carrusel, libros, literatura — 14 agosto, 2012 at 9:00

El Rey Pálido – David Foster Wallace | libros

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Por Inma Aljaro

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Uno no suele llegar a El Rey Pálido, obra póstuma de David Foster Wallace, por casualidad. Cuando uno se acerca a las estanterías y se detiene frente al lomo de esta novela que dejó inacabada, es posible que un sudor frío le recorra la rabadilla y le provoque un par de estremecimientos apenas perceptibles por el ojo humano. Me atrevo a decir que ese lector, bien porque ya se ha leído toda la biografía del autor neoyorquino, el mejor escritor norteamericano de su generación; bien porque lo ha conocido a través de alguno de sus libros de relatos (Entrevistas breves a hombres repulsivos, Extinción, La niña del pelo raro), o incluso por algunos de sus libros de ensayos (Algo supuestamente divertido que no volveré a hacer nunca, Hablemos de langostas), esa persona que está ahí siente una más que justificada curiosidad por la prosa incontenible y embaucadora de este autor y es probable que esté ansioso por descubrir por qué tantos críticos consideran a El Rey Pálido como la mejor novela del siglo XXI. (Ese mismo sudor frío y los estremecimientos, les advierto, volverán a repetirse a lo largo de sus capítulos).

Fue quizás el perfeccionismo que lo acosó durante toda su vida lo que impidió a Foster Wallace publicar esta novela –en la que había estado trabajando más de diez años—en vida, antes de que en 2008 decidiera dejarnos con una horrible sensación de vacío imperfecto. Después de su muerte, se recuperaron 551 páginas que su editor, Michael Pietsch, organizó siguiendo algunas de las anotaciones que el propio autor había dejado escritas. El resultado, publicado por Mondadori en castellano a finales del año pasado, ha sido más que satisfactorio y, aunque nunca sabremos si Foster Wallace se hubiera sentido lo suficientemente satisfecho como para aprobar la edición, somos muchos los que agradecemos aquella iniciativa que hoy nos permite comprender (y aprender) aún más (de) la mente de este genio literario.

Oda al aburrimiento.

El texto, al igual que hiciera en su obra más aclamada: La broma infinita (1996), arremete contra la sociedad capitalista, contra los aspectos más rancios y deplorables de sus seguidores, contra la desidia humana y ese malestar que subrepticiamente nos va devorando las entrañas a todos sin que muchos se hayan dado cuenta todavía. Si en las más de mil páginas que componen La broma infinita el Entretenimiento elevado a su máxima absurdez y las adicciones son las armas de destrucción masiva, en El Rey Pálido, David Foster Wallace nos deleita con una oda al aburrimiento más absoluto al considerarlo igualmente culpable de la alienación del ser humano post-postmoderno. Para ello nos sitúa en la Delegación de Hacienda de Peoria, en Illinois, a mediados de la década de los ochenta. Allí llega un joven David Wallace –planteándonos, además, un acertijo metaficcional- para descubrirnos a un grupo de funcionarios que se debaten entre el tedio existencial más desgarrador y la Nada. Recorremos, impulsados por los tentáculos de una prosa abrumadora, vigorosa y arrasadora, las vidas de estas personas, con regresiones a escenas del pasado, como si de alguna forma eso nos ayudara a entenderlos mejor, a apiadarnos de ellos, pero siempre dejándonos a medias, atados a esa sensación tan de Foster Wallace de que algo va a ocurrir, algo que en el último momento nos va a desvelar la verdad absoluta sobre todas las fobias, las manías y esquizofrenias de sus personajes, como si él ya lo supiera, nosotros sabemos que él ya lo sabe y queremos, cómo no, saberlo también. Oímos sus conversaciones, nos reímos con algunas de sus ocurrencias y nos aburrimos tanto como ellos cuando los obliga durante un capítulo entero a pasar páginas y páginas de declaraciones fiscales, nos perdemos en definiciones de categorías profesionales y esperamos, casi ansiamos, que en algún momento alguien pronuncie, al menos, el Preferiría no hacerlo, al estilo de Bartleby. Pero ni siquiera esa oportunidad les ofrece a sus personajes, completamente absorbidos por la burocracia más desoladora que ya vaticinaba Melville.

No es una novela sencilla, como tampoco lo es La broma infinita, ni lo es ninguna obra de arte maestra. El Rey Pálido es una novela que exige tiempo para leerla, y reposo para asimilar su contenido, el mensaje. Quiero pensar que, pese a la melancolía que desprenden sus escenarios, sus personajes atrapados, pese a que David Foster Wallace nos advierte del efecto erosivo del aburrimiento en el ser humano, la piedra pómez del alma, no todo es pesimismo. Él mismo nos plantea un remedio al decir que la clave está en la capacidad para soportarlo. Para operar con eficiencia en un entorno que descarta todo lo que es vital y humano, para respirar, por así decirlo, sin aire. Si eres inmune al aburrimiento no hay literalmente nada que no puedas conseguir. El problema, carraspeo yo, es cómo conseguir esa inmunidad. Cómo. Cómo se respira sin aire. Cómo se puede salir uno de esta sociedad pantomímica. Y es cuando uno se plantea preguntas de este tipo cuando vuelven los sudores fríos.

@ialjaro

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