ACHTUNG!, achtungrafías, carrusel, miradas, opinión, Por Condensación — 3 noviembre, 2021 at 10:50

Miguel Gómez: El hombre que no pudo pasar a la historia, porque la historia te rechaza si te llamas simplemente «Gómez».

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Miguel Gómez: El hombre que no pudo pasar a la historia, porque la historia te rechaza si te llamas simplemente «Gómez».


Con todo el dolor, comunicamos el fallecimiento de nuestro colaborador Enrique García Segovia.
Desde ACHTUNG! queremos trasladar el pésame a sus familiares en estos momentos tan difíciles. Sirva de homenaje esta publicación, recibida poco antes de su pérdida, con la gratitud por los momentos compartidos y la tristeza de aquellos proyectos que se han quedado en el tintero. Compañero, que la tierra te sea leve.

Sepa el lector que la verdadera fiesta nacional española no es otra que la guerra civil, que cada cierto tiempo fertiliza con copiosa sangre el solar nacional para lograr mejores cosechas de ignorancia, fundamentalismo, injusticias y estupidez. Traemos hoy aquí lo sucedido en una de estas guerras civiles, tan del gusto de los españoles, una a la que alguien se refirió alguna vez como «una guerra romántica y cruel». Romántica porque coincidió con el movimiento literario homónimo y cruel porque los españoles nos entregamos con verdadera pasión a nuestra fiesta nacional.

Nació nuestro protagonista en Torredonjimeno, Jaén, en 1785. Le tocó vivir el cambio de régimen, entre la monarquía absoluta y la constitucional, si bien puede deducir el lector por lo avinagrado del gesto que no fue nuestro hombre uno de los defensores de las nuevas ideas políticas que a tantos entusiasmaban. También es verdad que la boina de chapa da pistas sobre su adscripción al bando carlista, defensor de la monarquía absoluta y de los fueros tradicionales en País Vasco, Navarra u otras regiones frente a la legislación centralista de Madrid.

Tomás Zumalacárregui. Retraro de Adolphe Jean-Baptiste Bayot
Tomás Zumalacárregui. Retraro de Adolphe Jean-Baptiste Bayot

 

Resultó un buen general, aprendió mucho con el absurda y prematuramente finado Zumalacárregui, el mejor general con mucho de los carlistas, e ¡inventó algo muy parecido a la guerra móvil un siglo antes de que los alemanes empezaran a plantearse siquiera la cuestión! Veamos cómo ocurrió.

En junio de 1836 el cuartel general del pretendiente al trono, don Carlos (descerebrado hermano menor del felizmente finado Fernando VII, el rey felón) entregó a Gómez el mando del Ejército Real de la Derecha (no sea mal pensado el lector, también había uno de la Izquierda, aunque menor), compuesto por los batallones 2º, 4º, 5º y 6º de Castilla, un pelotón de granaderos pasados desde el bando liberal (en total unos 2700 hombres de infantería predominantemente ligera) y dos escuadrones de caballería (180 jinetes) expertamente mandados por el brigadier Villalobos, excelente caballista y gran tirador. Su misión era sublevar Asturias, en donde se creía erróneamente que había gran número de simpatizantes carlistas, y la de, habiendo logrado lo anterior o no, refugiarse en Galicia antes de volver a intentarlo en su caso, donde además quizá podría aumentar sus efectivos con algún descarriado guerrillero miguelista, el bando derrotado en la guerra civil portuguesa dos años atrás e igualmente defensor de la monarquía absoluta. Y allá que fue Gómez.

Tras cruzar el Ebro por tierras de Burgos, acaso por despistar, se metió como una cuña entre los montes de León y los de Cantabria, apareciendo repentinamente en Oviedo y haciendo desfilar a sus hombres por las calles de la ciudad ante la sorpresa e incertidumbre general de los ovetenses. Rápidamente salió contra él Espartero, general liberal, con fuerza sobrada como para triturarle. Pero cuando llegó el escurridizo Gómez ya no estaba allí, se le había escapado de entre las manos, tomado Santiago de Compostela, donde sí había gran número de partidarios carlistas, y por añadidura capturado un convoy que custodiaba ocho mil duros para el pago de soldadas del ejército liberal.

Miguel Gómez Damas. Dibujo de Isidoro Magués
Miguel Gómez Damas. Dibujo de Isidoro Magués

 

Pero, naturalmente, Gómez no permaneció allí mucho tiempo, pues era consciente de que Espartero seguía sus pasos. Así pues, metiéndose por aldeas perdidas, montes ignotos, breñas imposibles y terrenos sólo transitables por víboras (por víboras con sentido del equilibrio), la anguila humana y los suyos consiguieron una vez más su objetivo, en parte gracias a algún error estratégico de su perseguidor. Espartero llegó a Galicia, pero para entonces Gómez ya estaba en León, ciudad desguarnecida en la que entró sin disparar un solo tiro. Allí se aprovisionaron de armamento, provisiones y atuendo, es de suponer que ya entre chascarrillos y frases poco halagüeñas para el sufrido general Espartero.

Quizá Gómez estaba por entonces algo crecido, quizá harto de ser siempre el que huye, pero lo cierto es que estando en León quiso la capra hispánica carlista tender una emboscada a su perseguidor, en Riaño, a donde éste se acercaba a la mayor velocidad que podía. Pero Espartero puede que careciera de características trepadoras de quebrados barrancos, pero era un buen general, y fue él quien sorprendió con su caballería a los emboscados, dispersando sus formaciones, haciéndoles muchas bajas y obligándoles a una retirada en condiciones dramáticas a través de los puertos de los Picos de Europa, en circunstancias que acaso hicieran pensar a algún esforzado guerrillero en Aníbal en los Alpes. No perdieron elefantes, porque elefantes no llevaban, pero sí buena parte de la tropa, que se fue quedando por el abrupto e imposible camino.

Mas, por supuesto, Gómez no se dio por vencido. Pues hasta ahí podíamos llegar. Así, tras reagrupar a las maltrechas fuerzas que le quedaban, se puso de nuevo en movimiento y apareció por las llanuras palentinas. Y allí se planteó la cuestión fundamental: ¿Qué hacemos? ¿Seguimos con nuestras instrucciones y volvemos a Asturias (donde hemos comprobado que no tenemos quien nos apoye), y luego a Galicia, a esperar que Espartero nos dé caza? ¿O nos apartamos de las órdenes recibidas y nos dedicamos a hostigar a los liberales por donde menos nos esperen, con la intención de obligarles a distraer fuerzas del Frente Norte, sobre todo ahora que se ha producido un golpe de estado en Madrid (en realidad en Segovia: sargentada de La Granja, por la que se volvía a poner en vigor la constitución de 1812) y es posible que el gobierno de la reina regente se esté tambaleando? Es obvio que cualquier persona con cerebro hubiera elegido la opción dos, y Gómez y los suyos también supieron tenerlo.

Así pues se dirigieron a Palencia capital, por las planicies castellanas y bajo un asfixiante calor estival. La ciudad se entregó sin lucha (¿acaso también sin enterarse? ¿hora de la siesta?), pero los carlistas llegaron en pésimas condiciones a causa de la solanera castellana. Mas Espartero y su lugarteniente, Isidro Alaix, venían detrás. De modo que, hombre de ingenio, Gómez requisó todas las caballerías y carruajes de la zona, montó en ellos a su poco numerosa tropa, y salió raudo hacia el sur. Cuéllar, Sepúlveda y Puerto de Somosierra (a unos 100 km al norte de Madrid). Espartero empezó a dar muestras de debilidad ante aquel correcaminos humano, y de hecho sufrió un cólico nefrítico, de modo que tuvo que retirarse por el momento de la dura persecución y poner a Alaix al frente de la misma.

Para entonces Gómez estaba ya atravesando los páramos de Atienza, acabando por plantarse en Jadraque de Guadalajara, en donde algunos partidarios le avisaron que se aproximaba al lugar una gran fuerza compuesta por elementos de la Guardia Real (soldados de élite), al mando de Narciso López. Pero López no era Espartero, y acostumbrados los carlistas a lidiar con y huir del correoso Espartero, causaron una estrepitosa derrota a las unidades de la Guardia. Capturaron más de mil prisioneros, incluidos el propio López y cuatro de sus coroneles, y le tomaron toda la artillería y la impedimenta. Desembarazados ya de quien les persiguiera (¿se sentirían extraños? ¿acaso incómodos?) atravesaron la Alcarria para aparecer por Utiel, en donde, tras cortar la carretera entre Madrid y Valencia, se les unió el famoso guerrillero Ramón Cabrera (a) El Tigre del Maestrazgo. Cabrera se hizo cargo de los prisioneros y los envió a Cantavieja, su bien defendida capital. Una extrañeza, quizá fruto de la euforia del momento, porque lo normal en tal individuo era fusilar al enemigo vencido, para que no volviera a ser enemigo, ni vencido.

Miguel Gómez Damas. Grabado de José Gómez, 145 x 114 mm Inscripción a pie de imagen: "El gefe carlista gen[era]l Gómez"
Miguel Gómez Damas. Grabado de José Gómez, 145 x 114 mm Inscripción a pie de imagen: El gefe carlista gen[era]l Gómez

 

Porque Cabrera si por algo fue conocido era por el ensañamiento, la ferocidad y la mucha sangre que hizo correr durante la guerra. Se considera que durante la misma ejecutó personalmente a 1110 prisioneros de guerra, amén de unos 100 oficiales y un número indeterminado de civiles, incluyendo cuatro esposas de líderes del bando contrario. Si Cabrera te hacía la guerra se la hacía hasta a las letras de tu nombre.

Después del encuentro de Utiel los carlistas intentaron tomar Requena, aunque sin éxito, pero sí lo lograron en Albacete. Por aquellos días en la corte de Madrid el estupor ante los movimientos de la culebra carlista había dado paso a una cierta preocupación. La reina regente encargó a Espartero defender la capital, en tanto que Diego de León reforzaba a Alaix en la dura persecución del imprevisible Gómez. Y fue Diego de León el que consiguió alcanzar a éste en Villarrobledo, lugar en donde, sin duda por alguna razón, se encontraban entonces Gómez y los suyos, arrasándolos en una carga de húsares que provocó gran matanza entre los carlistas, y haciéndoles además unos mil prisioneros.

Como el lector supondrá, la respuesta a este descalabro por parte del casi inaprensible Gómez no fue otra que la de desaparecer raudo y reaparecer por Villanueva de los Infantes, Úbeda y Bailén. A principios de otoño cruzaron el Guadalquivir por el puente de Alcolea y se plantaron frente a Córdoba, ciudad bien guardada y amurallada, pero en la que tras cuidadosa inspección un guerrillero de Ramón Cabrera descubrió que una de las puertas tenía los cerrojos flojos y mal echados (¿competencia municipal? ¿de la Junta de Andalucía?), de modo que ayudados por hachas y mazos echaron abajo la puerta y el brigadier Villalobos irrumpió con sus jinetes por la atemorizada ciudad, aprovechando algunos partidarios que los carlistas tenían en la misma para salir a la calle, festejar y unirse a los de Gómez. Capturaron unos dos mil prisioneros en la misma, utilizando sus armas e impedimenta para equipar a todos los partidarios que allí se les unieron. Con todo, también hubo bajas, en especial en la persona del propio Villalobos, que fue tiroteado y muerto desde una posada, posteriormente incendiada con sus defensores dentro. Esa noche hubo repique de campanas y solemne tedeum en la mezquita catedral, para gozo de beatos y satisfacción de retrógrados facciosos.

Sin embargo, ¿estaban Gómez, Cabrera y los suyos seguros en Córdoba? De ningún modo. Habían logrado plenamente su objetivo, buena parte de las fuerzas militares de Madrid habían abandonado Navarra, el Maestrazgo y el País Vasco y, en su mejor momento, 25000 soldados liberales corrían por aquí y allá a la caza del escurridizo Gómez. Era un rapidísimo y ágil ratón perseguido por mil gatos, cada uno de los cuales podía desgraciarle de un zarpazo si le alcanzaba. En tanto en cuanto los carlistas se movieran por empinadas montañas y terreno abrupto llevaban ventaja y se movían con mayor rapidez que sus perseguidores. Ahora bien, en el momento en que una ejército de los liberales pudiera alcanzarles en terreno llano, en especial con caballería, como hiciera Diego de León en Villarrobledo, estaban perdidos. Y es evidente que en la Península Ibérica las abundantes montañitas y cordilleras están separadas por otras tantas planicies.

De hecho, pronto supieron que sobre ellos caían dos ejércitos liberales, el uno desde Extremadura y el otro desde Málaga. Eligieron el de Málaga y vencieron con poco esfuerzo a las tropas del general Escalante en Alcaudete. Fue por entonces que empezaron a ser palpables las diferencias de, digamos, criterio entre ambos líderes. Ramón Cabrera, que de propio era un bestial cafre, se había convertido en un energúmeno ávido de sangre cuando supo que los liberales habían fusilado a su madre en febrero de ese mismo año (salvajada en venganza de otra barbaridad carlista, relacionada con cierta brutalidad liberal, en pago por una anterior atrocidad carlista. Ríase el lector de Sicilia y sus venganzas). Gómez era más sensato, o menos criminal, y como es natural, acusado de «blando» por los de Cabrera. Gómez quiso canjear los prisioneros de Córdoba por otros carlistas, pero el mando de Madrid no lo autorizó, de modo que los de Cabrera empezaron a fusilar non-stop. Finalmente Gómez, autoridad máxima de la expedición, paró la escabechina y liberó a los supervivientes, para evitar que retrasaran su marcha. Cabrera nunca se lo perdonó.

Dámaso Calbo y Rochina de Castro (1845) Historia de Cabrera y de la guerra civil en Aragón, Valencia y Murcia
Dámaso Calbo y Rochina de Castro (1845) Historia de Cabrera y de la guerra civil en Aragón, Valencia y Murcia

 

Tras reavituallarse la tropa carlista intentó una marcha relámpago  contra Madrid (¿blitzkrieg?), pero en Madrid no eran tontos e hicieron ocupar posiciones al general Rodil con diez mil hombres de la Guardia Real para impedirlo. No obstante, Rodil se demostró un incompetente que únicamente fue capaz de ocupar físicamente el espacio necesario para interponerse entre los de Gómez y Madrid. Los carlistas acabaron cachondeándose de él y llamándolo el «General Marchas Paralelas«, pues esa parecía ser su única estrategia: seguir a distancia y observar al enemigo, pero no atacar, pese a su clara superioridad. Esto permitió a Gómez culminar la brillante operación por la que tomó la ciudad y minas de mercurio de Almadén.

Lo de Amadén valió por muchas victorias, porque las minas, faltaría más, estaban arrendadas al capital extranjero, en concreto a la casa Rotschild, y el cambio de manos de las mismas provocó airadas demandas de explicaciones por parte de quienes, entonces como ahora, mandan de verdad, amén de provocar un notable descenso de cotización de los empréstitos españoles en Londres. Esto es, hizo replantearse a Europa si de verdad estarían apoyando al bando que resultaría ganador de la guerra. El embajador británico se puso hecho un basilisco y hubo que destituir a Rodil para reemplazarlo por Narváez.

Después de lo de Almadén la tropa de Gómez fue siguiendo la línea del Guadiana para llegar al Monasterio de Guadalupe, cuartel general de los milicianos liberales de Extremadura, que salieron corriendo nada más ver a los carlistas. De allí llegaron a Cáceres, que tomaron, produciéndose poco después cierto episodio largamente anunciado, el definitivo desencuentro entre Gómez y Cabrera. Ambos líderes marchaban en cabeza de las tropas, acaso por vigilarse mutuamente. Gómez, más astuto, simplemente esperó a que las tropas de Cabrera estuvieran lejos y, rodeado de sus hombres, le dijo algo parecido a eso de «Oye, que o te vas o te vas, elige». Y Cabrera se tuvo que ir, a Cantavieja, que encontró sitiada por las tropas de Evaristo San Miguel y que acabó por caer (no sin dar lugar a una nueva ronda de venganzas y contravenganzas).

Tras el divorcio entre ambos líderes Gómez siguió con su desconcertante y efectiva estrategia, evitando mayores enfrentamientos con los liberales y paseándose por Écija, Ronda, Osuna, Arcos de la Frontera, Pedro Muñoz y el Burgo de Osma. Como consecuencias colaterales logró hechos tan surrealistas como que muchos municipios peninsulares dispusieran de dos ayuntamientos, uno para recibir a las tropas de Madrid y el otro para recibir a las de Gómez. Finalmente regresó al país vasco-navarro en diciembre del mismo año, con unos tres mil hombres, pero de ningún modo los mismos tres mil con que había salido. ¿Qué honores le esperaban entre los suyos tras el gigantesco caos que había logrado producir en el bando contrario? Pues que el pretendiente idiota, Carlos María Isidro, beato entre los beatos e imbécil entre los imbéciles le juzgó y encarceló por no haber cumplido las ordenes que le habían sido dadas. Así paga España a quienes bien la sirven.

Pablo Antonio Béjar Novella - Francisco Pi y Margall; Francisco Pi y Arsuaga 1902. Historia de España en el siglo XIX, II, Barcelona: Miguel Seguí. Editor
Pablo Antonio Béjar Novella – Francisco Pi y Margall; Francisco Pi y Arsuaga 1902. Historia de España en el siglo XIX, II, Barcelona: Miguel Seguí. Editor

 

La guerra acabó tres años más tarde, con el Abrazo de Vergara, zafio paripé por el que teóricamente no había vencedores ni vencidos, si bien el necio pretendiente había cruzado la frontera francesa el 14 de septiembre de 1939, y jamás volvería a cruzarla en sentido contrario, para bien general del país. A los oficiales carlistas que reconocieran a la reina Isabel se les ofreció el mantenerles grados, condecoraciones, sueldos y honores. Naturalmente, los que estaban en posesión de algo de dignidad se negaron, Gómez entre ellos, exiliándose en Francia. El sangriento y perturbado asesino Cabrera intentó continuar la guerra por su cuenta durante algún tiempo, pues a él con que hubiera a quien fusilar le bastaba, pero eventualmente tuvo que exiliarse igualmente en Francia, donde residió durante varios años en Lyon, recibiendo por alguna razón una pensión del gobierno francés.

Cabrera participó, contra su voluntad pero siguiendo las órdenes del nuevo pretendiente, en la breve Segunda Guerra Carlista, abandonando su cómodo y bien financiado retiro para dirigir y levantar partidas por los montes de Cataluña en 1847 y 1848. Entretanto a Gómez, que también había vuelto a la península para la nueva edición de guerra fratricida, le tocó el hueso difícil de roer de sublevar Andalucía, misión poco menos que imposible contra la que estuvo bregando como Comandante General de Andalucía entre 1846 y 1849. Tras el fracaso de la intentona ambos se vieron obligados a nuevos exilios, Gómez nuevamente en Francia en tanto que Cabrera acabó en Inglaterra.

Gómez murió en la más extrema pobreza, mínimamente mantenido en Francia por algunos partidarios. En 1864, y pensando principalmente en su esposa, se resignó finalmente a bajarse los pantalones y dirigió un escrito a Isabel II, reconociéndola como reina única de los españoles, solicitándole algún tipo de subsidio para tener con qué comer todos los días. Recibió la negativa por respuesta «en razón a haber terminado los plazos marcados para esta clase de recomendaciones». Murió ese mismo año, y el final de su esposa fue aún peor, pues una vez los carlistas en el exilio francés conocieron la carta dirigida a la reina se negaron a seguir dando limosnas ocasionales a la viuda, que murió poco después en la más abyecta miseria.

Por el contrario, el sádico asesino Ramón Cabrera se había casado en Inglaterra en 1850 con Marianne-Catherine Richards, rica heredera catorce años más joven que él y de religión protestante, circunstancia quizá algo extraña para un feroz y paranoico defensor de la fe católica. Disfrutó de un dorado exilio en Wentworth, cerca de Londres, apoyando económicamente a los suyos durante la Tercera Guerra Carlista y siendo figura pública y de cierta fama hasta el fin de sus días. Visitado por políticos y periodistas, lo  fue incluso por Alfonso XII, en 1874 o 1875, circunstancia que el monarca aprovechó para confirmar al provecto guerrillero en los títulos nobiliarios que el propio Cabrera había solicitado a Carlos VII, pretendiente del tercer intento carlista, cuando le apoyó económicamente con los dineros de su joven esposa. Se trataba de los de Conde de Morella y Marqués del Ter, que hoy siguen disfrutando los sucesores del salvaje. Fue pintado por John Prescott Knight, afamado retratista británico coetáneo, está enterrado en el cementerio de Virginia Water, en Surrey, dispone de una bonita lápida con su monograma como Conde de Morella en lo que fue su mansión de Wentworth, y cuenta con una estatua ecuestre en el castillo de Morella (Castellón). Es dudoso, por otra parte, que nadie conociera jamás en qué pútrido pozo o cuneta acabaron los restos del genial Gómez y su esposa, antes de disolverse y desaparecer entre detritus y más detritus.

Y, puestos a tener, Gómez no tiene ni un apellido sonoro y característico que perpetúe su figura en la Historia. Cabrera sí.

 

 

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