Chico bisex busca, ocio — 19 agosto, 2015 at 10:42

Varsovia

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Varsovia

Por A.C | Fotografía Cain Q

No me ha apetecido escribir nada en estas semanas. ¿Me han pasado cosas? Sí, bastantes, pero no tengo ganas de intentar darles un sentido. Por el contrario, lo que más me ha motivado ha sido dejarme llevar, aniquilar la reflexión, lanzarme a la acción sin miramientos. Cada mañana he despertado como un animal perdido durante días: voraz, con mis sentidos en alerta, insaciable. En la FNAC he hecho un esfuerzo por reprimirme para no ligarme a cada tía o tío guapos que me preguntaban algo, pero en algunas ocasiones han acabado esperándome a la salida y nos hemos ido a su casa. Y si no ligaba en el curro, me pasaba por casa de Marta, me daba una ducha y me piraba sin probar bocado para que el hambre me diera más ganas de follar con cualquier desconocido del Ricks o del Delirio una noche entre semana. Puede parecer que he vuelto a los viejos tiempos, pero en el fondo sé que la manera en que estoy viviendo esto es muy distinta a hace unos años. De hecho, y aunque no lo puedo llamar madurez, sí es una experiencia más intensa y lúcida.

Sin embargo, esto no ha ocurrido sin más. Lo de Martín me machacó. No salía de tu cama, Marta. Tenías que tirar de mí y levantarme y meterme bajo la ducha para que llegara a tiempo al curro. Y allí quería ser invisible, mi único esfuerzo consistía en recolocar CDs, hacer viajes al almacén para reponer sin demasiado criterio, huir de las miradas de la gente. Y en cuanto regresaba (y cada día hacía lo mismo: venía andando sin pararme en ningún sitio, deprisa, directo a tu casa), volvía a refugiarme bajo las sábanas mientras tú trabajabas en tu ordenador acabando algún diseño. Cuando me propusiste ir aquel sábado a ese concierto en un local de ensayo de la calle Barco, te dije que no, que ni de coña, que quedaras con alguien si te apetecía tanto ver a esa tía. Pero eres tozuda, Marta, eres incansable conmigo. Te he dado mil motivos para mandarme a la mierda, no sé por qué sigues ahí. Cuando he estado colgado de alguien, te he dejado de lado. Cuando he estado jodido, te he amargado. Querría preguntarte qué te doy, por qué te merece la pena no apartarte de mí, no dejar de protegerme, no buscar el amor en otra persona. Pero nunca te he pedido una respuesta, tengo miedo de que me abandones. Insististe, Marta, lograste que me pusiera la camisa mía que más te gusta, esos pantalones que te encanta cómo me marcan el paquete y mis zapas más caras para ir a ese antro.

Me moló eso de poder llevar tu propio alcohol, la verdad. Compramos cuatro latas de medio litro de Mahou en un chino, nos las repartimos entre mi mochila y tu bolso y entramos. Hacía calor, había quien fumaba, se palpaba esa sensación de saberse en el place to be. Yo no quería sentirla, incluso rechazaba esa idea (¿nunca he dicho cuánto odio lo hipster?), pero la verdad es que me empecé a sentir superbién. Había gente que me ponía, me fijé sobre todo en un chico sin camiseta, muy joven. Tuve el impulso de acercarme y lamerle entero. Fue entonces cuando me di cuenta de que mi estado era algo extraño. Se lo dije a Marta y se echó a reír como una loca. La muy puta me había drogado con M antes de salir de casa, me lo había echado en un vaso de coca-cola que me ofreció distraídamente. Ella también se había colocado, claro, y además se había traído todo lo que le quedaba. Estuvimos mirando al chico con descaro durante el primer concierto, el del grupo que ensaya en ese local, aburrido y sin personalidad aunque eso nos permitiera hablar bajito y ahogar muchas risas mientras le dábamos algún repaso al M y nos bebíamos las latas antes de que se calentaran. Y fue en medio de esa espera cuando Fee Reega se acercó al borde del escenario y cantó unos coros. Me dejó loco. Era la primera vez en una semana que mi corazón se desbocaba por algo, por alguien. Irrumpió como si no tuviera permiso y se comió ella sola la canción. Sin micrófono, haciendo escuchar su voz y al mismo tiempo perfectamente armonizada con la del vocalista. Fue entonces cuando intuí que Marta sabía muy bien que yo debía estar allí en contacto con el mundo de nuevo.

Luego… Hay veces que es realmente imposible describir una experiencia para que quien no la ha vivido la intuya, la entienda. Solo sé que todo confluyó, que lo recordaré siempre. Gritó, susurró, se rajó el vestido con una navaja. Cada canción era un puñetazo en el centro del cerebro y ese chico (Xavi, de Bilbao), Marta y yo nos abrazamos y compartimos el magic powder que nos quedaba, como empezó a llamarlo él. Carisma es poco, presencia escénica es poco, había que estar allí, a un metro de ella, y abrir todos los sentidos como un animal perdido durante días para nutrirse de su concierto como si fuera lo último que va a arrancarle a la vida. Y si quiso transportarme a Varsovia, lo hizo.

Y cuando siento hambre sé que estoy vivo

Y cuando siento frío sé que estoy vivo

Y cuando siento dolor sé que estoy vivo

Nos llevamos a Xavi a casa. Se folló a Marta, me folló a mí. Era su primera vez con un tío. Su piel me volvió loco. Nos tiramos escuchando música hasta el mediodía del domingo en bolas, rapiñando lo que quedaba en la nevera y agotando todo el alcohol que pudimos encontrar. Él se volvía en bus por la tarde y tenía que pasar antes por la casa del amigo donde debería haber dormido esa noche si Marta no hubiera aleteado sus alas provocando ese torbellino que nos precipitó a los tres hacia ese encuentro. Le besé largamente en el umbral.

Nos whatsappeamos de vez en cuando, el último finde del mes quiere venir a Madrid. Marta me ha dicho que me lo cede, lo difícil será retenerlo sin ella…

He vuelto a estar vivo. Es demasiado fácil olvidar que estar vivo es permanecer vivo, consciente de la vida, dispuesto a hacer y arriesgarse y caminar sobre los límites.

No, Martín: tu terror no me destruyó.

} continuará

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