achtungrafías, artes | letras, carrusel, literatura, relatos — 30 junio, 2020 at 0:25

Nacional 340

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Ella le preguntó si iba a quitarse la ropa de una vez, pero definitivamente no le contestaba. Por alguna razón no lo hacía. Ella le gritaba que se la quitase pero simplemente aquello se mantenía bloqueado en alguna parte.

En ese mismo lugar hay un agujero muy profundo que huele a agua salada y en el que la arena tiene la fuerza suficiente para lazarse contra la piel y abrirla, aunque, claro, eso no era algo que ella pudiese hacer sola. La arena era empujada por un cuerpo delgado y hermoso en el que el hábitat era impredecible.

Dejó de oír la voz de ella y cuando parpadeó estaba justo en ese agujero. Era un lugar muy extraño, y no había estado en él nunca, pero se sentía, extrañamente, resguardado y seguro.

Justo al frente de él había un espejo redondo, suspendido en el aire. Detrás del objeto, alrededor, o encima, no había nada. Se acercó lentamente, pero no existían reflejos, siquiera el del suelo, que estaba cubierto de arena y se extendía hacia el infinito gris que lo rodeaba todo en mitad de aquella nada.

Foto: Miriam Espacio
Foto: Miriam Espacio

 

No estaba pensando nada, su cabeza parecía en un estado de inactividad extraño, reaccionando de manera automática y sin prestar atención a los detalles. Metió su mano en el bolsillo y encontró un paquete de cigarrillos. Lo abrió y extrajo uno, posándolo en sus labios justo antes de encenderlo.

En el espejo se comenzó a dibujar la silueta del humo y tras ella unos ojos grandes y redondos, marrones y de aspecto dichoso. Esos ojos se presentaban familiares para él, pero no los consiguió colocar en ninguna parte, como si fueran una más de esas cosas que se tienen y se aprecian de forma inherente sin tenerlas en cuenta.

Sin prestar atención a lo que hacía, centró la vista en la profundidad de esos ojos, y consiguió ver algo dentro, una figura azul que los enciende más si cabe y les da un aspecto mucho más hermoso del que ya tenían. Los ojos parecen besarle, y él siente como eso sucede. Comienza a sentirse nervioso y trata de intentar descubrir de qué parte de su memoria vienen, pero sigue siendo una tarea imposible.

Dio una vuelta alrededor del espejo, y esos ojos le seguían encendiéndose cada vez más. Se terminó su cigarro, lo pisó y decidió encontrar algún lugar al que ir o alguna manera de salir de ahí, algo que no fuese esa infinidad grisácea extraña y cubierta de arena.

El espejo explotó al darle la espalda y el lugar en el que se encontraba se volvió más grande y oscuro. La arena se comenzó a mover bajo sus pies, dando a lugar a grietas. Él intentó no toparse con ellas, pero cuando quiso darse cuenta, no suponían nada. Sus pies se suspendían en el aire como aquel espejo.

Sin embargo, decidió caminar por la arena, dejando todo aquello atrás. Cuando llevaba un pequeño rato tratando de divisar algo y, al fondo de la más absoluta de las ausencias, pudo observar cómo el gris parecía tornarse en azul cian, y se dirigió hacia allí. La superficie uniforme parecía inmutable, desapareciendo las huellas que marcaban su recorrido con cada nuevo paso, pero pareció ver algo que contrastaba con la arena.

Se siguió sintiendo extraño, aquel lugar no era para nada conocido y, además, era muy desconcertante, pero, aun así, no había nada que pusiera en peligro su integridad, por lo que se dirigió hacia ese claro que pudo observar anteriormente allá a lo lejos.

Anduvo por un largo rato, casi perdió la cuenta de sí mismo, pero llegó hasta allí, y encontró una extensa carretera con unas líneas amarillas discontinuas que acompañaban el recorrido del asfalto y no supo muy bien cómo enfrentarse a ello. Sacó un nuevo cigarrillo que encendió y siguió el camino de la vía por el arcén, observando de vez en cuando si venía alguien, aunque él sabía que no vendría nadie. Todo aquello parecía la obra de una sola persona para sí misma. Se sintió intruso en ese momento, pero tampoco entendía qué hacía allí ni cómo salir.

—Oye, tú.

Él trataba de encontrar la voz que le enfocaba sus palabras, pero se antojaba complicado. Por mucho más que lo hacía no conseguía localizar el sonido, parecía proceder todas partes a la vez.

—Todos uno, y yo sigo aquí y siempre estaré cuando no mires.

Apareció un coche en la lejanía y justo al toparse junto a su cuerpo cansado se paró, abrió la puerta del copiloto y una mujer con unos ojos marrones, redondos y dichosos lo invitó a subir.

—Sube chico, pareces cansado.

—Lo estoy.

Subió y lanzó el cigarrillo por la ventana tras eso.

De repente todo comenzó a moverse de una forma muy extraña, la carretera se curvaba, la arena se amontonaba a los lados de la vía creando túneles.

—Vaya, parece que va a oscurecer pronto.

La voz de la chica extrañamente entraba en el oído y se alojaba en la parte posterior del cuello, bloqueando a la persona que la estaba escuchando, que se echaba hacia atrás en su asiento, cerrando los ojos, mientras el vehículo circulaba a toda velocidad por aquella senda.

—¿Te apetece explotar?

—Me apetece explotar.

La chica se lanzó contra una de las paredes de ese túnel chillando, y, por un instante, para él, aquel sonido fue la misma llave de las puertas del infierno. Ambos salieron despedidos destrozando la luna delantera del vehículo, chocando contra el túnel sus cuerpos y explotando todo, como si de fuegos artificiales se tratase, mientras en su cabeza solo tenían lugar las imágenes de aquel cuerpo delgado y hermoso que movía la arena.

Él solo podía abrazarse y pensar que todo eso era un sueño extraño en el que había entrado.

De repente ella volvió a decirle que se quitase la ropa. Un cuerpo delgado y hermoso comenzó a desnudarse. La explosión había acabado con todo mientras en un espejo se refleja el humo.

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