David Miklos y La vida en Trieste: historia del viajero poliédrico y circular

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Es La vida en Trieste del escritor mexicano David Miklos, publicada por la editorial Nieve de Chamoy, un libro de difícil definición, mezcla de narraciones breves, diario, autoficción y novela de viajes con excelentes momentos de lirismo y otros de introspección. Este hibridismo crea un atractivo tapiz poliédrico que se traduce en la emoción del lector ante la búsqueda de identidad de un autor sumido en un juego de laberintos, que se articula mediante una bisagra geográfica: Trieste. En este Odradek de hoy, os traigo este cubo de Rubik narrativo.

En primer lugar, hay que fijarse en la localidad que articula los planos que se superponen en el texto: se trata de Trieste. Esta ciudad de norte de Italia, bañada por el Adriático y que actualmente es frontera con Eslovenia, no siempre ha sido así. Trieste es uno de esos lugares que, como Kalinigrado (otrora Könisberg) o la propia Andorra, han soportado un destino geográfico mixto, es decir, han servido para unir o separar grandes bloques continentales, a pesar de su extensión relativamente pequeña, o han sido bastión o cordón sanitario para la expansión o penetración de las ideas.

Trieste, en concreto, es un lugar extraño: fue el puerto comercial más importante del Imperio Austrohúngaro, hasta convertirse en la quinta ciudad en importancia de un sistema político y geográfico que contenía en su seno núcleos como Viena, Budapest y Praga, pero que tras la Primera Guerra Mundial pasó a formar parte de Italia mediante el Tratado de Saint-Germaine-en-Laye del 10 de septiembre de 1919. La importante comunidad alemana se vio represaliada por los italianos, que aplicaron una limpieza étnica en la zona, pero sin conseguir borrar la fuerte presencia de croatas, albaneses y griegos, que se acentuó, muchos años después, con la caída de la antigua Yugoslavia.

Estas características especiales convirtieron a Trieste, en permanente duelo y eclipse con la cercanía de Venecia, en una ciudad en ebullición, en un punto de reunión a principios del siglo XX en donde, entre otros personajes célebres, podía contarse con Kafka como veraneante o con James Joyce trabajando en la academia de idiomas Berlitz, enseñando inglés a la numerosa población flotante que estaba de paso por el lugar (y en esos momentos de preguerra y colapso del Imperio Austrohúngaro podemos incluir a un buen número de conspiradores y espías). En una de mis novelas, Kafkarama, fabulo sobre el encuentro en Trieste de Joyce y Kafka en un café, una posibilidad tan atractiva como casi improbable.

Por todo esto, Trieste es un reflejo de la búsqueda del autor, David Miklos que, por otra parte, es natural de San Antonio, Texas, lugar de evidente carga híbrida; de esa forma, la ciudad, la geografía, juegan un papel decisivo en la obra, la marcan con la impronta de lo que significa el rastreo de la propia identidad, algo que por otra parte es el fin último de todo escritor que trabaja el género de los libros de viajes. Es un tópico, pero es real: el viajero se busca a sí mismo, bien sea en algún recodo del camino, ya sea la final del recorrido, cuando se reencuentra con su alteridad casi de una forma circular.

David Miklos, autor de La vida en Trieste.

No se trata de un libro en forma de circuito que se retroalimenta, aunque mucho de cierre circular haya en la voluntad del escritor de la obra. Es un trabajo poliédrico, como ya dije, al que se le superponen diferentes capas geográficas y narrativas. Geográficas: Trieste, Budapest, Londres, Venecia, San Antonio y el Castillo de Miramar, entre otras ubicaciones más o menos reconocibles. En las capas narrativas nos encontramos con diferentes relatos, algunos conformados como cuentos breves, otros ideados como textos viajeros repletos de écfrasis y alguno, incluso, en forma de diccionario.

En esto radica la originalidad de La vida en Trieste de Miklos, en esto y en la evidente calidad y emoción literaria que se alberga en el interior de cada segmento que configura el poliedro narrativo. Desde luego, la modesta editorial mexicana Nieve de Chamoy se ha marcado un buen tanto con la incorporación de un texto como este a su catálogo. Modesta, en efecto, pero que trabaja con calidad y mimo sus publicaciones, configurando una oferta más que atractiva, oferta que poco a poco irá desfilando por las páginas de Achtung!, porque aquí nos interesan las editoriales que merecen la pena.

La vida en Trieste se inicia con un relato conmovedor, un verdadero tour de force de su autor, que parece ofrecernos ya de entrada todo lo mejor que es capaz de elaborar, aunque, después, el libro se sigue moviendo al mismo nivel y ese primer desafío lector se ha resuelto de una forma sobresaliente. En este principio se nos muestra el retrato de una mujer que ha perdido la memoria y languidece en un asilo, con su único destello de lucidez, a las seis en punto de la tarde, en la pregunta que formula todos los días:

“¿Es ese el barco que nos llevará a América?”.

Se trata sobre una reflexión de la pérdida de la memoria asociada a la espera eterna. Una espera eterna que, no podía ser de otra forma, Miklos la engarza con la novela Zama, de Antonio Di Benedetto, un texto sobre la exasperación de la persona que aguarda, en donde una de las imágenes más potentes de lo que puede resultar una espera agotadora y yerma es la de un mono ahogado y mecido por los remolinos de la marea en las pesadas aguas de un muelle cochambroso. Os dejo un enlace a una reseña que hice de este libro imprescindible de las letras hispanoamericanas, a pesar de sus evidentes fallos estructurales:

http://laficciongramatical.blogspot.com/2013/07/zama-antonio-di-benedetto.html

Si Zama es una exacerbación de la inacción y de la búsqueda de una identidad que se encuentra dividida, el primer relato, impactante, del libro de Miklos, se asienta sobre ambas premisas. Por ello, es comprensible que la hilazón de esta historia en el cuerpo del esfuerzo narrativo venga de la mano de una búsqueda que rompa esa espera inanimada y trate de recuperar una parte identitaria: desde aquí se forja el libro de viajes.

El autor, convertido en protagonista de los periplos, nos eleva a una autoficción viajera de muchos quilates. En primer lugar, se extravía por Budapest, en una obra que no tiene ningún respeto por el tiempo lineal, y que de continuo salta adelante y atrás para confeccionar, además de un poliedro, un atractivo triángulo de pasado-presente-futuro.

Este Budapest de estatuas con leyendas latinas, es la recuperación de unos instantes, de un archivo de memoria que reproduce el deambular del autor por la triple ciudad (BudaObudaPest) de los puentes y los leones, de la Plaza de los Héroes y de Matías Corvino, que lo llevará hacia una reflexión introspectiva sobre el paso del tiempo y de cómo se traduce en imprimaciones sobre la piedra, en forma de inscripciones.

Sergi Bellver, escritor nómada y autor de Variaciones de Budapest.

Esta conexión interna de Budapest, como ciudad capaz de extraer la cara más oculta del autor, como si sus calles y el Danubio ejercieran una posesión demoniaca que voltearan los interiores de los escritores, obligándolos a la introspección, conecta con un libro de viajes del que también hemos escrito en Achtung! Me refiero al magnífico Visiones de Budapest (La línea del horizonte ediciones) del escritor Sergi Bellver. Puedes leer la crítica en este enlace:

https://www.achtungmag.com/sergi-bellver-variaciones-budapest-escrituras-lecturas-la-ciudad-palimpsesto/

Tras el Budapest de la luz que, curiosamente, destapa la parte más sombría de los autores, le llega el turno al Londres más oscuro que, por otra parte, permite que brille con gran intensidad la luminiscencia del escritor. Miklos nos relata con pulso firme y contenido la historia de un hombre que vivía dentro de un coche justo al lado de su casa en México, el hombre del Mónaco gris que llevaba estacionado 22 años en ese lugar y que, un día, desapareció, murió, dejando únicamente una mancha de grasa en el suelo. A ello se le añaden otras historias en varios planos, desde la muerte del gato del escritor hasta una ruptura sentimental.

Parece que la evocación de Londres ha removido la memoria triste, como si esa ciudad fuera un lugar hostil de muertes y desencuentros. El hombre mexicano del coche se da la mano con el gato despanzurrado tras caer desde una azotea y con las sensaciones de la ruptura sentimental del protagonista del texto. Todo ello es un continuo:

una serie de retratos estáticos, no cronológicos. Un conjunto de episodios emocionales, ordenados o desordenados arbitrariamente (…) Narrar una época que no es más, una época consumida en el recuerdo, la memoria entre las ruinas del tiempo abatido”.

Y así, bajo esta premisa, se inicia la parte titulada Historia natural de una vida en Londres, cuyo epígrafe, de inmediato, nos recuerda al escritor alemán Sebald y, como no podía ser de otro modo, a su monumental obra maestra sobre el desarraigo: Austerlitz (Anagrama). Puedes leer una reseña de esta novela en el siguiente enlace y verás que Miklos y el germano, al final, están hablando de lo mismo. Del tiempo en deconstrucción y de la conformación de la identidad —o el extravío de ella—, con Londres al fondo:

http://laficciongramatical.blogspot.com/2011/06/austerlitz.html

Esta parte de La vida en Trieste dedicada a Londres se presenta como un diccionario, un compendio alfabético en donde las impresiones, las emanaciones, las ideas que transmiten determinados lugares de la City, aparecen ordenadas de la A a la Z, otorgando un mayor componente de deshumanización a la imagen global que el autor busca transmitir.

Tras el vagabundeo alfabético por los barrios londinenses, el texto aborda el magnetismo y la fijación, que tiene mucho de absurdo kafkiano, del escritor con el Castillo de Miramar en Trieste. Aunque el relato aparece casi al final del libro, me atrevería a señalarlo como el núcleo principal de la obra.

El Castillo de Miramar en Trieste.

En Miramare se nos ofrece una profunda visión emocional de Trieste, además del hechizo que desprende el Palacio, lugar en donde residió, y este es el motivo principal del asunto, el archiduque Maximiliano de Habsburgo, antes de partir hacia el otro lado del mar, es decir a México, para ejercer allí como Emperador.

El Emperador Maximiliano I.

Un Emperador austriaco para los mexicanos… Ese era el nivel de absurdo de la Kakania Austrohúngara. Maximiliano marchó para allá y, apenas tres años después, atrapado en una revolución republicana, fue derrotado y apresado en Querétaro y, después, fusilado de forma absurda. Una de las páginas más dramáticas y negras de ese insostenible Imperio.

Fusilamiento de Maximiliano I, en un cuadro de Edouard Manet.

Por eso, Miramar ejerce una profunda atracción sobre Miklos, la atracción de lo desolado, de la derrota y de la pérdida, del sacrificio absurdo y en nombre de nada, de la vacuidad, de una vacuidad al estilo de Zama, y donde el cuarto del Emperador en el Palacio es el remedo de un austero camarote de barco con tintes de celda monástica.

Pero tras esto, La vida en Trieste aún nos ofrece tres partes notables: un texto, de nuevo alfabético, esta vez sobre el propio Trieste, y dos relatos importantes, El abrazo de Cthulhu, de evidentes resonancias lovecraftianas, y la que para mí es la mejor porción del libro, Vacas flacas, un final con grandeza y maestría narrativa para dar paso a la última entrada titulada Epílogo elíptico, que ratifica la voluntad de cierre circular de la obra poliédrica.

Es La vida en Trieste un libro de viajes y un viaje interior a los fantasmas y terrores del escritor, a las zonas oscuras que se iluminan con el sol que se filtra por los callejones de Budapest, con el cielo triestino siempre presente como un escenario en donde Miklos se desborda y nos apabulla con su tratamiento del espacio-tiempo, la mejor forma conocida de realizar un viaje al interior, recorrido sostenido sobre las geografías imposibles de la memoria.

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