cine, cine | tv, featured — 13 abril, 2012 at 11:00

Lars Von Trier: revisitando el milagro | cine

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#Cine en Achtung! | Por Pablo Cerezal

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Como bien se ha encargado el gran Scorsese de recordarnos con su última genialidad, La invención de Hugo, el cine nació como milagro y su evolución tendía, hasta no hace mucho, a afirmar la creencia de los humanos en la existencia de los milagros. No se malinterprete, no hablamos en términos religiosos, más bien en términos antropológicos: un milagro hubieron de ser para los escasos espectadores los primeros pases cinematográficos. Aunque en el caso que nos ocupa, nos deslizamos peligrosamente, además, en el terreno de la mística.

Lamentablemente andamos hoy sobrados de estallidos de fieltro y sonrisas de gomaespuma que no vivifican en modo alguno el espíritu primigenio de este, el séptimo arte. Por ello, por acudir al milagro, nos sumerjimos en la revisitación de dos obras cumbre del cine, fecundadas por la desquiciada lucidez del mismo genio: Lars Von Trier.

Enfrentarse, efectivamente, a Rompiendo las olas y Bailar en la Oscuridad, sin más pausa que la suficiente para servirse una copa de vino, es un amargo trago que hace que el zumo de uva servido se nos antoje dulce y refrescante. Difícil enfrentarse a tanto sentimiento a flor de piel, tanto sufrimiento contenido o expulsado, pero siempre furioso y dictatorial.

Decidió el director danés, hace apenas una década, reescribir las normas de la cinematografía recuperando sus egregios orígenes equidistantes de la técnica y el oropel. Recuperar la esencia primigenia del cine que alimentaron los que ya hoy son clásicos. Para ello puso en pie un decálogo de nombre Dogma, según el cual debían alejarse, en adelante, sus películas de cualquier tipo de manipulación técnica que convierta la grabación en algo distinto a un puro acto natural. Ausencia de iluminación artificial y sonidos pregrabados, utilización de escenarios reales, uso de la cámara al hombro. Son sólo algunas de las normas que Von Trier impuso en su Dogma, sólo para pervertirlas o, al menos, no cumplirlas a rajatabla, en sus dos más geniales filmes.

 Los dos largometrajes que nos ocupan, junto con Los Idiotas, formarían parte de una trilogía de nombre Corazón de Oro, en que el cineasta danés nos daría su cruda opinión sobre la bondad, utilizando en todas ellas una “heroína” femenina portadora de tan admirable cualidad, y expuesta por ello a un sinfín de sufrimientos rayanos en lo puramente insoportable.

Ríos de tinta han hecho correr estas dos epopeyas, y tarea pueril sería enfrentarse a un nuevo análisis crítico de las mismas. Quiero sólo incidir en lo que de milagroso existe en ellas.

cine-larsvontrier-peliculas-revista-achtungEn Rompiendo las olas asistimos al nacimiento y desarrollo del milagro del amor, un amor que todo lo puede, y cuya extinción no puede acontecer más que con el fallecimiento de uno de los amantes. Pero ya se encarga Von Trier de explicarnos cómo ni siquiera la muerte está por encima del poder del amor. Una debutante Emily Watson crece ante nuestra mirada alucinada hasta alcanzar dimensiones ciclópeas en su grandeza espiritual, en una generosidad sin límites más propia de los mártires del santoral cristiano. El personaje de Bess, que Watson despliega con una veracidad sencillamente enternecedora y magistral, desgarrando absolutamente la planificación actoral clásica (y, de paso, nuestros corazones) con esas miradas directas a la cámara en determinados momentos del filme, va tomando la forma, efectivamente, de una mártir del amor: una persona a medio camino entre la locura y la santidad, cuyo sacrificio pondrá en pie, de nuevo, a su enamorado, postrado hasta entonces en una cama de la que ningún avance médico podría levantarle.

Sólo Von Trier puede regalarnos una escena final como la de Rompiendo las olas. Una memorable secuencia en la que comprendemos, admitimos, asimilamos y amamos el milagro. Sólo él puede conseguir que el espectador no rompa en carcajadas ante el irracional epílogo a este monstruoso descenso a los infiernos que nos muestra la película.

Milagro.

Por el camino ha dejado, además, esas ocho deliciosas postales digitales amenizadas con clásicos del rock de los ’70 que, a modo de inicio de capítulo, ofrecen de tanto en tanto, al espectador, un respiro, una bocanada de aire fresco, ante el despliegue de crudeza con que la nerviosa y certera cámara en mano nos narra esta brutal historia de castigo y redención.

En Bailar en la oscuridad, el autor danés, es aún más infiel con los preceptos de su Dogma, al poner en pie un musical en las antípodas de todos aquellos con que Hollywood engrandeció el género. Un musical alejado de la sonrisa y el entusiasmo, e inmerso, de nuevo, en el más desolador de los sufrimientos.

Una nueva heroína bondadosa, una nueva mártir. No haremos sociología barata indagando en los motivos por que Von Trier maltrata de tal forma, en la pantalla, a sus personajes femeninos. Nuevamente una debutante, la cantante Björk en esta ocasión, que a pesar de componer un personaje inolvidable como creemos, tras ver el filme, ninguna otra actriz podría haberlo hecho, huyó despavorida de cualquier carrera cinematográfica, suponemos que agotada por el esfuerzo sobrehumano que debió suponer el despliegue de dolorosa veracidad que nos regala con su personaje de Selma. De nuevo el amor, materno en este caso, es el epicentro de una epopeya dolorosa hasta límites insoportables, y si bien en este caso la escena final se sitúa en las antípodas de lo que podríamos considerar un milagro y coloca nuestro aparato digestivo al borde de la revolución, Von Trier ha sembrado a lo largo del metraje las semillas de su milagro, esta vez en forma de revolucionarios números musicales. Unos interludios musicales efectivamente prodigiosos.

Milagro.

En su megalómana planificación, en la sabia utilización y combinación de texturas, en los múltiples puntos de vista, en el orquestral despliegue de cámaras, en la desgarradora fuerza de las canciones y la voz todopoderosa de Björk. Unas escenas en las que, decididamente, desearía el espectador quedarse a vivir, antes de regresar al sendero de espinas que atraviesa, descalza, la protagonista. Son, de nuevo, estos números musicales, el respiro que Von Trier ofrece al espectador para que pueda éste regresar al infierno que vive Selma. Y pretende hacerlo hasta el último instante, el cruel e inclemente momento en que la voz de la protagonista queda definitivamente quebrada, a mitad del más desgarrador de sus cánticos.

Faltaría enfrentarse a Los Idiotas, este tercer milagro fecundado por Von Trier, para completar el tríptico del Corazón de Oro, Será en otra ocasión.

Y disculpen la falta de concreción, pero…los milagros hay que vivirlos. No se pueden explicar.

@pablo_cerezal

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