EL MANDALA

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El mandala cuelga en la pared sobre el sofá. Como un amuleto protege todo el piso. Las paredes lucen sus colores recién estrenados. Los círculos concéntricos de la colcha-cuadro hipnotizan a los objetos de la habitación. En la esquina hay una planta que se eleva como una cobra mirando al mandala.

Foto: Swati H. Das
Foto: Swati H. Das

 

Esa tela que comprara en la India para poder admirar la belleza de Sofía estirada en bañador, bajo la luz potente de agosto, es lo único que trajo consigo. Se ha hecho dueña del salón. Los elefantes giran seducidos por el aroma de sándalo que deja un rastro de almizcle similar a una vía láctea en miniatura. De los viajes solo quedan estelas, pequeños relámpagos que vuelven a iluminarse si uno conserva un olor o una imagen presa de una pared.

Quizás se apresurara un poco alquilando este piso, o tal vez fuera el piso el que lo eligiera a él. Una ruptura precipita las cosas de manera irremediable, y uno va a trompicones durante cierto tiempo, por lo que es inevitable que en los primeros meses se cometan múltiples errores. No le importaba, la colcha hindú queda de maravilla sobre el sofá, tapa todos los desperfectos. También sus heridas.

Enciende un cigarro y expulsa el humo con placer, este sigue un camino imaginario hacia el pareo. Abre un libro y pasa las horas en una intimidad reconquistada, se tumba y gana todo el territorio que hasta hace poco tuvo prohibido, le invade una sensación de independencia, como cuando era estudiante, su primera emancipación; después de veinte años de matrimonio, la segunda. Ahora ninguna mujer ha venido a instalar platos en la cocina, ni sábanas, ni toallas en los cajones.

No pongas los pies en el sofá. En su cabeza resuena como una música que ahora se complace en repetirse con complacencia morbosa. Observa sus pies y golpea los cojines del asiento como si le hubiera entrado una pataleta. Por momentos, quizás sea efecto de la euforia, algo parecido a la felicidad fluye por su pecho, los elefantes bailan.

Foto: Rebe Pascual
Foto: Rebe Pascual

 

El balcón abrió su carne a la luz. La calle se asomó a su cintura de baranda quebrada. La gente pasea por delante y no se meten en casa sin permiso. Debe estar atento. No puede entrar cualquiera. La vecina de abajo no es cualquiera, solo la posibilidad de una ventana, para ser una puerta es pronto. Tampoco quiere enredos. Por eso no se decidió a poner una buganvilla en la terraza, un geranio era suficiente, enseguida mueren y podría renovar los colores. De pronto le entró la manía de sustituirlo todo. No desea nada perdurable.

Hoy se cruzó con ella al subir. En la sonrisa se le metió el sonido de la palabra libre y fantaseó con la experiencia sexual que le proporcionaría la vecina. Un escalón y le ha quitado la falda; otro escalón y, contempla la lencería sin tiempo a sentir su pene erecto. Introduce la llave y va camino del sofá y acaricia su sexo en solitario. Los elefantes danzan de improviso.

El supermercado es una fuente de placer mayor que la de ir al cine. Estudia las fechas de caducidad, los componentes, el peso neto y los conservantes de las latas, de los alimentos dietéticos que recién ha conquistado. Como si fuera a licenciarse, como si una de sus novelas preferidas hubiera alcanzado el punto cumbre de emoción en el que uno se engancha y no puede dejarlo, aunque esté preparando la comida o tenga una urgencia intestinal y tenga que ir con el libro por toda la casa tirando la maceta y volcando la tierra y dando un puntapié a la silla, así en el supermercado tropieza con los clientes con los que no le queda otra cosa que hacer que disculparse, sin que a él le agrade mucho eso de pedir disculpas por una tontería. Contempla las frutas exóticas que tienen color de fresas sin que lo sean porque tampoco tienen ni forma ni tamaño de fresas y las introduce en el carro.

Foto: Ralph (Ravi) Kayden
Foto: Ralph (Ravi) Kayden

 

Multitud de sabores exponen su paraíso en los pasillos del comercio. Les recuerdan a los escaparates de Ámsterdam donde las mujeres mostraban sus cuerpos.

Se topa con la vecina frente al expositor de naranjas. Le gustaría meterla en su cesta, junto a la papaya. Solo por probarla, por concederse un capricho.

El matrimonio exige una austeridad rotunda. Uno se acostumbra a un solo rostro y se le queda esa costumbre adherida a la conciencia; no saltarse el stop, respetar las señales prohibidas. ¿Por qué de todas las mujeres con las que se cruza se le metió en la cabeza la que vive debajo? Decide ampliar el abanico, dejar de mirar la cola del elefante que tiene ante sí, romper la rueda.

Aunque, cuando una figura logra hacerse un hueco en la superficie cóncava de su cornea, sacarla de ahí supone un ejercicio desconocido para él, tanto como el proceso para despejar la incógnita de una ecuación. Recuerda a las adolescentes que un día le invadieron la mente y el ánimo hasta casi desfallecer, avispas que aguijonearon su orgullo. Muy difícil eliminar la impronta que una mujer le ha causado. Aun así, se ha propuesto conquistar otros vórtices de sabor femenino o tal vez fuera mejor mantenerse a salvo, librarse de la dependencia de ir amarrado a un cuerpo cuyo sexo promete tanto placer como dolor.

Contempla el mandala, la rueda de estatuas que en círculos concéntricos permanecen sujetos al hábito cansino de no ver más allá de la cola del anterior. Suspira e imagina su rostro impreso en cada uno de los elefantes que giran. Luego, sumido en sus propias contradicciones, vuelve a soñar con la indeleble sonrisa de la vecina.

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