a la intemperie, opinión — 5 mayo, 2013 at 10:00

Meter sólo la puntita

por

Por Diego E. Barros

policia-cargas-revista-achtun

Un día me tocó cubrir la toma de posesión del nuevo Delegado del Gobierno en Galicia, el primero de la era Zapatero. Una toma de posesión es algo a lo que los periodistas van con la esperanza del postpartido. En los tiempos de vacas gordas todavía había y tras los discursos y los últimos aplausos unos camareros solían diseminarse entre invitados y plumillas ofreciendo lo que nunca he sabido muy bien por qué llaman un vino español. En los corrillos la gente se relaja y los cargos, carguitos y allegados se dan codazos a ver quién la suelta más gorda. Si hay suerte dejan escuchar a algún periodista seguros de que nada será publicado después, pese a que cualquiera sabe que sólo borrachos y niños dicen la verdad. Un uniformado del Ejército de Tierra con más medallas colgadas de la solapa que Michael Phelps saliendo de una piscina le comentó a otro, este de la Policía: «No, este no tiene pinta de ir a repartir muchas hostias». Una frase que el poli contestó abriendo mucho los ojos y resoplando de alivio. Tras los pinchos corrí a la redacción y me puse a escribir la crónica comenzando por la frase y omitiendo, claro, la identidad de su protagonista.

El uniformado había definido perfectamente qué es un Delegado del Gobierno: una mezcla de tercer portero de la Selección (hace bulto para engordar la Administración) y portavoz adjunto del partido gobernante en el Congreso (Rafael Hernando) encargado de apagar fuegos con gasolina. Un delegado del Gobierno es el representante de dios en la colonia cuya única función es la del castigo de los fieles a la mínima que se desmanden. Esa labor la entendía a la perfección Diz Guedes que a base de palos le tomó medida a las espaldas de ganaderos y estudiantes gallegos entre 1996 y 2000. Esa labor la ejerce hoy al pie de la letra Cristina Cifuentes en Madrid, que ha decidido ganarse la promoción a base de hostias. También es prueba de los agujeros del hecho diferencial catalán con unos Mossos d’Esquadra que se comportan como el niño de Serrat siempre jodiendo con la pelota.

Es en épocas sombrías cuando los llamados Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado alcanzan un protagonismo que nada tiene que ver con el de servir y proteger. Especialmente si ante las plegarias desatendidas, la gente le coge el gusto a la calle con más pena que gloria. El Comité Europeo para la Prevención de la Tortura (CPT) ha hecho público hace unos días un informe sobre España en el que se detallan numerosas irregularidades en el modo de actuación de nuestros uniformados en diversos ámbitos. Desde los calabozos hasta los centros de detención de extranjeros (esos campos de internamiento modernos) pasando por lo que los voceros acólitos llaman «algaradas callejeras». Un antidisturbios es como un bote de Pringles: cuando haces pop, ya no hay stop. Los medios se han hecho eco del mismo de diferente manera y salvo excepciones, de forma sibilina lo que ha venido a atestiguar que, en España, meter la metemos pero sólo la puntita. El Ministerio del Interior español ha asegurado que los agentes están «sometidos al imperio de la ley» y al «control de la autoridad judicial» en caso de incurrir en ilícito penal. Excusatio non petita, accusatio manifesta, ahora que sabemos de la ligereza gubernamental para indultar a uniformados de mano larga.

Una cosa llamada Informe Bricall hizo furor en mi última época como estudiante. Luego desapareció. Puede que sólo le cambiaran el nombre y ahora esté guiando los pasos de Wert. Da lo mismo. El caso es que cuando en Santiago todavía había movida en las calles, Bricall paralizó la universidad durante semanas. Vinieron refuerzos de fuera y acamparon durante un tiempo. Una vez, paseando por el centro con un amigo, este divisó a una pareja de uniformados. Al llegar a su altura le dedicó una gran (y desafiante) sonrisa a una agente que fue contestada inmediatamente por ella con un «hasta luego». Mi amigo me dijo luego que había compartido «un buen momento» en la parte de atrás de un furgón. «Somos viejos conocidos», dijo, divertido. El roce hace el cariño aunque como solía decir mi abuela hay cariños putos.

Durante un tiempo hice sucesos y traté con uniformados. Quiero creer que asuntos como los que detalla el informe de la UE no son la norma aunque ciertas actitudes de los mandos, civiles, pueden provocar que así acabemos por entenderlo. Lo que pasa en un centro de detención o en la parte de atrás de un furgón policial es algo que está fuera de luz y taquígrafos. Las amenazas de ciertos políticos de querer prohibir tomar imágenes en las cargas policiales o de utilizar según qué palabras certifican que hay un único problema: que se vea. Aunque no necesariamente es una cuestión de colores, no hay que pasar mucho tiempo en la hemeroteca para ver que las hostias caen con más fuerza cuando son unos y no otros los que están en Moncloa.

Tras el CPT desembarcó fiel como las lluvias de abril la nueva entrega del CIS. Por sus cualidades psicotrópicas, el CIS es la única encuesta con capacidad de contentar a todos. No ha nacido quien no sea capaz de sacarle un titular. En relación a los uniformados un diario madrileño ha dicho que el prestigio de militares, guardias civiles y policía triplica al de los políticos. Un dato que no significa nada porque la matemática dice que en una tabla positiva cualquier número es mayor que cero. Y eso vino tras ver que, de haber elecciones, el PP volvería a ganar en Madrid aunque sin mayoría absoluta. Al menos, tranquiliza saber que hay a quien todavía no le han pegado demasiado.

 @diegoebarros

música cine libros series discos entrevistas | Achtung! Revista | reportajes cultura viajes tendencias arte opinión




Share on Tumblr

Deja tu comentario

Comments are closed.