Chico bisex busca, ocio — 1 agosto, 2015 at 11:20

Debris

por

Debris

Por A.C | Fotografía Cain Q

I could have failed
I could have stayed
I could have cried again
I could have died at last
I could have made somethings look fine
But that was not the way…

Las luces apagadas, todas las ventanas abiertas, la tormenta inesperada, el viento nocturno contra nuestra piel desnuda, adheridos durante horas sin que la menor excitación se despierte en nosotros. Le he pedido a Marta que pusiera aquella canción que descubrí porque un día Samuel, en la época en que mi relación con él y Eva era todavía una amistad sin más matices que el deseo nunca revelado, acaso tan solo mal disimulado cuando la cerveza acababa por desinhibirnos y las miradas duraban más y las manos buscaban al descuido los cuerpos, la puso en su casa mientras nos entonábamos para salir los tres y yo le pregunté de quién era y así empezó la leyenda de Siwel, como nos gustaba decir. Samuel nunca logró saber por qué el autor había desaparecido poco después de aquel concierto en que él, todavía adolescente, le había visto en la Moby Dick. Y desde entonces había buscado en vano en internet, había preguntado a gente de Valencia, de otras discográficas (la de Siwel no existía ya) gracias a sus contactos de Cadena Ser, y no había descubierto nada en todas aquellas búsquedas y, de alguna forma, era un secreto que compartiéramos entre Samuel, Eva y yo, como si nadie más en el mundo se acordara de Siwel y nuestra misión fuera encontrarle, preguntarle por qué había dejado de sacar discos, de tocar en directo, justo cuando estaba empezando a dejar de ser una promesa y todo estaba a su favor. Ahora que todo ha terminado, creo que el único vínculo a día de hoy entre Samuel, Eva y yo es que ellos por su lado y yo por el mío tenemos la certeza de que, de vez en cuando, volvemos a investigar qué fue de Siwel.

Aquella noche, hasta el momento de llegar a su casa, por la calle de la mano, con restos de maquillaje en mi cara, besándonos contra las paredes, en los semáforos, en las escaleras de su edificio donde acabé haciéndole una mamada, no supe intuir nada. Habíamos ido muy lejos, pero creí que la percepción de ese juego había sido la misma para él y para mí, que todo lo que había ocurrido en aquel colchón significaba lo mismo para los dos. Yo jamás había hecho nada parecido ni creí hasta ese misma día que pudiera hacerlo, pero una vez destrozadas las barreras fui libre y me dejé llevar y Martín todavía se dejó llevar más, si alguien se había desbocado era él y me parecía adorable esa pérdida de todas sus inhibiciones, esa fuerza animal con la que se entregó a un rito tal vez irrepetible, tal vez no, pero que me había unido a él más que el viaje al FIB y más que nada que jamás antes hubiera podido imaginar con un chico. ¿Por qué al entrar en su casa fue directo al baño y se estuvo duchando media hora? ¿Por qué no me respondió cuando le dije que viniera a la habitación y se puso a ver la tele que no habíamos encendido en una semana entera? ¿Por qué sentí la necesidad entonces de ducharme yo también como un poseso para borrar cualquier signo de mi transformación? ¿Por qué me sentía culpable?

Cuando salí, todas las luces de la casa estaban apagadas. Tuve que ir a tientas hasta su habitación. Respiraba fuerte, parecía dormido. Lo fingiera o no, preferí eso a cualquier otra cosa. Era como si la promesa de su sueño fuera que al despertar todo volvería a ser como antes, hasta que se había vuelto a abrochar la cremallera del pantalón en las escaleras y había echado a andar hacia su puerta sin mirarme. Durante horas no dormí, no le toqué, tan solo permanecí paralizado dejando que los pensamientos me atenazaran, me lanzaran a espirales vertiginosas donde imaginaba todas las conversaciones posibles en mi cabeza, todas las humillaciones a las que podía someterme Martín aunque, en lo más hondo, tuviera la esperanza de que iba a pedirme perdón, a explicarme todo, a quererme de nuevo.

Tumbados en la cama de Marta, en un silencio solo quebrado por el roce de las cortinas agitadas por las corrientes de aire, mi voz apagada intenta encontrar las palabras. Finalmente puedo decirlas.

Le desperté en mitad de la noche. Le dije que era un imbécil, que cómo cojones se atrevía a tratarme así. Me eché a llorar, Marta, porque en realidad lo que quería era partirle la cara. Y el muy desgraciado no dijo nada, absolutamente nada. Se levantó, empezó a coger mis cosas y las sacó afuera. Todo lo que había llevado a su casa esa noche y todo lo que estaba por el suelo que fuera mío terminó tirado en el rellano. Lo último en salir fui yo, me levantó de la cama, me quitó los bóxers que llevaba, unos suyos de Adventure Time que me vuelven loco, y me empujó por todo el pasillo hasta que me arrojó contra el suelo junto con el resto de mis cosas. Y ahí me quedé un buen rato, no sé cuánto, sin poder moverme. Mi móvil empezó a vibrar a unos metros de mí y me arrastré a responder pensando que sería él, ¿ves qué idiota puedo llegar a ser? Pero no, claro, quién podía llamarme sino tú.

La próxima vez que me enamore de un tío, dame una buena hostia. Y no, no pares Debris todavía. ¿Sabes qué? Creo que es la primera vez que la leyenda de Siwel me importa una mierda. ¿Por qué coño queremos saberlo todo? Intentamos entender por qué las personas hacen lo que hacen, lo necesitamos, nos va la vida en ello. Pero ¿de qué nos sirve cuando ya lo han decidido? ¿Me lo quieres decir?

Ya, cariño. Ya sé que mañana es mi primer día de curro en la FNAC y tengo que dormir algo, pero estar así contigo, sin más, sería mi manera perfecta de vivir el fin del mundo.

} continuará

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