ACHTUNG!, arte, carrusel, danza, escena — 29 noviembre, 2021 at 1:14

El Tratado Botánico de Ilustración Coreográfica de Roberto Martínez oscila entre lo infinito y lo efímero

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Se estrenó en la Antigua Fábrica de Artillería (Sevilla), Tratado Botánico de Ilustración Coreográfica, de la mano del riojano Roberto Martínez. Uno de esos trabajos de los cuales cualquier persona involucrada con las artes escénicas, le conviene tomar nota, porque aunque el mismo no pretenda ofrecernos grandes respuestas. El hecho es que el cómo se hizo, abre numerosos campos que incitan a quien sea a “arrojarse” al complejo mundo de la investigación escénica.

Foto: Juan Antonio Gámez
Foto: Juan Antonio Gámez

 

Tras ver esta intervención que se representó los días 27 y 28 de noviembre del presente año, tuve la oportunidad de charlar con una de las personas involucradas en este proyecto, quien me comentó que durante el proceso de creación, Roberto Martínez pasó un tiempo en los hogares de cada uno de los intérpretes conviviendo con ellos, charlando, conociendo sus respectivas ciudades de residencia, etc…  De esta manera, este trabajo paso por una ardua exploración que procuró ir más allá del marco conceptual del cual se basa.

Ello se enlaza con que las respectivas investigaciones que se hicieron para darle forma a este trabajo, pasaron por un tiempo en colectivo, como en privado: una suerte de entrar y salir permanentemente. Lo cual no sólo se vio reflejado en escena (momentos en los que los intérpretes se unían y se separaban para llevar a cabo sus correspondientes acciones, acordes a las pautas en juego); sino que además, el vestuario que llevaban (en cada una de sus capas), las sábanas que decoraron desde el principio el espacio escénico, unos cojines. Un grupo de elementos muy seleccionados, que nos ayudaban a nosotros los espectadores, a contextualizarnos en el mundo que ellos crearon para que estemos durante la representación de Tratado Botánico de Ilustración Coreográfica, en la frontera entre estar en esa nave industrial ida a menos, y el plano que sólo era posible de estar cuando esta intervención es llevada a cabo.

Foto: Juan Antonio Gámez
Foto: Juan Antonio Gámez

 

Desde el principio, a nosotros los espectadores, se nos solicita, implícitamente, que seamos pacientes en cómo se van a ir sucediendo las acciones de este trabajo. Lo cual nos ayudaba a ir sumergiéndonos en el ambiente que nos fueron trazando los intérpretes en escena, para que de algún modo u otro nos metamos en sus códigos internos. He ahí uno de los riesgos que corría esta pieza, pues su densidad podría haber impacientado a más de uno, pero este “riesgo” había que asumirlo para que el espacio de esa nave industrial se reconfigurara, con el fin de que tuviese sentido haber escogido ese lugar en vez de otro espacio más “convencional”.

Esto llega a tales extremos, que me atrevería a decir que esta pieza sólo se podría “ensayar” cada vez que es reproducida. Esto es: por más que los intérpretes hayan trabajado las diversas pautas tanto en grupo como individualmente, el caso es que ello al final se traduce a haber hecho una buena puesta a punto de las herramientas que tenían disponibles para esta trabajo. Con lo anterior, no pretendo dar a entender que nos representaron una improvisación bajo el lema de “a ver qué pasa” ¡nada más lejos de la realidad! Se notaba en cada una de las acciones de los intérpretes que las “saboreaban”, que no había prisa alguna de pasar de una escena a otra, entre otras cosas, que nos dejaban en claro a nosotros los espectadores, que aquí no sólo ha habido un trabajo exhaustivo de investigación y de riesgo; sino que además, que si estos profesionales no tuviesen el bagaje que llevaban consigo, esto se hubiese quedado en una buena idea, que precisaría madurar durante años.

Foto: Juan Antonio Gámez
Foto: Juan Antonio Gámez

 

Basta recapitular algunas acciones que se podrían identificar como los “enlaces”, para caer en la cuenta que hasta la persona que era responsable de la música estaba conectada con lo que pasaba en escena: había un diálogo que hubiese transcendido el uso de una  “palabras clave”, o el uso de unas miradas cómplices. O dicho de otra manera: Todos los intérpretes estaban y no estaban en escena al mismo tiempo, siendo que cada uno de ellos hizo un recorrido totalmente distinto que el de sus compañeros. No fueron suficientes los momentos en que conectaban directamente, porque cada uno traducía a su manera y cómo le emergía de dentro de sí, lo que estaba pasando mientras seguía la pauta: Algo así como que la pauta en cuestión sólo servía para saber qué “normas” no se han de infligir, el cómo  “no son infligidas” es el terreno que les vimos habitar a cada uno de los intérpretes.

Por tanto, no importa cuántas veces se represente  Tratado Botánico de Ilustración Coreográfica, nunca la pieza será reproducirá de la misma manera. Es más, para nosotros los espectadores, es una pieza en la que únicamente se tiene más o menos acceso para leer las pautas que la enmarcan, más no significa que este trabajo no sea infinito. Lo digo en el sentido de que siempre habrá una diferencia en cada una de sus representaciones, empezando porque los intérpretes habrán abordado las pautas en juego de una manera diferente a la última vez, y así sucesivamente. Lo cual hace que este trabajo sea extremadamente efímero, lo cual cobra más peso cuando nos referimos a algo que estaría incluido en las artes escénicas.

Foto: Juan Antonio Gámez
Foto: Juan Antonio Gámez

 

Por más que las combinaciones de colores que componían a cada uno de los elementos de la escenografía (incluyendo cada una de las capas que formaban parte del vestuario de los intérpretes) podrían parecer hasta caprichosas, no se ha de negar que verlas desperdigadas o unidas ( por ejemplo, cuando los intérpretes interactuaban de formas más directas), era como si éstos intentasen sin éxito, dejar un rastro de colores por donde iban. Sin embargo, esos colores estaban “sellados” en cada uno de los elementos de esta “escenografía itinerante” (si se me permite la expresión), generando una ilusión óptica que en los espectadores más entregados y generosos, hubieran hecho de las veces de “aliados” para que esta experiencia visual sea más completa.

Estas y más cosas, hicieron de Tratado Botánico de Ilustración Coreográfica uno de esos trabajos que conviene atreverse acercarse, por más que la sinopsis no nos deje del todo claro qué se va a ver (lo cual visto lo visto, no era posible hacerla mejor). Es hasta sano ver piezas de artes escénicas contemporáneas, cuyo marco conceptual incida más en su puesta en escena, en cómo van a interactuar sus intérpretes… que algo que nazca del producto de una indagación sobre la condición humana, o de una crítica de nuestra realidad social. Lo anterior, no lo digo por mero menosprecio (sólo basta que revisen los trabajos que suelo escoger para cubrir en este medio), sino en realidad, porque en ocasiones los profesionales tienen tantas cosas que decir sobre lo que les rodea, lo que les sucede en tanto seres humanos… (que conste que no pretendo ser irónico de ningún modo), que algunos no terminan de hacer exploraciones que les ayuden ir más lejos en el cómo expresar, para que así en un futuro sean capaces de que los contenidos de sus  exposiciones, no se queden por encima de su puesta en escena.

 

Foto: Juan Antonio Gámez
Foto: Juan Antonio Gámez

 

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