ACHTUNG!, arte, carrusel, escena, teatro — 7 noviembre, 2021 at 12:43

Clowns de Antzoki Teatteri, o cómo mantener conmocionado al público sin pronunciar una sola palabra

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Se representó Clowns en el Teatro Távora (Sevilla) de la mano de la compañía Antzoki Teatteri. Uno de esos trabajos que su sinopsis, su teaser están tan alejados de lo que uno verá en escena, que uno queda totalmente desorientado a pesar del paso de unas horas de ver su representación.

Mi amigo y  antiguo compañero de carrera de filosofía en mis días en la Universidad de Sevilla, Antonio Ledesma Flores, es especialista en el pensamiento del filósofo alemán Theodor Adorno. Y justo hace poco tiempo hablé con él de dicho autor, donde definió a una obra de “arte ligero” como: una obra que estaría dentro del “entramado” del sistema, el cual procura que cada individuo consuma un producto de la Industria Cultural para canalizar sus frustraciones y contradicciones, derivadas de vivir en medio del sistema capitalista. Así esa película de Hollywood, esa canción emitida en la radio, ese programa de concursos de la televisión…, nos vale para “vaciarnos”, y dejar espacio para recargarnos de más frustraciones y contradicciones en la jornada de trabajo del día siguientes o cualquier cosa equivalente. De tal manera, se consigue generara un equilibrio que mantiene este ciclo en pleno rendimiento.

Una obra de “arte ligero” no deja de ser una obra de arte, siendo que entre otras cosas, siempre queda margen para que haya un momento de verdad en el que ese concursante que aspira obtener algunos miles de euros acertando unas preguntas en ese concurso, nos pueda mostrarse tal cual es.  Mientras expone el cómo las contradicciones del capitalismo le ha hecho comportarse de esa manera concreta, en ese momento concreto. Claro que ese momento de verdad podría ser interpretado de muchas formas, sin embargo en ellos hay margen de leer que hay “grietas” en los propios cimientos del sistema, que se nos vende como una maquinaria perfecta que se retroalimenta así misma, dado que incluso en nuestro tiempo de ocio estamos siendo productivos, al ocuparlo con cosas que requieren un intercambio comercial.

Foto: Nacho Cortés Campello e Israel Sánchez
Foto: Nacho Cortés Campello

 

Todo en el sistema ha sido mercantilizado, de tal manera que todo es visto como algo que es susceptible de ponderarse su valor de cambio (más allá de si de ello se le puede sacar un uso determinado). Así todo está contaminado de la ideología que promueve que ser una persona con un buen poder adquisitivo, nos facilitará nuestra emancipación como sujetos, por encima de poder ejercer derechos que, por ejemplo, estén contemplados en la Carta de los Derechos Humanos. En esta línea, Adorno añade que definir una obra de arte de una manera concreta es cosificarla: es casi como ejercer una violencia que la “fosiliza”. Dificultando que de ella se desencadene, un estudio que nos permita identificarla como una muestra que testifique las características de este sistema autoritario que porta una imagen comedida, dado que nos provee un sinfín de “productos culturales” para ocupar nuestro tiempo de ocio; que dicho sea de paso, éste ha sido colonizado en favor de sacarnos el máximo rendimiento como consumidores, más que como ciudadanos que ejercemos derechos y obligaciones universales.

En contraposición, están aquellas obras de arte que nos generan “heridas”, que no nos reconcilian porque el protagonista de la película al final no consiguió salir ileso, a pesar de todas las dificultades que fue superando a lo largo de la trama, y demás cosas por el estilo. Se trata de obras que nos hacen enfrentarnos con nuestra propia condición humana, y como a ésta se le agrede por todos los frentes, al margen del país de origen que sea uno, el poder adquisitivo que se posea, la religión que se profese, etc… De esta manera, hacemos mímesis con ese personaje de aquella obra de teatro que no nos deja espacio para pensar que la “redención” es su destino final; siendo que se evidencia que la misma es irreductible e indefinible.  O dicho de otra manera: esa obra de teatro que nos conmociona, que es hermética de cara a sus espectadores, nos ayuda caer en conciencia de que nosotros los seres humanos, somos sujetos que necesitamos ser emancipados.

Foto: Israel Sánchez
Foto: Israel Sánchez

 

Una obra de arte que genera “heridas” es enigmática, porque aunque la deseemos descifrar, no nos es posible resolverla. Nos proporciona una promesa, porque ante ese deseo de resolverla no es cubierto, entonces estamos ante una promesa de emancipación que está rota. Esto es: la obra de arte nos da algo con sentido pero no nos proporciona todas respuestas completas, y encima la misma nos remite a más cosas. He allí que esta obra de arte se resiste a ser descifrada para no ser objetivizada. Sin olvidar, que una obra de arte para Adorno debe de ser refractaria: en primer lugar la palabra “refracción” se refiere algo que aparenta cierta desviación al ser introducido en otro objeto (efecto visual que se genera al introducir una cuchara en un vaso lleno de agua). Por tanto, la obra de arte en cuestión no refleja la realidad tal cual es: de tal forma no es identificable con nada, no es comercializable, no es posible de usar para ornamentar algo.

Lo anterior, no es más que una aproximación a varias de las herramientas que me han resultado irrenunciables, a la hora de comentarles lo que he visto en la obra Clowns de Antzoki Teatteri. Esto es: esta pieza me resultó absolutamente indescifrable, porque aunque en la mayor parte de las escenas todo era reconocible, el caso es que el asecho del “Dragón” (así se le llamó en la sinopsis de la misma) por el que pasaban sus protagonistas, podría ser interpretado de tantas maneras, que es muy difícil ser precisos. No obstante, a lo largo de la representación que se hizo el día 5 de noviembre en el Teatro Távora, lo único que quedaba claro es que ese “Dragón” era un ser deshumanizado, un ser inmaterial con el que no había manera de mediar palabra o lo que fuera. El hecho es que éste tenía la capacidad de acercarse a las protagonistas casi tantas veces como se le antojara, ejerciendo sobre ellas una posición de poder que era insaciable.

Foto: Nacho Cortés Campello
Foto: Nacho Cortés Campello

 

Claro que los más intuitivo es agarrarnos a la idea de que Clowns era una obra que abordaba el tema de la violencia de género que sufría la madre, y por extensión, la violencia que sufrían las dos pequeñas hijas por parte de un presunto padre, o lo que fuere el tipo de vínculo que tuviesen con dichos personajes. El caso es que ello iba perdiendo importancia, siendo que una vez que huyeron del espacio común que compartían con el “Dragón”, ellas tres y los dos encantadores ositos de peluche, nos mostraban cómo consiguieron un nuevo sitio donde refugiarse y rehacer sus vidas. De esta forma a nosotros espectadores, se nos permitía conocer cuáles eran los caracteres de cada una de ellas, qué tipo de relación tenían, y cómo no, como se divertían y se cuidaban la una a la otra. Hasta tal punto, que a veces se nos olvidaba de que el “Dragón” podría volver en cualquier momento…

Dicha estructura, no permite que el público consiga sacar de esta pieza que “todo irá bien”, que “todo se resolverá si la madre y sus hijas son fuertes”. No  importaba el paso del tiempo, la fidelidad y acompañamiento de sus ositos de peluche, que las niñas llegasen a la adolescencia…, el “Dragón” les asediaba esté o no cerca de donde fuere que estuviesen, generando un terror psicológico que les producía secuelas.

Foto: Nacho Cortés Campello
Foto: Nacho Cortés Campello

 

En Clowns se vieron escenas que podemos intentar traducir como una violación, una paliza a una madre abnegada… o qué decir de que a las dos niñas,  no les era posible tranquilizarse si no se mantenían cerca de sus ositos de peluche, porque ellos les garantizaban afecto y seguridad. Un afecto que por más que se esforzara la madre en transmitirles a sus hijas, ella tenía que sobrellevar la situación de maltrato y abuso que ha ejercido sobre ella y sus hijas el “Dragón”, a la par que sacarlas adelante, asegurarse que vayan a la escuela, etc… Era desgarrador cómo las niñas resguardaban a sus ositos del terror que pasaban, como una forma de representar que “ellas no estarán a salvo pero a quien tengo cerca le demuestro que ante todo estamos todas juntas, antes de lo que sea que vaya a hacer el “Dragón” con nosotras”.

Todo esto se fue escenificando con una estética intencionalmente infantil y cándida, no sólo para mostrarnos que en el fondo de los corazones de las protagonistas, hay bondad, inocencia y ganas de vivir pase lo que pase con el “Dragón”; sino que además, nos remite que sea cual sea el rostro que se ponga por delante, éste puede ejercer violencia sobre nuestras vidas, y atentar contra nuestra dignidad humana. Por tanto, lo siniestro y lo grotesco, no sólo proviene de lugares que calificamos como “oscuros”, ello puede proceder en cualquier momento que las cosas se vayan de nuestro alcance. Y por si queda alguna duda, no quiero decir con lo anterior que la obra nos lleva irremediablemente a la desesperanza, sino más bien, que se nos presenta como un espejo de la tensión que opera en cada momento de nuestras vidas.

Foto: Nacho Cortés Campello
Foto: Nacho Cortés Campello

 

Dando espacio al afecto entre seres queridos, crecer como seres humanos…, pero el sufrimiento es inevitable, las injusticias y los abusos están a la orden del día. No obstante, no hay que resignarse, porque aunque haya “Dragones” que nos puedan incordiar en varios momentos de nuestras vidas, uno ha de mantenerse firme y enfrentarlos, por respeto a nosotros mismos y a nuestra condición humana. Si éstos finalmente nos “vencen”, al menos se ha visualizado que han tenido que ejercer violencia, valerse de su posición de poder para llevarnos por delante.

En lo que respecta a la puesta en escena de Clowns de Antzoki Teatteri: es una obra sencilla plagada de detalles que fueron ejecutados con un mimo y una templanza, extraordinarios. El ritmo de cómo fueron desarrollando cada escena nos ayudaba a nosotros los espectadores, a entrar en lo que sea que estuviese sucediendo, para que cuando regresase el “Dragón” nos volvieran a conmocionar, y cuando había una situación más amable entre las protagonistas, se nos ensancharan nuestros corazones una vez más. Y que conste que las partituras de movimiento de las cuales se valieron, no parecían especialmente virtuosas; sin embargo, todo estaba en sus sitio, de lo contrario no se me ocurre manera de entender cómo era posible, que viéramos una obra que era tan cruda, como a la vez tan extra cotidiana (he ahí el carácter refractario que emanaba la pieza en cada escena).

 

Esta obra fue hecha con tanta inteligencia y cálculo, que la música y la iluminación que usaron no eran meros acompañantes o para favorecer que nosotros los espectadores llegáramos a cierta catarsis; sino más bien, ambas articulaban lo implícito con lo explícito de lo que sucedía en escena. Es más, me atrevería a decir que tanto la música como la iluminación, fueron claves para que tengamos otro ejemplo de que el texto en una pieza de artes escénicas, no es más que un recurso, no la base que nos acerca al contenido que se trata de trasmitir a través de una representación ¡Espectacular!

Cada uno de los personajes tenía su personalidad, y que conste que ello lo pudieron haber dejado en un segundo plano, siendo que los asedios que hacía el “Dragón” sobre ellas, era lo que modulaba la dramaturgia de esta pieza. Pero no se conformaron, la corporalidad de cada uno de los personajes iba evolucionando de escena a escena, o por ejemplo,  la vida que le dieron las que interpretaban a las dos niñas, a los ositos de peluche. Pues, ese trabajo con peluche es propio de maestros clown, dado que le dieron vida y presencia escénica a seres aparentemente inanimados.

En fin, salí del Teatro Távora afianzando la idea de que las artes escénicas tienen el potencial de sacarnos de nuestras inercias cotidianas, a pesar de que vivamos en un mundo en el que hay que desensibilizarse para mantener cierta salud mental, y poder seguir adelante con el fin de materializar nuestros proyectos de vida, lo que nos da razón de ser: Muchas gracias al Teatro Távora por programar este tipo de trabajos, y gracias a las personas que integran Antzoki Teatteri, por demostrarme que no importa que tantas obras de artes escénicas uno haya visto, siempre volverá ese trabajo que te deje desarmado y con los pelos de punta.

 

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