El descenso: Anna Kavan o el prodigioso redescubrimiento de la oscuridad

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En este mundo extraño de la literatura ocurren, demasiadas veces, cosas raras. Por ejemplo: escritores de enorme talento que pasan inadvertidos sin que podamos deleitarnos con sus grandes obras hasta que alguien insiste en ellos, los reivindica y termina por recuperarlos. A veces pasa, como en el caso de la escritora inglesa Anna Kavan, que anteriormente ya había sido publicada en español, pero se había instalado en el limbo del olvido. Autora minoritaria y poco conocida para nosotros, se nos ha revelado de nuevo con el libro de relatos El descenso, editado por Navona y magníficamente traducido por Ainize Salaberri. Por eso, hoy en este Odradek de los viernes de Achtung!, os traigo este texto excepcional.

Aunque soy de los que defiende la inmanencia del texto, es decir, que lo escrito debe entenderse (incluso interpretarse) sin necesidad de interferencias externas —me refiero a las biográficas, fundamentalmente—, me veo en la obligación de puntualizar algunos aspectos sobre Anna Kavan que terminan por darle sentido (todo su sentido pavoroso) a El descenso.

Las metamorfosis de Anna Kavan

Kavan, británica que nació en Cannes (aunque no se conoce con exactitud su fecha de nacimiento, posiblemente en 1901), se llamaba originalmente Helen Emily Woods. Por tanto, Anna Kavan es un pseudónimo, algo que tampoco resulta nada extraño en el mundo de la literatura, y ahí están los casos de Pablo Neruda, Isaak Dinesen, los hispanos Clarín y Azorín, Gabriela Mistral, George Orwell, Mark Twain, Virginia Woolf, y un larguísimo etcétera.

¿Entonces, qué tiene de interesante este Anna Kavan? Pues mucho: el primer libro que firmó con ese nombre fue una colección de cuentos, Asylum Piece, publicado en 1940, y que es este El descenso que ahora nos ocupa, pero antes había escrito y editado ya varios libros como Helen Ferguson, tomando el apellido de su marido. Un total de seis novelas en ocho años. Esa primera tirada creativa se fundamentó en obras de características románticas que algunos críticos, de forma despectiva, pueden calificar como novelitas rosas, pero que, a pesar de hablarnos de paisajes y vidas bucólicas, dejan entrever extrañas familias que son presa de la angustia y de la amargura.

El descenso es otra cosa: es un texto basado en las experiencias de la escritora como interna en pabellones psiquiátricos, de la asistencia a clínicas y de los interminables procesos de psicoanálisis. La mujer se había convertido en alguien inestable que necesitaba de este tipo de ayudas, sumida en un proceso de deterioro que la conducía a la enfermedad mental.

Así que Anna Kavan nace del alejamiento del mundo bucólico e ideal del condado de Home Counties, en donde vivía con su adinerado primer marido. La deriva hacia los problemas mentales bien pudo ser producto de varias circunstancias traumáticas: el suicidio de su padre en 1911 —se tiró por la borda de un barco en México—, lo que la llevó a varios internados; después llegó su más que coqueteo con la heroína, el divorcio de su primer marido, el descubrimiento de la vida bohemia, la muerte de una hija al poco de nacer y, tras su segundo divorcio, un intento de suicidio.

Con ese primer intento de suicidio (aún lo intentaría dos veces más), apareció la clínica de Suiza en donde fue internada y que es fácilmente reconocible en El descenso. Desde entonces pasaría toda su vida luchando contra la depresión y la adicción a las drogas, sin éxito. Cuando se decide a publicar El descenso ya no se parece en nada a la lejana Helen Emily Woods, y tampoco a Helen Ferguson, por lo que elige llamarse como la protagonista de dos novelas suyas anteriores, Let Me Alone (1930) y A Stranger Still (1935). Acaba de nacer Anna Kavan para la literatura.

Dos novelas de Anna Kavan publicadas en español:

Anna Kavan se tiñó de rubio (era morena) en un intento de abandonar por completo una imagen del pasado que la horrorizaba. Entendida por propia experiencia en procesos psiquiátricos, trabajó con soldados que parecían neurosis durante la Segunda Guerra Mundial, una contienda que le trajo el episodio más amargo de su vida con la muerte de su hijo en 1944, paracaidista abatido sobre Alemania.

Todo ello se concretó en sus inquietantes textos redactados con un estilo hipnótico y difuso producto de su transformación (sí, como si protagonizase La metamorfosis de Kafka) y por la influencia que algunos críticos atribuyen a su descubrimiento del autor praguense. Especulan con que, incluso, ese Kavan se hermane con la k de Kafka o con el mismísimo Josef K.

Motivos para un destierro

Comparar a Anna Kavan con Kafka es un poco gratuito. Puede parecer necesario (desde un punto comercial-editorial lo es), porque es cierto que dialogan, y que muchos aspectos de El descenso recuerdan a El proceso, pero Anna Kavan creo que solo es comparable con Anna Kavan, es decir, es única. Y ese puede ser otro motivo de su ostracismo.

No suelo extenderme tanto en los asuntos biográficos de un autor, pero en este caso me parecen, por lo desconocido de la escritora, y la importancia que poseen para completar la comprensión de El descenso, cruciales. Y en efecto, ser Anna Kavan resultó uno más de los impedimentos para que su obra fuera descollante.

Anna Kavan fue considerada por la crítica como excesivamente innovadora, demasiado compleja y vanguardista, a pesar de los elogios de autores consagradísimos, tales como Doris Lessing, Anaïs Nin (una de las primeras en compararla con Kafka) o J. G. Ballard. Anna Kavan cayó en la oscuridad, en el cruel destierro literario.

A pesar de gozar de cierto prestigio literario, a su muerte desapareció por completo del panorama —por cierto, una muerte polémica: ¿sobredosis o infarto?, al año de publicar su obra Hielo la encontraron en su casa de Kensington; había fallecido completamente sola—. No aparecería, desde entonces, en ninguna reseña, ni en trabajos, ni estudios, ni en antologías, brutalmente desgajada de maestras del relato como pueden serlo la neozelandesa Katherine Mansfield, o las británicas Angela Carter, Elizabeth Bowen o la mismísima Virginia Woolf. La crítica decidió que no pertenecía este grupo exquisito.

Anna Kavan, autora de El descenso.

Otro problema fue que las obras publicadas como Anna Kavan cayeron en manos de un editor minúsculo e independiente, Peter Owen, lo que no favoreció su distribución. Si tomamos en serio la manifestación de Harold Bloom en su Canon, cuando afirma que el mundo editorial está compuesto por una serie de obras que luchan unas con otras por sobrevivir, la pertenencia a esta editorial significó para Kavan un fracaso en el concepto de la selección natural bloombesca.

El editor Peter Owen.

A ello hay que añadir que Kavan no es una escritora de fácil lectura, trufada de momentos incómodos, oscuros y desagradables, a lo que contribuyó con su propia personalidad cambiante, poliédrica, complicada, enigmática, turbadora. No fue una escritora sencilla para sus lectores.

El descenso o la imaginería del extrañamiento

Anna Kavan no es una escritora sencilla para sus lectores. El motivo radica en la sensación de bloqueo y pavor que producen los relatos, y ya me ciño a los que se contienen en este prodigioso volumen de El descenso. Lees uno y te dices sorprendido: “un momento, un momento, ¿cómo puede ser esto así?”. Entonces, vuelves a leerlo para verificar los angustiosos elementos que se contienen y nos oprimen en una habitación, en unas manzanas, en un paisaje o en unos pájaros que evolucionan sobre la nevada.

Lo que nos deja sin habla, estupefactos, son esos finales tremendos con los que clausura las piezas, como erigiendo un muro de ladrillos contra el que nos golpeamos arrojados a gran velocidad por la prosa de la autora. A medida que leía El descenso me iba dando la sensación de encontrarme ante un armadillo literario, un libro blindado, pero solo aparentemente blindado, porque puedes penetrar hasta su núcleo blando. Y es allí en donde Anna Kavan te cautiva, para destrozarte después.

Ainize Salaberri, sobresaliente traductora de Anna Kavan.

Estamos ante una novela en forma de relatos unidos por un mismo hilo conductor. Pero es una novela, a mí no me caben dudas, y en ella se nos narra el proceso de desintegración mental de la protagonista, ese descenso a los infiernos de la enfermedad que se va manifestando con evidentes síntomas: visiones, manía persecutoria y conspiratoria delirios, evocaciones de mundos extraños, angustias, crisis nerviosas, insomnio….

Mientras la protagonista va experimentando todo ese desastre psicótico, Anna Kavan nos habla en primera persona. Al ser ingresada en la clínica, en el relato largo dividido en ocho partes y que se titula como el libro en español, El descenso, nos ofrece una visión de narradora omnisciente para mostrarnos el cuadro del psiquiátrico —un cuadro cruel y terrorífico— proyectado desde la distancia, recurriendo a la maniobra del extrañamiento romántico que trataron escritores alemanes como E. T. A Hoffmann o Von Chamisso, entre otros.

María Luisa Bombal y una edición de La última niebla:

Pero Anna Kavan enlaza, o dialoga, mediante la alienación de sus personajes, y en concreto de su protagonista, con la María Luisa Bombal de La última niebla o la Sylvia Plath de La campana de cristal. Respecto a la Bombal, entronca directamente con la exposición de un universo soñado que, sin embargo, resulta tremendamente real en la mente de la protagonista.

En El descenso se establece un combate entre el individuo y el enemigo. Ese enemigo es la enfermedad psiquiátrica, que progresivamente va abriéndose paso hasta conseguir el triunfo absoluto. El mensaje es desesperanzado, y convierte a la protagonista en una especie de alma en pena, de muerta en vida.

La literatura de Anna Kavan en El descenso es una escritura fría como el hielo, por momentos aséptica, y por momentos hirviente como la caldera plena de máquinas ruidosas que bulle en su cabeza. Las escenas relatadas son siempre inquietantes, aunque se refieran a momentos tranquilos, y una buena muestra de ello la encontramos en la narración larga del sanatorio psiquiátrico, con una serie de personajes que viven internos en una continua represión, acogotados por el horror de unas situaciones que les resultan incomprensibles.

Portada de una versión en inglés de El descenso: Asylum Piece.

El mensaje que parece transmitirnos la autora del libro es que, una vez que has descendido, ya no podrás, jamás, subir a la superficie, tal y como ocurre en una de sus piezas claves: Ascendiendo al mundo. Solamente por este relato ya merecería la pena el redescubrimiento de Anna Kavan, porque es una autora que debe ser necesariamente leída. Algunas piezas de El descenso pertenecen a las mejores páginas de la literatura. Y eso es algo que no puede pasarse por alto alegremente.

Hemos tenido fortuna con esta recuperación de la mano de Navona y de su traductora, Ainize Salaberri. Siempre he creído que uno de los motivos principales de una editorial es la difusión de autoras como esta. Un diez para editorial y traductora, que nos han traído un inmenso e inesperado regalo literario.

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