ACHTUNG!, artes | letras, carrusel, libros, literatura, Odradek, opinión — 1 noviembre, 2019 at 14:50

Diario de un poeta despechado, Javier Medina Bernal: diario de funervivo

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Hubo un escritor del romanticismo alemán que fabuló sobre un hombre que extravió su sombra. El escritor panameño Javier Medina Bernal ha narrado en Diario de un poeta despechado la historia de una sombra que ha perdido a su persona. El protagonista del libro es, tal y como lo podría definir Roberto Arlt, “una cáscara de hombre movida por el automatismo de la costumbre”. Estamos ante un personaje que solo tiene una certeza, que morirá. En lo demás, se encuentra en una permanente cancelación de necesidades inútiles, para irse despojando de lo que le rodea hasta encontrar el centro de su desesperación. Bernal refleja con luminosidad oscura la realidad social centroamericana y la personalidad de un escritor que no escribe, de un poeta que no hace poesía, de un vegetariano carnívoro, de un enamorado sin novia, de un muerto que todavía sigue viviendo.

Esta entradilla corresponde a la contraportada de la primera edición de Diario de un poeta despechado, y que he tenido el honor de firmar. La obra ha sido Premio de novela Ricardo Miró en 2018, prestigioso certamen panameño, decano de este tipo de concursos y que se viene celebrando desde 1942. El premio, que hace honor en su nombre al poeta y narrador modernista panameño Ricardo Miró, también se concede en otras modalidades como poesía, cuento, teatro y ensayo.

Javier Medina Bernal ya había conseguido el éxito en la convocatoria de relato de 2013 con No estar loco es la muerte, inscribiendo su nombre en el palmarés junto a prestigiosos autores como Enrique Jaramillo Levi o Giovanna Benedetti, y también en la modalidad de poesía del año 2011 con Hemos caminado siglos esta madrugada.

Enrique Jaramillo LeviGiovanna Benedetti, ganadores también del Ricardo Miró:

El Diario de un poeta despechado (como las anteriores, publicado por el Instituto Nacional de Cultura de Panamá, el INAC), es su tercer premio nacional. Antes de obtenerlo, Bernal había publicado en la editorial mexicana Nieve de Chamoy la que hasta la fecha era su primera y única novela, Lagarto Rey, en donde hacía gala de una voz poderosísima y peculiar a la hora construir el personaje principal.

Esta novela, Lagarto Rey, la reseñamos aquí en Achtung!:

https://www.achtungmag.com/javier-medina-bernal-y-lagarto-rey-el-reptil-borracho-en-el-ojo-del-escritor/

Y, además, también atendimos a uno de sus poemarios, Brujamadre (editado por el Duende gramático):

https://www.achtungmag.com/brujamadre-de-javier-medina-bernal-o-una-moderna-elegia-minimalista/

Con esto quiero decir que el Diario de un poeta despechado significa la, a veces, tan compleja segunda novela de un autor, en especial si en su debut se ha definido con una voz tan propia y particular. De ahí mis preguntas al abordar el texto: ¿Habrá sido capaz de cambiar de registros? ¿Podrá encontrar una voz distinta a la arrolladora de Lagarto Rey? ¿Saldrá del realismo sucio para adentrarse en otros territorios narrativos?

Ahora que conozco mejor a Javier Medina Bernal me doy cuenta de la enorme estupidez de mis preguntas. Obviamente, el autor se ha mostrado como un narrador extraordinariamente solvente, muy capaz del cambio de registros, en especial a la hora de alejarse de la voz de Lagarto Rey y suplirla por la de ese poeta despechado que nos habla desde su diario. Diario. Primera persona. Gran acierto narrativo de Bernal en esta su segunda novela.

El que haya elegido el formato de un diario no es ninguna tontería, y nos muestra la inteligencia del escritor. La novela en forma de diario, confesional o de anotaciones, establece con el lector una afinidad inmediata. Es muy raro que no se produzca una complicidad con el personaje que, en primera persona, nos cuenta sus desgracias, aventuras, o sinsabores.

Podríamos ubicar como el principio de esta relación entre el personaje confesional y el lector apasionado y cómplice la aparición del Werther (Cátedra) de Goethe. Aunque de forma epistolar en este caso, el éxito que alcanzará Goethe es el producto del acierto a la hora de plasmar los sufrimientos, las penas y las alegrías de su joven protagonista, conciliados con el estilo narrativo de moda en la literatura europea de su tiempo: la forma epistolar. Goethe no hace sino perfeccionar la senda marcada por Richardson y Rousseau.

El subjetivismo alcanza en Werther su grado máximo; la carta, ya de por sí un medio de comunicación de noticias, de sentimientos y de vivencias íntimas, ahora adquiere ese aire de misticismo, de vehículo de confidencias, es reveladora de secretos recónditos. Así, las vivencias y experiencias de Werther plasmadas y transmitidas a través de las cartas, que ejercen de intermediario familiar y eficaz a la vez, directo y humano, son como jirones, pedazos o retales de la vida del autor puestos a secar en las páginas de su obra como jugosas tiras de cecina vital que hacen al ávido lector participe de las intimidades.

Richardson y Rousseau, padres de la novela sentimental y epistolar:

Esta definición anterior casa perfectamente con la exposición de las vísceras sentimentales del protagonista en el Diario de un poeta despechado de Bernal, expuesto a la contemplación de los lectores como si de una rana de laboratorio, abierta por la mitad, se tratase.

El poeta modernista panameño Ricardo Miró.

La carta literaria permite analizar los sentimientos en el mismo momento en que éstos nacen y se desarrollan, a la vez que facilita la captación de infinitos matices, de estados contradictorios y conflictivos, de inmediatas intensidades emotivas, de igual forma que sucede con el diario. Ambos, cartas o diarios, responden, en definitiva, a la necesidad de autenticidad y de expresión de sí mismo que el ser humano en la época de Goethe, a las puertas de la edad moderna, buscaba; es el intento de establecer una nueva definición en un mundo sacudido por la crisis de los valores sentimentales.

Goethe, el genio alemán.

Con los diarios literarios del siglo XXI sucede algo parecido. A través de ellos podemos contemplar la debacle espiritual y anímica del protagonista aquejado de una enfermedad mucho peor que la de los hombres en la época de Goethe. Ahora, el protagonista que nos muestra sus entrañas en los diarios está afectado de un profundo solipsismo. Todo gira en derredor del protagonista, incapaz de contemplar otra realidad —yo diría que incluso existencia— que la suya propia.

No es, pues, una casualidad, que tras la carta, fórmula que adoptan los autores de la llamada novela sentimental, desde las Cartas de una Peruana, de Madame Graffigny, hasta las Cartas de Fanny Buttlerd, de Madame Riccoboni, la novela epistolar sufra una evolución que conduzca a su extinción: pasará de ser un intercambio de cartas a una larga serie de cartas de único remitente, sin respuestas, dejando de ser epistolar para convertirse en una suerte de diario. La metamorfosis se inicia con la Pamela (Cátedra) de Richardson, se afianza con el Werther y se generaliza con sus seguidores —como el Jacopo Ortis del italiano Ugo Foscolo por ejemplo (también en Cátedra)—.

Madame Graffigny y Madame Riccoboni según retratos de la época:

Los sentimientos, o tal vez la sensibilidad, se han configurado como un valor literario clave, alrededor del cual el yo literario se recompone buscando el sentido de sí mismo en el mundo de los deseos y de las sensaciones; en una palabra: de las pasiones.

Y para que el lector pueda sentir las pasiones de los personajes en lugar de tener que detenerse y entretenerse reflexionando sobre ellas (esto es, que de alguna forma sea capaz de sentir ese tiempo interior de los personajes por encima de cualquier otra circunstancia), se hace imprescindible que el narrador recurra a la primera persona y no a la tercera, ya que de este modo autor y personaje viven día a día un destino abierto cuyo final ignoran. Conocen su pasado, pero no lo que deparará el porvenir, al que se acercan vertiginosamente, de manera inexorable con cada página, párrafo, renglón, palabra escrita. El lector se ha convertido, así, en contemporáneo de la acción y la vive a la par que el autor la escribe y el personaje la sufre. De ahí la inteligencia de Javier Medina Bernal al elegir los diarios para construir su segunda novela.

El apasionado Ugo Foscolo, autor del Jacopo Ortis.

El Diario de un poeta despechado sigue la máxima del género epistolar, haciéndolo pasar, no como el producto de un novelista, sino como la irradiación de un personaje real que vive y escribe. El artificio conferirá verdad a los personajes ya que a ojos del lector el narrador resulta más real y cercano que la tercera persona.

Se trata por tanto de una ilusión de realidad instaurada por el autor, con el acuerdo tácito de sus lectores, en un mundo en donde —los teóricos de la literatura lo sabemos muy bien, pero los lectores no tanto— la cualidad de veracidad de un texto ya no determina su calidad, pero ayuda a esa identificación lector/autor que resulta imprescindible si estos no son capaces de entender los mecanismos del pacto ficcional.

Javier Medina Bernal, tres veces premio Ricardo Miró.

El protagonista del Diario de un poeta despechado tan solo puede estar seguro de una cosa: de su muerte, de que se morirá. Se nos presenta así un personaje descreído y desarraigado, capaz de conectar con cualquier tipo de lector.  Por ello, este personaje es un vegetariano carnívoro, enamorado sin novia, poeta que no hace poesía, inmerso en la impostura del mundo y del momento que le rodea.

En ese sentido, hay que añadir, además, el desplazamiento a otro país, en este caso hasta Costa Rica, para llevar a cabo una serie de lecturas de poesía tan desastrosas como aniquiladoras de cualquier retazo de orgullo, aprecio o dignidad literaria. La voz de Lagarto Rey ha quedado atrás; era un voz explosiva, sustituida ahora por una conciencia represada e implosiva que mina al protagonista desde el mismo centro de su ser.

Ese ser del siglo XXI que se encuentra en una tremenda lucha contra sí mismo y contra todo lo que lo ha venido caracterizando como ser humano. En la novela de Bernal el protagonista batalla contra todo y contra todos a golpe de cancelaciones: ha extraviado la familia, la literatura, la poesía, y se enfrenta a una existencia que es más bien una limpieza de su pasado, un pasado indeseable, desagradable de recordar, en donde sus padres han fallecido en un accidente de motocicleta, igual que su hermana lo hizo de un tumor cerebral. Todo ello le lleva a pensar que su sitio se encuentra en un túmulo que todavía aguarda vacío junto a ellos. Bernal convierte, así, a su protagonista en un muerto en vida o, en términos del escritor albanés Ismaíl Kadaré: en un funervivo.

Bernal nos muestra el proceso de desnudez del protagonista, que elimina todo lo superfluo para quedarse, únicamente, en voz. Una voz que se manifiesta mediante las palabras escritas en el diario que escribe con la esperanza, que parece ser su última esperanza, de que alguien lo lea alguna vez. En ese deseo de trascender, de cualquier forma que sea posible, aparece de fondo la figura del gran poeta costarricense Jorge Debravo.

Debravo, y este dato no deja de ser curioso, falleció a los 29 años de un accidente de motocicleta, como los padres del protagonista del Diario, al parecer fue arrollado por un conductor ebrio. A pesar de su juventud, tuvo tiempo de escribir y dejar un legado poético extenso, en gran parte póstumo, e incluso el día de su nacimiento se ha instaurado como el día nacional de la poesía en Costa Rica.

Estatua de Jorge Debravo.

Ahora bien, la pregunta es si Debravo ha trascendido porque ese accidente segó de cuajo las posibilidades del genio, elevándolo a la categoría de mito, o bien lo consiguió por la calidad de su poesía. El protagonista del Diario de un poeta despechado bien querría morir como Debravo para, de esa manera, asegurarse una porción de posteridad.

Sea como fuera, el retrato del protagonista del Diario de un poeta despechado es el de un hombre que busca su lugar en un mundo del que se sabe desplazado, con la certeza de que nunca lo encontrará y que tan solo, quizás, lo más adecuado sea construirse un final heroico, épico, arrojándose a un lago después de recordar a Rubén Darío.

Sin embargo, ese hipotético final me parece hasta demasiado activo, demasiado intenso para un hombre que solo se mueve a gusto en los trazos de sus proyectos incumplidos. El protagonista que nos ofrece el autor es un gran retrato, tan enorme como entristecedor, de la verdad repleta de actualidad y desengaños que nos espera oculta detrás de cada esquina cotidiana.

Javier Medina Bernal nos ha regalado, con su segunda novela, un ejercicio de desesperación, pero también un enorme letrero brillante que nos advierte del lugar a donde conducimos nuestras vidas. Y todo ello sin dejar de escribir excelente literatura.

 

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