ACHTUNG!, artes | letras, carrusel, libros, literatura, Odradek, opinión — 26 julio, 2019 at 21:45

La recuperación de Rosa Arciniega: Mosko-Strom y la distopía sentimental

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Ya nos conocéis muy bien, en Achtung!, somos muy de utopías y distopías, sobre todo de distopías. Por eso, en cuanto nos enteramos de la aparición de Mosko-Strom, la novela de la peruana Rosa Arciniega, de curioso título y subtítulo contundente, El torbellino de las grandes metrópolis, no pudimos evitar solicitarla a la editorial Renacimiento —grande entre las grandes en poesía— y que ha recuperado a una autora de relumbrón en su sello de narrativa, Espuela de Plata. La lectura no ha podido ser más gratificante. Por eso, por la importancia del rescate de una autora sorprendente, por la excelente edición, y por lo interesante de la novela, hoy la abordaremos en este Odradek de los viernes.

Muchas cosas aparentemente extrañas rodean a esta publicación. La personalidad arrebatadora y poderosamente intelectual de su autora, increíblemente ignorada en la actualidad, o el curioso título de la novela. Empezaré por hablaros de Rosa Arciniega porque una cosa nos llevará hasta la otra. ¿Y cuál es la otra? Una novela magnífica y con ciertas cualidades propias que la distinguen del resto de la factoría distópica.

Rosa Arciniega: dandismo, modernismo, vanguardismo e inteligencia:

Vaya por delante que la edición de Espuela de Plata/Renacimiento se inicia con un completo e ilustrativo prólogo de Inmaculada Lergo, a cargo también del cuidado de la edición. Lo que se afirma en ese prólogo se me antoja la mejor de las maneras de conocer a la escritora Rosa Arciniega, bajo el prisma de la reivindicación y de la necesaria y justa recuperación de un personaje capital para la historia de las letras y la literatura de la primera mitad del siglo XX y, en concreto, de gran parte de los años treinta.

Inmaculada Lergo, a cargo de quien corre la responsabilidad de la edición y recuperación de la obra de Arciniega.

Dicho esto, hallamos en la semblanza que pone en pie Inmaculada Lergo la importancia de la escritora peruana, de una presencia capital en las letras españolas del primer tercio del siglo XX. Rosa Arciniega fue periodista —colaboró por entonces en numerosas cabeceras de prestigio—, novelista de éxito, autora radiofónica, cuentista, propietaria de una creación literaria sobresaliente que, en parte, llevó a cabo durante sus años de estancia en Madrid —puede ser que arribara a la capital en 1928—, y concretamente desde 1930 hasta ese funesto año de 1936.

No duda la editora en calificar a Rosa Arciniega como una “mujer moderna”, afiliada al Partido Socialista, admirada por Ramón J. Sender, elogiada por los autores españoles masculinos y contemporáneos, tanto, que llegaría a formar parte de la tertulia de Ortega y Gasset.

Durante esa estancia en España alumbrará cuatro novelas y un libro de relatos. Su estilo personal rompedor, vestida a lo garçon, con una gran elegancia, de traje y corbata, destilando una personalidad poderosa y solidaria que se correspondía con la calidad de su pluma, junto al compromiso político de izquierdas, le granjeará un carisma que la llevará a codearse con los más importantes intelectuales de la época. Sólo el estallido de la Guerra Civil española, su retorno a Perú, y el régimen que se estableció en España tras la batalla, fueron capaces de borrarla, de momento, de la historia de la literatura.

Rosa Arciniega con su peculiar estilo.

En Perú, en toda Latinoamérica, Rosa Arciniega sí que continuó siendo importante: además de columnista en diferentes diarios, incluso norteamericanos, llegó a ser agregada cultural de su país en la embajada de Argentina.

Ya era hora de rescatar para el universo literario ibérico a esta autora. En el prólogo de Mosko-Strom se citan muchas influencias y posibilidades, pero quiero añadir algunos aspectos que me he encontrado en la lectura de la novela, y que me han llamado la atención.

No quiero restarle un ápice de importancia a Mosko-Strom ni a su autora, pero dado que vamos a hablar de distopías, tal vez sería interesante compartiros algunos de los artículos que sobre el tema hemos escrito en Achtung!, y en concreto la crítica del libro, de una importancia capital para el asunto, de Francisco Martorell Campos, Soñar de otro modo: Cómo perdimos la utopía y de qué forma recuperarla, editado por La Caja Books:

https://www.achtungmag.com/francisco-martorell-y-sonar-de-otro-modo-se-necesitan-nuevas-utopias/

Y luego, algún que otro texto en el que también hemos hablado de distopías:

https://www.achtungmag.com/literatura-genero-distopico-ficcion-realidad/

En primer lugar, Arciniega es hija del modernismo, uno de los movimientos literarios más importantes del cambio de siglo y que nació como una respuesta a la crisis intelectual y espiritual del momento. El modernismo reúne muchas de las características narrativas, pero también personales, de la escritora.

Otras dos imágenes de Rosa Arciniega en la prensa de la época:

El movimiento, que oficialmente arrancó en 1888 con la publicación del poemario Azul…, de Rubén Darío, abogó por la rebelión contestaría desde el punto de vista estético: el uso de un lenguaje depurado, un clasismo elitista salpicado de culturalismo, el sincretismo religioso, la preocupación por la angustia que provocaba en el hombre la ciudad moderna —cuyo mejor ejemplo es la novela De Sobremesa, del colombiano José Asunción Silva—, el intento de hacer de la vida toda una obra de arte…, el dandismo oscarwildiano que también practicaba Rosa Arciniega.

El movimiento cuajó, especialmente, en Hispanoamérica, y con mayor profundidad, en Perú, preñado de un profundo simbolismo. Entre los autores peruanos más importantes del periodo cabría destacar a José Santos Chocano y José María Eguren, entre otros.

La influencia de este modernismo está patente en la obra de Arciniega, pero no solo en lo tocante a lo que pudiera filtrarse de los autores peruanos: encontramos rastros poderosos del argentino Lugones en lo referente a las concepciones fantásticas de los avances de la técnica, al estilo de sus cuentos Las fuerzas extrañas, por ejemplo.

La revolución modernista derivó en las vanguardias literarias, y de entre todas ellas, el expresionismo (es imposible no asociar la imagen y ambientación que se nos ofrece de Cosmópolis a la Metrópolis de Fritz Lang), el fauvismo (en el tratamiento de las luces, del color y las sombras que permanentemente aparecen en el libro) y, por supuesto, el futurismo de Marinetti, en cuyo manifiesto fundacional de 1909 asegura que:

Nosotros afirmamos que la magnificencia del mundo se ha enriquecido de una belleza nueva: la belleza de la velocidad. Un automóvil de carreras, con su radiador adornado de gruesos tubos parecidos a serpientes de aliento explosivo… un automóvil que ruge, que parece correr sobre la metralla, es más bello que la Victoria de Samotracia”.

Pues bien, uno de los principales personajes protagonistas de la novela es Max Walker, un ingeniero que dirige con mano militar la producción en cadena del mayor imperio automovilístico, en unas fábricas de Cosmópolis que producen coches de una belleza comparable a las obras de arte. El anterior fragmento futurista no puede describir mejor el statu quo que se vive en la ciudad literaria justo ya al inicio de la novela.

En este sentido, dos vanguardias más se pueden encontrar en Mosko-Strom: estridentismo y maquinismo. El primero, de raíz mexicana, se ancla con fuerza en el cosmopolitismo, la modernización urbana, con profusión de máquinas, automóviles, fábricas, legiones de obreros en marcha, nuevas arquitecturas y una gran presencia del teléfono, con particular atención a su cableado. Esta configuración daría lugar a Estridentópolis que, incluso en el detalle de los cables de teléfono, recuerda mucho a la Cosmópolis de Arciniega.

El segundo, en su variante artística, es el maquinismo. El ser humano rendido al culto de la máquina, a quién no solo le hace la vida más sencilla, sino que representa la perfección. Juntando todas estas influencias, en 1933, aparece Mosko-Strom, producto de una síntesis inteligentísima de la autora, que cristaliza en una ciudad de alienante maquinismo, futurismo y expresionismo, para conformar un caldo de cultivo que resultará letal para sus personajes y habitantes, y narrado, todo ello, además, con lirismo, sustentado en símiles y comparaciones originales y poéticas, junto al profundo análisis psicológico de estos enfermos de cosmopolitismo.

Mosko-Strom: un título acertadísimo:

Rosa Arciniega utiliza un recurso interesante y bastante habitual en la novela distópica, que es el de la caracterización del personaje por su nombre y apellido. Puede ocurrir de dos formas: o bien el apellido reproduce la forma de ser y el comportamiento del personaje, como si llevara en su nombre oculto un código de ADN que incluso anuncia el final que pueda llegar a tener, o al revés, para reflejar la profunda deshumanización, el nombre del personaje entre en garrafal conflicto con su forma de ser y hacer, incluso con su aspecto físico.

En Nosotros, la novela distópica del ruso Zamiáitin, el lenguaje del Estado totalitario conduce a la deshumanización y al sometimiento, tal y como analiza Sergio Hernández-Ranera en el prólogo a la edición de Akal:

El Estado Único presume de haber hallado la perfección a través de las matemáticas (…) Los nombres-números de los protagonistas obedecen a una lógica sencilla atendiendo al sexo: los números de los hombres siempre empiezan por una letra consonante y acaban en número impar, y los de las mujeres comienzan por vocales y finalizan en cifras pares. Las letras siempre aluden a las características físicas de cada personaje: I-330 es alta, esbelta y con ideas imaginativas; O-90 es rechoncha y un poco simplona; el intrigante S-4711 tiene el cuerpo doblemente curvado… En la novela original, estos personajes figuran así, con letras del alfabeto latino. Sin embargo, D-503 y YU figuran con caracteres cirílicos: Д-503 y Ю. Д supuestamente se asemeja a un bajel (con lo que se haría alusión a la nave “Integral”) y Ю, a un pez (con lo que así se indicaría su aspecto de pez)”.

Rosa Arciniega utiliza esta táctica, unas veces para mostrar la incongruencia y, tal vez, el futuro del personaje, y otras para caracterizarlo de forma contundente. Así, el ingeniero automovilístico es Max Walker, todo un caminante que no hará otra cosa que fabricar coches, que viajar en coches y que, tras descifrar el funcionamiento de un nuevo carburador, dará un vuelco a la industria convirtiéndose en el amo y señor de las fábricas de automoción.

Pero ese Walker encierra un posible futuro de redención, como el Skywalker de las estrellas, en uno de los tour de force del libro, el combate entablado entre la utopía maquinista o la utopía de la Naturaleza; entre ambas se debatirá este caminante tan especial.

Otro personaje importante es el médico Jackie Okfurt, en cuyo Ok encierra toda una actitud ante la vida de Cosmópolis: la rebeldía. Otro ejemplo aparece en uno de los compañeros de Universidad de ambos personajes, Howard Littlefield, que con ese apellido es, por el contrario, obeso y dueño de un enorme banco.

De manera que el título no podía ser menos en este asunto de la caracterización, y caracteriza a la perfección la tesis de la novela —porque Mosko-Strom es una novela de tesis, además de distópica… ¿o tal vez toda distopía es una novela de tesis?—.

Nos encontramos ante una población que vive alienada en el seno de Cosmópolis, absorbida por los tentáculos del maquinismo, de la modernidad, de la sobre producción, de los anuncios de neón, de los intentos por llevar una vida de bienestar en un sistema que solo reconoce el binomio demanda-satisfacción, en donde el consumismo y el egoísmo han terminado por arrastrar las almas de los hombres al fondo de un remolino, un vórtice infernal, que los devora sin remisión.

Ubicación geográfica del fenómeno del Maelstrom.

Mosko-Strom es una manera de nombrar el Maelstrom, gran remolino de 18 kilómetros, al estilo de los homéricos Escila y Caribdis, que se encuentra cerca de las noruegas islas Lofoten y es producto de una colisión de grandes corrientes. Antiguamente, se creía que este remolino lo provocaba un gigantesco pulpo o kraken que habitaba en las profundidades y, como Escila, sorbía el agua y luego la expulsaba, arrastrando a los barcos y marineros a la muerte.

Fotografía aérea del remolino.

Esta poderosa imagen, con retrogustos de la literatura clásica, le sirve a Rosa Arciniega para poner en marcha su tesis: hombres entregados a las máquinas, agarrados por los tentáculos de la ciudad-kraken, que los aproxima a su vórtice letal y les absorbe el alma. El vórtice los convierte en autómatas descerebrados, maniquíes solitarios, sin capacidad de sentir, con la moral extraviada, hundidos en la sola idea del placer y la acumulación de bienes de consumo que luego, además, tampoco pueden disfrutar.

Escila y la ubicación en donde se creía que se encontraba el remolino mitológico:

Una distopía sentimental:

No quiero terminar esta breve aproximación a una obra tan importante sin señalar la que para mi gusto es su gran cualidad y acierto. En la mayoría de las novelas de género distópico un Estado totalitario y opresivo, producto de la deriva de la idea utópica, su aplicación y corrupción final en distópica, se encarga de oprimir a los ciudadanos. De entre ellos, siempre hay quienes, con no mucho éxito generalmente, tratan de oponerse al sistema mediante revoluciones, luchando en contra el pensamiento único, buscando reconducir la distopía en una nueva utopía con la regeneración del propio sistema que necesitan derrocar.

Si bien es cierto que en Mosko-Strom no hay sistema totalitario, tal vez podemos comprender el hiper capitalismo como un sistema de libertad —algo que es bastante difícil de asimilar—, también podemos entender la opresión que realiza la ciudad con sus máquinas, con el sistema de trabajo globalizado y el estado de abulia de los integrantes de los engranajes a los que sume esa marea, considerando así a Cosmópolis como un ente aplastante que somete al individuo.

Rosa Arciniega plantea la resistencia del individuo desde el interior de sus pensamientos, sin pasar realmente a la acción, convirtiendo la distopía, y su clásico guion de lucha ante el aplastamiento, en una batalla moral, en una distopía, así, sentimental.

Nadie se opone a un partido central y poderoso, ni lleva a cabo atentados, ni escribe manifiestos revolucionarios y peligrosos que cuestionan el poder omnímodo, en absoluto. Simplemente, y en esta simpleza reside la mayor grandeza de la novela, se nos muestran los procesos que tienen lugar en los corazones de las personas: aquellas que son incapaces de cambiar y aceptan el estado de las cosas como son y que no tienen futuro moral, mientras otras han decidido formar parte notable del sistema y progresar aprovechándose de él. La corrupción corrupción moral las convertirá en muertos en vida.

Por último estarán quienes se opongan a lo establecido como obligatorio mediante la solidaridad, el amor, la ayuda y el intento del deshielo de las emociones propias y ajenas. Su triunfo será la vida en la utópica Naturaleza —porque la mayor derrota para Cosmópolis y todo lo que significa es la vida en el campo—, o permanecer en la ciudad y su vórtice convirtiendo a los descreídos.

De esa manera, los personajes de la novela de Arciniega manejan una moral redentora o una moral que los condenará, o se encuentran en el proceso de volcar el fiel de la balanza de un lado o del otro. Tal es el interesante análisis psicológico que ofrece el texto.

Por todo esto, nos encontramos ante una distopía muy especial y debemos alegrarnos de que Espuela de Plata/Renacimiento haya recuperado a esta formidable narradora para los lectores españoles y que, además, anuncie la edición de algunas otras de sus novelas.

Leer Mosko-Strom no es sumergirse en el torbellino de las grandes metrópolis, sino dejarse abrazar por la prosa inteligente y cálida de una autora que termina haciéndonos reflexionar, inmersos en un libro de unos tentáculos literarios de gran calidad, tan poderosos como para llevarnos al vórtice de la buena escritura; esa que se ocupa del alma y del corazón.

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