ACHTUNG!, arte, carrusel, danza, escena — 12 junio, 2022 at 13:39

El inicio de la edición de 2022 de la Muestra Internacional Beta Pública, puso el listón muy alto de cara a sus dos siguientes jornadas

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En calidad de directora artística de la Muestra Internacional Beta Pública, Pilar Villanueva consumó el inicio de la novena edición de dicha muestra, con unas palabras que ponía en valor la importancia de que los jóvenes bailarines tengan espacios para representar sus creaciones, que dicho sea de paso, es fundamental para que los mismos hagan una especie “prueba de estrés” ante un público, mientras por qué no decirlo, intercambiar impresiones y coreografías con otros participantes en la edición que esté en curso. Sin duda, iniciativas como esta deberían estar presentes en muchas más partes de España (y experiencias como que se le otorgue un espacio en la 37º edición del Festival Madrid en Danza, son más que reproducibles), siendo que la mayoría de las regiones de este país mediterráneo, sufren la trágica situación de que al no haber espacios suficientes que se abran a las creaciones de los emergentes o lo no tan conocidos, terminan emigrando a otras regiones del país o incluso a otros lugares de la geografía europea. Los hay que conservan la necesidad de al menos actuar en sus regiones de origen, pero una vez que vuelven a dichos territorios, comprueban que hay otros lugares en donde se pueden hacer más cosas.

 

Ello no hace más que perjudicar a la profesión, en lo que se refiere a que dichas regiones terminan siendo percibidas como un lugar de formación y poco más. Dado que no se han instalado las condiciones materiales y redes interpersonales que echen a andar proyectos que no hagan que localidades como Madrid y Barcelona (en el caso de España), sean ciudades de hiperconcentración de bailarines que buscan como fuere, hacerse con un hueco para desarrollarse en su profesión. Aunque, seguramente, yo no sea el primero en plantear una cosa como esta, invito a que se te tome realmente en serio experiencias como las de la Muestra Internacional Beta Pública, para que este país pueda sacarle más partido a su patrimonio cultural que debería ser motivo de orgullo, como otros monumentos o museos que son visitados por millones de turistas cada año.

Mientras nosotros los espectadores fuimos accediendo a la Sala Negra de los Teatro del Canal, nos cruzábamos con una serie de personas que nos guiaban a las dependencias de dicha sala. Unos pintaban, otros te preguntaban dentro de un ascensor si preferías la oscuridad o la luz (siendo ello acompañado de una serie de palabras que asociaríamos con la luz y la oscuridad), y de repente, llegabas a la sala en donde estaban una par de intérpretes que se intercalaban, ejecutando un ejercicio de improvisación con una bombilla que estaba colgada del techo.

De un modo u otro estos elementos que han formado parte de la Antesala (dirigida también por Pilar Villanueva), son los que nos ayudaban a que fuéramos vaciando nuestras mentes para que nuestro visionado iniciase, con nuestras mentes en blanco. Claro, que en un principio que hacía de las veces de “salvapantalla”: sí, de esas tan típicas de principios de este siglo en los ordenadores. Pero sin les prestabas atención, ello no era más que un aviso de que si les concedes al menos el beneficio de la duda, no estás viendo cualquier cosa. Ello fue seguido de una interacción cuerpo a cuerpo con otros componentes del equipo de Pilar Villanueva, con algunos espectadores: insisto, era como si supieran el cómo ir vaciando nuestras cabezas de lo que fuese.

La Matriz. Foto: Alba Muriel
La Matriz. Foto: Alba Muriel

Sección Pro.BETA

Antes que nada, hemos de tener claro que los trabajos que se presentan en este parte de la programación son aquellos que están en un proceso de investigación. Así que hemos de acercarnos a ellos desde otros ojos, haciéndonos una serie de preguntas que se dirigirían a sitios como: ¿Saben estos intérpretes a dónde les llevará  el camino que están transitando? ¿De qué manera harán que sus piezas sean un acto comunicativo del todo, y no un encadenamiento más o menos coherente de movimientos que están bien ejecutados a nivel técnico? ¿De qué forma las devoluciones que le demos nosotros los espectadores, sabrán gestionarás para transformar el proceso de investigación en el que están inmersos?…

Lo que sí que es cierto, es que verlas en sus respectivos estados ayudaba a visibilizar lo largos que a veces son los procesos de creación, para que nosotros los espectadores presenciemos trabajos tan redondos y que parezcan que han surgido de tocar el botón del “piloto automático”, o mejor aún, que ellos son interpretados como si no fuesen una coreografía previamente ensamblada, sino como algo que sucede aquí y ahora con absoluta naturalidad. En esta línea, Adrián López nos expuso un solo dónde ponía en diálogo su movimiento con una serie de “disrupciones” de partes de su cuerpo, que más que no permitirle llevar a cabo un movimiento fluido, le enmarcaron en el reto de buscar el ritmo en la “interrupción”, recurriendo a las subidas y bajadas producidas por la dramaturgia de su pieza, más que por la comodidad que supone seguir  la inercia propia de la danza contemporánea o las danza urbanas.

Adrián López. Foto: Alba Muriel
Adrián López. Foto: Alba Muriel

 

Es un hecho que Adrián López ha puesto sobre el escenario todo lo que tenía hasta aquél momento, defendiéndolo con tal dignidad, que seguro que recibirá la cantidad de respuestas que merece para que su proceso de investigación siga creciendo en todos los ámbitos. Después salió un numeroso grupo de intérpretes bajo el nombre de La Matriz, quienes en un principio parecían un “tierno” grupo de estudiantes de los primeros cursos de conservatorio superior de danza. El caso es que la pieza supo reconducir ese carisma a un lugar en el que nosotros los espectadores, no sabíamos el por qué no había manera de no concederles nuestra atención y afecto. Si bien es cierto, que la mayor parte de la pieza estuvo planteada a partir de unir con inteligencia y picardía ejercicios de improvisación, valiéndose de la cohesión del grupo de intérpretes, más un delirante montaje musical (compuesto de un sinfín de canciones, emisiones de medios de comunicación) y demás cosas de lo más dispares. Nos llevaron a un plano en el que la inabarcable cantidad de estímulos que recibimos a través de nuestros teléfonos móviles, ordenadores, etc…, son tantos, que no hay persona en el mundo que no se “atragante”, para que así el organizar en nuestra sociedad contemporánea todo ese torrente de información, sea un éxito en lo individual y colectivo.

Estoy convencido que es cuestión de tiempo para que los integrantes de La Matriz, den con las claves que harán de esta pieza algo mucho más consistente, y encima susceptible de ser convertido en una pieza larga de más de cuarenta y cinco minutos. Bastaba ver cómo enlazaron  el final en el que iban leyendo esos Post-it, para tener la garantía de que esto no ha sido más que un banco de pruebas para que entiendan con sus propias carnes, que son capaces de proyectar sus horizontes mucho más lejos de lo que alcanzarían un puñado de “tiernos estudiantes de primeros cursos de conservatorio superior de danza”.

Lisvet Barcia. Foto: Alba Muriel
Lisvet Barcia. Foto: Alba Muriel

 

Por otro lado, Lisvet Barcia salió a escena con una flecha fruto de una serie de manualidades, invitando al público, entre otras cosas, a que medite si hay una sustancial diferencia a la hora de distinguir parámetros como arriba, abajo, izquierda y derecha. Aunque sea verdad que hay una especie de acuerdo universal que hace que todos entandamos lo mismo cuando hacemos alusión a dichos parámetros, concretamente el que sea un “acuerdo” para orientarnos, no hace que la palabra verdad sea la más precisa a la hora de tratar este tema.

Este tema no es nada novedoso, ni tampoco el que se haya presentado esta profesional con esa neutralidad. Pero el que lo haya acompañado con una coreografía de danza contemporánea (que por otra parte fue interpretada con suma elegancia y precisión) amplia los territorios en los que el campo de la semántica nos tiene acostumbrados. Dudo si Lisvet Bracia con este trabajo pretende resolver semejante problema de ontología y epistemología, aunque si sospecho que con el mismo su cuerpo habrá habitado por tantos espacios que dejaron entre paréntesis a nivel intelectual los parámetros antes mencionados, que como mínimo ella merece que le hagamos un seguimiento al resto de su trayectoria profesional. Ya que aunque no llegué mucho más lejos a nivel teórico (que por otra parte, no hace falta del todo, dado que no está escribiendo un ensayo filosófico, nos está sugiriendo aproximarnos a un tema determinado, como lo hace cualquier acto escénico), sí que pasar por esta investigación le curtirá en lo que se refiere a la composición de movimientos dentro de una pieza, y cuál es el lugar que ha de ocupar el intérprete en el hecho escénico.  

Jessica Russo. Foto: Alba Muriel
Jessica Russo. Foto: Alba Muriel

La Pereza  Jessica Russo (Madrid)

Bailaron: Marta Carmona, Celia Jiménez, Rocío Loqqer, Eva Manon, Ana Martin, Katherine Melgar, Sofía Román, Carolina Salinas. Cía cBd LAB.

La Pereza es un trabajo que ejemplifica las enormes posibilidades de abstracción que están albergadas en las artes escénicas. Pues, como de un hecho tan cotidiano como que a muchos de nosotros nos puede producir pereza levantarnos de un sitio para coger el mando del televisor, es posible montar un trabajo hasta con ocho intérpretes. Quizás una idea como esta es algo a lo que el clown nos tiene acostumbrados, en tanto y cuanto que de un acto simple se puede componer un espectáculo de una cantidad estimable de minutos: Con sólo tener la técnica, y la mentalidad payasa, todo es sumergirse en ello asumiendo todas las consecuencias.

Así Jessica Russo supo recoger lo que interesaba de aquí y de allá, para sintetizarlo en una pieza corta en la cual, al menos de forma intermitente, todos nos podemos sentirnos reflejados. Lo más justo es decir (como también sucede en el clown) es que reírnos de nosotros mismos,  sería una consecuencia de cómo este o varios espectadores, han gestionado ese reflejo de sí mismos. Ahora bien, para transcender tan ambiciosos puntos de partida, estas profesionales articularon en muy poco tiempo escenas que representarían imágenes cotidianas (como la disputa de quién va a por el mando del televisor), con otras que me aludieron a cómo el interior de nuestras psiques (en lo colectivo y lo individual) afrontaría semejantes coyunturas.

Es fantástico que lo que se genera a través de esta sencilla idea, sea una representación de la cantidad de cosas que operan en nosotros en cuestión de segundos, y no menos atractivo, a través de las posibilidades que nos otorga la práctica de las artes escénicas. Lo más bonito de todo esto, es que ese aparente límite, fue el combustible que mantuvo en funcionamiento a un trabajo complicadísimo de dirigir,  para que no quede en una “buena intención”.

 

Elena Puchol. Foto: Alba Muriel
Elena Puchol. Foto: Alba Muriel

No hay hueco en el jardín – Elena Puchol (Madrid) (Estreno).

Bailaron: Elena Puchol y Júlia Estalella

Sin ánimo de desmerecer, No hay hueco en el jardín es un trabajo que se sumergió mucho más que lo hizo La Pereza. Lo digo no tanto porque ésta haya desaprovechado los recursos que disponía, sino más bien, porque este trabajo de Elena Puchol nos mostró que cada pieza se desarrolla en el marco en el que decide desenvolverse. O dicho de otra manera:  Ni uno ni el otro supone ningún mayor o menor grado de “superioridad”.

Las artes escénicas contemporáneas nos han abierto un campo muy basto, dando pie a  que se reevalué si cabe poner en un orden más o menos arbitrario de lo que han visto. Y justo en esto, proyectos como la Muestra Internacional Beta Pública, nos proporciona un espacio para enriquecer a nuestros respectivos puntos de vista. Por tanto, Elena Puchol nos llevó de “excursión” (por así decirlo) a un inframundo donde sus dos habitantes ni tienen rostro, ni lenguaje que se acerque a nosotros los seres de la “superficie”. Piénsese, que cualquier cosa que nos resulte familiar con nuestro cotidiano será el producto de una traducción, siendo que estas dos profesionales se expresaban bajo un código tan extra cotidiano, que me atrevería a decir que si no existiese la danza contemporánea como tal, no tendría referencias a las cuales acogerme.

Lo anterior es síntoma de una profunda investigación y compromiso por concretar, hasta sus últimas instancias, la idea que le dio lugar. Si consultamos la sinopsis de No hay hueco en el jardín, nos encontramos con que esta pieza se hace tangible (si ello fuese posible afirmarlo del todo, en una disciplina como lo es la danza) ese mundo en el que uno vaga a su suerte, en el que los valores, las personas y demás cosas que interpretaban el rol de elementos sustentantes, dejan un hueco difícil de ocupar de forma inmediata. De tal modo que lo que antes nos era rutinario, se torna propio de una era “pre-histórica” en la cual la irrupción del contexto que se ha instaurado, la fosiliza.

No hay forma alguna de conocer si el proceso de creación de esta pieza proviene de una o varias experiencias personales (que por otra parte, es irrelevante), pero es un lujo que estas profesionales hayan sido capaces de extraer lo necesario para que de algo tan puntual, de paso a un espectáculo de interés universal. Del cual si nosotros los espectadores damos de nuestra parte, éste se erigiría en un lugar en el que aborda todos los temas y ninguno a la vez de la condición humana.

Rima Pipoyan. Foto: Alba Muriel
Rima Pipoyan. Foto: Alba Muriel

Woman Before Decision Making – Rima Pipoyan (Armenia)

Bailó: Rima Pipoyan

Defiendo que si no existiesen las artes escénicas, lo que nos ha querido transmitir Rima Pipoyan con esta pieza, se hubiese quedado a mitad del camino. Claro que la escritura, las bellas artes y otras tantas disciplinas, están dotadas de una serie de características que las han perfilado como sumamente versátiles. No obstante, cuando vemos a una intérprete encarnar las imágenes e ideas que previamente se ha representado en su foro interno, se activa el acto mimético en el que nosotros los espectadores, nos llega hasta “doler” lo que la intérprete en juego interpreta.

Recuérdese que las artes escénicas abordan el drama humano, y que se vale de siluetas y voces humanas para representar nuestra condición humana. He allí que si alguien señala que trabajos como Woman Before Decision Making son “exagerados” en los momentos en los que Rima Pipoyan lleva un punto álgido su rostro y resto de su cuerpo, para luego retomar con lo que fuere que estaba haciendo, pues, no ha identificado lo a veces  inhabitable que resulta no saber qué decisiones tomar, por más intranscendentes que le parezcan a quien estuviese viendo desde fuera.

Para ello esta profesional armenia, se valió de su amplio bagaje en artes escénicas, artes marciales, danza folk…, para ofrecernos un rostro que es sacudido de un lugar a otro, mientras transita la trágica situación de intentar recobrar el control en medio de un estado gran vulnerabilidad. No con esto quiero que se queden con la idea de que el personaje de Rima Pipoyan tiene mucho que madurar, más bien les estoy hablando de un ser que estando supuestamente a solas, pudiéndose permitir sacar a afuera todo lo que siente y a qué movimientos les conduce. Así es como queda justificado tantas idas y venidas; que se repitan ciertos movimientos, sin que ello sea un signo de falta de creatividad;  los cambios de luz tan abruptos (pero introducidos con elegancia y conocimiento); sugerir en su sinopsis e interpretación que esta pieza sería de otra manera, si hubiese sido creada e interpretada por un varón cis; etc.… En fin, Woman Before Decision Making es un trabajo que tiene tantas capas, que verlo sólo una vez, irremediablemente, te deja en el campo de la aproximación.

Aún con todo, invitaría a Rima Pipoyan que persista en la investigación de este trabajo, porque tiene con qué ir más allá, y no sólo me estoy refiriendo a hacer un solo de más de cuarenta y cinco minutos; sino que además, que se permita ponerse en situaciones en donde quien quede sorprendida sea ella misma de lo que hace.

Etay Axelroad. Foto: Alba Muriel
Etay Axelroad. Foto: Alba Muriel

A_MeN – Etay Axelroad (Rumania)

Bailaron: Etay Axelroad y David Eusse

Cuando uno como espectador ve que profesionales como Etay Axelroad y David Eusse ponen todo su virtuosismo, precisión de movimiento, en definitiva, todo lo que han recogido a lo largo de su recorrido relacionado con la danza, para ponerlo al servicio de un tema que a todos nosotros los seres humanos nos ha de hacer sentir interpelados. Es cuando uno mantiene la esperanza de que hay muchos jóvenes con talento, que saben usar su formación con sentido y significado. Al mismo tiempo, uno termina hasta indignándose cuando presencia a intérpretes con numerosos recursos y los usan, para digamos, poner en escena un enlace de movimientos propios de un ejercicio útil para perfeccionar su técnica en danza, y demás cosas relacionas.

A_Men es un trabajo espectacular que te deja atrapado de principio a fin. Están tan bien estructurada la pieza en música, en cadencias de movimiento, en el cálculo de cuando conviene que interactúen o no los dos intérpretes, etc…, que parecía que esta pieza iba sola. Sin embargo, hay tanto trabajo detrás de la misma, que les aseguro que casi habrá que remitirse a sus respectivas primeras clases de danza. Y como si ello no fuese suficiente, nos acerca a un tema que muchos de nosotros los seres humanos, nos resulta cuanto menos incómodo. Pues qué de veces nosotros nos intentamos mostrar ante los demás (incluyendo a veces, a las personas que las consideramos de mayor confianza) como si lo que nos pasase no fuese para tanto, no vaya a ser que nuestros interlocutores nos lean como personas con menor madurez de la que nos corresponde. Y por más que es un hecho que todos tenemos que trabajar mucho en nosotros mismos en estos aspectos y más, el caso es que se castiga de forma desproporciona mostrarse vulnerable.

Así A_Men va constituyendo un ambiente de intimidad, casi una dimensión netamente formal… en el que se plantea como un  instrumento que haya dos intérpretes en escena, para que sea más efectivo representar las diversas dualidades por la que pasa un ser humano, que trata de superar dialécticamente una de las etapas de su vida. En las que los valores y fundamentos que le han servido hasta ahora, han quedado del todo desarmados por esta y aquella experiencia. ¿Ello ha de ser entendido como que uno no estuvo a la altura? Creo que lo más edificante en esta coyuntura, es que uno se arme de valentía para ser protagonista y espectador de un proceso que hará que las cosas no sean como antes, para lo bueno y lo malo.

De cualquier modo, siempre quedará en nuestras manos hacer un balance sobre qué tanto vale la pena seguir exponiéndose como uno lo ha hecho ante los demás. No vaya ser que durante esa superación dialéctica, uno se “deje morir” despojándose de la capacidad de volver a confiar en otro ser humano, incluso de amar con la misma entrega y pasión de cómo se hizo en el pasado.

Albert Hernández. Foto: Alba Muriel
Albert Hernández. Foto: Alba Muriel

LOCA – Albert Hernández (Barcelona)

Bailaron: Irene Tena y Andrea Antó. Cía La Venidera.

Es común usar la palabra “loca” o “loco” como calificativo de una persona que adopta un comportamiento que se saldría de lo convencional, o predecible. Incluso en los en los casos donde alguien nos sorprende por haber hecho un sobre esfuerzo, o algo que da muestras de un ansia por manifestar algo que le brota de su interior. Lo último es un vestigio de que estamos en una sociedad en el que confundirnos con el entorno, más que positivo, ello no nos colocaría ante situaciones de lo más impredecibles, en las que aunque uno puede salir aclamado, cabe preguntarse ¿En qué contexto habría que estar para que correr ciertos riesgos compense, contrastándolos con el seguir una inercia que nos abocaría a un cierto estancamiento?

Lo anterior es susceptible de ser leído desde lo político, en tanto y cuanto que un comportamiento determinado que es exhibido ante lo público, es considerado como un acto que no sólo afectaría a los involucrados; sino que de un modo u otro, nos remitiría a que dicho acto responde a una serie de fundamentos que les daría razón de ser. Llegados a este punto, es posible que nos hayamos desligado de la convención que ha situado una cosa como “buena” o “mala”, siendo que estaríamos  tocando el terreno que se extiende entre “lo tolerable” y “lo inadmisible”.

Si es que ver a dos intérpretes que se despojan de sus ropas para sacar a la luz todo aquello que ha estado contenido en sus entrañas, es una alegoría efectiva a la cual recurrir, sobre todo si se pretende que dichas intérpretes se nos presenten, a nosotros los espectadores, como seres dispuestos a afrontar lo que desencadene la representación de esta pieza. Desde luego esto no es nada original ni cosa que se le parezca, pero por ello mismo Albert Hernández se acogió a un código en el que nos pone de sobre aviso, de que Loca busca ser un torrente que desborde las barreras de sus espectadores.

Esta pieza quiere dejar entre paréntesis los contextos en los que las dicotomías antes citadas estarían operando, para dar paso a un espacio en el que las cosas se valdrían por sí mismas y para sí mismas. Llevándonos a un ambiente en el que nadie sería calificado de adoptar el “descontrol” o “falta de civismo”, ya que sólo habrían dos cuerpos exponiendo el producto de los estímulos y respuestas. Sin lugar a dudas, que el lenguaje de la danza española siendo influenciada por la danza contemporánea, nos brinda un marco de un sinfín de posibilidades, para que la contención esté presente porque se sabe lo que se hace, no tanto porque corresponda  juzgar lo que se hace.

No he de privarme de decir, que Loca es un trabajo potente y magnético que te sobrecoge de principio a fin. Es tan maravilloso como la verdad de una interpretación y la dirección, es capaz de superar las fronteras que hay en espectadores que están habituados a lenguajes a los que se sienten más afines, y «accidentalmente», los mismos se encuentran con piezas que te advierten que la retroalimentación entre géneros, no es más que una riqueza fruto de un diálogo que conseguirá que entendamos mejor a nuestras respectivas tradiciones. Mientras tanto, terminamos reconociendo a la de los otros, como algo que nos impulsaría a salir de nosotros mismos aunque sea por un rato.

 

 

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