ACHTUNG!, achtungrafías, carrusel, literatura, miradas, relatos — 27 octubre, 2020 at 1:52

Los invictos -segunda parte-

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Roto no contesta. Tampoco tiene mucho más que decir. Se quedan callados y siguen mirando hacia la barra del bar, que cada minuto que pasa se llena más de gente. Ahora, son ya dos filas las que esperan a ser atendidas.

Foto: Lance Grandahl
Foto: Lance Grandahl

 

Roto se acuerda de un pez que tiene dos filas de dientes para triturar mejor la carne. Y, sin embargo, piensa Roto, entre nosotros y la gente, el espacio se acrecienta. Debe de ser por su cara de puesto, o por el sudor, o por el cabreo de Gardié, que les resulta repulsivo.

—¿Cuántos maniacos conoces?

—¿Qué quieres decir?

—Justo eso… qué cuántos maníacos conoces.

—Joder, pero, ¿a qué te refieres con maníacos?

—Maníacos, esquizos, locos, pavo, gente que está muy mal. A mí me parece que esta peña no está bien. Joder, míralos. Están fatal. Todos espídicos, putas máquinas de ponerse speed. No han cumplido ni cuarenta y ya son alcohólicos o fans de meterse de todo. Mira el tonto ese de la barba, que anda todo el puto día con sus cuadernitos.

En ese momento, Gardié se incorpora a medias en su sofá para señalar con el dedo al tipo, que cruza la sala desde los baños hasta el enorme sofá circular de la entrada. Roto le coge de la americana azul oscuro y lo sienta justo antes de que el tío de la barba los saludé con cara de no haberse enterado de nada. Del bolsillo lateral de la chaqueta vaquera varias tallas mayor que su espalda sobresalen las anillas blancas y la cubierta de un cuaderno de notas. Con las luces, los múltiples y el filtro de éxtasis de sus pupilas, a Roto le parece que el cuaderno emite su propia luz a través de la pátina líquida y multicolor del barniz que cubre la tapa y que sus anillas no han acabado de enroscarse y todavía lo intentan.

—¿Tú has leído algo suyo? —preguntó Roto.

—¡Qué va! — responde Gardié elevando de nuevo los brazos como si quisiera ahuyentar la mera idea de hacerlo— Seguro que es una basura… bueno, a ver, yo qué sé, tío, igual el fulano escribe bien, pero es un chapas.

—No sé, tío, yo tampoco he hablado mucho con él. Sé que es amigo del poeta, el del sombrerito.

—¡Otro! ¡Otro! Tampoco enseña nada. Todo el puto día hablando de sus poemas y nadie ha visto ni una puta letra.

—Pero al menos no es un maníaco— dijo Roto. Había intentado hacer un chiste, o un medio chiste. Siente que la boca le pesa. Después de hablar, intenta remover la saliva acumulada debajo de la lengua. Se ha convertido, por efecto, de la pastilla, en una crema densa y pegajosa. Gardié no se entera:

—No estoy tan seguro. Hay que tener huevos.

—¿Para qué?

—Para llevar ese sombrero —sentencia— Antes andaba con la Schiller, mírala.

Señala a una alemana de pelo largo, casi gris, casi rubio, mejillas hundidas y labios afilados como diminutas navajas rojas. Está sentada en uno de los pocos taburetes de la barra, enreda con su móvil y no les presta atención.

—Esa sí que es esquizofrénica, de libro. Para mí que pasa dos semanas al mes en un manicomio y las otras dos semanas en ese sofá, bebiendo cervezas y ligando con pavos. Nos está mirando. Sonríe, coño.

—¿Qué? Joder, déjame en paz.

—Está buena, ¿qué no? Y esa sí que tiene nombre de poeta. Pero hace rollos de vídeos. Trabaja de eso, creo. Pero, vamos, está todo el día colgando movidas de arte. Basura también.

Roto está cada vez más incómodo. Le interesa cada vez menos hablar de esta gente. Tampoco es que quiera hablar de las cocinas. O de la fiesta en su casa. No se los lleva a éstos ni de coña. Piensa en el chino y en Therese. Cero posibilidades. Piensa en el Tinder. Se palpa el medio. Piensa en ella. Tampoco va a hablar de eso. De ella seguro que no. Gardié, mientras tanto, le hace gestos con la cabeza a la Schiller, que le responde con parodiando el gesto habitual de Gardié con los brazos en alto. Los brazos de la Schiller parecen los brazos de un muñeco de aire. En una mano lleva un Schorle y en la otra un cigarro fino y largo, uno de esos cigarros que se fuman a sabiendas de lo anacrónico que resulta fumarse uno de esos cigarros. Sin embargo, todavía se fuman porque resulta irónico hacerlo y quién lo hace se apropia de una especie de ironía retro, nostalgia de una clase que nunca se tuvo y que ahora se mira con recelo y con envidia.

—Me estás dando una chapa tremenda hoy. Voy al baño. Espérame aquí, no te pires con ella.

—¿Qué? ¿Te vas a poner un tiro?

—Eh… sí, supongo.

—Voy contigo.

— Joder, pero no sigas con esto en el baño.

— Ostia, pavo, que no es mi culpa que está gente sea idiota. Es que es lo que son, idiotas, tremendos idiotas. No sé ni para qué he vuelto.

— Joder ni yo.

—¿Eh?

—A darme la chapa has vuelto.

— ¿Pero qué me estás contando si tú no sales de casa si yo no te llamo?

— Me llamas una vez cada quince días. El resto del tiempo, ¿qué te crees que hago?

— Cocinar, eso es lo que haces. Que eres un pringao y te pasas el día en una cocina y no eres ni chef.

—Habló… que podrías ser mi padre y por no tener no llevas ni cartera. ¿Quieres un tiro o no?

—Sí tío, gracias.

—Vente ahora, voy a hacer la cola.

Roto está, como todos ahí, a esa hora, las tres, acostumbrado a la cola interminable de los baños. Da igual a qué se fuera al baño o a qué baño se fuera, se entra casi siempre en grupos de tres o cuatro, o de los que quepan, y ambas puertas se cierran con pestillo. Entonces se repite el ritual: quienes esperan se miran entre ellos como lo hacen los cómplices de una travesura infantil o los miembros de un club secreto. Alguien hace un comentario ingenioso y alguien ríe. Pero luego pasan los minutos y la excitación se transforma en nervios y en impaciencia. Entonces, otro de los cómplices hace un comentario en alto o llama a la puerta con los nudillos. Lo normal es tener que esperar hasta diez o quince minutos si no hay demasiada gente. Mientras tanto, quien tenga realmente necesidad de usar un baño sale a la calle y busca un hueco entre coches, o se mete en el callejón de al lado o se aguanta como puede a que los grupos de dos, de tres o de los que sean hayan acabado de drogarse. Roto prefiere ir solo y no suele hablar mucho con sus compañeros de cola. A veces tiene la suerte de cruzarse con alguna chica que no le da miedo y, si se le ocurre algo ingenioso que decir, lo dice. Esta noche no, pero no tiene que esperar demasiado. Dentro del baño, la misma operación: el teléfono, el medio, la tarjeta. Sobre la pantalla ya hay dos rayas pintadas y se ha guardado todo menos el billete de diez que le queda. Gardié llama a la puerta. Ni dice su nombre pero Roto sabe qué esa pesada insistencia de los puños cerrados es suya.

Con la mano libre, quita el pestillo y de un manotazo veloz gira el pomo. Riendo y medio chocándose, entran Gardié y la Schiller. Tres ya son muchos para un baño con Roto. Emite un suspiro de espaldas a ambos y, antes de que le digan nada, deja el billete sobre el expendedor de papel para las manos, saca el pollo y deja caer un par de piedras pequeñas. Para no quedarse vacío, en lugar de pintar una raya del mismo tamaño que las anteriores, vuelve a mezclarlo todo y deja tres más pequeñas. Cuando se lo guarda de nuevo en el bolsillo piensa que, a partir de ese momento, dirá que ya no le queda. Le ofrece a ella el billete enrollado y el móvil.

Thanks— dice la Schiller, con su inglés perfecto y su tono característico. Siempre suena, piensa Roto, como deben de sonar las aletas de una sombrilla cuando se agitan inocentes una mañana de verano en alguna playa lejos de ese baño. Apenas emite un ruido al esnifar. Roto la mira a los ojos y le entran ganas de comérselos. O de decirle que tiene ganas de comérsela entera.

Gerne— contesta.

Deja el móvil encima de la cisterna, desenrolla el billete, lo vuelve a enrollar y se inclina. El extremo de sus diez euros ya toca la pantalla cuando el aparató vibra y, con él, el mármol de la cisterna, el billete, su nariz y su cerebro. Una notificación aparece en el extremo superior de la pantalla con sus letras verdes y su «1» rojo e impertinente. Y Roto ve el mensaje escrito y el remitente y un enorme globo de desazón se hincha en su estómago. No dice nada, ni Gardié ni la Schiller han notado el cambio repentino que acababa de producirse en su estado de ánimo. Se mete su raya y le da el móvil a Gardié. Ahora siente una prisa enorme por salir del baño, por quedarse solo un segundo con su teléfono. Saldrá fuera, a la calle, a leerlo. La contestará ahora mismo, mejor que mañana. Llevaba días pensándolo: tiene unas ganas enormes de hablar con ella, pero miedo también, un miedo extraño que no acaba de comprender.

—Oye, pavo ¿qué tal la novela? ¿Sigues? —preguntó Gardié, que ya no estaba tan enfadado con nadie. Le gustan las situaciones que cree dominar — You know, he´s good, you know —dijo mirando a la Schiller.

—Venga, tío, dale y vamos.

—Bueno, a ver, joder. Ahora me cuentas, sí, venga…—dice justo antes de inclinarse sobre el móvil y darle un rápido zarpazo a la cocaína—… you coming with us?

Sure, why not— responde ella con el mismo tono de despreocupada mañana veraniega. Pero esta vez, la sonrisa que sigue a su respuesta produce en Roto una profunda náusea.

Salen los tres del baño sin ni siquiera mirar a la cara de quienes han estado esperando al menos cinco minutos de reloj. En cuanto puede, la Schiller desaparece para irse a saludar a alguien, o finge que lo hace, y Roto y Gardié se quedan de pie, quietos, junto a las escaleras que bajan al sótano dónde pincha alguien todos los fines de semana. Roto quiere deshacerse de su colega y sentarse a mirar tranquilo su móvil. Ya ni se acuerda de que todavía va colocado de éxtasis. Se apoyan en la barra para pedir.

—Bueno, ¿qué? La novela.

—Cero, tío. La he dejado.

—Yo también —dice Gardié poniendo cara de pena o de íntima comprensión del problema.

—Tú ni las empiezas, no me cuentes películas — dice Roto con un tono que denotaba más impaciencia que reproche. Pero Gardié no sabe de las ganas de Roto por salir.

—Buah, oye, tranquilo. Joder — de repente estalla una sonora carcajada. Ríe alto, claro, con una risa que podía sin problema transcribirse tal cual, con sus JAs y sus silencios, y su ritmo. Una risa con volumen y masa, la de Gardié— Tienes toda la razón, pavo. En realidad, toda la razón.

Hace un gesto para que se les acerque la camarera, que también pincha en el sótano algunos fines de semana. Acaban de pedir cuando aparece Tiri a sus espaldas con un cigarro en la boca.

—Indio se ha dormido ahí abajo, flipáis… con el peta en la mano. Estaba hablando de no se qué corto que quiere hacer. Alguien se ha puesto hablar de otro corto que también quería hacer y cuando ha ido a preguntarle no sé que movida, el tío se había esnucado con la cabeza colgándole por detrás de la silla.

—Si es que no se puede salir con petas —dice Gardié —Luego la novia me dice a mí que no le dé de fumar.

Ambos ríen. Roto lo intenta, pero su cabeza acelerada está en el móvil, en la poca batería que le queda y en el mensaje que debe leer. Tiene la mano metida en el bolsillo y agarra el teléfono como si tuviera que protegerlo de todo lo que está ocurriendo a su alrededor.

—Por cierto —dice Tiri— Pincha Matt, pero va muy ciego y ha subido el Johannes para cambiar de canciones.

—Empieza la semana que viene en mi curro — responde Roto.

—Bah, durará un par de semanas. Te lo digo, que le conozco —dice Gardié, que se ha colocado de espaldas a la barra y tiene los brazos ridículamente doblados hacia arriba para poder apoyar los codos.

—Oye, tú, TV-Eye. Cómo te gusta eso, ¿eh? Me largo. ¿Tienes llaves?

Gardié rio de nuevo y contestó con un gesto afirmativo.

—Me voy abajo, a ver qué onda.

—Ahora bajo yo, voy a echar un piti fuera.

—Sí, tú, a ver si dejas de sudar.

Los tres ríen al unísono.

En la calle, Roto y Tiri se encienden sendos pitillos.

—¿Mandaste lo de la oferta? —pregunta Tiri.

—Sí, pero nada. No sé, de momento. Pintaba bien.

—A ver.

Roto se ha girado para escucharle, pero Tiri mira al frente, así que él también enfila su mirada en la misma dirección. Han visto la misma calle cientos de veces, pero no han cruzado nunca por ahí. Está tan oscuro que ya no parece una calle. Parece un hueco abierto hace unas horas, una senda horadada a golpes, por la fuerza, entre dos edificios, una grieta provocada por los malos cálculos de un plan mal diseñado que se estuviera abriendo paso a través de la fachada recién pintada de un edificio totalmente renovado, como el veneno irrefrenable que tiñe las cortinas en la habitación de Roto. La grieta se tragará pronto la luz que sale del bar, y también las voces indiferentes de los que fuman en la puerta, y los planes de quienes pasan por delante y no miran dentro de su fondo negro porque tienen planes esa noche. Y la penumbra, hambrienta, avanza.

—Oye, tío—dice Tiri sin mirarle directamente— que me largo.

—Ya, lo sé. Ya lo has dicho. Mañana, si eso, te llamo.

—No, pavo, que me largo. Me he comprado billetes.

Le da una larga calada a su cigarro y exhala lentamente el humo, que se deshace en el aire nada más dejar la acera en dirección a la grieta amenazante.

—¿Qué dices? ¿Cómo? —Roto se hace el sorprendido. No es el primero, ni el segundo, ni el último, que se larga. Es costumbre. Largarse, y volver, y hartarse, y largarse. No está sorprendido, pero le apena.

—Que paso, tío, paso muchísimo. Bueno, ya hablamos, ¿va? Ciao.

No tiene tiempo de responder. Un silencio enfermizo lo envuelve cuando la silueta de Tiri desaparece por la esquina del callejón que conecta con las luces y el bullicio ya debilitado de Sonnenallee. Saca el móvil. «¿Qué tal? Estuve con estos hoy…» decía el principio del mensaje. El silencio se acaba de trasladar a las paredes viscosas de su estómago. Vuelve a tener ganas, y miedo. Y el miedo, de repente, se quita la máscara. Nota que el subidón de éxtasis desaparece, se disuelve del todo en la corriente roja de su sangre. El miedo es vergüenza y no miedo. O culpa, es culpa, piensa. Quiere llegar a casa. Leerá el mensaje completo en la cama. Enchufará el móvil al cargador. Contestará tranquilo. Si no lo ve hoy, lo verá mañana. Echa a andar. Piensa en coger el metro, dos paradas nada más, pero a estas horas tiene que esperar y esperar es una pérdida de tiempo. Estambul está casi vacía, a excepción de unos pocos grupos que van o vienen de fiestas y se dirigen a sus casas. Pasa por delante del Schilling, que ya ha bajado la persiana casi hasta el suelo. Por el hueco que queda abierto para que ventile mientras limpian distingue las zapatillas de Tom. Librará mañana, piensa. Llega a casa, sube las escaleras. Con cuidado, introduce la llave en la cerradura, abre despacio para evitar que chirríe y entra.

La puerta del baño está cerrada y la luz encendida. Por lo demás, la casa está a oscuras y en silencio. Esto le tranquiliza. Se oye el agua de la ducha correr. Antes de entrar en la habitación quiere echarle un vistazo al salón. Asoma la cabeza y, aunque no puede ver mucho, se alegra de que Lola haya recogido la mayoría de los restos de la fiesta. Mañana la echará una mano.

Hey man. Where were you? —Luckas está sentado en el sofá dónde le había dejado. Roto se fija en que sólo llevaba puestos unos calzones. Escucha el click de uno de esos mecheros baratos que no llevan rueda y la cara de CTO se ilumina repentinamente con esa extraña calidez familiar que da el rojo incandescente de la punta de los cigarros industriales.

What are you doing man? —. Roto entiende que Luckas se acababa de acostar con Lola. De hecho, se da cuenta de que la fiesta ha sido sólo una excusa para que CTO volviera al piso. Esta idea le inspira cierta ternura trasnochada.

La cara de Luckas se vuelve a iluminar con una nueva calada y Roto puede verle bien los ojos. Bien abiertos, piensa, demasiado abiertos. Ha comido demasiado éxtasis o demasiado, al menos, para esta fiesta. Luckas se gira. Lo mira con una familiaridad nueva, casi piadosa, o suplicante.

First time… you know… wow, fuck, man —. Con el cigarro aún entre los labios le señala a Roto la abertura de sus calzoncillos azules («¿purpúreos?», pensó Roto) — You know… pills…

—Sure—responde Roto antes de darse la vuelta y entrar, por fin, en su habitación.

Se da prisa por encontrar el cargador, enchufarlo, tumbarse en la cama y poner el móvil a cargar. Aumenta el brillo de la pantalla y abre el mensaje completo:

¿Qué tal? Estuve con estos hoy. Me los encontré en el faro. Tienen muchas ganas de verte. Que a ver cuando vienes. Cuéntame qué tal estás. Un beso, idiota.

Se pasa la mano por la frente. Algunas gotas de sudor, ahora frías, se han adherido a sus poros. Deja el móvil con la pantalla encendida y el mensaje abierto. Se levanta para abrir la ventana y correr la cortina. Se hace un último pitillo. Fuma hacia el balcón pero mira de lejos hacia el teléfono. ¿Qué coño la va a decir? ¿Cómo está Roto? Bueno, no se ha cumplido nada de lo que se prometía, pero eso no iba a decírselo. Son las cuatro de la mañana. Du bist mein Baby, piensa. El último cigarro de Roto vuela ahora hacia el patio interior. Ya ha cerrado la puerta cuando sus últimas chispas saltan en los viejos adoquines.

 

 

 

Los invictos -primera parte-

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