cine — 16 marzo, 2015 at 5:52

Birdman (o el inesperado defecto final)

por

stone

Por Mr. Kropka

Empezar a escribir sobre Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia) afirmando que Boyhood debió haber ganado el Oscar quizá sea errado, pero es la única manera de acercarse a escribir un texto honesto sobre el último trabajo de Alejandro González Iñarritu. Claras son todas las virtudes del filme: la potencia de la imagen y la forma, así como el contenido, pero también es innegable que el filme se traiciona al final de la historia. En cambio, Boyhood es un experimento arriesgado, coherente y honesto hasta el final; también muy bien dirigido por ese extraño director Richard Linklater. 

Al inicio de la cinta reconozco que estoy viendo un cine que me suena de algo porque ese plano secuencia tan alabado lo he visto practicado en casi toda la carrera de Alfonso Cuarón; es decir, asocio planos secuencias al también ganador del Oscar por Gravity. Pero después el plano secuencia queda en segundo término por la fuerza de lo que me están contando en la pantalla. Veo un experimento cinematográfico que funciona a la perfección; cada puerta nueva que se abre contiene una sorpresa es más grande que la anterior. Bastan pocos minutos para intuir los claroscuros de cada personaje; la dirección es magistral; la fotografía impecable; la banda sonora a medida y el reparto de actores es inapelable. 

Riggan Thomson, (Michael Keaton) actor de blockbusters venido a menos, quiere lograr convencer al público y a sí mismo de que tiene la talla de un verdadero actor, y que de algo tiene que valer su fracasado matrimonio y el abandono en el que dejó a su hija. Para esto pretende montar una obra de teatro: ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor? Basada en un relato de Rymond Carver, es aquí cuando todo cobra sentido. El experimento de Iñarritu llevado al límite es brillante y arrojado, pero hay algo que no entiendo, habiendo tomado tantos riesgos para hacer este film, ¿por qué el director deja caer al precipicio el final?  Como ya lo dije antes, el pecado de Birdman es que se traiciona justo en el desenlace; que de haber obedecido a la coherencia de la historia narrada estaríamos hablando de uno de los mejores finales en los últimos años del cine. Por qué lo digo, porque toda la película trabaja dentro del mundo de Ryamond Carver, escritor estadounidense, gran maestro del relato corto americano ubicado en el llamado realismo sucio de los años 80. Los relatos de Carver son feroces, sin concesiones; lúcidos retratos de esa parte sórdida y confusa que habita en todos nosotros. En el mundo de Carver las historias no terminan con finales de realismo mágico. Llegando al punto en que Riggan se mete un balazo de verdad ya no hay salida, la realidad le ha explotado en la cara al personaje, se acabó, no hay más. Después viene la escena final que reta al espectador, y de un plumazo el gozo que he llevado durante toda la película termina: la hija de Riggan lo observa volar cuando éste salta de la ventana del hospital. Parece que esa visión personal del arte de la que habla Iñárritu, se esfuma para dar paso a un falso final feliz.

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