carrusel, internacional — 25 enero, 2013 at 10:00

La lista de la compra

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Cartas desde Mozambique

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Por Sergio Rozalén

Viernes por la tarde en Praia de Xai-Xai. Casi ha anochecido cuando, finalmente tras todo el día esperándolo, un camión enorme aparca en la Escolinha y muestra, escondido debajo de una lona negra, su carga de toneladas de comida. A algunas madres que estaban allí todavía tras la reunión del programa“Levántate, mujer” se le suman muchas otras, aparecidas repentinamente del mato, componiendo todas ellas un eficaz ejército que, en breves minutos, descargará la mercancía que ha traído el camión desde Maputo y que convertirá la sala central de la escuela de Khanimambo en un improvisado almacén de comida. Aunque no debería sorprenderme, puesto que sobre la cabeza de mujeres mozambiqueñas he visto transportar bombonas de butano o troncos de más de dos metros de largo, me quedo nuevamente atónito cuando mujeres entradas en años cargan enormes sacos de arroz encima de su cráneo y, lo que es más sorprendente, mantienen el equilibrio durante el recorrido necesario.

Primera hora de la mañana del sábado. Profesionales de Khanimambo y algunos adolescentes voluntarios llevan un buen rato pesando y empaquetando bolsas dentro de la escuela. Fuera de ella, docenas de madres hacen cola para recoger la mercancía que hoy se llevarán a sus casas: unos 10 kg de arroz, 4 kg de harina, 4 kg de amendoin (cacahuete), 4 kg de feijâo(judías pintas) y unos kilos más de azúcar y sal, junto con varias barras de jabón por cada niño que estudia en la Fundación Khanimambo. Es la Cesta de Comida, uno de los proyectos de la Fundación con el que premian a los ahijados y resto de niños de Khanimambo que durante el último mes hayan cumplido con lo que se espera de ellos: asistir a clase en sus colegios y tener un comportamiento adecuado en la Escolinha. ¿Un premio? Sí, la cesta de comida, que se entrega para los niños pero de la que obviamente se beneficia toda su familia, es un reconocimiento, un acicate para el crío pero sobre todo para su familia. Se pretende que el chaval estudie por encima de todo, que dedique su tiempo al colegio y no a trabajar en la huerta o vender collares en la playa. Quizá lo haga en los fines de semanas y muy probablemente en verano, pero no en horario escolar ni en temporada lectiva. Y si eso se cumple, algo que casi siempre sucede, la familia puede recoger cada mes esta particular lista de la compra.

¿Y comen con esto las familias de Praia de Xai-Xai? A tenor de lo que ha sido mi dieta en las últimas semanas, sí. Como sucede en medio mundo, el arroz es la base de la alimentación. Arroz blanco, arroz frito, arroz con zanahoria, arroz con todo tipo de molhos (salsas) y arroz para acompañar el famoso caril (una salsa espesa hecha con cacahuete o coco y a la que a veces se echa un poco de pollo o pescado). Pero no menos básico en Mozambique (y en otros países como Botsuana o Lesotho) es la xima, una masa hecha de harina de maíz y agua que se come prácticamente a diario y la que se echa encima alguna salsa o, si se tiene, algo de pescado. Me atrevo a decir que la xima ha sido mi comida más habitual del último mes y es que, cada mañana, a eso de las once de la mañana, cuando tocaba la hora del almoço, no era infrecuente que esta masa blanca y apelmazada, cocinada en enormes peroles sobre fuego de leña por nuestra dos queridas cocineras, terminaba primero en mi plato y a continuación en mi estómago, siempre acompañado de algún carapâo (pequeños pescados), una crema de espinacas del lugar o alguna otra salsa a base de verduras.

Desde que llegué a Mozambique me sorprendió la manera en la que la gastronomía del lugar hace uso del coco: no se come, como en Europa, en pedazos y crudo, sino que se machaca y raya para hacer con él el famoso caril, esta sabrosa salsa consistente, de color blanco o marrón (la que se hace con cacahuete) que veremos cocinar a muchas familias en cualquier lugar del país. Cuando alguna vez he pedido partir el coco para comérmelo así, crudo, he notado las miradas de asombro de los lugareños. La misma cara que han puesto cuando me han visto comer las mangas (el mango, que aquí tiene dos tamaños diferentes): si uno se empeña en pelar con un cuchillo la piel de una manga y luego intentar extraer con el mismo instrumento algún trozo comestible, lo único que conseguirá es terminar con las manos chorreantes de pegajoso zumo. Una manga se chupa, empezando por la punta y sin pelarse. De otro modo estaremos perdiendo el tiempo y desperdiciando esta fruta tropical que aquí, obviamente, sólo tenemos que estirar el brazo para cogerla de algún árbol.

Pero en un lugar en el que algunos niños dan muestras de malnutrición, donde las sequías y/o las inundaciones han sido habituales en los últimos años y en el que la agricultura es claramente de subsistencia y atrasada, esta cesta de comida es una ayuda importante. No se trata de asistencialismo ni de alimentar a la población, sino de motivar a las familias para que prioricen la educación de los hijos frente al trabajo. Y en un país en el que cabría preguntarnos si se pasa hambre, desde luego esta comida mensual ayuda. Veo marchar a las madres (¿algún padre por aquí? no, ninguno) mientras me sonríen, con sus kilos de comida cargados sobre sus cabezas, felices por tener hecha un mes más su particular lista de la compra, y les devuelvo la sonrisa al mismo tiempo que canturreo: “tú que eres tan guapa y artista, tú que te mereces un príncipe, un dentista (…).

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Reparto de xima a la hora de la comida

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