ACHTUNG!, artes | letras, carrusel, libros, literatura, Odradek, opinión — 7 junio, 2019 at 20:08

Brujamadre de Javier Medina Bernal o una moderna elegía minimalista

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La elegía se caracteriza, desde los inmemoriales tiempos grecolatinos, por ser un texto de lamento, en donde se llora una pérdida, aunque no sea necesariamente la de un ser querido. Con el paso del tiempo, este género, fundamentalmente poético, ha pasado a ocuparse de lo fúnebre, recordando a la persona que ha muerto. En este sentido, dentro de esta compleja tradición (porque escribir poesía elegíaca no es nada sencillo) se inserta el poemario del panameño Javier Medina Bernal, Brujamadre, editado por El duende gramático.

En efecto, elegía, cuyo objeto en este caso es la muerte de la madre del autor. Por tanto, un poemario que jamás hubiera querido escribir Javier Medina Bernal, tal y como me comentaba hace poco en un correo electrónico. Medina Bernal maneja con aplomo y también con cierta obsesión, la muerte como uno de sus referentes en su imaginario narrativo. Así pudimos comprobarlo ya en su excelente novela-debut Lagarto Rey (Nieve de Chamoy), un magnífico juego literario asentado en una poderosísima voz narrativa y al que ya dedicamos un espacio aquí en Achtung!:

https://www.achtungmag.com/javier-medina-bernal-y-lagarto-rey-el-reptil-borracho-en-el-ojo-del-escritor/

La muerte, también será un asunto de importancia en su próxima publicación, la novela Diario de un poeta despechado, ganadora del LXXVI Concurso Nacional de Literatura de Panamá, Ricardo Miró 2018, y que ya he tenido la fortuna de poder leer y disfrutar antes de su aparición. Medina Bernal, narrador, poeta y músico (cantautor, esa compleja catalogación que no significa lo mismo en Europa, Latinoamérica o Estados Unidos), es un autor multipremiado. Este mismo premio Ricardo Miró lo ha ganado, también, en 2011 y 2013, pero en poesía y relato respectivamente.

Así, alcanzamos este poemario, Brujamadre, el que nunca quiso escribir. En la contraportada del libro se hace una amplia referencia al género elegíaco, se pone el foco en que el dolor es uno de sus motores (quizás el único), y se muestra como uno de los grandes desafíos literarios para cualquier autor: no es nada sencillo escribir sobre la muerte de una madre, ya sea en verso o en prosa, sin caer en los lugares comunes, las expresiones fáciles, superando el exorcismo terapéutico, y dejando un texto conmovedor que se signifique por sus virtudes artísticas. No creo que sea necesario que afirme que el panameño lo consigue con brillantez.

La muerte de la madre (y lo sé por experiencia) es una situación bloqueadora, que deja al escritor inmovilizado, sin capacidad de reacción durante un tiempo. Después, cuando se ha tomado un poco de distancia, se aborda ese texto que uno jamás desearía escribir. Bernal ha conseguido llevarlo a cabo, y notablemente, por el contrario, yo no he sido, por el momento, capaz.

A todo lo que he llegado es a marcar con una crucecita roja al margen un lugar de mi futura novela (que ni siquiera tiene nombre todavía) y que andaba escribiendo en aquellos momentos, algo que ya hizo el cántabro José María de Pereda con motivo de la trágica muerte de su primogénito, que se suicidó, señalando con una cruz en el manuscrito de Peñas arriba el instante del suceso —en concreto, en la página 18 del capítulo XX—.

Sin embargo, Bernal ha sido capaz de ir más allá del signo conmemorativo, de actuar con la poesía para enjugar el dolor, al contrario que el propio Pereda, a quien la muerte de su madre sumió en el desánimo y en la postración, o más lejos que en mi caso, cuando incapaz de encontrar recursos literarios propios he tenido que recurrir a partes del Paraíso de la Comedia de Dante para poder anestesiarme con literatura.

Por tanto, reaccionar literariamente, elegíacamente, ante el fallecimiento de una madre, no es un asunto al alcance de cualquiera. Esta literatura del duelo, por llamarla de alguna manera, habitualmente deriva en dirección a la mala literatura, porque es difícil abstraerse, o sobreponerse, a la mera escritura terapéutica que ciega al autor, le lleva al sentimentalismo y, de la mano de ese sentimentalismo trágico, llegan las figuras de repetición y lo trillado.

Javier Medina Bernal, autor de Brujamadre.

Este tipo de literatura, que tal vez debería de caracterizarse por su excepcionalidad, parece haberse convertido, en la permanente prostitución de la industria literaria y editorial, en un producto masificado, como si vender los sentimientos y dolores de los autores ante una pérdida fuera algo más lucrativo que otro tipo de géneros.

El duelo, la narrativa del duelo, la poesía elegíaca, entran así en la mesa de novedades. El dolor se bestselleriza, y quedan pocos autores que manejen el asunto con sinceridad y honradez. Pero aún existen, y Brujamadre, de Medina Bernal, es un buen ejemplo de este tipo de resistencia. Ni una concesión. Solo poesía. Buena poesía.

El lector siempre ha tenido una relación malsana con la elegía, ya fuera narrativa o poética. Somos humanos, y aproximarnos al dolor ajeno, meter las narices en el sufrimiento de los demás, produce una especie de extraño placer. No alcanza a ese acto de egoísmo de los jueces que se enteran de la muerte de Iván Ilich y celebran que no han sido ellos los finados, pero sí que este tipo de textos poseen algo de catárquico.

De hecho, ante mi imposibilidad para hacerlo, me he redimido un poco, he alcanzado cierto grado de catarsis por el dolor de Bernal, agradeciéndole que, llorando la pérdida de su madre, yo haya sido capaz de hacerlo por la mía a través de la lectura de su poemario.

Así de importante es el asunto. Siempre que el tono elegíaco sea el adecuado, y de su calidad se desprenda esa condición de conectividad con el lector que se verá arropado, abrazado por un manto de palabras que lo solidarizan con el autor, y los convierte, a ambos, en deudos de la misma desgracia, avanzando juntos gracias a la poesía.

La elegía desafía a su autor de dos maneras: tiene que superar la vergüenza (o pudor, o como deseemos llamarlo) de mostrar sus sentimientos como nervios abiertos al aire, expuestos a la picota pública, y en segundo lugar sobreponerse a ese estado de postración, de imposibilidad ante el dolor para poder llegar a realizar el duelo, y ponerse a escribir. Creo que en la forma de la superación de ambas trabas radica el éxito o el fracaso de un texto elegíaco. Muchos autores superventas, flojos o fatuos, vacíos, han sido mentirosos e inútiles a la hora de manejar su propio dolor y como resultado han firmado porquerías movidas por las modas, el oportunismo y la prosa patética, contrapuesta a esa prosa poética que caracteriza a algunos textos elegíacos —como el excepcional Mortal y rosa (Cátedra) de Francisco Umbral, escrito en memoria de su hijo, muerto a los cinco años por una leucemia—.

Otros grandes autores que han creado elegías inolvidables, además del propio Umbral, son Jorge Manrique con sus célebres Coplas por la muerte de su padre, Lorca y el Llanto por Sánchez Mejías, la Elegía a Ramón Sijé, de Miguel Hernández, o qué decir, fuera del ámbito de lo hispánico, de la Elegía de Marienbad de Goethe —de tristeza devastadora ante el rechazo de un amor—, o las Elegías de Duino de Rilke —en este caso, el praguense no canta tanto a una pérdida humana como sobrenatural: quiebra de la conciencia, sentido de la existencia, el dolor por sí mismo…—.

Páginas de las Coplas por la muerte de su padre, de Jorge Manrique.

Dentro de la narrativa, quiero destacar Los verbos auxiliares del corazón (Alfaguara), del húngaro Péter Esterházy, conjunto de textos cuyo motor común nace del duelo por la muerte de su madre, hasta el punto de presentar cada página como una esquela. Esterházy eleva a su madre a la categoría de mito, y esto mismo realiza, en cierta manera, Medina Bernal desde el inicio de su Brujamadre, ya en el propio título y en el primer texto que sirve de introducción al poemario.

Portada y paginas interiores (como esquelas) de la novela de Esterházy:

Desde el principio, el autor busca reflejar las cualidades sobrenaturales que toda madre posee para con su hijo. El niño contempla a la madre como alguien superior, un personaje que, casi como un superhéroe, es capaz de todo. De ahí el título de Brujamadre, de la necesidad del autor-niño en creer que su madre era capaz de volar como las brujas, pero siendo una bruja buena, obviamente. La madre volará, y con ella también volará el hijo. Un proceso de mitificación materno que todos hemos llevado a cabo en un momento u otro de la infancia, y que Medina Bernal quiere señalar como el punto de partida de su elegía.

Brujamadre es un poemario minimalista, introspectivo y cuidadoso, siguiendo la máxima de que menos es más, reprimiendo los recursos para significar el dolor y el lirismo, caminando contenido para no caer dentro de la fosa de lo ya dicho, de la cursilería, del sentimentalismo manido.

Lo primero que llama la atención es la conversión de la madre en un órgano: el órgano enfermo que le causará la muerte. Así, el libro se abre con el poema Páncreas, de cinco micro-partes que estremecen por su belleza directa y por el doloroso sonido que los articula. El principio es demoledor:

Ruina en donde creció el recuerdo.

Te supe esclava.

Tus pasos supe.

Te supe sonido”.

Después, se plantea el más complejo de los actos, el de la despedida, la imposibilidad de separarse de la madre una vez muerta:

Mastiqué tu despedida

al fondo del túnel”.

Esa despedida imposible, que debemos ingerir, admitir, como una bola enorme que se nos atraviesa en la garganta…

Me ha resultado sorprendente la tercera micro-parte de Páncreas, en donde se refiere a un “trópico sol” en relación con el fallecimiento de la madre. Me ha impactado, porque ese sol también fue objeto de terribles reflexiones en mi caso. Cuando falleció mi madre —toda ella pulmón como la de Medina Bernal era páncreas— en el hospital de cuidados paliativos de Guadarrama, recién entraba el mes de diciembre. Y era un atípico día de diciembre, luminoso hasta la herida, con el brillo de un sol inútil y sin esperanza, porque el nuevo día, para mi madre, era un día sin futuro y, por tanto, aquel odioso sol que calentaba a destiempo, un sol funesto y desalentador.

Encontraré el diente

que metieron en tu páncreas,

madre”.

Esto asegura Bernal, o la voz poética de Bernal, y refleja ese impulso que yo también sentí (¿quién no?) de imponerse a médicos, fármacos y tratamientos, y encargarse personalmente de la curación de la madre enferma, de encontrar el tumor, en mi caso en un pulmón, y ser capaz de arrancarlo de cuajo con las propias manos… para volver de inmediato a la realidad y darnos cuenta de que en la habitación de la enferma ya solo habita un estado de ánimo:

Y el miedo allí

desnudo”.

Así es el inicio de Brujamadre, con ese poema Páncreas que sublima todo el dolor experimentado por el autor durante los momentos previos a la muerte de su madre. Ya sé que no se debe confundir a la voz poética con la voz del autor —y siempre se lo advierto así a los alumnos de mis talleres—, pero en este caso es inevitable, por la relación de amistad que me une con él y por el conocimiento de su obra, disociar la fusión de ambas voces me resulta imposible. La voz poética de Brujamadre no es una voz ficcional o impostada, es la voz real y honesta del autor.

Un personaje invitado, y quizás no demasiado querido por parte del autor, irrumpe en el poemario: la figura del padre. Un padre que, aunque distanciado de la madre, asegura que también a él le ha afectado el deceso. El poema se convierte en un dialogo entre padre e hijo, donde la voz del hijo actúa casi de inquisidor, y las respuestas del padre lo enternecen:

Pero si tú no la querías, dije.

Créame, hijo, créame, un pedacito de mí se ha muerto”.

El poemario se ha convertido, por un breve instante, en un discurso narrativo y dialógico, pero pronto recupera el tono lírico para reflejar este sentimiento del padre alejado de la madre, pero que siente la pérdida:

Mi padre:

un ángel de piedra que

en la noche

quiere volver a ser carne

y volar”.

Los órganos son los culpables del dolor. Así, El pulmón de mi padre refleja la noche del velatorio de la madre, en donde las imágenes potentes se han transformado en esa “noche de velorio” en lo que el poeta denomina:

mi canto

de rabia”.

El odio es una de las mejores formas de consuelo, parece argumentarse en el poemario. En otros versos, el poeta implora:

Permita,

mamá,

que su hijo

odie”.

El hijo le pregunta al padre sobre el momento en que volverá a casa, pero el poeta ya no lo hará jamás porque, con sus versos, gracias a ellos, es capaz de protegerse ante cualquier mal:

Soy poeta.

Soy mi Dios.

Soy Dios”.

El poeta, como creador, es perfectamente entendido por Medina Bernal como un neutralizador de los peligros, un resucitador de los seres queridos, gracias a su discurso lírico, a su poiesis, que nunca fue más una poiesis de Lázaro, poiesis de resurrección mediante la palabra. La muerte, le ha forjado, ha hecho algo más sabio al poeta. No en vano, tal y como titula otro poema (uno de los mejores del libro), Los poetas convocan la sombra. Y esa convocación de las sombras es el mismo lenguaje que comprenden las brujas, las brujas buenas, insisto, una categoría a la que ya pertenece la madre, en su tránsito.

Logotipo de la editorial El duende gramático, que ha editado Brujamadre.

El mundo reflejado en Brujamadre es un lugar de sufrimiento cruel. Un mundo que viene marcado por las pérdidas, unas pérdidas que, a pesar de su infinito dolor, hacen que te aproximes más al recuerdo del ser querido que cuando aún estaba vivo. Así de tremendos son estos versos:

Espero

a que mi padre muera.

Para verlo muerto y empezar a quererlo.

Callado.

Mi padre

sin culpa”.

Porque, ojo, Brujamadre, que se planteaba como una elegía a la madre fallecida, ha ido derivando a la relación del poeta con su padre, del poeta con el mundo, con un mundo en donde, ahora, permanece el infinito hueco de la madre fallecida.

Hay que aprender a sobrevivir con esos huecos. Yo lo sé bien: he perdido a toda mi familia, excepto a mi hermana, y desde muy pronto tuve que superar las muertes de abuelos, después la de mi padre, más tarde la de mi hermano y, finalmente, la de mi madre. Esos huecos pueden llenarse con el cemento de la literatura, pero de todos ellos solo he sido capaz de escribir sobre mi hermano. Quién sabe si esta crítica de Brujamadre no sea el principio del desbloqueo en lo referente a elaborar mi propia elegía sobre mi madre, o tal vez este texto lo sea ya.

Brujamadre está repleto de imágenes y versos impactantes. El juego con la dicotomía luz/oscuridad es uno de los motivos del poemario:

Píntame el cuerpo de negro, madre.

Hazme noche.

Ayúdame a conocer lo oscuro,

el dolor del cielo”.

Javier Medina Bernal pone en pie un discurso lírico mediante el cual elabora su propio duelo, recupera la figura de la madre, se aproxima al padre y, en un gran ejercicio poético, nos hace partícipes del dolor, de nuestro propio y colectivo dolor, sofocándolo con versos.

Si la literatura debe resultar, en ciertos casos, como una terapia de catarsis, no solo para el autor, sino también para el lector, Brujamadre es un ejemplo de eso. Las sensaciones que nos genera, el estremecimiento, solo se encuentran en la buena poesía: aquella que se hizo con el alma, se escribió con el corazón, y se firmó con sufrimiento.

No hay otra forma. Javier Medina Bernal conoce bien el camino. Aunque preferiría no saberlo.

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