ACHTUNG!, artes | letras, carrusel, libros, literatura — 30 mayo, 2017 at 0:15

Un Antonio Orejudo bajo en calorías con Los Cinco y yo

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Antonio Orejudo parece haber renunciado en gran parte a lo que ha sido una de las señales más reconocibles de su literatura: el humor. No era un humor de gruesos brochazos, sino un humor inteligente y sibilino, un humor disolvente y con una pizca de mala leche que recorría gozosamente sus novelas. Sin embargo, poco queda ya de ese rasgo en Los Cinco y yo, su última y esperadísima novela publicada por Tusquets, que se muestra como un texto desnaturalizado, bajo en calorías literarias cuando el autor nos tenía acostumbrados a jugosas cucharadas de caviar narrativo.

Indudablemente, este cambio en el enfoque de su trabajo resiente la obra hasta unirla a lo menos brillante de la producción del escritor madrileño, tal vez junto a la irregular Un momento de descanso que, no obstante, sí mantenía las señas identitarias del autor. Los Cinco y yo no es la mejor obra de Orejudo, algo que en cualquier otro escritor sería sinónimo de fiasco. Afortunadamente, en Orejudo la más floja de sus obras puede ser tomada como un trabajo de calidad al que muchos escritores actuales no se acercarán, ni de lejos, en toda su vida. El problema con creadores de talento, al estilo del músico irlandés Van Morrison, por ejemplo, es que siempre se les exige lo mejor y nos decepcionamos cuando sólo nos ofrecen un desmayado notable.

Me resultaría sencillo hacer una crítica afirmando que Los Cinco y yo es una novela excelente —comparada con la mayoría de lo que se publica actualmente es bastante posible que eso sea así—, pero hace tiempo que prefiero juzgar el trabajo de Orejudo en comparación con el resto de su producción, dado que juega en otra liga, tal es el talento del escritor que nos ocupa. Y en esa comparación, esta novela no alcanza a situarse entre las mejores.

En efecto, Los Cinco y yo decepciona un tanto. Entristece el intuir todo lo que esta novela podía albergar y no ha conseguido desarrollar, y es una pena que la narrativa de Orejudo tome un camino que, obligatoriamente y como condición de evolución, necesite traicionar la originalísima y peculiar voz de su autor. Orejudo hace un trabajo de metaficción en esta obra. No duda en sumergirse a sí mismo como personaje, junto al escritor Rafael Reig, en las profundidades del texto, componiendo un collage de autoficción que, sin embargo, se empacha de modernidad y retórica literaria con un resultado mate.

La obra arranca muy bien, con uno de esos principios de Orejudo en los que el lector se siente hipnotizado por sus palabras y las páginas van cayendo en una lectura prodigiosa. Sin embargo, hay un momento en que el asunto deja de funcionar. Y es cuando se fragua esa mezcla de la ficción de los personajes de Los Cinco, los muchachos creados por la escritora Enyd Blyton, que comienzan a desfilar por la novela en comandita con el devenir del propio Orejudo. Así, los mundos literarios de Los Cinco toman un relieve de realidad al contarse lo que fue de sus vidas más allá de sus libros, perdidos en coqueteos con las drogas o el sexo, incluso con una intervención en una guerra, o sus peripecias enmarañadas en el mundo de los negocios.

Los personajes de Blyton salen de la infancia y se hacen adultos en las páginas de Orejudo, pero todo resulta algo forzado, incluso desganado. En muchas ocasiones da la impresión de que Orejudo escribe con el piloto automático puesto, como por compromiso o por la necesidad de llenar un determinado número de páginas. En esta obra su narrativa ha perdido nervio. Y si bien la idea de mezclar las vidas de la pandilla de Los Cinco con las evoluciones del Orejudo personaje es un recurso que podría funcionar muy bien, al final el texto le resulta al lector algo que jamás pensaría encontrarse en una obra de este autor: aburrido. Y quizás este sea el mayor pecado de un escritor que ha firmado Ventajas de viajar en tren y Fabulosas narraciones por historias, tal vez dos de las más divertidas y jocosas novelas de la literatura española.

En otra ocasión, con motivo de su novela Reconstrucción, Antonio Orejudo montó un artefacto literario serio y atravesado de metaliteratura, con guiños intelectuales y referenciales, alumbrando una obra maestra rotunda y contundente: una de las mejores novelas que se han escrito en este país en décadas. Sin embargo, su segunda aproximación a este tipo de texto se desvanece a medida que transcurren sus páginas, que son poco alimenticias, me atrevería a calificarlas como light, ofreciéndole al lector un sucedáneo de Orejudo. Los Cinco y yo es de lo más decente que se ha publicado este año, pero no es una de las mejores novelas de su autor.

Lo que ocurre es que Antonio Orejudo es tan bueno que, incluso su copia más desnaturalizada, ofrece un sabor literario que brilla por encima de todo lo demás. Pero a quienes hemos degustado la pata negra, nos joroba.

Foto © Iván Giménez

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