carrusel, cartas desde, fotografía — 23 febrero, 2014 at 10:00

El fotógrafo de guerra que no supo vivir en paz

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Cartas desde Nueva York

Por Sergio Rozalén

Robert Capa sabía que la guerra no se podía retratar, porque es más que nada una emoción”, escribió Robert Steinbeck.

El autor y compañero de viajes del fotógrafo añadió: “Pero aún así lo hizo, a su lado. Podía mostrar el horror de un pueblo a través del rostro de un niño”.

Enmarcadas en blanco y negro, Capa retrató cinco guerras, ganándose su reputación durante la Guerra Civil de España en 1936 y luego cubriendo la Segunda Guerra Sino-Japonesa, la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Árabe-Israelí de 1948 y la Primera Guerra Indochina.

Sus fotos de esas guerras siguen siendo las más icónicas, desde el “Soldado caído” a los “Once Magníficos”, una serie que hizo con las tropas estadounidenses cuando desembarcaron en la Playa de Omaha durante la invasión del Día D. Sin embargo, en “Capa a Color”, la exhibición con la que el Centro Internacional de Fotografía de Nueva York celebra el centenario del nacimiento del fotógrafo, apenas hay rastro de ese dolor granulado en 35 milímetros.

Un paseo enrollado en bufandas para refugiarse una hora del frío del invierno que ruge implacable en la calle y los charcos de hielo sucio casi imposibles de cruzar con los calcetines secos ofrece no sólo un vistazo a su obra en colores vibrantes sino también su manera personal y traumática de abordar la tranquilidad que sigue a la tormenta.

Esta muestra de fotografías presenta al mundo un lado radicalmente diferente de la carrera de Capa, cuando tuvo que –al igual que tantos de los que impulsamos la rueda incesante de la Máquina— reinventarse dentro de su profesión.

Nacido en Hungría con el nombre original de Endre Friedmann, Capa empezó a trabajar como fotógrafo en Berlín, pero se mudó a Nueva York cuando estalló la Segunda Guerra Mundial y ahí se cambió de nombre para ocultar su linaje judío. Mientras iba leyendo su biografía por las paredes, no pude dejar de preguntarme qué pensaría Capa si estuviera vivo ahora, en esta ciudad, cuando todos inmortalizamos nuestras vidas con instantáneas telefónicas con marcas de manzanas y moras.

Si bien la película en color de Kodak era algo complicada de usar para un fotógrafo activo como Capa, ya que requería mucha luz y una apertura de diafragma amplia, sin mencionar el revelado que se tenía que hacer en las plantas procesadoras de Kodachrome de la compañía, la exhibición, abierta hasta el 4 de mayo, revela que experimentó con el color brevemente durante la Segunda Guerra Mundial. Así por ejemplo, vemos fotos íntimas de soldados a bordo de un buque de la Marina y fotos asombrosas del frente en Túnez, incluyendo la captura de un tanque alemán, con una bandera nazi en un vívido color rojo que hace imposible no pensar en la sangre derramada que manchó tantas conciencias.

La historia de la guerra se ha guardado en blanco y negro. Y así, esta exhibición muestra el mundo después de la tragedia: la moda de París, las pistas de esquí de los Alpes, los días estupendos de playa con Picasso para revistas como Life y Collier’s. Sin embargo, muy pocas de estas pocas fotos han visto la luz desde que fueron publicadas y eso, como profesional consciente de lo efímero de la actualidad, se agradece como un regalo traído de otra era.

Pero más allá del glamour, las copas de cognac y las largas veladas de partidas de cartas que pintan una etapa entusiasmada por los colores de algodón y ángulos suaves, se intuye una especie de timidez y reniego, que sin llegar a ser vergüenza, sí sugiere el dilema del artista de vocación que siente que vendió su alma al diablo vestido de traje y carga un maletín de piel italiana con el jugoso contrato que financiará un viaje más y dará un suspiro a esas facturas pendientes.

Pero Capa se saturó de color y paz, así que cuando estuvo decidido a volver a encarar el mundo que conocía –el conflicto simplificado a la sencillez binomial de la luz y la carencia de ella—, embarcó a Indochina para morir accidentalmente poco después. La vida empieza y termina en un segundo, el mismo en que se tarda en pisar una mina o disparar una cámara. El reflejo del tiempo de Capa muchas veces fue resultado de la casualidad benévola pero fue la mala la que lo inmortalizó.

Un siglo después del nacimiento de Capa, sus fotos siguen cautivando a la gente. Ya sea el sufrimiento concentrado en una superficie dimensional o la complicidad del abrazo entre un padre y un hijo, su legado es la emoción palpable. Al fin y al cabo, fue el propio Capa quien definió el orden de su trabajo: “A la hora de sacar fotos primero va la mano, luego el corazón y por último el ojo”.

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