carrusel, crónica conciertos, música — 17 diciembre, 2017 at 21:27

Depeche Mode en Madrid: Tras la pista de la verdadera Revolución

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Aunque para muchos el acudir a un concierto de Depeche Mode pueda ser un ejercicio de retorno a los años 80, lo cierto es que tan sólo cinco canciones de su repertorio en este Global Spirit Tour pertenecen a esa década, mientras nueve son de los años 90. Esto tiene una consecuencia: el público, atraído por las flautas de Hamelín del colorido y las hombreras ochenteras, colisiona con una notable y sobria puesta en escena y con un repertorio oscuro, de cuero y chalequillos a pecho descubierto. Un mundo en blanco y negro, siniestro, que se cristaliza en un concierto sobrio y guitarrero, que deriva hacia una banda de rock y se aleja, poco a poco, de la idea de que Depeche Mode son un grupo de música electrónica de los años 80.

Siempre creí que te encontraría al otro lado de donde da la vuelta el viento… Los poetas mantienen (o mantenemos) que el primero de los versos de una composición lo regala Dios. El resto ya es cosa tuya, o más bien de tu capacidad para el talento. Desde que me confirmaron que estaba acreditado para este concierto, esa frase ha descendido desde los cielos, o desde las musas, hasta mi cabeza o hasta mi memoria. Y no sé por qué.

Mientras aguardo a que empiece el espectáculo de los de Essex me fijo en las personas que me rodean. Luego confirmarán mis sospechas: no tienen ni la más remota idea de quienes son o de lo que significan para la música Depeche Mode. Tan sólo reaccionarán con la demagógica Where´s The Revolution, quizás porque les suene de haber visto el clip en Youtube. Pero ante los temas de los años 80, con el pabellón madrileño rendido, sonríen con incredulidad, y cuando se atacan las canciones de los 90 es que ni reaccionan.

Es como si los verdaderos seguidores del grupo se apelotonen entre la muchedumbre de la pista y en las entradas del más infame de los gallineros, allá arriba, porque han rebañado entre sus escasos ahorros, en esta España depauperada, con tal de no faltar a la cita. Ellos, los que se han sacrificado para ver a su grupo favorito desde la más impresentable de las localidades, son los verdaderos seguidores del grupo. El resto es impostura.

Impostura… Es una palabra fea, pero un pequeño anuncio que se emite por la pantalla que luego apoyará con unos clips realmente acertados la actuación del grupo, me asusta, me pone sobre aviso y me hace reflexionar: Depeche Mode apoyan un proyecto solidario para llevar agua limpia a lugares como Nepal y Etiopía, en donde las poblaciones tienen un gran problema al beber agua contaminada.

Eso está muy bien, pero el asunto va íntimamente ligado a una marca de relojes de lujo, que con motivo del disco Delta Machine, puso en marcha el proyecto asociado a un diseño con el nombre de la banda. Una rápida búsqueda en Internet me arroja un precio inmoral para el reloj Big Bang Depeche Mode: 19.688 euros.

Esta mañana, calentando las neuronas para el concierto, me topé con una crítica del nuevo disco de la banda, Spirit. El periodista destrozaba el disco, trituraba a la banda, se ensañaba con el cantante, y comparaba, con gran insistencia, la trayectoria de Depeche Mode con la de otros músicos que andan de capa muy caída: U2. El argumento principal es que, al parecer, Bono reconoció que llevaban más de 20 años sin un disco en condiciones, quizás desde el Achtung Baby del año 1991. Y tengo que darles la razón. Y mira que me han gustado U2.

Así que, por analogía, el artículo sobre Depeche Mode afirma que les ocurre lo mismo que a los irlandeses y que no aportan nada potable desde el Music For The Masses, de 1987. No puedo estar de acuerdo con eso: después han venido discazos sobresalientes como Violator (1990) y su obra maestra —soy poeta, por eso quizás sienta tanto este disco—, ese emocionante Songs From Faith And Devotion (1993). Y más allá: la banda ha firmado un gran trabajo en Ultra (1997) —y así parecen saberlo puesto que en esta gira incluyen cinco temas—, y aunque su peregrinar por el siglo XXI ha sido más bien desganando, todavía han podido emboscar grandes canciones en el interior de los discos pertenecientes a esta época.

Pero sí que parecen conectar con cierto espíritu de U2 en este asunto de volverse comercialmente reivindicativos o comercialmente solidarios (qué horrible me suena eso). Algo me huele mal con el tema del agua limpia y del reloj, y con la afirmación de su nuevo single: Where´s The Revolution. ¿Dónde está la revolución? ¿Me lo van a decir ellos desde sus limusinas, sus hoteles de lujo y una vida de divos?

Menos mal que, aunque el concierto empieza chirriando con estas percepciones en mi cabeza, y no sólo por ellas, sino por el sonido pregrabado del tema Revolution de The Beatles, que me parece un homenaje o un intento de reivindicación de situarse en una tradición tan insincero como innecesario, pronto me sumerjo en lo realmente importante, en lo que siempre prevalece por encima del maldito Show Business: la música.

Y Depeche Mode, de música, de hacer música en directo, saben un rato. El principio del concierto, las siete primeras canciones, son inmaculadas. Elegir un repertorio de entre 14 discos de estudio, es algo muy complejo, y cada uno de nosotros colocaría sus propios temas favoritos. Para dotar a esta gira, y al propio grupo, de un espíritu minimalista e introspectivo —haber conocido al fotógrafo y multiartista visual Anton Corbijn fue una de las mejores cosas que le pudo pasar a este grupo para redefinir su identidad—, las primeras canciones son perfectas.

Al arranque con la nueva Going Backwards, que demuestra desenvolverse muy bien en directo, le sigue el gran clásico It´s No Good. Después, Barrel Of A Gun, A Pain That I´m Use To (tal vez una de las últimas grandes canciones que haya compuesto el grupo), Useless, Precious y World In My Eyes.

Y ha sido con World In My Eyes, al escuchar esos definitorios golpes de teclado, cuando la frase ha vuelto a mi cabeza: Siempre creí que te encontraría al otro lado de donde da la vuelta el viento… Y ahora añado: Siempre creí que te encontraría haciendo cola para entrar a un concierto. Y ahora entiendo a quién me refería: Hablaba de mí.

Efectivamente, dialogaba con mis otros yos. A mi yo de los 80 y a mi yo de los 90, extraviados para siempre entre los irritados pliegues del recuerdo. Depeche Mode representan aquellos tiempos luminosos de la Facultad de Ciencias de la Información, cundo creí que me comería el mundo y fue el mundo el que, a fuerza de crueldad, devoró hasta el tuétano de mi esperanza. Ahora lo sé, esa juventud que extravié, y que pensaba encontrar, algún día, donde da la vuelta el viento, o guardando la cola de algún concierto, se encuentra a pie de pista, saltando sudorosa y febril mientras la banda toca Everything Counts o Never Let Me Down Again.

Antes de que le llegue el turno a esas canciones, he podido presenciar unas preciosas interpretaciones de Home e In Your Room —con un magnífico vídeo de apoyo protagonizado por una pareja de bailarines—. Realmente son dos piezas líricas. Aquí hay poesía. Con ellas me demuestran lo que puede conseguir la música, la comunión que es capaz de alcanzar con las masas si se produce el toque mágico: la emoción.

Sin embargo, cuando le llega el turno a Where´s The Revolution, todo se torna agridulce: por aquellos que, ávidos de lo nuevo y lo moderno, tan sólo reconocen esta canción dentro del jugoso repertorio; digamos que son advenedizos del éxtasis, que se han adherido al ambiente de fiesta y fervor por el grupo como las rémoras a su tiburón.

También me amarga lo tramposo del mensaje. No puedo encontrar sinceridad en lo que canta David Gahan. Ya lo dije antes, y lo sigo manteniendo ahora. Incluso puede que mi yo de los años 80 se haya marchado ya, abandonando la pista humillado y ofendido ante semejante alegato para que tomemos la acción… ¿Acción? ¿Contra qué?

El caso es que la canción es buena, incluso conecta una parte de los Depeche Mode de 2017 con los Depeche Mode de la década de los 90. Lo que ocurre es que últimamente han ocurrido muchas cosas en nuestro pequeño y desesperado mundo para que sea un grupo de música el encargado de tomarnos por las solapas e invitarnos a actuar con una canción: la Revolución Naranja en Ucrania, la Primavera Árabe, la Revolución Egipcia, la Revolución de las Rosas en Georgia, la de los Tulipanes en Kirguistán o la del Cedro en el Líbano. Son algunos lugares en donde se han necesitado toneladas de agua limpia… Así que Depeche Mode deberían saberlo.

Aunque tal vez llamen a una insurrección, más que a una revolución, y el aspecto lingüístico de la palabra aquí es determinante. Por la letra de la canción quiero entender que piden a la ciudadanía que se plante indignada en contra del Sistema, en contra del Estado Global que nos tiene oprimidos. No deja de ser una crítica distópica, pero de suflé, porque si lo analizas bien, el presunto discurso incendiario a incitar la acción se chafa a la primera reflexión.

Crisis económica, problemas con los migrantes, una Europa deslavazada que se descompone y en donde campan las ultraderechas y el populismo de izquierdas. Unas desigualdades enormes, trabajadores que son parias con contratos precarios y sueldos de vergüenza —pero que poseen la fuerza de ocupar los asientos del gallinero vendidos a precio de oro llevando a cabo así su propia y verdadera revolución y afirmación—; guerras eternas y enquistadas, terrorismo, amenazas nucleares, y la dificultad, cada dia, de poder volver a casa para sentirnos a salvo de las ofensas cotidianas. Demasiado como para frivolizarlo en una canción compuesta por un trio que no sufre (y me temo que tampoco empatiza) ninguna de estas afrentas.

Volvamos a la música porque es lo mejor de la noche: Stripped, en una gloriosa versión gótica, y Enjoy The Silence, que señala a mi yo de los 90 ubicado en aquella discoteca de la sierra madrileña en donde trabajaba de camarero. De hecho, todo el Violator es el recuerdo de un maldito tiempo que evoco con lástima, en donde las canciones de grupos como Depeche Mode funcionaron como un bálsamo para mis heridas emocionales, generalmente producto de los complejos propios, pero especialmente provocadas por las frustraciones y el egoísmo de algunos otros.

Violator, bendito disco y bendita colección de remixes que acudía en mi ayuda cuando algún desfasado se dirigía a mi yo edición de pinchadiscos en un garito infeccioso llamado La Cama y me pedía que pusiera “algo de makinola guapa”. Amantes del bum-bum, del chunda-chunda y del alcohol de todo a cien degustado entre menores, vuestros fueron los remixes de World In My Eyes o Policy Of Truth, entre otros muchos de la banda, que me salvaron las horas de infamia en aquel suburbio musical. Luego cerraron el local por servir alcohol a menores. Queridos años de pinchadiscos, que os den morcilla.

Never Let Me Down Again es la última canción antes de los bises. Suena dura y rockera, en esa línea que el grupo ha venido mostrando en el directo. Las guitarras de Martin Gore se han reforzado y han nutrido de nervio a la banda. Al lado, tres músicos que desde hace tiempo los acompañan, Andrew Fletcher, Peter Gordeno y Christian Eigner a la batería, y que convierten a Depeche Mode en una máquina de gran potencia sobre el escenario.

Al regreso, los bises son realmente notables. Martin Gore interpreta una acústica Strangelove que rápidamente va seguida de Walking In My Shoes. Es muy interesante la forma en cómo ha crecido esta canción en sus versiones en directo, convertida en una de las interpretaciones mayúsculas de la banda.

Una vibrante A Question Of Time deja el concierto preparado para el final. Personal Jesus, movida de su lugar en el repertorio respecto a la gira anterior. Antes, abría el concierto, ahora lo cierra, pero siempre de la misma forma telúrica. Eso significa mucho para la canción. Todo un clásico moderno.

Mientras los músicos saludan desde el escenario yo he ganado la calle y me pierdo por las afueras del pabellón. Mi mujer va a recogerme en coche y voy a retornar a mi situación de desempleo que alcanza ya tres largos años. El grupo puede que visite algún antipático lugar madrileño en donde puedan escuchar un poco de flamenco de plexiglás (antes, los grupos importantes que actuaban en Madrid iban a un desabrido local, Torero, de copas astronómicas, sesión de rumbas bastardas y seguidillas de chichinabo, pero ahora ya no sé si existe ni tampoco me importa).

Prefiero creer que, en consonancia con los tiempos que corren, los músicos descansarán esta noche en su cámara hiperbárica para luego poder proseguir con la Revolución, escrita así, con mayúsculas.

El sabor de que he presenciado un gran concierto se mantiene en mis papilas auditivas (¿pero eso existe?, yo sí que las tengo, vosotros no lo sé). Retorno a la vida cotidiana que la música electrónica ha detenido por casi dos horas. Y noto como esta noche ha sido una noche de psicoanálisis musical, de introspección a golpe de sintetizadores, de escarbadura en las ampollas del alma: esas que me ha dejado el tiempo mal cerrado y sin solucionar del todo.

Esos yos, el de los 80 y el de los 90, con los que me he reencontrado en la música de Depeche Mode durante esta noche, no me ha sido necesario buscarlos allá en donde daba la vuelta el viento. Los he descubierto entre las notas de los teclados de unos músicos que supieron componer piezas que calaron hondo en mi corazón.

Ahora lo sé: ¿Dónde está la revolución? La revolución se encuentra en nuestros corazones.

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