ACHTUNG!, arte, carrusel, escena, miradas, teatro, tendencias — 30 noviembre, 2020 at 1:22

La versión Marat/Sade de Atalaya deja en pie a todo el Teatro TNT

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El pasado 28 de noviembre entró en la programación del Fest, la última vez que se representará la versión de Marat/ Sade de la compañía Atalaya en Sevilla. Lo cual supuso una celebración compartida entre la aclamación del público que se congregó en el teatro TNT y los espíritus conmovidos de los actores, que sabían que han superado una etapa más con una obra (coproducida con el Festival Grec de Barcelona),  que les ha dado numerosos premios  y ha sido representada en 37 países.

Fotografía: Félix Vázquez
Fotografía: Félix Vázquez

 

La historia de esta obra se va desarrollando en un “psiquiátrico” (o prisión, según se ironiza en texto de la misma), en el que está recluido el Marqués de Sade y otros cuantos más. Y como mecanismo de dinamización de la estancia de todos ellos, se plantea hacer una obra de teatro en la que confluyen las posturas individualista y nihilistas del Marqués de Sade, y del difunto Marat: defensor acérrimo de luchar por las causas justas de forma colectiva, para así constituir una República. Quien además, es encarnado por uno de los “actores” que residen en ese recinto; ya que esta historia está ambientada en años posteriores de la Revolución Francesa.

Es más, ya en la sinopsis de esta pieza nos encontramos con eso de que es una “obra dentro de otra de obra de teatro” (y dejando de lado las implicaciones artística de ello, por un momento), lo cual de una manera  u otra nos demuestra que esta historia y demás, es sólo un pretexto para desvelar el caótico ambiente que se recrea en los momentos revolucionarios, esto es: revoluciones como lo fue la francesa, son el producto de la decadencia alcanzada por las instituciones y sus valores que hasta aquellos instantes estaban vigentes; no obstante,  esa vigencia no se consume hasta que se termine de instaurar una nueva estructura que gobierne. Lo que ameritaría que el momento revolucionario se ha acabado, porque se ha pasado de un orden a otro modelo, que por supuesto, constituye otro tipo de orden.

Fotografía: Félix Vázquez
Fotografía: Félix Vázquez

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Mientras tanto, se va generando en el “foro público” declaraciones que hasta ahora han estado acalladas, o bien, no habían encontrado hasta aquella oportunidad un contexto propicio que les dé pie. Algunas de ellas son solemnes y bien elaboradas, otras de modo desbocado, irrumpen exigiendo resarcirse de aquello que ha fundado las injusticias que los ha hechos ser como dicen que son. Ahora bien, estas declaraciones no se dan tras la concesión de un orden de palabra; sino en realidad, unos se tapan a los otros, porque por fin sienten que como nunca es materializable lo que consideran justo y necesario, para que cada uno pueda vivir dignamente.

Sin embargo, siempre está el que ve esos momentos revolucionarios como una etapa, que de algún modo u otro, facilitará la reinstauración del orden establecido tras un “lavado de cara”. Estas y más posturas se representan en este texto de Peter Weiss de 1964, que ingeniosamente decide ambientarlo en un psiquiátrico como metáfora de cómo nos podemos ver a nosotros mismos (haciendo un ejercicio retrospectivo), enmarcados en semejante contexto. Siendo que se forma tal caos, que paradójicamente se desea un tipo de orden cuanto antes, para que esta emergencia de transformación no se quede en anécdota.

Fotografía: Félix Vázquez
Fotografía: Félix Vázquez

 

Por eso erige ese ímpetu en las declaraciones, esas formas tan grotescas en las que se mueven los cuerpos de sus protagonistas ¿y las canciones? (que en esta obra son un total de veinte, lo cual la hace un musical de lo más ácido y divertido) se hacen himnos de libertad, que proclaman que hay que deshacerse de todo lo que ha representado el viejo orden, incluyendo las cabezas de sus rostros más visibles.

Precisamente por la anterior, la interpretación y dirección de los que conforman el equipo de Atalaya, es más que ideal para llevar a escena tan complejo desafío, esto es: una vez más la presencia escénica de sus intérpretes es brutal, el juego de luces no sólo ayuda, sino que además, consigue que pasemos de una escena a otra como si estuviésemos en medio de un sueño tormentoso. Dirán, pues igual esa es la mejor forma de escenificar la intensidad que se respira en un psiquiátrico (no olvidemos que estamos hablando de que es un “obra dentro de otra obra de teatro”), lo que me conduce a decir que la misma dirección de Atalaya, ha conseguido sacarle el máximo partido a la metáfora que sustenta el sentido y el significado de esta obra, que es el cómo opera la condición humana en tiempos de reorganización colectiva.

Fotografía: Félix Vázquez
Fotografía: Félix Vázquez

 

Se alcanza a leer en el montaje de las escena mensajes como: “Deseamos ser libres, pero no nos atrevemos a ser libres: pongamos sobre la mesa lo que sea necesario para que esa libertad se materialice”…  “La condición humana no está preparada para esa libertad, nos queremos comer los unos a los otros por nuestro egoísmo intrínseco”… “El reparto de la riqueza no es más que cuento de niños, para hacernos creer que están por venir tiempos mejores: habrá que estar preparados para que no nos engañen”…, estos mensajes y muchos más, se perciben en las voces y los cuerpos “deshidratados” de los intérpretes, ya que la exigencia física que supone llevar a escena esta apuesta de Atalaya, da testimonio de que estamos ante actores que son llevados al límite, porque se les ha inspirado de tal forma para que  se dejen “años de vida”, porque esta obra quedaría desmerecida, de ser interpretada de otra manera.

La versión de Marat/Sade de Atalaya, es brillante, monumental…, representa a la perfección ese canto a la vida que lleva por detrás este texto. Eso sí, conservando el tono jocoso e incrédulo, que mantiene a sus personajes derrochando todas sus energías, porque no vaya a ser que este momento revolucionario, se quede en un “carnaval” en el que se pudieron desfogar hasta que caiga la noche.

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