ACHTUNG!, arte, carrusel, danza, escena — 20 noviembre, 2021 at 10:19

Maldición de los hombre de Malboro de Isabel Vázquez, o cómo ir más allá de parodiar a las masculinidades hegemónicas

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Se representó en el Teatro Municipal el Juan Rodríguez Romero (Dos Hermanas, Sevilla), La Maldición de los Hombres de Malboro, de la mano de Isabel Vázquez. Un trabajo que ha sabido encajar, perfectamente, dentro de la programación de actividades del Ayuntamiento de Dos Hermanas, en el contexto de la celebración del Día Contra la Violencia de Género que se hace cada 25 de noviembre.

Es un hecho que en los últimos años se ha estado oyendo hablar de la irrupción de las nuevas masculinidades, y aunque ello todavía no me ha quedado del todo claro en qué se traduce a medio y largo plazo, el caso es que todo el mundo ha de sentirse interpelado, y más si cabe, las personas que se nos ha asignado el género masculino al nacer. Lo digo porque este tipo de trabajos, consiguen hacerse imprescindibles al usar como premisa el nacer con una genitalidad determinada, te “responsabiliza” a seguir una suerte de “normas de género” a las cuales moverse desde la disidencia, es la opción más equilibrada.

Para llevar a cabo lo anterior, La Maldición de los Hombres de Malboro, acierta en parodiar todos los estereotipos de lo que se han asociado con las masculinidades hegemónicas sin dar “moralinas”, ni caer en hacer un panfleto amarillista. Cosa que agradezco, siendo que no sólo denota un gran respeto a la inteligencia de nosotros los espectadores; sino que además, porque se limita a mostrar lo ridículos y contingentes, que han sido muchos de los comportamientos que se han reproducido en esta sociedad cisheteropatriarcal. Hasta el punto, que se han querido vender como si fuesen naturales, y a quiénes se les haya asignado al nacer el género masculino y se salgan de sobremanera el marco de lo posible y pensable, serán dehumanizados.

Foto: Luis Castilla
Foto: Luis Castilla

 

Esto es fruto de esta limitada y limitante lógica binaria de género, en la cual no cabe el reconocimiento de que “no hay dos géneros, sino una gran multiplicidad de ser sexual en este mundo” (algo parecido llegó a decir la filósofa estadounidense Judith Butler). Ahora bien, en esta pieza de esta bailarina, docente y creadora andaluza, se centra en lo perniciosos que han sido estos comportamientos de las masculinidades hegemónicas, por lo que ahora más que nunca, han quedado en una posición  trasnochada y casposa. Lo cual nos induce a repensar el qué hacemos en una época en que las reivindicaciones de las diversas corrientes feministas cada vez han cobrado mayor visibilidad, como también, lo que supone el que los colectivos LGTBI no han hecho más que ampliar la definición de lo que es un ser humano al señalarnos las claras diferencias que hay entre la identidad de género, inclinación afectivo-sexual, la expresión de género y la condición biológica en cada ser humano.

Considero que lo anterior es algo que siempre ha de tenerse presente, para poner en orden premisas que están haciéndose su lugar en el foro público que compartimos en los día que corren en los países occidentales. No obstante, ello no entra en contradicción con ser críticos con las consecuencias del funcionamiento de los mecanismos de este sistema cisheteropatriarcal en el que aún vivimos. Esto es: el que cada vez se haya avanzado en los países occidentales en lo que involucra a cosas tan elementales como el reconocer los Derechos Humanos de cada individuo (independientemente de su identidad de género o la inclinación afectivo-sexual), no hemos de dejar de estar vigilantes porque ahora más que nunca, hay una guerra por hacerse con el relato que sustentará nuestro imaginario colectivo.

Foto: Luis Castilla
Foto: Luis Castilla

 

Entiendo que hoy por hoy, ha quedado demostrado que ya se han superado diversas barreras para que sean escuchadas las legítimas demandas provenientes de las corrientes feministas y de los integrantes de los colectivos LGTBI. Sin embargo, no han tardado en responder los portadores de los discursos más reaccionarios reclamando su lugar privilegiado en lo teórico y en lo material. Invito a que ello sea tomado con templanza, porque aquí no se trata de hacer un pulso sobre quien grita más fuerte, quien ocupa más territorios en lo “geográfico” (por así decirlo), o en número de “fieles”; sino más bien, de que si realmente se busca un cambio profundo en nuestra manera de relacionarnos políticamente y con nosotros mismos, hemos de incidir en la raíz que le ha dado origen a este sistema cisheteropatriarcal.

Y justo La Maldición de los hombres de Malboro nos ofrece un punto de partida idóneo, al no darnos respuestas precipitadas de cómo hacer desaparecer de una vez por todas, las consecuencias más perjudiciales de estos comportamientos hegemónicos. Así es cómo ver esta obra el día 18 de noviembre del presente año, me ha ayudado a entender una de las cosas en las que se han invertir esfuerzos, que es en desacreditar desde distintos frentes la naturalización de las masculinidades hegemónicas. Claro que lo anterior, me puede llevar a embarcarme a hablar de la necesidad desembarazarnos de una sociedad regida por dos géneros imperantes (como llegó a sugerir Simone de Beauvoir en el Segundo Sexo), como bien ha correspondido con algunos planteamientos, de algunas corrientes feministas o de algunas personas que integran los colectivos LGTBI.

Foto: Luis Castilla
Foto: Luis Castilla

 

De cualquier modo, centrarnos en eso nos dispersaría a la hora de focalizarnos en lo que se trata La Maldición de los Hombres de Malboro, porque sin dejar de tomarse en serio este tema, esta pieza despliega una serie de escenas que pasan de lo festivo, a lo dramático, e incluso por lo absurdo. Esa fue la forma en cómo nos ganan  como público, porque aunque no sea un trabajo que procure ser complaciente con nadie, es un hecho que el hacernos disfrutar de la manera en cómo lo hacen, ayuda a que se vayan “colando” una serie de estímulos que pueden dar a pie a que todos los que hemos integrado el público, retomemos un tema de suma trascendencia.

Se representó un trabajo que tiene solos, monólogos, sus momentos corales, o qué decir sobre cuando se lleva a cabo una coreografía  en que se demostraba que no hacía falta que todos estén haciendo exactamente lo mismo siempre, sin que ello sea leído como un descuido por parte de alguno de sus intérpretes. Desde luego ( que esta pieza que lleva numerosos pases, algunas nominaciones a nivel nacional,  y premios a nivel de Andaluz), expone una inteligencia y madurez a la hora de montar una cosa que nos es más familiar, y en esa medida, es muy difícil que algo destelle de la manera en cómo lo ha hecho La Maldición de los Hombres de Malboro.

Foto: Luis Castilla
Foto: Luis Castilla

 

Por supuesto que ello es más fácil de cristalizar si se cuenta con un elenco de seis intérpretes con una versatilidad que parece que no tiene límites.  Dado que fueron enlazando cada una de sus acciones en escena,  de tal forma en que nunca nos mostraban que sus cuerpos “hacían lo que podían”. Lo que me conduce a afirmar, que  esto es una de las cosas que se han  de tomar cómo imprescindibles en lo relacionado con una interpretación eficaz. Es decir: asumiendo que cada intérprete se desenvuelve en un marco más o menos delimitado, hay que tener la inteligencia en la dirección y en la interpretación, para que se tiende al infinito sea de donde sea que se se parta.

Lo cual entiendo que responde a que por lo menos en los solos, Isabel Vázquez habrá recogido las propuestas de sus bailarines, para conducirlas a dónde ella quería manejarlas acorde a la dramaturgia que ella se habrá representado durante el montaje de esta pieza. Sin olvidar, que aunque la Maldición de los Hombres de Malboro nos deja varias interrogantes, no se puede negar que estos comportamientos masculinos hegemónicos, ejercen una serie de dinámicas disciplinarias que quedan desacreditadas a poco se oiga el monólogo de Arturo Parrilla o el cómo se tratan los unos a los otros, a pesar que se supone que los personajes son “colegas”. Lo cual se terminan vertebrando, con que se haya desmontado visual y simbólicamente, el escenario en el que se habían movido hasta ahora, proporcionándonos un final que supo no banalizar lo antes expuesto, mientras se montaba una fiesta en la que apetecía sumarse por más complejo que resulte seguirles el paso a estos seis extraordinarios intérpretes: Ver La Maldición de los Hombres de Malboro será algo que agradezca siempre, a pesar de que hayan pasado unos años de su estreno, y ya me hayan contado algunas cosas hace un tiempo de este montaje.

 

 

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