Veintiséis sonrisas

por

De privilegios, aniversarios y de ti, mamá

Soy feo y medio imbécil. Caótico, bajito y absurdo, siempre intentado llegar a la estantería más alta sin ayuda. Una niña bonita me sonrió cuando era un crío y me quedé allí para vivir. Ahora persigo encontrar otras sonrisas en otras mujeres bonitas. Todo lo demás solo son peces en el desierto. Analfabeto emocional desde que tengo recuerdos, nunca entiendo un carajo y las reglas sociales se me escapan. Mis metas están confusas y se hieren a sí mismas. No tengo redes sociales y me desdibujo en la realidad en la que, se supone, debería estar. Siempre he querido ser un gato jazz. Y más agradecido. Y más alto. Y (algo) menos estúpido. Y muchas más cosas que nunca conseguiré ser.

Este es el tipo que veo en el espejo muchas veces. No diré que siempre, pero que alguien me diga que sabe como esconderse permanentemente de sus fantasmas. Yo no sé hacerlo. Hay momentos de oscuridad, de lamentos y ceniza. Instantes en el que buscas ese brillo que alguien te han dicho que tienes, pero no recuerdas dónde cojones lo dejaste la última vez. Aún así, yo me empeño en buscarlo. Y al borde del abismo, cuando la desesperación empieza a llamar a mi puerta y empiezo a cansarme de tantear a oscuras, apareces tú, mamá. Siempre tú. Mirándome con esos ojos orgullosos, como si vieras en mí algo que yo no consigo ver. Tú, en cambio, sí lo haces. Sé que me ves, de la forma en la que solo tú puedes hacerlo. Por muy lejos que esté, por mucha distancia y silencio que haya entre nosotros. Siempre me limpias con tu mirada, y yo me creo alguien por el que merece la pena luchar. Sin ti, no tengo brillo. No tengo nada. Y soy incapaz de imaginar un mundo sin ti porque duele demasiado.

No sabes el grosor de la armadura con la que me visto cada vez que me dices que estás orgullosa de mí. Tengas o no motivos para estarlo. Entonces me creo invencible. Soy invencible, de una forma que no sé explicar con palabras. Y hoy quiero que así te entiendas tú. Invencible. Porque lo eres, joder. IN.VEN.CI.BLE. No se puede estar más orgulloso de alguien como lo estoy yo de ti. Desde que te recuerdo, has sido diferente. Bailando con otros colores, manteniéndote en pie entre intensidades. Conseguiste tu propio lugar en una tierra donde robaban oportunidades, en tiempos de tradiciones carcas y la dictadura del qué dirán. Tus manos están hechas para la paz, es algo que sabemos los que estamos cerca de ti. Pero siempre te ha tocado estar en guerra. No debería ser así. La justicia, esa hija de la gran puta, se olvidó de ti. Aún así, siempre has seguido hacia delante, hasta convertirte en lo que eres ahora. La vela de mi (nuestro) barco. La única bandera por la que vale la pena morir. Eres infinita, mamá. Profesora, maestra. Enfermera y niñera. Mi acompañante invencible. Tú, que te casaste con el dolor en un universo en el que no existen divorcios, me has enseñado a aguantar los hachazos y a bailar entre la sangre. A reírme de mis miedos y a correr más que mis complejos. A vivir. O, por lo menos, a tener el coraje de intentarlo.

Dices, (muchas) más veces de lo que deberías, que sientes que tengamos que cargar con tu contexto, con tus dolores y tu mirada. También nos pides perdón por no poder darnos tanto como te gustaría. O mi preferida, tanto como merecemos. Como si mereciéramos un carajo. Se me quiebra el alma cada vez que te escucho decir algo semejante. No, mamá. Para nada. Eres un regalo. Nuestro regalo. Y poder haber crecido contigo secándome la sangre en mis derrotas ha sido un puto privilegio. Has sido, siempre, un punto firme en un mundo donde todo se tambalea. Porque no me has enseñado a evitar caerme, sino a saber cómo levantarme. Porque en cada paso que doy en esta vida, por muy pequeño y ridículo que sea, estás tú detrás ayudándome a mover los pies.

Por todo esto, y por mucho, mucho más, no tengo otra que darte las gracias. Por lo mucho que te hemos quitado y lo poco que nos has pedido. Por mantenerte firme cuando todo se deshace. Por tu orgullo, por tu pincel y tus patrones. Por escoger a papá. Por regalarme a tu hija, la persona que más quiero en este mundo, tanto que las palabras parecen ridículas. Por convertirme en hermano. Por ese mal dormir, tan tuyo y tan mío, que me prestaste en herencia. Sin él, no hubiera podido ver como danzan las estrellas cuando nadie está despierto. Por no rendirte conmigo. Por preguntarme aún sabiendo que no habrá respuesta y por sufrir(me) en silencio. Por no permitir que deje de escribir.

Hoy, que cumples años y te haces (un poquito más) mayor, te escribo porque llevo días pensando y no sé qué carajo regalarte. Me he dado cuenta de que no tengo nada más que ofrecerte que lo poco que he podido darte. Miento, algo sí. Veintiséis sonrisas, guardadas bajo llave, una por cada año de mi vida en el que me has enseñado lo que implica aquello de ser feliz. Son tuyas. Siempre lo han sido. No es mucho, pero es mi regalo. Junto con esta carta, un montón de palabras ordenaditas y absurdas que, en realidad, pueden cambiarse perfectamente por solo tres.

Te quiero, mamá.

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