinion-rajoy-revista-achtung-3jpgBasta con acudir por primera vez a una de sus ruedas de prensa, con Feijóo ante el micrófono sabiéndose el rey del mambo. Si fuese un documental de naturaleza, la cosa sería tal que así: Desde el atril y antes de comenzar su discurso y contestar sin responder a una sola de las preguntas que se le hagan, Feijóo echa una larga mirada a toda la sala con el objetivo de localizar rostros desconocidos. Se queda con uno que convertirá en el receptor inequívoco de todo su discurso. Para ti, amor, te lo dedico, parece decir con la mirada. Una vez finalizada la rueda de prensa, al contrario que otros de sus antecesores en el cargo ―Fraga era insondable y Touriño le temía más a un periodista que a su suegra―, Feijóo no huye. Prefiere los corrillos para repartir, ajustar cuentas y, por supuesto, sacar su inacabable tubo de dar cera y aclarar cera. Cuando se baja del atril se dirige directamente y con paso firme al periodista nuevo, el mismo al que ha dedicado sus caiditas de ojos y su discurso desde los micrófonos y reproduce una táctica perfectamente estudiada. Se planta delante, te ofrece la mano derecha mientras con la izquierda golpea amigablemente tu hombro derecho:

―Hombre, cuánto tiempo, dice. ¿Dónde estás ahora?

La pregunta pilla al periodista descolocado. Este pasa de articular palabra y le sigue la corriente. Calla que es la primera vez que saluda a su presidencial interlocutor y éste, tras unos segundos, lo abandona con el convencimiento de que haber ganado uno más para la causa.

Lo sé porque una vez yo mismo fui ese periodista. Lo sé porque se lo he visto hacer en muchas otras ocasiones.

Poco a poco, Feijóo se ha ido haciendo un hueco en los hogares de todos los gallegos. Sabedor de que la nuestra es una sociedad matriarcal, primero conquistó a las mujeres, especialmente a las de mayor edad para convertirse en el soltero de oro de Galicia, el yerno que toda madre querría para su hija. Así, se podía ver a Feijóo quemando suela en los saraos que en Galicia se montan para disfrute de jubilados y mayor gloria de políticos locales. Era el primero, Alberto, en sacar a bailar a las señoras y, éstas, con un joven formal del brazo, encantadas. Para entonces ya se había creado el mito ese según el cual, Alberto era el hijo modelo. El alumno responsable y estudioso, encerrado en su cuarto mientras los demás daban patadas al balón. El niño de Os Peares que hasta los diez años iba al colegio en bicicleta, aunque este estuviese a cuatro kilómetros y el tiempo marcase lluvia, nieve, frío o calor. Algo perfectamente posible en esos lares. Que valla usted a saber si los periodistas que esto escribieron de él estaban allí para cerciorarse de si las cosas eran así. Pero qué bonito verlo escrito. A los diez años se marchó a un internado en León. Y estudiar la carrera, la estudió en Santiago: Derecho. Qué más se podía pedir.

Antes de las elecciones que lo convirtieron en presidente entrevisté a Feijóo. La campaña estaba fresca, Feijóo había recibido un golpe con el caso Luis Carrera. En aquellos días todavía no había desembarcado en Galicia la artillería madrileña ni se había desplegado el catecismo de la propaganda goebbeliano que hizo famosas frases como «lujo asiático» y estupideces del tamaño de «el coche de Touriño es más caro que la limusina de Obama». Me recibió en su despacho de la sede del PP en Santiago y se disculpó por haberme hecho esperar diez minutos. Estuvo correcto como siempre y su tono y compostura cambiaba en función de si la luz roja de la grabadora estaba o no encendida. Me ofreció café un par de veces, tras la entrevista hablamos de deportes, de Vigo y de periodismo. Con la grabadora guardada se despidió preguntándome si por mi periódico todavía seguía un director muy activo en la defensa de Fraga cuando estaba al frente de la Xunta y que con el Bipartito en el poder hizo lo propio con Touriño. Le dije que sí.

―Pues dile de mi parte que arrieros somos y en el camino nos encontraremos. Él lo entenderá, dijo con la sonrisa burlona dibujada en el rostro mientras me acompañaba a la puerta y me despedía con una palmada en el hombro.

Nunca cumplí el encargo.

Victoria contra pronóstico

Durante su campaña, Feijóo fió todas sus posibilidades a la propaganda y al desánimo colectivo tras casi cuatro años de bipartito fratricida. Los ideólogos de la derecha saben que los electores carecen de memoria y, en caso de tenerla, es tan inmediata como la de los peces. Durante esas semanas pareció que el Bipartito había gobernado Galicia toda la vida y no escasamente cuatro años. Suya era la responsabilidad del desaguisado de la Cidade da Cultura, de los incendios y hasta del asesinato de Kennedy. La autocrítica del votante de izquierdas hizo el resto y  todos los alardes populistas que un tecnócrata como Feijóo lleva en el corazón hicieron mella en buena parte del electorado. Por proponer, llegó a plantear que con él en la Xunta, se haría una línea de alta velocidad entre Lugo y Ourense (que pagaría la Xunta si el Estado no accedía a la misma) además de asegurar que levantaría el insufrible peaje de la AP-9.

Todo ello ayudó a dejar en agua de borrajas sus meteduras de pata fruto de su exceso de protagonismo: su imagen de bombero torero con mocasines y chinos de dominguero pijo apagando unos rescoldos en un monte de Armenteira con una manguera de jardín dio la vuelta al mundo y es probable que le persiga el resto de su vida. No obstante, si algo hay que reconocerle a Feijóo es que, a diferencia de Mariano Rajoy, prefiere no esconderse. Este año, en pleno incendio de As Fragas do Eume, volvió a aparecer si bien, escarmentado, dejó que  profesionales fueran los únicos en jugar con las mangueras.

El día de su investidura como presidente, el Parlamento era una fiesta conservadora. Ni en los mejores sueños de los populares habían imaginado un resultado semejante consiguiendo una mayoría absoluta de 38 diputados el 1 de marzo de 2009, tan solo en una legislatura. Tras su discurso y ya investido como presidente, Feijóo salió por la puerta principal del Hemiciclo a recibir los saludos de los congregados. El espectáculo fue bíblico hasta el punto de que a Feijóo sólo le faltó decir aquello de dejad que los niños se acerquen a mí, antes de hacerle carantoñas a unos cuantos cachorros de la familia popular que habían seguido la sesión desde el palco y ahora se acercaban a abrazarlo.

Después de las felicitaciones, los periodistas estábamos en la cafetería del Parlamento. En un momento dado se acercó Feijóo y tras los saludos correspondientes comenzó con sus chascarrillos. Hoy no recuerdo con exactitud sus palabras pero entre broma y broma soltó a los allí congregados algo semejante a ahora vais a saber quién es el jefe y vais a dejar de putearme. Con su sempiterna sonrisa dibujada y la sobra de la amenaza flotando en el ambiente nos dejó para continuar el besamanos.

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«Casado con Galicia»

Como en la noche de la victoria electoral el 1 de marzo, el primer abrazo tras la investidura se lo había dado Feijóo a su padre, Saturnino Núñez, un maestro que se fue en busca de trabajo a la presa que da nombre al pueblo natal del presidente y en el que hoy viven apenas unos centenares de vecinos a los que la automatización del embalse ha dejado sin más que hacer que mirar el paso del tiempo. El progenitor de Feijóo siempre ha sido parco en palabras. No así a su madre, Sira Feijóo, autora de una de las sentencias grabadas a fuego en la biografía del actual presidente de la Xunta.

A Feijóo, soltero, sin hijos, no se le conocía públicamente relación alguna hasta aquella campaña electoral. Casi de la nada salió Carmen Gámir, una periodista de la órbita del Grupo La Región con residencia en Madrid, antes y ahora. Conocida como Chinny entre sus amigos, tan pronto apareció como desapareció. Se hicieron bromas sobre si sería ella la encargada de cambiar las cortinas de la residencia oficial de Monte Pío. Pero nada de mayor trascendencia. A preguntas del estado civil de su hijo, la madre de Feijóo sentenció: «Alberto está casado con Galicia y Galicia no me da nietos». Y lo dijo como quien repite el mantra católico de que las monjas están casadas con Dios.

Es sabido que Feijóo prefiere su piso de Vigo que la residencia de Monte Pío por lo que se desconoce si al final hubo cambio de cortinas. Es sabido que Carmen Gámir volvió a Madrid donde hoy, casualidades de la política y allegados, es responsable de prensa de la secretaría de Estado de Presupuestos. Lució traje negro riguroso y crucifijo de grandes dimensiones en la audiencia que el Papa dispensó a la pareja en el Vaticano, en marzo pasado. Y también es sabido que Feijóo pasa más noches en Madrid que en Galicia, lo cual no se sabe cómo afecta a los gastos de combustible que tanto atacó cuando estaba en la oposición.

El hombre de las tijeras

Feijóo ya apuntó los que serian faros de su acción política: austeridad y, en un alarde de generosidad, prometió gobernar para todos. «Soy presidente, soy un gallego más», dijo. Sólo ha cumplido la primera parte y ni tan siquiera bajó unos impuestos que convirtió en su primer objetivo una vez en el poder. Galicia comenzó a aplicar los recortes desde antes de que la palabra fuera incluso pronunciada en Madrid y Feijóo pasó a recuperar su fama de tecnócrata y buen gestor que tantos réditos le ha dado a él, como antes a Rajoy, y que la realidad de Gobierno ha denunciado como lo que es: humo que se lleva el viento como las palabras una vez pronunciadas.

El precio de los recortes sin piedad, orden, ni concierto se ve en Galicia y se sufre en toda España. Los tres años y medio de Feijóo en la Xunta han vaciado de contenido a un país cuya autonomía, en manos de sus gestores políticos, se ha revelado como inútil por desuso. El primer paso fue dinamitar el consenso lingüístico auspiciado por alguien tan fuera de sospechas como Manuel Fraga. El segundo, hacer retroceder la idea de Galicia como país de seu a tiempos preautonómicos. Décadas después, la Galicia como colonia de Madrid denunciada por Castelao es más realidad que nunca. Feijóo ha sido la punta de lanza de un PP madrileño ávido por recuperar el control de un partido-sucursal que funcionó de manera autónoma hasta que los años hicieron del León de Vilalba un simple gato de compañía. Hoy tan sólo Ourense goza de cierto margen al escaparse del control de Feijóo. Pero hay que decir también que esto es así porque Feijóo así lo permite pues en sus primeros tiempos al mando de los populares gallegos ya se ocupó de dinamitar el otro reducto caciquil, Lugo. El reino de los Baltar es una asignatura pendiente que sin duda retomará de revalidar su mandato en unas elecciones aún sin fecha.

Con Feijóo en la Xunta, los indicadores económicos gallegos son para esconder por lo que la propaganda se ciñe hoy al tópico de el resto está peor. La comunidad ya no converge con España y Europa. Aunque su paro no es superior a la media nacional (24,6%), los últimos datos de la Encuesta de Población Activa (EPA) señalan que en el segundo trimestre de 2012 en Galicia hay 10.300 personas más sin empleo que en el primer trimestre del año. Suman ya 275.900 en el conjunto de la Comunidad, con lo que la tasa de paro alcanza el 21,07%. Hoy hay 56.300 parados más que el año pasado, con una tasa de desempleo entre los jóvenes del 45,3%. Ante la magnitud de la tragedia, Feijóo, que prometió acabar con el paro, ha acabado por decir en el Parlamento que la Xunta «casi no tiene competencias para luchar contra el desempleo».

Su cruzada por la austeridad ha puesto a los colectivos profesionales de la sanidad y la educación en pie de guerra y la Xunta ya no paga los casos menos severos de dependencia. Es cierto que Galicia es la única autonomía junto a Madrid que ha cumplido en 2009 y 2010 con los objetivos de déficit presupuestario y mantiene una calificación por encima del resto de comunidades —A2, según Moody’s—, lo que le permite pagar menos por una deuda que se ha incrementado en 3.600 millones de euros desde que Feijóo es presidente.

De cara a la galería, sus gestos no han pasado de ser más que anecdóticos sin un reflejo real en la vida de los gallegos. Redujo de 14 a 10 las consellerías, eliminó 45 de los 52 delegados de la Xunta en las provincias y dejó envejecer docenas de Audi en el garaje, la mayoría, coches adquiridos por Fraga, y que después malvendió a proveedores habituales del Gobierno.

nuñezfeijoo-politica-opinion-rajoy-revista-achtung-5El día de la toma de posesión del nuevo Ejecutivo la fotografía resultó simpática: en pleno Obradoiro, el sol se reflejaba sobre las carrocerías de una decena de Citroen C4 recién adquiridos por la Xunta —matrículas nuevas y contiguas―, después de que la propaganda hiciera de los Audis un símbolo de despilfarro. Entre ellos, destacaba un Mini Cooper, vehículo privado del conselleiro de Industria, Javier Guerra, allí aparcado. Sin embargo, los Audis no habían desaparecido. Si los de la Xunta estaban en el garaje de San Caetano, los demás se mantenían en un discreto segundo plano, lejos de las cámaras de los fotógrafos. Los Audis que trajeron a Santiago a presidentes de Diputación, alcaldes, presidentes de caixas y demás organismos pseudopúblicos aguardaban a sus inquilinos estacionados en la calle que comunica el Convento de San Francisco con la Catedral, símbolos de unas instituciones locales y provinciales de las que Feijóo se ha mantenido alejado y a las que se niega aplicar tajo alguno.

Entre medias, en la Xunta cayó el gasto superfluo, se redujo el número de asesores y personal de gabinete, y el Ejecutivo autonómico impulsó un catálogo priorizado de medicamentos (con subvención al más barato) recurrido por el ministerio de Sanidad del anterior Gobierno localista ante el Tribunal Constitucional y más tarde avalado por este, que según el Servicio Galego de Saúde ha permitido ahorrar 300.000 euros al día, pese a que hoy farmacias de Lugo y Ourense corren riesgo de abastecimiento. Fue la Xunta la primera en retirar cobertura sanitaria a desempleados de larga duración para después, corregirse.

Fue Feijóo el impulsor de la fusión de las cajas gallegas. El día que se firmó, Feijóo se emocionó hasta el punto de quebrársele la voz. Hoy, con la entidad intervenida, Galicia ha perdido casi la totalidad de su poder financiero. Con el naval y el textil lastrando la economía, Feijóo se ufana en viajes a Sudamérica cuyos resultados siguen siendo una incógnita, el plan eólico que hizo de Galicia líder mundial en el sector está hoy paralizado y el presidente sigue pasándose la mitad de la semana en Madrid, un espacio en el que se siente como pez en el agua arropado por correligionarios más afines a su mundo exento de ideologías más allá de los resultados de las cuentas a fin de mes.

Asalto a las reglas democráticas

Pero ha sido ahora, a pocos meses de unas elecciones autonómicas aún sin fecha, cuando Feijóo ha decidido jugarse el todo por el todo con un órdago de dudosa naturaleza democrática. Como si de un partido de fútbol se tratara, en el minuto 80, el equipo favorito decide cambiar las reglas del juego potenciando que, en caso de gol, los suyos valgan un poco más que los del contrario. La excusa es una vez más la austeridad coronada con la frase que, en boca de ciertos políticos, se ha convertido en una espada de Damocles sobre los que dicen representar: «escuchar las demandas ciudadanas».

Feijóo se propone reducir en 14 los diputados que hoy constituyen el Parlamento de Galicia dejándolo en 61 representantes. Una idea con la que ya ha coqueteado Esperanza Aguirre en la Asamblea de Madrid. El gallego invoca el ahorro que supondría una medida que, aunque ningún dirigente popular ha cuantificado, es fácilmente estimable. Bastaría con multiplicar el sueldo de un diputado (80.700 euros brutos anuales) por los 14 sacrificados para concluir que el ahorro rondaría el millón de euros. Una cantidad semejante a la que la Consellería de Industria invirtió hace unos días en una campaña publicitaria que pretendía «transmitir optimismo en la economía gallega».

En una comunidad con apenas tres millones de habitantes representados por 75 diputados, dicha reducción no es moco de pavo. Sobre todo teniendo en cuenta la perversa aritmética que en Galicia causa la Ley D’hont priorizando las provincias de Lugo y Ourense, caladeros históricos del PP. Feijóo dice que la reforma no beneficiará a los suyos. Sin embargo, basta con extrapolar los resultados de los comicios de 2009 para ver que los populares se dejarían seis de los 38 diputados que ahora tienen, por ocho que perderían los partidos de la oposición, BNG y PSdeG. Como resultante, el PP reforzaría su mayoría absoluta, que pasaría de una diferencia de uno a tres escaños.

Un secreto a voces en las últimas semanas son las encuestas internas que maneja el PP que advierten de que podría perder la mayoría en Galicia. De ahí la urgencia de en reformar una ley que, ante el rechazo frontal de los grupos de la oposición en la Cámara y fuera de ella, Feijóo se propone ahora aprobar en solitario haciendo valer, como en tantas ocasiones en estos tres años y medio, su rodillo parlamentario.

Al presumible cambio de las reglas del juego a falta de minutos para el final del partido, hay que unir la reforma del expresidente Manuel Fraga quien, en 1992, propició un cambio legal para incrementar el porcentaje mínimo de votos del 3% al 5% el suelo mínimo para que un partido pueda acceder al Parlamento gallego. Desde entonces el acceso al Parlamento gallego se vende muy caro dejando el juego político gallego en cosa e tres, dos de los cuales están condenados a entenderse para gobernar, de lo contrario el PP tiene las llaves del poder. Con la nueva reforma, su posesión será todavía más fuerte en Galicia, más si cabe con la reciente atomización sufrida en el seno del nacionalismo gallego con la aparición de dos nuevos partidos escindidos del BNG.

Pese a que el órdago de Feijóo se juega aparentemente en clave doméstica, la jugada del presidente gallego tiene un recorrido más a largo plazo y cuyo final es Madrid. Es cierto que en política, hablar de futuribles es peligroso. Sin embargo, los vientos actuales le son más que propicios a un mandatario al que la crisis, al menos a nivel de los ecos nacionales, le está tratando de forma benévola.

Mientras Feijóo maniobra en Galicia, en Madrid crecen los rumores que hablan de que Mariano Rajoy es ya pasado para el PP. El de Pontevedra está comiéndose el sapo de la crisis en apenas siete meses de Gobierno. Tras hacer todo lo contrario de lo que dijo en campaña y aplicar los recortes más grandes de la historia de la democracia no son pocos los que lo dan ya por amortizado de cara a unas futuras elecciones. Si bien es cierto que esto no es más que hipotetizar, también lo es que entre los futuribles sustitutos de Rajoy, otro gallego, Núñez Feijóo, ocupa una posición privilegiada.

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El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, en una recepción al presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijóo, en el palacio de la Moncloa

Quemadas Valencia y Murcia por su petición de rescate y enfangadas por cientos de casos de corrupción (a pesar de que esto, y a pruebas me remito, nunca ha sido obstáculo en la política española) los llamados barones populares están muy tocados. De Cospedal bastante tiene con lo suyo. Andalucía es un desierto. De la quema, se salvan Esperanza Aguirre y el eterno Galardón. Entre ellos dos, Aguirre es difícilmente vendible fuera de Madrid por sus formas y por representar la derecha ultraliberal más chusca del territorio estatal. Su eterno rival, Alberto Ruiz-Galardón parece ahora, desde el Ministerio de Justicia, decidido a quitarse una máscara de moderado que su discurso y buena parte de la prensa pseudo progresista madrileña habían contribuido a fraguar durante los últimos años. Cuentan las crónicas que su padre le comentó una vez a Fraga: «si quieres conocer a un conservador de verdad, habla con mi hijo». Gallardón terminó por ser el niño bonito del León de Vilalba.

En segunda línea, en silencio y sin heridas de las que lamentarse está Alberto Núñez Feijóo. Con su cara de niño de colegio de pago. Su discurso impecable y exento de cualquier cariz ideológico. Simplemente porque Núñez Feijóo carece del mismo, más allá del estribillo machacón de que la gestión privada es siempre preferible a la pública. Y está, por supuesto, su fama de tecnócrata y buen gestor. La misma que le permite acudir por igual a foros moderados y ultraconservadores sin correr riesgo alguno.

Pero antes de lanzarse a la conquista de Madrid, Alberto debe asegurarse Galicia por cuatro años más. De ahí sus prisas en una reforma autonómica que tendría consecuencias estatales por lo que de imitación puede tener y por los réditos en términos electorales y mediáticos que a su impulsor le reportaría. De cara a la batalla, pocos en medio de la peor crisis de las últimas décadas podrían presentar unas credenciales semejantes.

Feijóo, aunque todavía presidente gallego, sueña con Madrid. Allí pasa buena parte de la semana. Allí no tiene que andarse con los pies de plomo ante la esquizofrenia identitaria de una comunidad-nación como Galicia. De concretar sus aspiraciones, sería el tercer gallego en lograrlo. Dicen que no hay dos sin tres. Aunque vistos los antecedentes, alguien podría pensar si la capacidad de Galicia para producir dirigentes del reino ha devenido ya en maldición.

@diegoebarros

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