carrusel, música — 26 febrero, 2013 at 10:00

El adiós de Kevin Ayers

por

Por Antonio Jesús Reyes 

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En la infinidad de recovecos que la música encuentra en el alma, Kevin Ayers ocupa un lugar especial para muchos. Kevin está entre el selecto grupo de músicos que sin éxitos comerciales relevantes (las cifras, las inútiles cifras) ocupa un puesto de honor en el olimpo de la música popular contemporánea. El secreto era que Kevin tocaba lo que le gustaba. De ahí que jamás consideró otra profesión que no fuera la de músico. También está aquella rotunda afirmación “No puedo componer a menos que esté enamorado. Siempre ha sido así. Si no estoy enamorado, nada tiene sentido. Me falta la energía”.

Aunque nacido en Inglaterra (1944, Herne Bay, Kent) vivió hasta los doce años en Malasia, donde el clima y la vida marcó su personalidad. De vuelta a Inglaterra, allá en Canterbury formó dos bandas; The Wilde Flowers (que sería el comienzo de la banda Caravan) y The Soft Machine, que con el permiso directo de William S. Burroughs para usar el nombre de su novela… ¡Qué tiempos aquellos! Junto con Pink Floyd, serían las dos bandas principales del underground londinense. El legado de Ayers en Soft Machine es su primer álbum homónimo y un par de singles. Tardó poco en dejar la banda, eso sí, amistosamente. Fue tras una agotadora gira con Jimi Hendrix por los EEUU cuando Kevin dijo adiós al grupo y se refugió en Ibiza donde empezó a componer para sí mismo, nunca mejor dicho. La ruptura con la banda estaba justificada, ya que las composiciones de Ayers resultaron ser mucho más accesibles que el jazz psicodélico de The Soft Machine. Así, Joy Of A Toy (1968) resultó ser una maravilla que conjugaba pop, folk, psicodelia y algo de The Soft Machine, con ellos mismos merodeando con sus instrumentos en el estudio de grabación. “Girl On A Swing” y “Stop This Train (again Doing It)” son los dos extremos de este brillantísimo debut, que es ni más ni menos que una obra maestra, sencilla y sin aspavientos. Aquí se puede encontrar la esencia del sonido Kevin Ayers: juegos de palabras, optimismo, ironía, una astucia elegantísima y también una manera de enfrentarse a las canciones de manera despreocupada que paradójicamente, sería un sello de identidad, de ahí el laconismo de “May I?” (Shooting at the Moon, de 1970) el atrevimiento repentino en una cafetería que le dio a Kevin la fama de dandy.

Le seguirían más obras brillantes, alejado de la atención de la industria discográfica. Su discografía es, para algunos irregular, para otros “hasta los discos malos de Kevin Ayers son buenos”. Su voz de barítono mágica y tranquila, el folk psicodélico, rock, pop, vaudeville y todo lo que se le pasara por la cabeza y el corazón inundan la veintena larga de discos que publicó. Shooting At The Moon, Whatevershebringswesing, Yes We Have No Mañanas son algunos ejemplos de la brillantez creativa del que se convirtió en mucho más que un ex-Soft Machine. Por eso músicos de varias generaciones rinden pleitesía a la obra Kevin Ayers. El elenco de artistas que colaboraron con Ayers es asombroso: Elton John, Brian Eno, Andy Summers, Mike Oldfield, Syd Barrett… Algo debería tener el de Kent para atraer a tantos y tan variados. Hubo más: The Ladybug Transistor, Teenage Fanclub, Neutral Milk Hotel, Gorky’s Zygotic Mynci, por nombrar sólo a aquellos que colaboraron en el maravilloso The Unfairground (2007). Quince años de espera que merecieron la pena. Este trabajo se tornó la semana pasada en el último de su vida.

Hará dos años que se le intentó entrevistar para Solo En Las Nubes, por su conexión con Syd Barrett. Su manager, amablemente nos informó de que no podía dar entrevistas, que estaba alejado del mundo de la música. Sonaba a eufemismo. De todos modos, poco imaginaríamos que a los 68 años nos dejara Kevin Ayers así, tras una vida ociosa, nada exenta de excesos, entre Ibiza, Mallorca y Francia. Una vida ociosa, pero repleta de grandes canciones. Junto a su cama en su casa de Montolieu, una romántica nota manuscrita desafortunada decía “no se puede brillar sin arder”. Desafortunada, porque lo dejó escrito un artista que brillaba por sí solo con sólo hacer sonar su voz y su guitarra

A este músico único, genio, tranquilo, elegante, loco, superficial, surreal y profundo, Julián Palacios, pintor, músico, autor de la mejor biografía que hay de Syd Barrett, le ha dedicado un epitafio sin igual:

Kevin Ayers descorchó su última botella y partió por mar a la gran Deià celestial. Un músico que nunca se tomó la música, la vida, ni nada demasiado en serio, disfrutando a cada segundo que pasaba. El trovador tranquilo; de pausadas entregas, de guitarras junto al río en verano… Ayers jamás hizo nada para llamar tu atención. Simplemente esperó a que pasaras y te unieras. Grande entre los más grandes. 

Como el arpa de la Rima VII de Becquer, así quedarán su guitarra y su bajo.

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