ACHTUNG!, artes | letras, carrusel, libros, literatura, Odradek, opinión, relatos — 7 diciembre, 2018 at 20:19

Visiones de Praga: la ciudad escrita por sus autores (Segunda Parte)

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La pasada semana os ofrecí la primera parte de mi análisis sobre la forma en que algunos escritores reflejan la ciudad de Praga en la escritura de sus obras. Estas reflexiones son producto de mi reciente viaje a esa ciudad, un lugar rebosante de historia, cultura y, sobre todo, literatura. Pero esta esencia de Praga se demuda un poco si atendemos a las ingentes maniobras comerciales que se han llevado a cabo para pervertir la imagen de Franz Kafka, alejado de su figura de escritor y maleado en enorme producto comercial. Continuaremos en donde lo dejamos el viernes pasado.

6-Praga y la basura

Tal vez encontremos en Bohumil Hrabal y su novela Una soledad demasiado ruidosa (Destino) la exacerbación mayúscula de la ciudad como una gran almoneda repleta de quincalla, pero también como una ciudad aplastante, reflejada en la prensa que utiliza el protagonista, Hanta, en una trituradora de papel en donde trabaja y vive destruyendo libros desde hace 35 años.

Bohumil Hrabal y una de sus obras maestras: Una soledad demasiado ruidosa:

En Hrabal, Praga es una ciudad basurero, una cuidad cloaca, donde todo el protagonismo lo tienen las alcantarillas, proporcionándonos una nueva perspectiva en esa obra, por lo extraña, del subsuelo repleto de ratas:

“Los excrementos que fluyen hacia las depuradoras de Podbaba son diferentes los domingos y lunes, que cada día alboral tiene su idiosincrasia, y que estudiando la porquería se puede llegar a establecer un gráfico que define el flujo de los excrementos, y según la cantidad de preservativos se puede precisar en qué barrios de Praga la gente es más activa sexualmente y en cuales lo es menos (…) ahora en todas las cloacas del subsuelo de Praga de está llevando a cabo una terrible lucha a muerte, una gran guerra entre dos clanes de ratas de alcantarilla que habrá de decidir cuál de ellos tiene derecho a todos los residuos y a todos los excrementos que fluyen por las alcantarillas hacia Podbaba”.

Es una visión nueva, de esa Praga oculta que es motivo clásico en la literatura de la ciudad. Una Praga latente en el subsuelo, no centrada en cuestiones aterradoras que escapan al entendimiento humano, sino basada en la porquería y en las ratas, criaturas, también, repulsivas e inquietantes. Tradición y posmodernidad se dan así la mano en el párrafo anterior de Hrabal. Hay una Praga oculta y asfixiante, tanto, que Hanta no lo puede soportar… hasta su terrible desenlace.

Ivan Klíma y su Praga de Amor y basura:

En esta línea de la ciudad basurero, o de la Praga como ciudad de la basura, que acumula ingentes toneladas de desperdicios, se manifiesta Ivan Klíma en su novela Amor y basura (El acantilado), cuando nos presenta un enorme vertedero que se explota como una mina, alrededor del cual transcurre la vida de un puñado de personas afanadas en hurgar en el interior, en los intestinos de la ciudad, y descubrir que secretos y tesoros, de nuevo, se ocultan allí, enterrados bajo pilas de desperdicios. Y también, el retrato de la Praga de Klíma, es el de una Praga de cachivaches.

7-Praga y Gustav Meyrink

Para el Meyrink del relato Quimera (de 1904 y aparecido en el volumen recopilatorio Praga Mágica —véase la primera parte de este artículo—), la ciudad se presenta con la quietud intemporal de los siglos de una iglesia, concretamente la de Santo Tomás, corazón de una ciudad crepuscular en donde el tiempo no tiene sentido (diríase que toda Praga está varada en el devenir del espacio-tiempo).

Es una ciudad de atardecer, de juego de luces, de rayos de sol moribundos que realzan los haces del polvo en suspensión. Una ciudad catedral: repleta de crujidos, estatuas que languidecen atrapadas en un eterno domingo vespertino. Palabras, elementos arquitectónicos asociados con la construcción monumental (sillares, piedras, revestimientos) compiten y contrastan con la sombra, la penumbra y los ecos.

El siempre misterioso Meyrink y su obra más célebre: El Golem:

Una Praga que oculta, en el subsuelo, una veta de oro que la recorre, riqueza y remedio para unos hombres ajenos, como sin alma, que se mueven de forma autómata (epígonos del Golem) y que ignoran que la ciudad, ahora ciudad preñada de misterio, alberga en su seno una solución a sus males en el oro, remedio que Praga se niega a conceder a los hombres.

Praga, ciudad dura. Y es curioso porque, aunque en el relato se nos insiste en la luminosidad exterior de la tarde de domingo, pronto todo se envuelve en la penumbra fría y mohosa, carcomida, en el interior adormecido y frío que parece ser el corazón praguense.

Por supuesto, también hay una Praga de homúnculos, de Golem, en la literatura de Meyrink. Una Praga en donde:

 “los aguaceros barrían los tejados y descendían por las fachadas como un torrente de lágrimas”.

Las casas que aparecen en el discurso de Meyrink poseen un espíritu propio, una “espectral actividad”. Son las dueñas absolutas del relato que, no en vano, en uno de los capítulos de su Golem se titula con el nombre de la ciudad: Praga. Es una ciudad que vigila, que acecha con los muros de sus casas, que impone su presencia, que se nota su mirada clavada en el cogote:

Me pareció como si todas las casas se fijaran en mi con sus rostros pérfidos llenos de una anónima maldad… Las puertas: negros hocicos abiertos en los que las lenguas se habían podrido, fauces que en cualquier instante podían emitir un grito ensordecedor, tan estridente y lleno de odio que nos tendría que espantar hasta lo más hondo de nuestro ser”.

El ejemplo de una Praga agónica y asfixiante queda bien dibujado en este paseo que da el protagonista de Meyrink en su texto:

La calle estaba blanca de nieve (…) Caminé bajo las ojivas de las cuadriculadas arcadas en el Ring de la ciudad antigua y pasé por la fuente de bronce, cuya reja barroca estaba llena de carámbanos; hacia el puente con las estatuas de los santos y, entre ellas, la de San Juan Nepomuceno. Abajo el río espumaba de odio contra los fundamentos. Medio en sueños mi mirada recayó sobre la roca hueca de santa Luitgarda, con los “tormentos de los condenados” en su interior: la nieve se posaba en los párpados de los penitentes y en las cadenas de sus manos suplicantes.  Los arcos me acogían y me despedían, pasaba por palacios con portales arrogantes y tallados, en su interior cabezas de león mordían anillas de bronce.  También aquí nieve por todas partes. Blanda, blanca como la piel de un oso polar. Ventanas elevadas y orgullosas, con cornisas congeladas y brillantes, miraban indiferentes hacia las nubes. Me sorprendió que el cielo estuviera tan lleno de pájaros. Cuando subí los incontables escalones de granito que llevan al Hradschin, cada uno tan ancho como cuatro cuerpos humanos a lo largo, la ciudad se hundía paso tras paso ante mis sentidos con sus tejados y pináculos. La penumbra ya se deslizaba por las hileras de las casas cuando llegué a la plaza solitaria, en cuyo centro se alzaba la catedral hasta el trono de los ángeles. Pisadas con los bordes congelados conducían a una puerta lateral. Desde alguna casa lejana resonaban débilmente notas perdidas de un acordeón en el silencio de la tarde. Como lágrimas de melancolía caían en el olvido. Oí detrás de mí el suspiro de la mampara acolchada de la puerta cuando la iglesia me acogió. De repente me encontré sumido en la oscuridad, y el áureo altar brillaba en rígido sosiego hacia mí a través de los resplandores verdes y azules de la luz mortecina, la cual penetraba a través de las multicolores vidrieras y se posaba en los bancos. Chispas saltaban de lámparas rojas de cristal. Olor débil a cera e incienso. Me apoyé en un banco. Mi sangre estaba extrañamente silenciosa en ese reino de la inmovilidad. Una sin pálpitos invadía el espacio… un esperar secreto y paciente. Las urnas de plata de las reliquias dormían un sueño eterno. ¡Allí! Desde la lejanía llegaba, apenas audible, el ruido amortiguado de cascos de caballo, quiso aproximarse más y enmudeció. Un golpe sordo, como si cerraran la puerta de un coche”.

Esta descripción del paseo de Meyrink, o de su personaje, por Praga, presenta algunos aspectos que deben ser tenidos en cuenta: en primer lugar sorprende que Meyrink nos hable de un “ring” como zona que engloba a la Ciudad Vieja. Sin duda, su origen vienés le lleva a extrapolar la denominación de la céntrica zona de Viena a la de Praga, que carece de una “ringstrasse” o “ringasse” al estilo de la ciudad austriaca.

En segundo lugar, llama la atención la referencia a la estatua de San Juan Nepomuceno, erigida, según tradición, en el lugar en donde el santo fue arrojado al río y martirizado, y que, en el momento de su muerte, se elevaron unas llamativas estrellas. Quizás de ahí la enigmática frase “abajo el río espumaba de odio contra los fundamentos”, en referencia a este suceso.  

Meyrink emprende, después, el camino de vuelta. Vayamos con él:

Descendí de nuevo a la ciudad a través de una nieve nocturna y azulada. Los faroles me miraban asombrados con sus ojos parpadeantes (…). En la plaza del ayuntamiento, en la columna de María, ancianas mendigas con sus grises pañuelos de cabeza murmuraban el rosario en honor a la Madre de Dios (…) Torcí en la callejuela que, negra y esquinada, desembocaba en la plaza. Una multitud estaba en silencio, muy junta, en la oscuridad, ante un cartel (…) Apático, desinteresado, como un cadáver viviente, seguí mi camino por las casas oscuras. Un puñado de estrellas diminutas brillaba en el cielo delgado y negro sobre los tejados. Oí que el granizo golpeaba el cristal de la ventana y como el estruendo de un trueno rompía el aire. Una tormenta de invierno se desencadenaba con toda su furia sobre la ciudad. Desde el río llegaban, abriéndose paso por los aullidos de la tormenta, en rítmicos intervalos, los sordos cañonazos que anunciaban la ruptura de la cubierta de nieve del Moldau. La habitación llameaba con la luz de los rayos que se sucedían ininterrumpidos. De pronto me sentí tan débil que me temblaron las rodillas y tuve que sentarme”.

La Columna de María, que se erigía por entonces en la Plaza Mayor frente a la iglesia de Thyn, desaparecería al poco tiempo (actualmente se encuentra ubicada en una esquina de los laterales del exterior de la iglesia). En la época de Meyrink era una referencia de la ciudad, lugar habitual de cita y bullicio, lo que acentúa que se refleje el lugar de una forma tan intimista, desamparada, como si existiera una Praga, con sus calles y sus lugares habituales, que pueden ser visibles en otra clave, pero sólo visibles por los iniciados.

8-Praga y Franz Kafka

Hay una Praga de Kafka, evidentemente, pero esa Praga no es una Praga antigua, de su época. Es la Praga comercial de ahora, de hoy. La presencia de Kafka como resorte comercial es abrumadora. Incluso un poco, o un mucho, indignante.

Tenemos las casas en donde vivió el escritor, desde la natal hasta aquella en la que acudió a estudiar o a trabajar en la Aseguradora, pasando por la casita de la calleja del Oro. Tenemos una Plaza de Franz Kafka, un café de Franz Kafka, tiendas, librerías, asociaciones y museos.  Hasta aquí lo soportable. Lo que está dentro de lo tolerable.

Postales, tazas, marca páginas, lápices, bolígrafos y una lata de chocolatinas. Kafka es una marca que lo vende todo.

Pero también encontramos a Kafka en camisetas, postales, lápices y bolígrafos, agendas, vasos de chupito e, incluso, chocolatinas. Un dulce que al parecer era típico del Imperio Austrohúngaro se apodera del apellido del autor y manifiesta como reclamo en su lata que esas chocolatinas son

tan inteligentes como sus obras”.

¿Qué diría Kafka si levantase la cabeza? Contemplaría toda la ciudad convertida en un monumental Kafkarama delirante, que explota su vida y sus tiempos; unos tiempos que para el escritor fueron amargos y tortuosos. Porque no sólo Franz Kafka falleció fracasado para la literatura, sino que los acontecimientos posteriores llevaron a que su obra casi desapareciera hasta los años 60.

Kafka era un judío burgués de lengua alemana, perfil intolerable para el Régimen checoslovaco, que bailaba al son que le marcaba la Unión Soviética. Las autoridades checas prefirieron volcarse en la difusión de autores menos burgueses, marionetas del régimen de Moscú. Ningunearon a los estigmatizados y, en eso, Kafka resultaba el paradigma de lo odioso, en el centro mismo de la diana comunista de lo proscrito.

Vasos de chupito con el motivo de Praga unido a su gran figura: Kafka.

Aun así, poco a poco Praga se llenó de investigadores, se celebraron los primeros congresos sobre la figura del escritor que, alentado por su amigo Max Brod había sido casi —o sin casi— sacralizado. Y todo aquello permitió que Praga, ahora, sea el monumental Kafkarama comercial en torno a su figura.

8-Epílogo: Praga moderna y mi propia Praga

Para terminar esta visión de Praga en la literatura, acabaré con las pinceladas de un par de autores europeos actuales. El irlandés John Banville, en sus Imágenes de Praga (Hercé), traza esta visión que podría servir de corolario a todas las visiones anteriormente presentadas:

“Era invierno la primera vez que estuve en Praga, la ciudad estaba cubierta por un manto de nieve y resplandecía bajo el sol de un final de enero anormalmente radiante. Tal vez sea la nieve lo que intensifica el silencio de la ciudad en estos primeros recuerdos que tengo de ella. El silencio de Praga es más una presencia que una ausencia. Los ruidos del tráfico, las voces en las calles, el tañido de los campanarios y las campanadas de innumerables relojes públicos resuenan sobre el silencio de fondo como si rebotaran en un cristal alto y transparente”.

John Banville y su visión «moderna» de Praga en Imágenes de Praga:

Una ciudad del silencio. Una ciudad en silencio tras la desaparición de toda aquella generación de la Mitteleuropa, de gran talento, que casi ha caído en el olvido. Porque, en mi novela Kafkarama, la desaparición de los genios va dejando huecos en las calles, en la topografía de la ciudad, que con las muertes de sus escritores, se va desdibujando:

“… desde ese día Kafka ya no existía en Praga y Praga, con su muerte, daba un paso más en dirección a la Intangibilidad de las Ciudades, ese fenómeno mediante el cual la urbe se torna más y más etérea con la desaparición de cada hombre importante que la encarna. Hoy sería una esquina desdibujada, una farola translúcida, mañana un café fantasma, un lugar borroso, desleído bajo la capa de niebla; pasado, una calleja entera que deja paso a un descampado. Así, llegará el día en que un viajero acuda de visita a Praga y se encuentre con un socavón enorme, que ya no exista la ciudad, transmutada e incorpórea, agotada y evaporada por la fuga mortal de los genios que vivieron en ella”.

Algo de esto ya nos lo avisa Ivan Klíma en el libro de artículos titulado El espíritu de Praga (El Acantilado):

“Una ciudad es como una persona: si no establecemos una relación genuina con ella, sigue siendo un nombre, una forma externa que pronto se desvanece en nuestra memoria. Para crear esta relación, es necesario observar la ciudad y entender su personalidad peculiar, su «yo», su identidad, las circunstancias de su vida y su evolución en el espacio y en el tiempo”.

Todos estos autores que he citado y comentado en estas dos entregas han sabido observar, entender Praga, y pintar con las palabras, unos encima de las descripciones de los otros, un descomunal palimpsesto urbano y literario.

Hasta El Golem se ha convertido en objeto comercial praguense: Imán para la nevera o adorno en la cocina.

Aquí os dejo enlace a la primera parte del artículo:

http://www.achtungmag.com/visiones-de-praga-la-ciudad-escrita-por-sus-autores-primera-parte/

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